“Un poco de internacionalismo aleja a los hombres de su patria, mucho internacionalismo los devuelve a ella”

Jean Jaurés

Viejas preguntas que necesitan de nuevas respuestas

Calmadas – quizás por poco tiempo – las aguas del ciclo electoral, no sorprenderá a nadie que busquemos afanosos herramientas que sirvan para orientarnos, esto es, que hagamos explícita la vieja pregunta que hoy nos asalta sin velos y en su fría desnudez: ¿qué hacer? Más en concreto: ¿qué hacemos ahora las diferentes personas comprometidas con el cambio político y con Podemos como herramienta para ese cambio? El pasado mes de enero hicieron dos años desde que un grupo de activistas e intelectuales decidiera impulsar un proyecto político que rápidamente desbordó los límites de lo imaginable, convirtiéndose en protagonista – y, afortunadamente, ya no en solitario – de un ciclo político que pateó el tablero político de nuestro país. Aún no se ha cerrado el momentum electoral pero es hora de congelar por un instante la aceleración de la realidad política y tratar de mirar lo recorrido. Como nos recordaba un viejo conocido analizar los procesos en mitad de su desarrollo permite siempre hallar vestigios del pasado, bases del presente y gérmenes del futuro. Las reflexiones, que aquí se recogen, pretenden contribuir a un debate ya abierto sobre qué ha de ser Podemos y en qué dirección ha de empujar el cambio político sin hacerse trampas al solitario, ni ofrecer respuestas concebidas en abstracto. En definitiva, trataremos de ofrecer algo de luz desde la honestidad intelectual, partiendo del reconocimiento de que no sabemos qué hacer desde siempre.

Vistalegre o el pecado original del electoralismo

Como es de sobra conocido, uno de los hitos más remarcados en el breve calendario de nuestra formación política es la Asamblea Ciudadana de Vistalegre. En ésta se cifra en buena medida el origen de Podemos. Como todo origen fue conflictivo, sobre él han corrido ríos de tinta y ha servido como punto de referencia del devenir de Podemos. Para algunos fue un punto de inflexión, una suerte de pecado original, que marcaba un antes, dibujado como idílico y caracterizado por la espontaneidad de los círculos, y un después, en el que supuestamente todo quedaba reducido a lo electoral. Para muchos de nosotros se trató de una apuesta estratégica para un ciclo corto, la estrategia Vistalegre¸ que requería la constitución de una maquinaria de guerra electoral, orientada a los recientes comicios generales, y entendida como la mejor herramienta organizativa para construir pueblo y cambiar nuestro país. Uno puede estar de acuerdo o no con esas líneas estratégicas pero nos gustaría ante todo destacar dos elementos: en primer lugar, no se trataba de una apuesta genérica por cómo tenía que ser Podemos en cualquier contexto, sino de una estrategia entre otras posibles, que partía de un diagnóstico y trataba de abordar un momento político concreto. Desde esta perspectiva, se entendía que la mayoría de esfuerzos y recursos que movilizase la nueva organización, aún en ciernes, tenían que volcarse a la conquista de posiciones institucionales a través de la participación en elecciones. Ese enfoque era fruto de un célebre diagnóstico: vivimos en años de excepcionalidad política, somos hijos de un ciclo de movilizaciones que estaba decayendo antes de que surgiéramos como organización y es necesario construir un proyecto amplio que se nutra de lo sembrado por y desde el 15M. Dicho de otra manera, que Podemos apostase por volcarse en cuerpo y alma en el ciclo electoral no partía de la convicción de que toda la batalla política se reduce a lo electoral, ni consistía en un mero cálculo de cómo obtener más poder. Era precisamente la mejor estrategia para el objetivo principal por el que nacimos: cambiar nuestro país, regenerando las instituciones, revirtiendo las políticas de austeridad y devolviendo la esperanza a un pueblo humillado y castigado por sus élites. Y todo ello mediante la construcción de un pueblo, esto es, la construcción y articulación de una mayoría amplia y popular con una nueva voluntad colectiva.

