Publicado en ctxt.es, el 1 de abril de 2016

Convengamos en que en las últimas décadas la posibilidad social de cambio había quedado desmoralizada por la pesada percepción de que “no había alternativas” a la gestión neoliberal existente. Esta resignación, a veces teñida de cinismo, ante los hechos consumados llevaba con frecuencia a los abogados del cambio a ser caricaturizados en la opinión pública como ilusos de lo imposible o como utópicos Quijotes. Recordemos, por ejemplo, el sintomático retrato de época que de Julio Anguita hacían los guiñoles del Canal +: una especie de “iluminado” que, a lomos de su rocín Soberano, blandía su espada afeando al personal su conducta. Una descripción no exenta de malicia de alguien en el fondo alejado de la realidad. Corría el año 1996 y acababa de ganar el PP las elecciones generales. IU había alcanzado su mejor resultado histórico, 21 escaños. Alguien podría hablar de la manipulación mediática de PRISA y de su tentativa de ridiculizar a quien había anunciado su tesis del sorpasso, abogando por romper puentes con el PSOE de Felipe González, pero dejaría sin contestar la pregunta de si ese supuesto alejamiento entre la realidad y el Anguita educador de masas propuesto por los guiñoles obedecía a más causas y respondía también a una sensibilidad reticente en ese momento histórico. Ciertamente, ni entonces ni ahora era fácil hacer política a contracorriente.

Estamos en 2016 y esa distancia entre resignarse al peso inamovible de la realidad y la posibilidad de una alternativa se ha reducido significativamente, también en escaños. De ahí la importancia del trabajo de Podemos a la hora de abrir una brecha realista de lo posible y desplazar este horizonte. Si algo ha mostrado su fulgurante emergencia es que, en estos últimos años, no estábamos precisamente ayunos de buenas ideas, sino, más bien, de la ausencia de peso político efectivo detrás de esas ideas. Es decir, por fin había una alternativa dispuesta no a ocupar la casilla fija de contestataria oficial, sino con posibilidades efectivas de intervención, como enseguida se comprobó por la reacción defensiva de las élites. La realidad social española, desde luego, ha cambiado mucho desde 1996 y tras el drama de la crisis. La prueba es que Podemos no se percibe ya como un Quijote en el fondo inofensivo, sino como un enemigo poderoso y ambicioso que no lucha precisamente contra molinos de viento. Algo ha cambiado.

Esta diferencia a la hora de entender al adversario es decisiva en nuestra historia reciente, máxime teniendo en cuenta en qué sentido la Izquierda tradicional, pero también la alternativa no disputaron este espacio de mayorías. Una de las razones por las que se condena hipócritamente la “arrogancia” de Podemos puede tener que ver con esta clave: no oculta su aspiración a llegar al poder, no desprecia en absoluto las herramientas comunicativas que usan los partidos mayoritarios y, sobre todo, no busca hacer de la necesidad de las derrotas del pasado la virtud de la autenticidad.

Cierta Izquierda, y aquí Anguita, hay que reconocerlo, fue una excepción, ha sublimado demasiadas veces su falta de peso a la hora de conectar con su actualidad en un discurso de identidad autoafirmativo. Cuanta más reclusión en los márgenes, más guardianes de las esencias. Creyendo que acercarse demasiado a las pasiones y malestares mayoritarios era halagar a las masas o, como declaró algún dirigente del PCE, «pasar la mano por el lomo de las clases medias», no se interpretó esta elocuente incomunicación en términos autocríticos, sino de perplejidad amorosa: “¿Por qué no nos quieren si representamos sus intereses como clase trabajadora”?

