En el anterior número de La Circular publiqué una crítica a las bases ideológicas o políticas del libro Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (Capitán Swing) de Víctor Lenore. Como la cosa dio algo que hablar en redes, prometí volver sobre el tema, desarrollarlo más o explicarme algo mejor porque, como suele pasar, hubo el clásico: “No era esto sino lo otro lo que yo quería… ” y demás sinsabores de la comunicación humana. Eso sí, voy a desarrollar aquellas ideas sobre lo hipster y la izquierda mediante Mad Max 4. A lo loco, sí.

Y no sólo porque sea una de las películas más interesantes y brillantes de los últimos años, sino porque muestra a la perfección aquello que yo le echaba en cara a Lenore o, por ser más exacto y justo, aquello que, utilizando el libro de Lenore, me permitía abrir un debate con una forma extendida y habitual de entender la relación entre cultura y política. Espero que, de paso, esta relectura nos sirva para entender qué pasa hoy con Podemos. Todo eso y más permite Mad Max 4(MM4 en adelante). En serio.

Empecemos con lo que intenté poner de relieve en aquella crítica, que no era la disputa en torno a una más o menos correcta lectura de lo hipster ni, más generalmente, del consumo y la producción cultural hoy. Lo que no comparto de ese libro y armó mi lectura crítica es, digamos, una moral izquierdista que lo sostiene, un tipo de mirada y de apuesta política que anima el libro. Un izquierdismo en absoluto propio o exclusivo de Lenore —está más extendido que los iPhones—, pero que, me temo, es inoperante en términos políticos. ¿Cuál? Pues el que opone comunidad a individuo, situando en la comunidad  (obrera, étnica, de barrio…) lo deseable y positivo, y colocando en el individuo (aislado y consumista de la ciudad capitalista tardomoderna), lo indeseable o patológico. Una frontera que separa, en el caso de Lenore, la creación cultural salida de esos espacios colectivos y comunitarios (los barrios populares, los guetos interétnicos, las comunidades obreras, los excluídos…) de la creación individualizada y por tanto despolitizada (lo hipster, que aparece como la reproducción en forma de gusto cultural de las diferencias sociales, el mantenimiento de los privilegios de la única clase que no se presenta y siente como tal).

No, decía en el primer número de La Circular que no me parece del todo útil construir discurso político —con capacidad de acción transformadora— desde esa oposición individuo/comunidad que convierte al primero en una patología de la normalidad que debiera definir el segundo. Expresada de muy distintas maneras y aplicada a muy distintos objetos (desde la maternidad en el capitalismo tardío al trabajo en el postfordismo, pasando por no pocas lecturas del municipalismo, la acción vecinal y la auto-organización), esta dicotomía constituye algo así como el punto cero de las izquierdas no socialdemócratas. Se decline como se decline, una estructura común aflora en todas ellas, y esta no es otra que aquella que convierte una configuración histórica determinada y acotada en el tiempo en el lugar desde el que definir la deseabilidad social: el obrero metalúrgico de antaño o el trabajador precario pero polivalente y relacional de hoy; el consenso social de los treinta gloriosos o la comunidad obrera soñada de la periferia de Manchester; el Xixon de los 80 con sus luchas y resistencia obreras o las subjetividades vecinales y autorganizativas de la otra transición a la democracia, etc.

Todos estos son, y tantos otros, lugares-mito desde los que definir la deseabilidad social, los modelos a los que regresar y proyectar e imaginar como ya realizados… aunque solo sea para resistir a un presente vivido siempre como pérdida de un algo que no se tuvo y un futuro que todavía no se tiene. Un presente agónico, siempre pensado desde la ausencia.

Pues bien, esa estructura es la que vuela por los aires en MM4, y lo hace, además, adentrándose en la forma en que esa lógica comunitaria atraviesa los géneros o, dicho de otra manera, en cómo las comunidades definidas desde identidades de género fuertemente construidas se enfrentan con lo político —tomar el control de la ciudadela— y lo individual —el conflicto del personaje masculino protagonista—. O, por último y como diría Zizek, en cómo la política es capaz de salir de la particularidad y construir universalidades situadas. O algo así.

