Publicado en  elsiglodeuropa.es

Tres días antes de las elecciones españolas el Reino Unido votó por el Brexit de manera sorprendente hasta para sus propios instigadores. Desde entonces se ha sucedido una cascada de dimisiones, que han dejado descabezadas las dos fuerzas principales del conservadurismo, y se ha abierto una operación relámpago para desalojar de la dirección del partido laborista a Jeremy Corbyn. Aunque las bases laboristas han respondido con una campaña de afiliación masiva en apoyo al dirigente, la dirección nacional del partido y gran parte de los cargos parlamentarios han abierto una disputa que deberá dirimirse de nuevo en las urnas. Tanto los sondeos sobre unas eventuales elecciones anticipadas -¿quién puede seguir creyendo en los sondeos?- como la amenaza de una escisión en el partido, auguran un futuro complicado para la operación de renovación ideológica del laborismo emprendida por Corbyn.

Poco antes, el Gobierno socialista de Manuel Valls decidió hacer uso de su prerrogativa constitucional-gaullista para aprobar el texto de la reforma laboral sin someterla al parlamento. Tras meses de conflicto social, con este gesto Hollande cierra el proceso con un puñetazo sobre la mesa y se dispone a encarar la recta final de su mandato como el presidente más impopular de la historia, alejado y sordo ante las reivindicaciones de su propia base electoral, y dispuesto a inmolarse en unas elecciones convertidas una vez más en un plebiscito sobre la extrema derecha.

Mientras tanto, en Italia el Gobierno de Renzi navega las turbulencias de su sistema financiero con una agenda política subordinada al referéndum de la reforma constitucional.  Bruselas duda ante la coyuntura; el Movimento Cinque Stelle sorprendió a propios y extraños con su victoria en la alcaldía de Roma; el panorama de una Italia sumida en el caos financiero y la ingobernabilidad altera el imperativo de estabilización que se abre en la Eurozona tras el portazo británico.

Entre medias, las elecciones del 26 de junio se han convertido en una metáfora incompleta del momento europeo. Las fuerzas pro-austeridad no pueden valerse por sí solas y requieren del apuntalamiento activo o pasivo de quien debiera aportar una alternativa viable de gobernabilidad. El partido socialista prosigue un lento declive, aferrado a su arraigo social pero incapaz de sacudirse la deriva socioliberal heredada del desierto ideológico de los 90. Las fuerzas populares vieron frenada su trayectoria de ascenso acelerado, con un resultado tibio que defrauda las expectativas generadas aunque supone la estabilización de un bloque político- parlamentario con vocación de crecimiento, metamorfosis y permanencia.

Falta, en este cuadro, la variable política que está sacudiendo Europa en sus cimientos. En las horas posteriores al Brexit , Le Pen hizo suya la victoria y prometió la convocatoria de un referéndum en Francia; la extrema derecha holandesa registró una iniciativa similar en el Parlamento; Hungría anunció una consulta sobre la obligación de acoger refugiados. Hay una internacional reaccionaria y xenófoba en Europa que se nutre de la crisis económica y política, de la incapacidad del establishment de superarse a sí mismo, y amenaza con convertir el dolor social en una nueva forma de fascismo.

Gracias a la vacuna anti-xenófoba del 15M, España se ha librado de ese virus contagioso e imparable, y con ello hemos conquistado el lugar simbólico de la alternativa. Aquí no estamos dirimiendo sólo una crisis de gobernabilidad o el lento interregno entre dos ciclos políticos. La salida que le demos a la profunda quiebra de nuestro sistema socioeconómico tendrá fuerza de referente a escala del continente entero. Por eso es clave que quienes compartimos el mínimo acervo de la democracia social europea enfoquemos el tiempo que se abre con una idea en la conciencia: habrá lugares en nuestro continente para los que incluso la mayor de nuestras victorias habrá llegado demasiado tarde.