Publicado en ctxt.es, el 17 de febrero de 2016

 

Digámoslo sin ningún titubeo: lo ocurrido en el caso de los titiriteros constituye un capítulo vergonzoso de nuestra historia reciente y síntoma de un peligroso proceso de involución en su recorte de libertades. Es llamativo que, en los últimos años, organizaciones como Jueces para la Democracia han denunciado que, con la desaparición de ETA de escena, se hayan multiplicado exponencialmente las acusaciones de «enaltecimiento por terrorismo». Como si cuanto más retrocediera la amenaza real de terrorismo, más se esgrimiera su fantasma.

El espantajo del miedo, en suma, como última arma política de quien ya no puede hacer política por otros medios. Por ejemplo, buscando el consentimiento social mayoritario. De ahí que esta denuncia de la sobreactuación esperpéntica en el caso y su abuso judicial también se haya cruzado con una discusión paralela, la de la «batalla cultural», una expresión que se está introduciendo como un concepto clave para entender los signos de nuestro tiempo.

Desde este punto de vista, el caso Titiriteros podría leerse como el penúltimo suceso que pone de manifiesto el agotamiento de la Cultura de la Transición, ese dispositivo caracterizado por organizar un espacio normalizador desde el cual demonizar o expulsar a la marginalidad cualquier matiz crítico de ese supuesto consenso. Simplificando: o pertenecías al marco de lo normal o te situabas al margen, cerca de ETA.

Lo que resulta interesante plantear es si el debate que ha tenido lugar en un primerísimo plano en torno a la criminalización de los titiriteros y el marco moralizante de ciertas élites políticas y mediáticas —creo que mayoritariamente ganado en la opinión pública— ha dejado de lado otro, secundario, cierto es, en el contexto de urgencia por la liberación de los artistas, pero también importante de cara al futuro: el de cómo librar la batalla cultural con esta derecha, máxime teniendo en cuenta que el horizonte de lo posible se ha ido corriendo a nuestro favor desde el 15M y los «demonios» han incluso entrado en las instituciones.

En otras palabras, ¿qué podemos aprender de lo ocurrido estos días en orden a construir una hegemonía diferente en términos culturales? Y entiendo esta construcción no como una imposición a ultranza de un discurso cualquiera, sino como la capacidad de ampliar y no limitar el campo de discurso: de establecer alianzas, compromisos, de hacer incluso algunas concesiones con los sectores críticos dentro del adversario, en orden a construir un relato de cambio suficientemente poderoso para revertir de forma realista lo ocurrido estos años durante la crisis ya no sólo desde el punto de vista económico, sino también político, social y cultural.

¿Qué lecciones extraer de este caso? ¿Que debemos mostrarnos inflexibles en cuanto a nuestros principios? Ciertamente. Ninguna duda en cuanto a defender el derecho a la libertad de expresión. Ahora bien, no estoy tan seguro en lo que respecta a otro debate: el de los términos concretos de la confrontación cultural, pues me temo que aquí no se ha sabido jugar en un terreno más amplio y algunas defensas han vuelto a caer en cierta jerga identitaria de la izquierda antiinstitucional. Aquí, las posiciones que desprecian profundizar y discutir esta cuestión, como si todo tuviera que reducirse a defender sí o no el espectáculo de los titiriteros, no agotan la fecundidad de la discusión.

¡Como si uno no pudiera defender el derecho de estos artistas a la libertad de expresión y no debatir su oportunidad y su sentido estético y político! ¡Como si el ámbito cultural, por definición, al parecer de algunos, libre y celestial, no estuviera también en alguna medida sometido a las fricciones y reglas de juego de la política! Quien frunza el ceño pensando que esto es un asunto demasiado teórico, que considere esto: contra esa derecha reaccionaria no solo nos jugamos hoy defender la libertad de expresión de estos dos artistas callejeros; nos jugamos tener la fuerza social suficiente para que una posible detención por “alarma social” similar no tenga sentido en el futuro.

Una nueva contención

Así, por ejemplo, en un artículo reciente, Titiriteros: un bumerán para el PP y un insuficiente para la nueva política, publicado en este medio, sostiene Emmanuel Rodríguez, con una seguridad en su juicio llamativa, que, en este caso, se ha perdido la oportunidad de organizar «un pequeño Dreyfus» a la derecha popular. Todo estaba para él supuestamente a favor: «La reacción excesiva y desesperada de una derecha herida, un caso claro de liberticidio, una enérgica respuesta de la ciudadanía activa que proviene del 15M y una atmósfera de debate público bien engrasada».