A la luz de la situación actual, después del fin de ese ciclo político-electoral corto que nos fijábamos, es justa y pertinente la pregunta acerca de si fue una buena estrategia o no. No cumplimos con el objetivo de ganar las elecciones y no conseguimos superar al PSOE, al que nos quedamos pisándole los talones. ¿Significa entonces que elegimos mal el camino y que deberíamos haber seguido otro? ¿Significa que había otra herramienta más eficaz para el objetivo propuesto? Por suerte o por desgracia no lo sabemos porque en política no existen las certezas sino el apostar y arriesgarse: y nosotros nos arriesgamos a ganar. De todos modos, nos gustaría cambiar el enfoque, como planteaba Íñigo Errejón, “la clave es […] que haya un resultado que haga imposible la vuelta a lo de antes con plena normalidad. Es decir que haya un resultado que haga saltar por los aires el sistema de partidos viejos”. Los adversarios políticos también juegan, realizan movimientos tácticos y tienen muchos instrumentos en su poder. Nosotros no surgimos simplemente para ganar unas elecciones generales o librar sucesivas batallas electorales, sino para cambiar nuestro país y, en ese sentido, las posibilidades siguen abiertas y hemos de estar orgullosos de haber contribuido a ello. El impasse en el que nos encontramos apunta a las dificultades que tiene el “partido único articulado”, como lo ha llamado Monereo, para restaurar el viejo orden.

Hasta Vistalegre y más allá

Pero entonces si Vistalegre marcó la elección de una estrategia coyuntural entre otras posibles y no algo así como la esencia de Podemos, ¿podemos encontrar los elementos que definen al proyecto durante todo este trayecto? O, dicho de otra manera: ¿qué elementos deberían permanecer en un escenario postelectoral? Creemos que merece la pena destacar al menos tres:

  1. Saber de dónde venimos: las posibilidades de un proyecto como Podemos se localizaban en dos tipos de condiciones: de un lado, el estallido de la crisis económica mundial y su impacto en una economía periférica de la UE como la española, un inestable contexto internacional y las políticas de ajuste estructural; de otro, el ciclo de movilizaciones iniciado por el 15M, que hizo que la indignación cristalizase en una crisis orgánica, esto es, una crisis que afectaba a las instituciones fundamentales del orden político del 78.De este modo, no cabe pensar Podemos como una fuerza política de tiempos de normalidad. Es impensable así que Podemos hubiera surgido, por ejemplo, en el año 2005. En buena medida, existimos porque las élites rompieron el pacto de convivencia de nuestro país “por arriba” y porque los partidos viejos fueron incapaces de escuchar lo que la mayoría de la población entendía como sentido común.
  2. Un proyecto de país, alumbrado sobre la marcha del proceso: la pretensión de avanzar en la democratización de las diferentes esferas del mundo social, recuperando la soberanía popular; el objetivo de definir un nuevo modelo de ciudadanía, que blinde derechos fundamentales en clave de garantías constitucionales; la necesidad de acabar con la nefasta austeridad y apostar por una nueva política económica que englobe el fortalecimiento de los servicios públicos, la reducción de la deuda vía crecimiento y estimulación de la demanda interna y un nuevo modelo productivo basado en el talento y el I+D+I, plantando cara a una injusta división europea del trabajo, que nos relega a una posición de economía deficitaria, supeditada a la producción y los beneficios de los países del Norte europeo.

Además ese proyecto incluye un elemento de la definición de la tan cacareada y vaciada de contenido “nueva política”: la comprensión de la representación y, por lo tanto, de los cargos públicos electos como servidores de la voluntad popular. Los representantes no serían así simplemente los emisarios del pueblo (el representante es el espejo de mi identidad), ni tampoco delegados absolutos (el representante tiene carta blanca y si no te gusta escoges otro dentro de 4 años). Sino que, en línea con la concepción republicana de las instituciones, entiende que los políticos deben poder ser fiscalizados y deben rendir cuentas periódicamente de sus acciones; deben mostrar ejemplaridad pública para devolver la confianza de la gente a las instituciones, combatiendo la apatía y la resignación frente a la política; y, finalmente, tienen que poder deberse exclusivamente a la ciudadanía para tener posibilidad de ejercer una representación libre (para lo cual su financiación no puede provenir de grandes fortunas o bancos con las que establezcan por ello mismo deudas perpetuas). Las élites viejas hicieron de la política de este país un coto privado para su enriquecimiento personal de tal manera que el enorme abismo que se abrió entre la gente y sus instituciones parecía haberse vuelto insalvable. La mera presencia de gente normal en el Congreso, de gente más parecida a la España real que a la banda de privilegiados que nos ha gobernado, ha llegado incluso a alcanzar el status de tema mediático. En buena medida, Podemos nació de ese desencanto pero con el objetivo de generar una nueva cultura política, aún hoy por crear.