Veamos, y por partes, que el tema lo merece. Primer gesto de MM4: disección de la masculinidad normativa machoálfica. Creo que nunca ha sido tan crudamente mostrada y llevada hasta el ridículo la masculinidad autoafirmativa y machirula. Una disección que ridiculiza, primero, por la vía de las prácticas; es el caso, por ejemplo, de la competencia entre varones que lleva a la destrucción permanente de todo lo vivo —tan del capitalismo caníbal que vivimos desde los 80—; la búsqueda de trascendencia puramente vacía, directamente relacionada con esa ilusión de ascenso social que anima esa competencia caníbal; la fetichización de toda forma mecánica (máquinas, coches, amplificadores y guitarras eléctricas, herramientas…) en estrecha relación con la identificación de los subalternos con su dominación (moral del esclavo, vaya); una especie de vínculo social testosterónico marcado por la ausencia de toda intimidad y todo vínculo relacional; una dominación masculina sin más contenido que la reproducción de… la misma dominación masculina, y suma y sigue.

Pero ridiculización machirula, también y en segundo lugar, visual y narrativa: el fuera de campo (no mostrar en imágenes, usar elipsis para dar por sabido algo) funciona obviando los momentos de resolución narrativa de la acción masculina o, dicho en cristiano: cuando el varón arregla un motor que falla y puede suponer la diferencia entre vivir o morir, sabemos que ha ocurrido, pero no vemos la reparación: es útil y necesario que ocurra, pero no merece la pena ser visto. Cuando otro varón, esta vez el (supuesto) protagonista, se enfrenta al más descarnado enemigo y sale victorioso tras una pelea testosterónica… la cámara no lo muestra, no lo graba, no se detiene en la acción ni en los cuerpos en batalla. Le vemos, eso sí, justo después de la batalla omitida, limpiándose la sangre del enemigo… ¡con leche materna! La elipsis se ahorra mostrar los momentos del relato que, ¡oh feminismo de la narración!, son meros instrumentos de otra cosa. ¿Qué otra cosa?

El segundo gesto, ahí empieza la otra cosa: frente a la comunidad masculina, la comunidad femenina. Frente a la dominación, la resistencia en forma de huída liberadora. La cinta, básicamente, cuenta cómo un grupo de mujeres —y no cualquiera, las esposas del amo dominante de la ciudadela que detenta el poder— intenta escapar de la dominación masculina y se lanza a la busca de una comunidad perdida. La utopía ya no tiene tiempo para realizarse —estamos en un tiempo sin tiempo, el Apocalipsis ya ha sucedido—; aquí, la utopía, como en Moro, vuelve a estar en el espacio, en el mapa: los parajes verdes donde habitan las muchas madres, mujeres todas viviendo en armonía y solidaridad consigo mismas, con la tierra y con la historia, con otra historia. Esa es la primera forma de liberación de la película, un liberación construida desde la huida, sí, pero una huida que, en un primer momento, es necesaria y liberadora.

Claro que hay un tercer gesto de MM4 que hace que la cosa sea mucho más gorda: no, la liberación primera en forma de huida no es definitiva, es solo un primer momento, necesario pero insuficiente. No, la liberación no consiste en alcanzar o realizar la comunidad añorada, ni en convertirla en estructura de sentido, qué va. MM4 se lanza, nada más y nada menos, que a politizar la comunidad para disolverla. La comunidad que se describe es una comunidad perdida, una ilusión nostálgica, como lo son, me temo, todas las comunidades; siempre imaginadas, soñadas, ideadas, codiciadas o reivindicadas retrospectivamente… y es aquí donde espero que se empiece a ver la relación con Lenore, los hipsters, las comunidades —o uniones— de izquierdas, etcétera.

