Publicado en ctxt.es, el 6 de junio de 2016

Seguramente recuerden la cita del multimillonario Warren Buffett: “Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando”. Argumentando que la desigualdad económica durante las últimas décadas estaba creciendo exponencialmente mientras menguaban los impuestos para los ricos, la falta de pudor del multimillonario americano planteaba para muchos el escenario obligado en el que debía situarse toda fuerza de oposición. Buffet mostraba así el camino regio de la Izquierda: ésta debía por fin tomarse en serio su lugar en la lucha. ¿Por qué la Izquierda debería responder negando la centralidad de la política de clases e invertir esfuerzo en la lucha ideológica cuando el enemigo mostraba tanto cinismo a la hora de presentar un diagnóstico tan palmario? Contestándola aun de forma insuficiente, la historiadora británica marxista Ellen Meiksins Wood formuló, al calor de la lucha de los sindicatos mineros en los ochenta en Inglaterra, una pregunta clave: ¿por qué los movimientos críticos deberían obsesionarse más con los fetiches ideológicos del thatcherismo que con su práctica real en su guerra de clases contra el trabajo?

Vistas retrospectivamente estas dos décadas, lo que a Meiksins Wood le parecía un error –esa excesiva preocupación por la lucha ideológica– se antoja hoy, sin embargo, una cuestión determinante. Y lo es, entre otras cosas, porque precisamente esa derrota de los sindicatos mineros en manos de Thatcher, muy glosada en el imaginario cinematográfico, por ejemplo, sigue siendo una amarga lección de los errores políticos ligados a esa vuelta al “realismo” de clase sin práctica cultural. En Inglaterra se esperaba la fuerza de la clase trabajadora, pero tampoco llegó esta vez conforme a las expectativas. Si la respuesta realista al cinismo de la clase dominante produjo una política incorrecta para esa lucha correcta fue justo por descuidar el trabajo ideológico y subestimar el modo en el que el adversario había cambiado también su forma. Ahora se llamaba neoliberal, y mientras la Izquierda ondeaba épica y frontalmente sus banderas frente al adversario, aquél ganaba sutil y capilarmente su fuerza mediante la búsqueda de consentimiento en las experiencias de la vida cotidiana y lograba condensar la inevitable pluralidad y la diferencia de las sociedades tardocapitalistas en un proyecto político-cultural.

En esta coyuntura sin garantías históricas, puede entenderse que la arquitectónica tradicional de la Izquierda, con sus privilegios apoyados sobre la diferencia entre base económica y supraestructura ideológica, entrara en crisis. Lo significativo es que, a raíz de las transformaciones culturales del capitalismo desde los sesenta, tener políticamente los pies en el suelo dejó de ser una opción, al menos políticamente hablando, realista. Máxime cuando las clases trabajadoras votaban derecha y los oprimidos por el sistema parecían mostrarse muy interesados en luchar contra sus presuntos intereses “naturales”. Ante esta situación, el error político de la Izquierda fue, siguiendo la clásica brújula de los cimientos –ese “en última instancia”–, adoptar el mantra racionalista y entender como un simple error de juicio por parte de las masas su renuncia voluntaria a sus intereses, el haberse dejado manipular por las añagazas del conservadurismo thatcheriano. Ahora bien, si el nuevo “populismo autoritario”, como fue definido por Stuart Hall, generó tal consentimiento ¿no fue porque, en esa situación concreta, aunque deformándolas en un sentido de repliegue conservador, interpelaba y escuchaba mejor las condiciones reales, experiencias y contradicciones de la vida de la gente?