¿Todo a favor? Bueno, casi todo. Todo salvo la «nueva política», que habría una vez más contenido y refrenado ese vibrante movimiento social con su apelación a la «responsabilidad institucional», un hecho que, según Rodríguez, además respondería, «simplemente», a su «instinto de conservación».

Ante la patológica tibieza institucional, solo cabría, pues, el «remedio externo». No es casual que el autor dibuje el «baile político» desplegado tras la injustificable detención con una imagen naturalista: un escenario en tensión entre dos fuerzas naturales sin mediación, «dos ciclones» encerrados en sus lógicas ensimismadas y ajenas a toda saludable y perspicaz «inteligencia colectiva»: la reacción de la derecha cavernaria y la reacción institucional del ayuntamiento. Frente al histerismo de la primera y una moderación pusilánime, la de la segunda, que solo buscaba la contención, solo nos habría salvado, por tanto, la «notable fuerza social capaz de vencer la inercia autoperpetuante de sus representantes (nuevos o viejos)».

Lo que quisiera plantear es si con este tipo de diagnósticos, que sitúan el problema en medio de un choque entre una supuesta «fuerza social» y una «fuerza institucional» meramente orientada al freno de la primera, podemos tener algún éxito en las llamadas «batallas culturales» o, por el contrario, caer justo en los errores en los que determinados sectores de la izquierda, antiinstitucional o no, han caído repetidamente en los últimos tiempos.

La disputa cultural es reparar en que algo muy importante se juega ya ahí, en los relatos y sentidos que damos a las cosas, y que estos no son solo expresiones secundarias de otros problemas.

Más allá de defender o no la posición oficial del Ayuntamiento, lo que me gustaría discutir es si el esquema subyacente a críticas como las de Ganemos Madrid o la de Rodríguez nos permite afrontar las luchas culturales que se avecinan; y si, respecto a la disputa cultural, con la entrada en escena de la «nueva política» de Podemos y las nuevas «alcaldías del cambio», podemos aprender algo más importante. Como no tengo ánimo de evaluador, no me atreveré a poner nota a los actores políticos en liza. Mi intención es solo abrir un espacio de reflexión y de debate crítico con otras posiciones discrepantes, un planteamiento que, aunque sea con motivo de clarificar la polémica, nos es muy necesario.

Cabalgatas, memoria histórica, títeres «terroristas». ¿Por qué estos asuntos de las «batallas culturales» marcan y saturan últimamente la agenda del día a día, sobre todo teniendo en cuenta que lo que ha de interpelar a la gente son otras preocupaciones e intereses más importantes: la precariedad de su empleo, su pérdida salarial, los recortes sociales?

Lo primero que cabe decir es que estos casos no deben leerse solo como meras maniobras para «desplazar» de lo realmente importante —la corrupción endémica del PP, su parálisis a la hora de tomar la iniciativa política tras el 20D—, una forma de «nublar la vista de la población», como se decía en el documento crítico de Ganemos Madrid. Entender la disputa cultural es reparar, antes que nada, en que algo muy importante se juega ya ahí, en los relatos y sentidos que damos a las cosas, y que estos no son solo expresiones secundarias de otros problemas, que serían el nivel realmente importante.

En un contexto de crisis de legitimación del PP, donde el miedo y la judicialización de la cuestión cultural se convierten en argumentos defensivos, ¿no resulta más inteligente en esta disputa saltar a la arena mediática mayoritaria, generar fisuras en el adversario, traducir en lo posible algunos de sus lenguajes al nuestro, incorporarle en la medida de lo posible sin desnaturalizarnos, que recurrir a la mítica de la fuerza social o la autoafirmación directa de determinados valores de resistencia —en este caso, el lenguaje antisistema contra los aparatos represores del Estado—?