La comunidad es un punto nodal del pasado que no vuelve y no se repite, es una posibilidad de la memoria y de la historia, una cristalización del tiempo histórico que tan pronto se fragua y nombra, comienza su declive, se arruina o es arrebatada… porque el tiempo no se detiene, porque las relaciones sociales y de poder lo cambian todo en esta modernidad que vuelve líquido o gaseoso todo lo que parecía más o menos sólido. Porque las comunidades nunca se mantienen idénticas a sí mismas, porque no hay identidades fijas (repetición permanente de lo mismo) sino móviles (construcción y reconstrucción de un sentido abierto y en disputa), más o menos adaptables, siempre fabricadas y, por ello, en mutación o desaparición. Pero si esto es así, entonces las comunidades no son, no pueden ser, puntos de partida para la construcción política de algo, y eso es, precisamente, lo que le criticaba a Lenore y, de manera más general, critico a la izquierda.

Cuarto gesto de la película en forma de dilema: de la diferencia a la política. Sí, MM4 sitúa a los personajes femeninos frente a dos opciones que, en un ejercicio de simplificación no exento de exceso, nombraré como la opción comunitaria vía cierto feminismo de la diferencia, frente a la opción política vía cierto feminismo de la igualdad. Y gana la segunda opción, advierto (disculpen el spoiler).

Sí, la cinta plantea una clara disyuntiva, de hecho quizá se trate de la disyuntiva clave de toda pulsión política: asimilar la liberación del poder como una suerte de huida/refugio que representa esa búsqueda de la comunidad perdida, soñada, imaginada, desgarrada por la nostalgia; o dejar de huir y enfrentarse al orden mismo que produce el antagonismo para, claro, trascenderlo. Dicho de otro modo, perseguir el sueño de una comunidad aparte que nunca se realiza del todo y siempre está marcada por la imposibilidad y la ausencia, o aceptar unas ciertas reglas del juego, tomar lo real como lo posible ¡y no como el negativo de lo ideal! y lanzarse a conquistar espacios y posiciones… de poder.

Pero para hacer esto MM4 tiene que dar un paso más, el quinto: las identidades que soportan y animan el conflicto son distintas se tome una opción del dilema u otra. En el primer caso, el de la comunidad de mujeres en busca de las muchas madres y los parajes verdes, es una identidad construida desde un juego de espejos con la identidad y la comunidad dominantes. Así, ellos aparecen sin afectos y casi sin habla, ellas son todo afecto y comunicación; ellos se muestran sin más trascendencia que un vacío deseo de reconocimiento posterrenal y autodestructivo, ellas, en cambio, pensando en la conservación de la especie y de la tierra; ellos autistas, ellas relacionales; ellos luchadores, ellas cuidadoras… y un largo y binario etcétera.

Convertir el lugar en el que te pone la historia, las relaciones de fuerza o la dominación, en el punto de partida para pensar y construir las formas y los contenidos de la liberación social, ese es el tema de fondo.

Esta oposición tiene algo, y la película lo muestra bien, de definirse mediante el lugar en el que el otro, el gran Otro con poder, te coloca. Tiene mucho que ver, pues, con hacer tuyo el lugar de la dominación: si el poder te sitúa como mera reproductora, siempre del lado del afecto, el cuidado, el cuerpo y lo sensible, tú vas y conviertes esos elementos en el centro de tu comunidad imaginada, como aquellos elementos esenciales o naturales —y no como resultado de la historia, las relaciones de fuerza y poder que deciden, imponen o construyen relatos sobre uno y su lugar en el mundo— que estructurarán, además, la comunidad una vez consigas estar a resguardo de la dominación y su violencia (que acaban apareciendo como mera exterioridad, mero poder arbitrario que nada tendría que ver con el origen y sentido de esos relatos identitarios que uno/a ha hecho suyos). Convertir el lugar en el que te pone la historia, las relaciones de fuerza o la dominación —mujer como ser reproductivo o cuidadora, hombre como ser productivo o trabajador, por poner dos ejemplos clásico—, en el punto de partida para pensar y construir las formas y los contenidos de la liberación social, ese es el tema de fondo. Una estructura de sentido que, me temo, solo puede conducir al colapso, a la anulación de toda liberación previamente desencadenada, y que en MM4 aparece como una comunidad de mujeres definidas desde esa diferencia dominada con el hombre: reproducción, afecto, cuidado y, sobre todo, nostalgia de algo que si fue, ya no volverá nuca. Y si esta estructura la pensamos desde esas otras comunidades históricas que se proyectaron partiendo del hombre como mero trabajador, ensalzando la imagen del productor hacedor de sociedad… ¿Hace falta hablar de la URSS? No, ¿verdad?