La arrogancia que hoy ofende tanto a las élites, por tanto, tiene que ver también algo con la voluntad de Podemos de haber abandonado el discurso de minoría de edad en el que quedaban encasillados los discursos críticos hasta ahora existentes. Bajo este signo, la pereza intelectual con la que se acusa de «populismo» a la formación por parte de creadores de opinión que reclaman tener el monopolio «ilustrado» es elocuente: esconde una implícita recriminación por abandonar los marcos de la pureza ideológica en pos de una mayor capacidad de comunicación y permeabilidad al deseo social de cambio popular. Y por recoger otras fuerzas críticas, no políticamente ortodoxas para la tradición de Izquierda, pero igualmente ilusionadas que, aunque a veces distorsionadas, obstaculizadas y frenadas, laten en las experiencias cotidianas de una población duramente golpeada por la crisis.
Era preciso dar una forma políticamente concreta a este frágil y a la vez poderoso deseo transversal. Por ello Vistalegre no fue la “traición” del asamblearismo horizontal del 15M –una tendencia importante del acontecimiento, pero entre otras– por parte de una maquinaría de Partido, sino la exploración provisional de una forma de organización que pudiera abandonar el parque temático ideológico en el que se habían acostumbrado a vivir, a pesar de sus diferencias, tanto la Izquierda institucional como la alternativa. Ante esta necesidad de aterrizar la ilusión de cambio en un espacio más amplio y dotarla de cuerpo y contenido, este hito inaugural supo que tenía que afrontar, como ha escrito Rodrigo Amírola, ese «conflicto irresoluble entre democracia y eficacia que cualquier organización democrática ha de tomarse en serio, si quiere estar realmente haciendo política y no otra cosa». Cumplida esta tarea, el reto pasa ahora por construir una forma de partido más plural cuya necesaria expansión respete las particularidades, más arraigada afectivamente en el territorio y consciente del reparto democrático de poderes.

Desde entonces, Podemos ha mostrado su capacidad de ser a la vez herramienta de cambio y organismo en proceso de mutación. Por ello no puede ser reducido a una suerte de mecano artificial que trate de ensamblar piezas naturalmente separadas; se parece más, valga la imagen, a un Transformer que orgánicamente ha de mutar su fisonomía en función del camino, sus aprendizajes políticos y los cambios de coyuntura. No, desde luego, un Transformer infinitamente plástico y maleable, oportunista, sino siempre fiel a una matriz básica: responder a la voluntad social de cambio y a la tarea histórica que le ha sido encomendada, teniendo en cuenta además las luchas y conquistas sociales de nuestros antepasados.

Por todo ello, parece obligado que la construcción de este nuevo sujeto colectivo tenga que afrontar incesantes crisis internas de crecimiento. Básicamente, porque este no puede tener lugar sumando de modo maquinal vagones –paquetes de intereses– a una locomotora en marcha, ni estirando el chicle de las alianzas hasta el infinito, sino creando políticamente las condiciones para un proceso de aprendizaje social y colectivo que también pueda modificar a los agentes de cambio en su interacción.
Aquí, el vértigo y la vulnerabilidad que amenazan a quien osa abordar de una manera no identitaria el eje clásico Izquierda/Derecha no son insignificantes, como se ha podido percibir en la cobertura mediática sobre la “crisis” de Podemos. El difícil equilibrio en el que se encuentra quien busca trabajar en estos nuevos y deshabitados espacios laterales de la política tradicional es visto por los que se aferran a los viejos ejes de gravedad como intrusismo, traición o manipulación de masas; el necesario debate sobre las diferencias internas, percibido cínicamente como lucha descarnada por el poder –«lo veis, son todos iguales»–; la incorporación y superación de los momentos de verdad del adversario político, como amenaza de desnaturalización de los principios; la orientación a la transversalidad como impureza o, peor, ladino oportunismo que terminará lastrando alternativas futuras más sinceras. Cierto que hay riesgos, pero no menos si se desocupan estas ambivalencias.
Y todo esto, ¿nos debilita? Nos debilita solo si la presión de estas inercias del pasado nos lleva a la casilla de salida y a reconocernos en los viejos espejos: la imagen de Podemos como otro partido quijotesco de Izquierda condenado a repetir los errores del pasado; o como la oportunista muleta restauradora de un Régimen moribundo. Esta doble caricatura une curiosamente a los críticos que presionan a Podemos por la izquierda y la derecha bajo un denominador común, un mismo diagnóstico limitado de la crisis española y sus consecuencias. Siguen viviendo en la misma sin cuestionar el centro de gravedad sobre el que piensan y hacen política y sin plantearse si esta crisis ha hecho tambalear su propio suelo.

Por muy diferentes que estén en el espectro ideológico, los que quieren que Podemos se reconozca en las imágenes de la feroz autenticidad o el moderado y aseado parvenu presto a pactar por un trozo del pastel político tienen algo en común: siguen apegados al centro gravitatorio del pasado y sus ejes. Ni obsesión por el «gobernismo» ni un autocomplaciente enseñar los dientes: el camino de Podemos ha de pasar por el medio, porque solo desde este grande, terrible y transversal «medio» cabe alterar realmente la correlación de fuerzas existente. Y como se ha repetido ya, ocupar este espacio no es ocupar el centro político, sino construir un nuevo horizonte de época desde el que sea irreversible y se haga sentido común el cambio.