Una estrategia más allá de la confrontación

Aunque desde este ángulo toda disposición a intentar traducir la lógica del adversario será apresuradamente criticada como claudicación o tibieza, habría que preguntarse si estas descalificaciones hablan más de la incapacidad de quien las esgrime para ampliar el espacio cultural de la disputa que de las limitaciones que se critican. Por otro lado, simpatizar con los valores del anarquismo no necesariamente debe llevarnos a pensar que la defensa sin complejos de los mismos es política y estratégicamente la mejor defensa ante involuciones totalitarias. ¿O acaso creemos que desde el discurso de esta muy discutida e intempestiva representación de Títeres Desde Abajo es posible hoy generar una construcción hegemónica?
Disputar una hegemonía cultural requiere, en efecto, asumir la confrontación y no eludirla, pero esto no implica asumir un campo de batalla bélico donde los bandos estén ya constituidos, como parece deducirse de un diagnóstico orientado a describir fuerzas —conservadoras o de cambio— ya dadas. Por otra parte, la construcción hegemónica necesita anclarse en ciertos valores compartidos y transversales, socialmente expresados en un sentido común ya existente. No puede imponerse como un discurso totalmente novedoso o provocador a riesgo de caer en el sectarismo; ha de partir, por un lado, de algo que emerge con fuerza, sobre todo en tiempos de crisis, pero, por otro, solo puede ampliarse con aquello que no procede solo de las propias filas y los propios espacios culturales.
Trabajar por la hegemonía cultural requiere un doble juego: confrontación con el adversario, pero también incorporarle en la medida de lo posible por traducción. Evidentemente, esta incorporación no ha tampoco de engañarse y entenderse como simple subordinación a los términos del bando hasta ahora dominante.

La fuerza de Carmena residió en las elecciones precisamente en este equilibrio a la hora de incorporar, mediante una sensibilidad activa, temas y valores que no surgían solo de ella, pero que por su mediación podían generalizarse en un plano mayor de consciencia social de cambio. Valores emancipadores promovidos por minorías activas están hoy alcanzando resonancia institucional no solo por obstinación combatiente «desde el exterior» institucional, sino por una permeabilidad que también puede ser fomentada desde la institución. El éxito hegemónico de Ahora Madrid procedía tanto de la fuerza social emergente que expresaba como de una perspicacia política más comprensiva que iba más allá de la obstinación resistente a la que nos estábamos acostumbrando demasiado en espacios autónomos.

El adversario busca encasillarnos como un demonio radical y contracultura que atenta contra algunos valores compartidos.

Esta capacidad de traducción cultural de otros lenguajes, que tiene que ver mucho, dicho sea de paso, con la «feminización de la política», fue justo la gran novedad del discurso de izquierda, acostumbrado, no pocas veces a la fuerza, a la lógica contracultural de la resistencia y el discurso antiinstitucional. Este nuevo poder político de seducción cultural, como el de Carmena, tampoco debe identificarse con una simple política cultural de tinte posmoderno o «culturalista» en sentido «progre», algo en lo que tuvo éxito el PSOE, sobre todo en su época de Zapatero, al traducir en términos culturales de “reconocimiento” algunos malestares sociales.

Es desde la necesidad de realizar un diagnóstico más amplio desde el que entiendo que el comunicado de Ganemos Madrid o artículos como el de Rodríguez no aciertan a ver lo que está en juego en lo que denominan la «batalla cultural». No se trata de promover aquí un pacifismo inocuo, en absoluto, ni de esconder bajo la alfombra la situación de lucha por dar sentido a los hechos sociales, sino de plantear que, en este preciso momento, lo crucial es entender que la batalla contra los intentos de moralizar y judicializar de la derecha no ha de pasar por una confrontación liderada directamente por un lenguaje marcado por la contracultura de la resistencia, sino por algo más.

En esta delimitación del campo de batalla de trazos gruesos, ¿no pasamos por alto la existencia en el interior de las facciones en liza de niveles distintos de comprensión y banalidad? Lo que me preocupa de este tipo de batalla es que solo nos reclama como soldados inflexibles en una trinchera y subordina lo demás —la capacidad de autocrítica, en el caso que sea necesario, o un debate mucho más amplio— a este único objetivo.

La batalla cultural se va a intensificar, y necesitamos aún ser muchos más. Estar a su altura nos va a exigir algo más que ratificar contundentemente lo que ya somos o queremos expresar, así como no subestimar a un adversario que precisamente busca encasillarnos como un demonio radical y contracultural que atenta contra algunos valores compartidos.