La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, afirmaba en una entrevista ofrecida a la revista Capital Humano, que la reforma laboral de 2012 ha inaugurado una “nueva cultura del empleo basada en reforzar la colaboración”. Al más puro estilo orwelliano; los derechos son un lastre, el paro una oportunidad, la precariedad tu falta de empleabilidad. En Alemania se llaman minijobs, hay 7,5 millones de ellos y el 10% de la población necesita vivir de las ayudas sociales. En el Reino Unido adopta el nombre de “contrato cero horas”, o lo que es lo mismo, disponibilidad total y muchas veces exclusiva con una empresa que no garantiza un mínimo de horas trabajadas ni una remuneración salarial determinada. No son exactamente lo mismo y las coyunturas nacionales son divergentes, pero van por sendas parecidas: la misma que emprenden las sucesivas reformas laborales en España. Asumir la desigualdad como algo imposible de modificar, priorizar el interés de los accionistas por encima del bienestar de la sociedad, y seguir manteniendo la respiración artificial de una sociedad centrada en un modelo laboral que hace aguas por todas partes.

Curiosamente la consigna anarquista “¡Abajo el trabajo!”, heredera de las aspiraciones contestatarias de la juventud proletaria en los años 70, es puesta en práctica por un capitalismo que reduce la cantidad del trabajo pagado. Lo hace no para liberar a la humanidad de su yugo, sino para someterla al dominio de su escasez. El trabajo por el que te pagan ya no garantiza la condición de ciudadanía, lo cual es paradójico, sobre todo si tenemos en cuenta que cada vez más parcelas de la vida son puestas en venta y se mercantilizan. Esto se traduce en precariedad e incertidumbre para la mayoría y en una aspiradora que extorsiona el dinero y los bienes comunes para el régimen financiero. Se trata, a fin de cuentas, de bajar los porcentajes de desempleo a costa de aumentar los trabajadores pobres, reducir la calidad del empleo, bajar salarios, erosionar derechos y disparar el paro crónico. “La precariedad si es temporal, como un paso hacia un trabajo mejor, está bien porque estas personas al menos tienen un puesto de trabajo”, afirma Marianne Thyssen, comisaria europea responsable de Empleo y Asuntos Sociales. Idea que choca con el diagnóstico del Comité Europeo de Derechos Sociales del Consejo de Europa, cuando sentencia que el salario mínimo interprofesional en España, 648 euros, “no garantiza un nivel de vida digno”. Esta lógica de la cuadratura del círculo, empeorar para luego mejorar, va muy en la línea de la interpretación ideológica hecha desde los años 80 sobre la curva de Kuznets para justificar la desigualdad como motor de progreso. La curva es una U invertida que muestra como, en un primer momento, el desarrollo genera desigualdades, para más tarde tender hacia la igualdad previo paso por un periodo de estabilización. Esa es la receta política marcada por poderes socioeconómicos que adoptan la apariencia de dioses intocables. El PP es posible que deje las cifras del paro muy parecidas a las que se encontró en 2011, pero con menos empleos indefinidos, menos empleo a tiempo completo, salarios más bajos, menos población activa y más déficit en las cuentas de la Seguridad social. Cuatro años más y bajan el paro, pero suben la miseria.

Desde que gobierna Rajoy, España es un país más empobrecido y más endeudado. La revista Fortune del pasado marzo publicaba un pronóstico del FMI que venía a situar el paro de España en 2019 en el 18,5%. Por supuesto que esa cifra no tiene en cuenta el tipo de trabajo –recordemos que 4,2 millones de asalariados, el 30% del total, tienen una nómina mensual que no alcanza los 950 euros brutos, eso solo los asalariados–. Pero además el FMI, al tiempo que daba esa cifra de paro, afirmaba que España se acerca al pleno empleo. Es decir, para el FMI, 18,5% de paro y una precariedad galopante es sinónimo de pleno empleo en España.

Cuanto más complicado resulta vivir de un empleo, más se refuerza desde las instituciones, desde los medios y las universidades, ese espíritu que nos empuja a toda la población a “tomar riesgos”. La centralidad del “factor humano” en la empresa y de la “empresa” en el factor humano, la jerga de moda con palabras como engagement, empleabilidad, o tóxico, debe ser visto a la luz de una nueva forma de poder en que tu propio deseo parece acoplarse al deseo del mercado sin aparente necesidad de venir impuesto. Todos en el mismo barco, ya no eres trabajador, ya no hay un “afuera” ni hay conflicto, ahora somos “colaboradores”, todos somos empresa porque tú eres tu propia empresa y la sociedad entera debe funcionar como una empresa. No una empresa cualquiera, no, se trata de una modalidad de empresa que bombea al ritmo speedico de las finanzas y el humor del mercado, de la competencia, de la venta permanente de uno mismo y la caprichosa economía de la atención.

Una sociedad que reduce el tiempo de trabajo socialmente necesario, pero que paralelamente aumenta la dependencia vital al (auto) empleo entre quienes lo tienen y también entre aquellos que no lo tienen. El reverso de Marx: aumenta el número de gente que trabaja menos horas, ¿reducción de la jornada laboral? Sí, pero a costa de ser más pobre, no de vivir mejor. Cada vez más se borran las diferencias entre población asalariada y por cuenta propia y se hace tabla rasa. Proyectan un Mad Max social, un desierto donde se persigue el faro del éxito y la felicidad, la ruta de las sonrisas a cambio de una dependencia total, de una dedicación plena y un vuelco emocional completo: militantes, guerrilleros de una empresa, esa que llevas dentro, esa que coloniza el deseo social e individual, el espacio y el tiempo. Hay todo un batallón de vendedores de ilusión que harán lo posible para que te olvides de que existen salidas colectivas. Movimiento reilusionarse, un cóctel de frases vacías o sacadas de contexto provenientes de personajes históricos, junto con lugares comunes que ofrecen certezas tan sólidas como el humo: “No te preguntes ¿por qué te pasa esto?, sino ¿para qué sirve esto que te pasa?”. Claro, ¿para qué te sirve un trabajo de 700 euros, o que te desahucien, o que recorten en sanidad? Todo tiene un lado amable, sobre todo para el negocio de la motivación que se nutre de la desesperación.