  1. La construcción del sujeto del cambio: a la mayoría de nuestro país no le preguntaron si era de izquierdas o de derechas antes de congelarle el salario, despedirle de su trabajo, bajarle la pensión, echarle de su casa, subirle las tasas de las matrículas u obligarle a re-pagar por sus medicamentos. Las viejas élites sembraron un campo de malestar general que intentamos politizar sin pedir los carnets a nadie. Y si algo hemos hecho en estos dos años ha sido dirigirnos a esa mayoría social, plural y heterogénea. Hoy estamos en condiciones de afirmar que la transversalidad ha sido un éxito. La transversalidad no es un truco electoral, sino que forma parte del ADN de Podemos. Aquellas personas a las que nos dirigimos invitándolas a sumarse al cambio no les pedíamos únicamente el voto, sino que les tendíamos la mano para que se implicasen activamente en la transformación de nuestro país. En una sociedad, en la cual las identidades comunes (de clase principalmente, pero no sólo) saltaron por los aires, y donde el rasgo definitorio de nuestra estructura social es la fragmentación y, relacionado con ella, la especial importancia de la comunicación, la reflexión en torno a la relación de las esferas de “lo social” y “lo político” no puede girar en las viejas claves de interpretación. No existe un sujeto social privilegiado esperando a ser llamado a filas para cumplir ninguna misión histórica. Por eso creemos que evitar el riesgo de convertirnos en una organización clásica relegada al margen izquierdo del tablero pasa por comprender que no se puede construir pueblo sólo con los más castigados por la crisis. Indudablemente una de las principales tareas de un gobierno de cambio debería ser abordar la emergencia social existente en España y, por ello, presentamos iniciativas parlamentarias como la Ley 25 para paliar la situación de emergencia social. La desigualdad social atenta contra los derechos humanos, supone una constante ruptura de la cohesión social y fomenta y construye la exclusión política. Por lo tanto, garantizar unas condiciones mínimas de vida no solamente es una obligación de la sociedad en la medida en que es el único garante real de libertad, sino un medio básico para que la gente pueda participar de la política de su comunidad. No se trata de que nos debamos más a la gente con menos recursos o en situaciones de pobreza, sino que es una flagrante injusticia que haya pobreza y altos niveles de desigualdad en sociedades ricas como la nuestra. Como decía Owen Jones cuando cerró el programa de Salvados: algo es bueno no por quién lo diga, sino por lo que dice (“era bueno no porque venía de la clase obrera, sino porque la clase obrera era la única que luchaba por la consecución de una sociedad sin clases”).

Al mismo tiempo somos perfectamente conscientes de que no es posible el viejo proyecto social-liberal de conformar un país en torno a las “clases medias”. Las “clases medias” son hoy una realidad desestructurada y empobrecida. El tramposo sueño de aquella “nueva” socialdemocracia europea, la tercera vía de Blair o Felipe González, se reveló hace ya tiempo como nefasta pesadilla. Hoy esos sectores intermedios desestructurados son caldo de cultivo para el cambio: una parte del éxito de Podemos reside justamente en haber sabido dirigirnos a esos sectores intermedios en la medida en que sus aspiraciones de ascenso social no tienen cabida en la actual coyuntura y se ven obligadas a elegir entre la resignación o sumarse a las fuerzas del cambio. No por casualidad estas ideas se debatieron en los movimientos sociales de los que muchos venimos, porque, como recordaba Pablo Iglesias hace no tanto: “las plazas no fueron organizadas ni hegemonizadas por las organizaciones de la clase obrera, sino por los sectores que se hallaban más desprovistos de representación sindical o política”. Basta un vistazo a un dato de los resultados electorales en Madrid para ilustrarlo: además del territorio o la edad, uno de los clivagge fundamentales de Podemos es la renta. Por esa razón, somos más fuertes en Villaverde, Usera, Carabanchel o Vallecas. Pero quizás no haya que perder de vista que el crecimiento electoral de Podemos es uniforme en toda la ciudad (en torno al 3% en estas elecciones): crecemos igual en Salamanca, Retiro, Centro o Arganzuela. Tengamos en cuenta este dato como brújula en la búsqueda de nuevos retos y horizontes.