No, MM4 apuesta por otra salida, más política, menos identitaria y, por tanto, menos colapsada o impotente: dejar de huir y enfrentarse al orden que producen los relatos y el antagonismo. Pensar aquello que (re)produce el reparto de posiciones e identidades en el que se asienta el orden: un soldado suicida y quintaesencia de lo machirulo transfigurado en herramienta de la liberación del colectivo, mujeres luchando y matando aceptando lo real presente como espacio ambivalente de acción, varones protagonistas convertidos en actores secundarios de la toma del poder… en un juego donde las identidades y posiciones no solo están abiertas, sino que se definen y redefinen en la propia acción, siempre más allá tanto del antagonismo estanco pero simétrico de los géneros enfrentados, como de la proyección imposible por irrealizable de la comunidad ideal, que, en la película, necesita para ser alcanzada “atravesar mares infinitos de sal”, metáfora fuerte donde las haya.

Solo queda la vuelta a la ciudad y a la batalla, la disputa por el poder y los relatos que construyen identidad. ¿Para qué? Para ganar el lugar desde el que se nombran las diferencias y se hacen realidad social. Ahí, en ese momento límite de MM4, la disputa de género se encuentra con esa cosa tan material y aparentemente poco discursiva como es el relato sobre la escasez de recursos (lucha por el petróleo, por el agua y… por hijos sanos y madres reproductoras). El acierto de MM4 es meridiano, después de abrir las identidades de género, toca ahora problematizar lo que estructura el reparto de recursos: la escasez como esa gran narrativa originaria del capitalismo. Sin escasez, como realidad y como símbolo, sin lucha por los recursos ni obsesión por su fin, no hay mito ni dominación mercantil posible…

Sexto y último gesto de MM4: todo parece apuntar a que ese paso del refugio comunitario —las muchas madres o la comunidad de trabajadores, el barrio gueticizado del que sale el último ritmo transformador, ahora en común(idad) y la unidad de la izquierda, por poner algunos ejemplos cercanos— a la disputa por el poder —la vuelta a la ciudad, la transversalidad política de la unidad popular— es operado, en la película, por el héroe o protagonista. En efecto, en el último tramo de la narración, y tras aceptar el lugar que ocupa como mera herramienta de la revolución (y no como el clásico héroe salvífico hollywoodiense), nuestro protagonista es capaz de funcionar como desencadenante, como esa inflexión que declina la acción de la tentación comunitaria a la apuesta política. Pero que sea el varón quien permita ese desenlace no es, creo, una paso político atrás en la narración feminista de la película, es, al revés, el momento de politización clave de las identidades: eres en función de la acción y de la batalla, no de un origen siempre dado, te construyes en la disputa (por el poder, el sentido, los recursos). Ahora es lucha política, apertura identitaria, confusión de géneros y roles, disputa por la forma de organización social. Y MM4 no teme mostrarlo: nada más llegar al poder, victoriosas y victoriosos, se procede a una liberadora socialización de los medios naturales escasos, al tiempo que se interrumpe el reparto de posiciones y con él, el orden jerárquico: es el acceso popular y plebeyo al gran ascensor social que lleva a lo alto de la ciudadela. ¿Reemplazo de élites o revolución democrática? Habrá que ver la siguiente entrega.