Entre las brumas merodeamos tropezando con la misma piedra una y otra vez, persistiendo en idealizar una sociedad que gira en torno al pleno empleo, cuando materialmente eso no es más que un recuerdo mistificado. La flexibilidad, sin embargo, como las máquinas y la crisis de la sociedad del empleo, tienen varias caras. Una ya la conocemos, es la que somete todos los ritmos de la vida a las necesidades del tiempo financiero 24/7. La otra cara reedita la autonomía en tiempos contemporáneos, tratando de dar otro uso a ese recurso social llamado tiempo, reafirmando la base de la libertad ciudadana e igualando el acceso al poder, a la decisión. Un reparto democrático del tiempo que asegure ingresos y reconozca la actividad social que se hace y no solo la que se tiene a través de un empleo, puede desmercantilizar fragmentos de nuestra vida encharcada en la ciénaga que dicta la autovalorización capitalista. Cada vez se libera más tiempo y se produce más con menos empleo, ¡aleluya!, la pregunta entonces es la siguiente, ¿cómo gestionar esta situación? Valorando el trabajo que se hace y no solo el empleo que se tiene, liberando tiempo del tiempo del trabajo pagado sin que eso implique sucumbir en la exclusión o la precariedad.

El inglés distingue entre labour/work, el griego lo hacía entre ponos/ergon, o el latín entre labor/opus para diferenciar entre actividad, creación –que se consideraba “superior”– y el trabajo “inferior”, duro, por lo general. Hoy, dicho en términos marxistas, las fuerzas productivas, ese “resultado de la energía práctica de los hombres” acondicionada a su tiempo histórico, permiten hacer efectiva una realidad donde prevalezca la primera opción sobre la segunda. Salgamos del imaginario –de izquierdas también– que acusa de “inactivo” a quien no tiene un trabajo pagado, pero que sí hace cosas, y empecemos a pensar en obtener ingresos aunque no tengas un “trabajo”. De hecho, para los griegos solo podías estar activo si tu tiempo no dependía de las necesidades de otro. ¿Puede ser libre alguien que siempre está disponible, pendiente de las necesidades de otro que contrata un servicio porque no tiene tiempo, pero sí el dinero para contratar el tiempo de alguien por menos dinero de lo que le cuesta ganar el suyo? Esa es una de las bases de la llamada economía colaborativa: un banco del tiempo capitalista que da el paso desde una concepción de la propiedad que se tiene a otra a la que se accede por un tiempo concreto.

Esperanza Aguirre considera la prestación por desempleo “un año sabático” y la CEOE la compara con “una renta que se percibe cada dos años”. Hagamos aikido con esas acusaciones y démosle la vuelta para responderles: ¡ojalá fuera así! En lugar de familias que no pueden dormir bien por las noches sabiendo que se les acaba la prestación porque no hay empleo, apostemos por un modelo que garantiza la seguridad de tener un tiempo propio sin miedo a caer en el vacío. El totalitarismo ideológico nos convence de lo siguiente: confiar en que a los ricos les vaya todavía mejor es garantía de estabilidad y tarde o temprano, algo le caerá al resto por medio del goteo. Por el contrario, hablar de construir un modelo de ciudadanía que no dependa totalmente del trabajo pagado, es fomentar la vagancia. Tenemos que confiar en que algunos vivan de las rentas especulativas del urbanismo, o de las finanzas, pero en cambio,  reivindicar el derecho a la existencia de todas las personas, es inviable y populista. La racionalidad de esta irracionalidad, pasa por tratar de trabajar más cuando se necesita objetivamente que se trabaje menos y se hagan más cosas. ¿No es mejor ecosistema para innovar, cooperar y vivir con seguridad, en lugar de nadar entre el miedo y la precariedad?

Lo cierto es que en los países donde menos horas se vende la gente para trabajar, más tiempo se disfruta, más se gana, y más productivos son. Pero repensar el trabajo más allá del empleo, pasa no solo por innovar en nuevos valores de uso, en otras formas de relacionarse y socializarse, también pasa por innovar en nuevos valores del deseo y en una oleada de subjetividad democrática. Desnaturalizar la máxima que denunciaba Bertrand Russell incrustada en el sentido común, donde “la idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos”, en el momento que –siguiendo a Marx– “la medida de la riqueza no será ya el tiempo de trabajo, sino el tiempo libre”.

La batalla económica no es una batalla de números, es igualmente una batalla semiótica, una pugna por la producción de significados y sus efectos sobre el intelecto colectivo. Producir anhelos y representaciones simbólicas, producir otro inconsciente que forje un carácter social de época distinto. Uno que coloque en la centralidad la exigencia del derecho al tiempo. Desquiciar el orden jerárquico de las reglas dadas, introducir el desorden en su dominio. Poner a trabajar toda esa cooperación, inteligencia y potencia social bajo otro foco, reorientar la interacción del deseo y las máquinas ahí donde “termina el trabajo impuesto por la necesidad y por la coacción de los fines externos” (Marx).