¿Qué lecciones extraer de estos procesos históricos? Una posible, que si la izquierda quería ser una alternativa seria, su reconstrucción tenía que partir del reconocimiento de los puntos fuertes de su adversario y ser también consciente de su fuerza ideológica. En esta conservación con el diablo ya Gramsci había marcado líneas de orientación de una posible propuesta carente de garantías pero rica en articulaciones. Si la huelga de mineros de 1984-1985 mostró algo era que la apelación desnuda a la lucha de clase en los términos “realistas” de Buffet se estrellaba ante un thatcherismo que había conquistado posiciones de consenso en espacios sociales tradicionalmente ocupados por la clase trabajadora. La crisis se cerraba desde arriba en términos neoliberales mientras las apelaciones a “lo obrero” seguían planteando el territorio de combate en los escenarios clásicos.
Si Podemos apareció para algunos sectores como un “intruso” en la casa de la izquierda es porque buscó desde su entrada en escena, conforme a estas lecciones históricas, poner entre paréntesis esa identidad que obligaba obsesivamente a transmutar heroicamente las derrotas en victorias y jugar otro juego, cambiando la escala del enfrentamiento. Se había perdido, y había que reconocerlo, pero no necesariamente había que resignarse. El momento autocrítico del pesimismo de la inteligencia podía encontrar su optimismo. Pero para ello había que superar una estéril alternativa, la que aparecía, por un lado, entre la apuesta por abrillantar los cimientos del edificio de la Izquierda a la “espera” de que los receptores llegaran a la buena nueva de su mensaje en virtud del reconocimiento de sus profundas contradicciones y malestares y, por otro, los diferentes voluntarismos. En este sentido, yerran en el tiro quienes acostumbran en sus análisis a identificar a Podemos con una “fantasía intelectualista” enamorada de la capacidad mundoconstituyente del discurso y al margen de las condiciones materiales y sociales, como trataré de argumentar.
Aquí observamos algo curioso: cuánto más se desacredita políticamente a la formación por interpelar al grado más grosero de la emotividad, más se censura teóricamente su supuesto manierismo conceptual. Incluso allí donde la Izquierda cuestiona de Podemos una excesiva interpelación moralista al sentido común de “lo justo” que maquilla las “verdaderas” necesidades e intereses, la Derecha solo percibe a un funesto aprendiz de brujo que desata las bajas pasiones de la turba.

En todo caso, hastiado de esa espera, que solo redistribuía el poder dentro de los aparatos tradicionales de partido, y sabedor de la ilusión que suponía seguir huyendo hacia adelante, Podemos entró en la escena política española entendiendo que debía aceptar y contaminarse con ese fragmentado y contradictorio sentido común existente trabajando en sus núcleos de buen sentido. Había que intervenir y “llegar a tiempo” allí donde la construcción política podía ser más efectiva. En pocas palabras, no había que seguir esperando a la Izquierda. Para ello había que aligerarla un poco de peso, aceptar un horizonte político sin garantías históricas, y afinar la relación entre la teoría y la praxis. Pero no desde un voluntarismo discursivo, como se critica habitualmente con desconocimiento, sino justamente para poder conectar mejor con la realidad social. Había que tener presente la lección del 15M de que la construcción política se podía realizar mejor bajo fórmulas más sencillas, emotivas y cotidianas que desde proclamas identitarias o marcos apriorísticos que recortaban la coyuntura en función de sus presupuestos a priori. Lo que perturba de los nuevos agentes políticos es que son fuerzas históricas que no se cimentan de forma evidente o directa en las condiciones específicas de la vida material o, al menos, se relacionan con ella de una forma más compleja.

Sin embargo, la respuesta de los críticos fue inmediata: Podemos buscaba “construir la casa por el tejado”. En lugar de ver la complejidad del “con”, se optó por la interpretación de “por el tejado”. Demasiada “cultura” y discurso, en suma. Aunque, ciertamente, la casa de la Izquierda, a pesar de los entusiastas insobornables al desaliento (“El 15M como fase prerrevolucionaria”), si no estaba medio en ruinas, no ofrecía muy buen aspecto, no se ponía en duda la relación entre los cimientos y los techos ideológicos.

¿Qué ofrecía Podemos a la pérdida de ese privilegio arquitectónico de la Izquierda? La hipótesis de que el importante aprendizaje realizado desde la década de los sesenta por los movimientos sociales de que los intereses políticos no se agotan en situaciones conflictivas de clase no necesariamente tiene que implicar cortar el nudo existente entre las situaciones sociales y materiales y los intereses políticos. Eso sí, esa tensión debía afrontarse con una mayor complejidad de lo que la izquierda tradicional lo había hecho en su programa político y práctica cultural. ¿Cómo impulsar una mejor relación entre los “cimientos” y el tejado, entre la “materia prima” de los malestares sociales y el horizonte, la ilusión de futuro?