El misterio del partido-movimiento

Se ha repetido con asiduidad aquello de que “cuando Podemos termine las elecciones debe volver a las calles”. Como si estuviéramos inmersos en una empresa institucional que no nos es propia y ahora nos tocara volver a nuestros orígenes. ¿A quién corresponderían las posiciones institucionales desde esa perspectiva? ¿Cuáles sería nuestro origen perdido? Lo cierto es que Podemos surge precisamente porque el ciclo de movilizaciones de 2011, abierto por el 15M, daba señales de agotamiento. Pero podemos ir más allá: la condición de posibilidad de pensar la construcción real de movimiento popular ha sido la brecha abierta por Podemos. Cabía pensar allá por 2014 que los movimientos sociales repuntasen, empezaran a coordinarse entre sí desde abajo y plantearan una alternativa de país? La hipótesis del movimiento popular, que tenemos que construir junto a otros actores sociales y políticos, no sólo no contradice la estrategia Vistalegre, sino que, de hecho, sólo nos la hemos podido plantear de forma verosímil después de esta.

Las transformaciones de largo recorrido son más fáciles de abordar cuando las diferentes iniciativas y proyectos que alumbre la sociedad no están bloqueadas por una miríada de trabas burocráticas y obstáculos políticos, sino que, más bien, hay una parte importante de las instituciones que pueden ponerse del lado del cambio e invierten recursos y atención para ensancharlo. Cada cargo público de Podemos es una trinchera conquistada que puede ser bien utilizada por los agentes de cambio. “Las instituciones” y “las calles” no son dos ámbitos que se relacionen siempre en clave de antagonismo: la institución crea y destruye sociedad civil, y los cambios en la sociedad no suelen dejar inmune a la institución aunque no se trasladen de forma mecánica. El gesto del que nació Podemos rompió con una vieja concepción mecanicista, extendida aún hoy entre diferentes sectores políticos y militantes, según la cual la acumulación de fuerzas en lo social se canjea luego en el mercado de lo político. No está de más hoy recordarlo.  Aprender de los errores cometidos, pero también hacer autocrítica de las concepciones propias para poder seguir avanzando.

Si ahora alguien nos preguntase legítimamente: ¿en qué consiste ese extraño partido-movimiento? Tendríamos que responder con sinceridad que es difícil saberlo pero es urgente e importante pensarlo. Dejaremos apuntadas aquí algunos posibles trazos del debate que debería abrirse en nuestra organización:

  • La tarea de los círculos: tejido y territorio. Uno de los mayores tesoros de Podemos, que además nos diferencia de otras fuerzas políticas, es la enorme cantidad de gente ilusionada y movilizada que hemos conseguido sumar al proyecto. Se torna fundamental pues el reto de otorgar tareas, fijar metas, así como la generación y organización de espacios de encuentros para conectar con diferentes realidades sociales. Aquí los círculos territoriales y las moradas se tornan instituciones fundamentales para el nuevo ciclo como focos que, de un lado, sirvan de puente con las situaciones sociales concretas y, de otro, expliquen los pasos a seguir y el nuevo proyecto de país en marcha. En la medida en que somos una organización nueva que ha sido capaz de politizar a muchas personas que no provenían de espacios de militancia previos, se han vuelto urgentes las necesidades de formación política para la construcción de cuadros medios que aseguren la continuidad del proyecto y garanticen las capacidades técnicas para ocupar puestos institucionales.
  • La construcción “hacia afuera”. Si la transversalidad, como hemos dicho, es parte esencial de Podemos, ha de pensarse en esa clave la utilidad de todas las iniciativas, proyectos y recursos a nuestra disposición. En definitiva, se trata de tener en mente la enorme pluralidad del sujeto del cambio con el que se trabaja. De nuevo, un buen ejemplo son las Moradas, espacios híbridos – entre lo político, lo cultural y lo simplemente recreativo – que permiten encuentros y experiencias políticas – en un sentido muy amplio de la palabra – a personas no procedentes de ambientes militantes.
  • Aumento de la potencia comunicativa. La mayor parte de la tarea de nuestros cargos públicos, y de nuestra organización, sigue siendo algo conocido (y sólo en parte) exclusivamente por los activistas de Podemos. Es necesario planificar cómo trascendemos los espacios de militancia para impactar más en la ciudadanía y poder fortalecer nuestros proyectos con un “afuera” afín. En este sentido son bienvenidas todas las iniciativas como proyectos de radio, periódicos, y otras herramientas comunicativas que puedan desplegarse a lo largo y ancho de nuestro país.
  • La relación con la sociedad civil. El mantra de “volver a las calles” o “tejer las relaciones con la sociedad civil organizada”, como buen mantra, ha sido poco concretado y creemos que sus posibles desarrollos merecerían mucha atención. Si aceptamos que los movimientos sociales y la sociedad civil organizada son los más capaces de formular intereses colectivamente y en cierto sentido ofrecen programas alternativos de sociedad, bombeando como un corazón por los vasos comunicantes de la sociedad, entonces siguen siendo un conjunto de agentes imprescindibles con los que trabajar políticamente. No se trata de mitificarlos como si hubiera un conjunto armonioso de demandas ya construidas a la espera de ser recogido (existen contradicciones, errores mutuos, roces y afinidades entre los diferentes agentes por las trayectorias respectivas, etc.). Tampoco se puede pecar de la arrogancia y la ironía del adanista que cree que parió todo lo bueno sin reconocer el enorme trabajo de los miles de activistas que empujaron por el cambio en nuestro país con anterioridad. Pero sigue habiendo verdad en la reflexión de que sólo la forma-partido – independientemente, por tanto, de su antigüedad o novedad – consigue hacer de factor aglutinador de las distintas luchas separadas espacial, temática y socialmente, poniendo de manifiesto su racionalidad común como respuesta ante las ofensivas oligárquicas. Es necesario construir una red de afinidades con los colectivos que trabajan por desplazar el horizonte de lo imaginable políticamente: el riesgo de no contar con este espacio-intermedio articulado es que seamos presas fáciles de campañas de desgaste de nuestros rivales políticos que no deberían afectarnos tanto y al mismo tiempo veamos como sujetos aliados pueden confrontar con nuestra tarea porque no hemos sido capaces de establecer buenas relaciones con ellos. Además, no se trata de convertir a nuestra organización en un movimiento social más: que nos sirva de orientación en este tema aquella célebre frase del filósofo italiano “no tenemos que ser los labradores de la historia, sino el abono”.
  • La nueva institucionalidad. Poner nuestros recursos al servicio de la sociedad. Una de las condiciones para la construcción del movimiento plurinacional y popular es saber potenciar los diferentes movimientos y asociaciones de esta ciudad, ofreciendo humilde y generosamente la herramienta política de esta organización. Tenemos que ser capaces de canalizar las demandas de la sociedad civil a las instituciones más allá de los procesos de elaboración programática. Asimismo, es nuestra tarea asegurar que los cargos públicos de Podemos sean herramientas de la gente y de la sociedad civil organizada, puestas al servicio del interés general. Aunque es importante ser conscientes al mismo tiempo de las diferentes esferas de acción. Con ello, construimos un movimiento del que Podemos es el motor y que permite ensanchar y consolidar la brecha del cambio que abrimos en los distintos comicios electorales

Antes de dar por sentadas las tareas y los métodos, va siendo hora de pararse a pensar. Porque el cambio “no se hace, se organiza”. Pensemos cómo se organiza en 2016. Tengamos claro lo fundamental. Excepcionalidad política y crisis de régimen como punto de partida, transversalidad como método para construir pueblo y buenas instituciones como punto de llegada.

 Julio Martínez-Cava es Secretario político del Consejo ciudadano municipal de Madrid y Rodrigo Amírola es Coordinador de la Secretaría política de Podemos.