Publicado en publico.com, el 15 de abril de 2016

Un debate que manteníamos hace unas semanas en Roma, con Yanis Varoufakis dentro del marco de las jornadas organizadas por Diem25, tenía que ver con la manera de pensar un cambio democrático a escala europea. Nadie dudaba de la necesidad de contar con mecanismos políticos a escala continental, la discusión en cambio, versaba sobre cómo hacerlo posible, sobre qué instancia, desde qué terreno se podía llegar a impulsar y coordinar semejante tarea hercúlea. Mi idea era que no debíamos renunciar a ninguna opción dado que la escala nacional y la continental no eran incompatibles, más bien al contrario, podían producir sinergias.

Constatamos que el primer problema político aparece cuando partimos de un vacío, entre cómo se viven las preocupaciones, dolores, temores y esperanzas en los distintos países y el origen de las políticas aplicadas. Vivimos y pensamos a escala nacional lo que deriva de una escala europea. La gente salió el 15M a la calle por una ventana y una coyuntura propia de la agenda española, la huelga general de Francia y el movimiento NuitDebout, responden a unos planes de ajuste y una reforma laboral aplicada en Francia. Empero, las razones que lo motivan y el dogma que se impone es siempre el mismo en todos los países: austeridad, recortes, debilidad de la sociedad ante el poder omnímodo del capitalismo financiero que captura la vida al completo.

Las luchas toman forma en el contexto nacional, sus razones son de tipo europeo y los repertorios de acción colectiva son globales. Esta conclusión deriva de una prognosis negligente a la hora de diseñar el marco político de la UE, desde el momento que su espíritu triunfante se concreta en un cascarón jurídico vacío de sociedad. Europa sigue siendo hoy tal y como la definió el que fuera presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, un O.P.N.I, un objeto político no identificado. Europa practica una política económica ciclotímica, pues al tiempo que el BCE aplica una política expansiva inyectando liquidez, la Comisión Europea, impone una política constrictiva por la vía de infinitos planes de ajuste y recortes aderezados con reformas laborales que desembocan en mayor desigualdad.

Partimos de una desconexión entre el espacio político de los Estados y el económico que opera a una escala transnacional, donde el capital ostenta la soberanía como resultado de un proyecto político llamado UE. El caos europeo, la ausencia de coordinación y de federalización de los problemas y las soluciones, remiten a la ausencia de un proyecto común europeo levantado sobre la base de una comunidad política. La crisis de los refugiados es la crisis de Europa, la misma que claudica ante la City de Londres, la Europa que se resigna ante la desigualdad y la que capitula ante el capitalismo financiero.

La Europa donde germina el discurso del odio es la Europa que entierra a los DDHH. El discurso del odio es lo peor que le puede ocurrir a la democracia, de ahí que, Europa necesite urgentemente reinventarse sobre la sólida base de la democracia social. Es necesario avanzar hacia un sentir europeo de los problemas y las soluciones, donde se incube una proyección de salida colectiva vital, que indudablemente, debe contar con una agenda europea, pero también debe impulsarse desde los estados miembros de la UE donde hacer palanca para construir una articulación europea. Llamar a construir Europa se convierte en una consigna revolucionaria.

Por lo menos una de cada tres personas padece de soledad en nuestras sociedades; una epidemia que incrementa las posibilidades de mortalidad en un 26%. El antídoto no son los libros de autoayuda, ni la industria de la motivación, el coaching, o el repliegue identitario. El mejor remedio contra la pobreza, la injusticia, el fanatismo y la soledad, es el encuentro colectivo, la política. La política irrumpe y se extiende sin pedir permiso, la política desobedece al orden pensado para excluir a la política, esto es, a los nadie y los cualquiera. La sociedad en movimiento genera nuevas formas de ser y de relacionarse, que a su vez alteran las relaciones de poder en favor de la democracia.

“El mundo del trabajo” es algo mucho más amplio y extenso que su reducción a un determinado estereotipo laboral; el mundo del trabajo es directamente el mundo de la vida cuando toda la vida se torna trabajo. Las luchas del trabajo desbordan el centro del trabajo cuando toda la sociedad se ha convertido en una fábrica, y el conflicto laboral pasa a ser directamente político. Ahondemos en la salida colectiva del rechazo al trabajo asalariado y a la disciplina, con la intención no de evitar la precariedad para regresar al pasado, sino siendo capaces de instituir su potencia productiva e inventar otra forma de bienestar acorde a la nueva espacialidad europea. Una reclamación por la soberanía del tiempo social enfrentada al régimen impuesto del tiempo financiero. Esa misma sed de libertad ha acompañado al movimiento de movimientos a lo largo de toda su travesía histórica; una realidad que se está formando y debe desplegarse de forma torrencial por Europa.