Se esgrime desde la izquierda marxista, y a veces con razón, que la imagen planteada por sus críticos revisionistas es de un excesivo reduccionismo. Pero en este debate también a veces uno tiene la impresión de que la izquierda tradicional a menudo entiende que tomarse la cultura en serio es tomársela excesivamente en serio y de que con frecuencia se construye un espantajo, el muñeco políticamente hipertrofiado del “voluntarismo discursivo”, para evitar un debate más matizado y complejo sobre una práctica política y económica sensible a las derrotas ante el neoliberalismo. Si acudimos, por ejemplo, al análisis del thatcherismo y la derrota de las luchas mineras en los ochenta, observamos que tanto por los resabios reduccionistas como también por los excesos posmodernos culturalistas no hemos avanzado demasiado.

En este contexto, la novedad de Podemos, y lo digo so pena de ser repetitivo, ha radicado precisamente en ofrecer una posibilidad distinta de entender la conexión entre la teoría y la praxis, no en disolverla desde una presunta autonomía del discurso político. En otras palabras, ¿realmente alguien puede creer que el éxito de su hipótesis ha consistido en su voluntarismo discursivo al margen de las condiciones materiales y sociales de nuestro país? Si la práctica político-cultural de Podemos ha abierto, como todo el mundo reconoce, una brecha no es, desde luego, porque haya sobrevolado moral o utópicamente con una “fantasía intelectualista” estas condiciones emergentes o se haya anticipado o fundido con ellas, sino porque las ha interpretado mejor desde una “imaginación –este es el matiz gramsciano decisivo– concreta” para transformarlas.

Si ha sido, al menos por ahora, una buena respuesta a una problemática concreta es porque, de algún modo, esta respuesta estaba ligada orgánicamente, por así decirlo, a dicha problemática social, esto es, no estaba separada de ella. Si no hubiera sido así –y este era el riesgo que sobrevoló, en enero de 2014, sobre muchos participantes en el acto del Teatro del Barrio–, no habría existido ningún espacio político de mayorías para Podemos y la formación habría engrosado la larga lista de “frentes populares judaicos” al estilo de Monty Python. Alguien dijo que el discurso del PSOE tenía éxito porque era un retrato fidedigno de la sociedad española; si Podemos empieza a serlo es justo por lo mismo. Ojo, y un retrato no es una foto fija, sino más bien en movimiento, con sus deseos y expectativas.

Es esta relación entre la hipótesis teórica y la realidad social en movimiento la que queda desdibujada cuando se presenta a Podemos como la hipótesis de un grupo básicamente universitario que, experto en el marketing político, ha sabido agregar mecánicamente, en función de un discurso seductor, múltiples voluntades. Esta lectura no solo subestima la capacidad popular de entendimiento como una dimensión activa, sino que malentiende la tensión entre el proyecto político y la fuerza social que le acompaña, toda vez que la entiende como simple arcilla susceptible de ser estirada y moldeada por una supuesta vanguardia intelectual.

En efecto, más que asumirse de un modo pasivo, la identidad de un proceso colectivo se conforma en su proceso, en su aprendizaje, en sus relatos, expectativas de futuro, hitos e imágenes. Este es el sentido de que un pueblo, más que nacer o venir al mundo, deviene.

Esta es una construcción que hoy precisa, frente a las élites extractivas, no de un cierre de filas desde la suma de fuerzas “radicales”, sino sobre la base de una inédita y radical fraternidad social entre extraños que no descuide el trabajo político en esos espacios cotidianos y normalizados que hasta ahora eran vistos como distracciones secundarias. Esto es justo “hacer pueblo”: impulsar un proceso de aprendizaje colectivo distinto del de construir sobre los cimientos de la “casa de la Izquierda”.

