Publicado en eldiario.es, el 4 de febrero de 2016

Es el septuagenario impulsado por la juventud. Los datos que hay detrás del triunfo de Bernie Sanders en Iowa –donde su insurgencia de bases obtuvo casi un empate contra lo que describió correctamente como “la organización política más poderosa” de Estados Unidos– son asombrosos. Entre los demócratas de Iowa de 17 a 29 años, el 84% optó por este improbable icono juvenil; entre los de 30 a 44 años, Sanders aún se quedó 21 puntos por encima de Hillary Clinton. Fueron los estadounidenses mayores quienes acudieron en masa a Clinton: casi siete de cada diez de los mayores de 65 años. Se vio a las generaciones separadas por un abismo político.

He aquí un fenómeno que está lejos de limitarse a Estados Unidos. Es una historia de jóvenes que afrontan un presente y un futuro definido por la inseguridad económica, a menudo aparentemente condenados a una vida peor que la de sus padres. Se sienten con frecuencia no representados, ignorados, traicionados o totalmente atacados por la élite política. Son mucho más progresistas en los temas sociales que la generación de sus abuelos. Y están ayudando a impulsar movimientos que van de Sanders a Podemos en España, de Syriza a Jeremy Corbyn.
No es por exagerar o por simplificar demasiado. Una “generación” es en sí misma una generalización indiscriminada: puede incluir al multimillonario blanco jubilado y al pensionista negro que tirita en una casa fría, o a la hija de un minero y al joven que ha estudiado en colegios privados y cuyos padres ricos pagan su hipoteca. Solo una minoría de jóvenes están comprometidos políticamente de forma significativa, y muchos menos están políticamente activos. Y eso incluye a aquellos que optan por partidos conservadores o incluso de ultraderecha.

Pero no hay dudas de que una franja de jóvenes privados de derechos está impulsando los nuevos movimientos de la izquierda. Las actitudes políticas han cambiado. La derrota de los laboristas británicos en mayo pasado se compara a menudo con el desastre de ese partido en 1983, pero en aquel momento, cuando el Partido Laborista fue derrotado bajo el liderazgo de Michael Foot, los conservadores obtuvieron una ventaja de nueve puntos en los jóvenes de entre 18 y 24 años, mientras que en 2015, los laboristas ganaron por 16 puntos en esa franja de edad. Es más: los jóvenes británicos son el doble de propensos a optar por los verdes de izquierdas que el resto de la población.

Mientras que una encuesta del mes pasado decía que un irrisorio 16% de los mayores de 60 años creen que Jeremy Corbyn está haciendo las cosas bien, la cifra se eleva al 41% en el caso de los jóvenes de entre 18 y 24 años. Durante las primarias que llevaron a Corbyn al poder, se sabe que la incorporación de nuevos militantes relativamente jóvenes bajó la media de edad del partido de 53 a 42.

“El cambio suele ir más hacia una mayor tolerancia que hacia un mayor conservadurismo”.

¿No es más que ingenuidad juvenil? “En 1984 y 1988 –señala el periodista estadounidense Peter Beinart– los votantes jóvenes apoyaron a Ronald Reagan y a George HW Bush con diferencia”. Margaret Thatcher también atrajo un nivel de apoyo juvenil que no ha tenido David Cameron. El indicio de que las personas se vuelven de forma natural más conservadoras a medida que envejecen no es concluyente; de hecho, en temas sociales, las personas mayores a menudo se limitan a mantener las actitudes conservadoras de su juventud. “El cambio suele ir más hacia una mayor tolerancia que hacia un mayor conservadurismo”, afirma un estudio estadounidense.

Para los británicos mayores, la izquierda puede ser asociada con el fracaso desastroso del totalitarismo soviético y la ruptura del consenso de la posguerra. Para los británicos jóvenes, pueden tener más influencia las consecuencias del colapso financiero y las profundas desigualdades que muestra claramente la sociedad. Es la caída de Lehman Brothers, y no la del Muro de Berlín, la que puede ser más significativa.

Las generaciones parecen vivir en planetas políticos diferentes. Los jóvenes estadounidenses son mucho más susceptibles de apoyar la inmigración que sus mayores, y de tener una visión positiva sobre los musulmanes. Mientras que los mayores de 35 se inclinan algo más por considerar que el Gobierno hace demasiado, los menores de esa edad se decantan mucho más por creer que hace demasiado poco. Es una generación que ha crecido en un mundo definido por los fallos del mercado y no por rivalidades de la guerra fría. Sanders, que se autodenomina socialista, es una especie rara entre los políticos estadounidenses. Pero es significativo que, mientras que solo el 15% de los estadounidenses mayores de 65 años tienen una visión positiva del socialismo, se eleva al 36% en los jóvenes de entre 18 y 29 años, solo tres puntos por debajo de quienes optan por el capitalismo.

En cualquier caso, es con seguridad la inseguridad económica lo que motiva el radicalismo joven actual. Una encuesta indicaba el año pasado que casi la mitad de los llamados “millennials” estadounidenses –los que tienen entre 18 y 35 años–consideraban que les deparaba un ” futuro peor que el de sus padres”. Cuarenta millones de estadounidenses están sumidos en deudas estudiantiles (por los préstamos que adquirieron para formarse), que contribuyen a reducir su calidad de vida y les dejan menos renta disponible para, por ejemplo, una hipoteca o un coche. La cifra de personas que poseen una casa a lo largo del Atlántico –el eje del “sueño americano”– está ahora en su nivel más bajo en casi cincuenta años. La recuperación económica es una abstracción para muchos jóvenes estadounidenses, que a menudo tienen trabajos inseguros y mal pagados con pocas perspectivas de subidas salariales o de la calidad de vida que creen merecer.

Se podría hacer una foto similar en Reino Unido, por supuesto. Las políticas del Gobierno han atacado desproporcionadamente a los más jóvenes: el castigo a las aspiraciones educativas triplicando las tasas a los estudiantes, el recorte de los servicios para la juventud y de la Education Maintenance Allowance (un sistema de prestaciones para estudiantes), un salario mínimo que discrimina a los jóvenes, una caída de la calidad de vida que los británicos mayores no han tenido que sufrir…

Una persona joven puede pensar que ir a la universidad –que ahora implica acumular un montón de deudas– no te abre las puertas que antes te abría. La cantidad de personas que poseen una casa está en su nivel más bajo del último cuarto de siglo, y se ha desplomado especialmente entre los jóvenes. Hay datos que indican que muchos han dejado de ahorrar para una hipoteca. Ahora hay más alquileres de propietarios privados que de vivienda pública. La mitad de los inquilinos de esos alquileres privados, con frecuencia desregulados y con alquileres que absorben todos sus ingresos, tienen menos de 34 años.

Puede que un día descubran que se les acabó la suerte.

Ahí está el peligro. Al igual que otros países occidentales, la sociedad británica está envejeciendo, y los votantes mayores están optando con mayor decisión por los conservadores y, al mismo tiempo, acudiendo más a votar. Los movimientos políticos nuevos se enfrentan a una tarea formidable: motivar a los votantes jóvenes para que vayan más a las urnas y convencer de su causa a una parte significativa de los mayores. Un fracaso en ese objetivo sentenciará a esos movimientos. Pero la élite política convencional no debería darse por satisfecha. Parecen creer que pueden abandonar a los jóvenes sin sufrir ninguna consecuencia política. Puede que un día descubran que se les acabó la suerte.