En el artículo de respuesta a Iñigo Errejón de Brais Fernández y Emmanuel Rodríguez, ya replicado adecuadamente por Adrià Porta y Luis Jiménez en lo que respecta al supuesto problema de “la autonomía discursiva”, hay un punto, aparentemente secundario, que quisiera comentar para terminar. En él llama la atención cierta indiferencia en relación con la “clienta animalista” y el “carnicero que se divierte en Chueca”, los dos ciudadanos que se muestran simpatizantes con Podemos en el artículo del secretario político de la formación morada. Mientras Errejón parte del malestar difuso de ambos individuos como una advertencia reflexiva sobre cómo los procesos de construcción política articulados por Podemos no nos sitúan en un escenario en absoluto claro y distinto y, desde luego, ajeno a los modos de interpelación individualista del liberalismo y clasista del marxismo, Fernández y Rodríguez, atados a la típica lógica de la izquierda tradicional de ir más allá de lo aparente e ir a los “cimientos”, parecen desestimar la relevancia política de estos malestares “superficiales” por no situarse en la esfera genuina de la lucha y el conflicto (“sin la experiencia del conflicto, no hay sujeto”, escriben). Se deduce que, en las prioridades de su agenda política, ni la clienta animalista ni el jovial carnicero del “súper chic” (sic) del barrio de Errejón merecen especial atención por no ser suficientemente radicales. A diferencia de ellos, entiendo que articular y construir sobre estos malestares un discurso político es un trabajo hoy necesario de no menos radicalidad política.

En primer lugar, porque esa indiferencia deja de lado la constatación de que en un escenario en el que las élites políticas y económicas actuales à la Buffet viven tan obscenamente a espaldas del resto de la sociedad, estos individuos tan “normales” son aliados frente a un mismo adversario que desahucia nuestras mismas condiciones de vida. En un contexto como el del neoliberalismo actual que hace gala de la mayor radicalidad revolucionaria y erosiona toda normalidad, ¿cómo no hacernos cómplices de la gente normal? Por otra parte, ¿cómo cambiar las cosas si somos demasiado diferentes de esta normalidad? Cuidado aquí -no lo digo por los autores– con repetir errores anteriores de la Izquierda, cuando la crítica radical a todo lo “burgués” por pusilánime y moderado allanaba el camino a la concentración de un capital que veía con buena gana las reivindicaciones extraordinarias de un “hombre nuevo”.

En segundo lugar, mientras el interés de Errejón va de las expectativas afectivas de estos dos individuos a la identificación con el proyecto de Podemos –¿qué fantasía o imaginación concreta les estimula?–, Fernández y Rodríguez, ajenos al reconocimiento de esas demandas, rehacen el camino yendo a la situación social de estos, mostrando indirectamente su esterilidad política a raíz de su moderación social (hasta ahora) indiferente a la lucha y el conflicto social.

La no interpelación o descalificación implícita de esos espacios de vida y reconocimiento, que no se interesa por la densidad de esas experiencias e identidades no forjadas en la esfera del trabajo, se antoja además un repliegue político problemático en un contexto como el neoliberal. Por otra parte, al subordinar estas experiencias cotidianas al centro de gravedad del conflicto deja escapar la cuestión de cómo evitar el sectarismo y abrirse a la generación de nuevos sujetos políticos. Porque es en este terreno ambiguo donde también pueden constituirse otras prácticas y confrontaciones. Aquí lo que se puede ver como una “evasión” culturalista de lo importante es justo el terreno decisivo, por mucho que se perciba erróneamente que ocuparse de “esas cosas” no es hacer política de verdad.

En la medida en que los críticos de Podemos tienden a entender la lógica política como una topología binaria donde la superficie y la profundidad no tienen posibles mediaciones, desestiman el valor político de ese malestar confuso y epidérmico –ese “plus de sentido” o “excedente simbólico” del que habla Errejón– por no ser un valor político serio. No merece la pena tomarse en serio, parecen decir, a quienes no se toman la política suficientemente en serio, esto es, como lucha o conflicto. Vemos aquí que tomarse el plano cultural o discursivo en serio apunta a una lógica distinta que no necesariamente lo plantea como causa última. En este sentido, tomarse culturalmente la política en serio significa tomarse en serio a quienes parecen (solo desde la mirada profunda de los “cimientos”) no tomarse la política en serio. Yerra el tiro, pues, quien ve en este movimiento un gesto que hace cultura mientras no puede hacer política transformadora; es justo al contrario, se hace práctica cultural para hacer política transformadora, mientras se hace política.

Si Podemos ha puesto en práctica una mejor gramática de la crisis española no es porque se haya limitado a ser el reflejo directo o mecánico de la fuerza ya existente en las calles y plazas, sino porque ha sabido construir intereses políticos de forma efectiva sobre y desde estas nuevas fuerzas difusas de cambio y resistencia. Llama la atención por tanto que se acuse de hipertrofia politicista a una hipótesis que ha transformado con tanta efectividad la realidad del tablero político existente y precisamente dejando de lado las estrategias que ahora se vuelven a esgrimir como menos intelectuales y “más realistas”. Más que debates teóricos sobre Laclau, Althusser o Kant, ¿no es más importante partir de esta premisa: ¿cómo y por qué hemos llegado a ser en la práctica la verdadera fuerza alternativa al bipartidismo y al Régimen del 78?

Lo que está en juego en esta “vuelta a los cimientos” por parte de la Izquierda clásica y, por tanto, en esa imagen de la cultura como simple “tejado” es un problema político hoy crucial. En la medida en que estas posiciones, marcadas históricamente por un modo muy directo de entender la militancia y la lucha social “en la calle”, entienden que la hegemonía ideológica no se gana en el terreno cotidiano del sentido común, un plano por definición, según esta concepción, excesivamente normalizado y “pasivo”, sino en el de los cimientos de la casa –la base socioeconómica, su reproducción y sus intereses “objetivos”–, es estéril plantear una lucha en un enclave donde, según ellas, no se gana absolutamente nada o muy poco.

Otra posición parecida aquí es la que subraya la necesidad, a la hora de hacer política, de luchar no para conseguir poder o construir una mayor fuerza de consenso para introducir determinadas cuestiones, sino de decir enfáticamente la verdad. No hace falta insistir en qué medida la Izquierda tradicional ha estado apegada a esta imagen topológica que separa sin mediaciones entre la superficie de la ilusión y la mixtificación y la realidad de fondo. Aquí la obsesión espeleológica de la Izquierda tiende a no comprender el sentido común como un espacio de frontera o zona de contacto no dominada unilateralmente por la lógica capitalista y que muestra resistencias y fisuras.

Podemos no es ni puede ser un proyecto puramente teórico basado en una política ideológica ociosamente desconectada de sus bases sociales; por el contrario, debe operar como una fuerza social organizadora que constituya activamente a los sujetos humanos desde la raíz de sus experiencias en la esfera de la vida cotidiana y pretenda dotarles de formas de valor y creencia relevantes para sus tareas sociales específicas y la reproducción general del orden social. Estos sujetos se constituyen siempre de manera conflictiva y precaria; y aunque la ideología se “centre en el sujeto”, no puede reducirse a la cuestión de la subjetividad. Aunque la mejor política ideológica posible contribuya a la constitución de intereses sociales en vez de limitarse obedientemente a expresar o reflejar pasivamente posiciones dadas de antemano, no da carta de naturaleza ni crea desde la nada estas posiciones por su propia omnipotencia discursiva.

Si, como ha escrito Santiago Alba, “en las palabras cabe mucha más gente que en una casa” es porque, como también ha dicho Iñigo Errejón, “el discurso no es un mero ropaje”. En una situación de desahucio de nuestras condiciones antropológicas de existencia en la que, como hoy es ostensible, lo viejo, agonizante, no termina de morir y lo nuevo de nacer, también emergen comprensibles miedos o reacciones defensivas, tentaciones de cimentar el edificio mirando hacia abajo sin mirar hacia el horizonte cultural. Miedo a perder las viejas certidumbres políticas conocidas por lo bueno por conocer que se puede construir, traduciendo los gestos y reivindicaciones heredados a las nuevas exigencias; miedo ante el vértigo de estar en una formación política que se expone a los ojos del mundo por abrir una brecha desconocida cuando supuestamente “no había alternativas”; miedo a perder suelo y el reconocimiento de los tuyos por salir de las zonas de confort y buscar a los que faltan; miedo a escuchar el confuso lenguaje en el que habla culturalmente el presente cuando tu mirada está demasiado vuelta hacia atrás o demasiado adelante. Un lenguaje de época, en efecto, que solo es ruido o mera cáscara seca para quien aún piensa en que puede desnudar la realidad con una última verdad o cree demasiado en la autenticidad, pero que también es un filón para quien lo explora en su política cultural como terreno de lucha.