Publicado en el pais.com, el 21 de abril de 2016

“Una fantasía concreta”. En su estudio de Maquiavelo, Antonio Gramsci acuñó esta paradójica expresión para su tratado político más famoso. Quizá no sea inexacto describir la emergencia de Podemos en estos términos: un discurso que no se presenta como una “fría utopía” sin pies en la tierra —“se han moderado”, decían algunos—, ni como una “argumentación doctrinaria” que se limita a repetir consignas y mantras — “izquierda”, “clase trabajadora”, “acumulación de fuerzas”…—, sino como un insolente proyecto que busca actuar “sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar una voluntad colectiva”.

Pese a lo que se ha dicho, este proyecto no renunciaba a su herencia histórica, pero era consciente del anacronismo de verter el vino nuevo del 15-M en viejos e inconcretos odres ideológicos en relación con las mutaciones de época. Un lenguaje ilusionante y una sensibilidad transversal en una coyuntura donde había derechos y conquistas materiales que conservar frente al extremismo austericida de un adversario que ya ni se reconocía como liberal; pero también una nueva estrategia que, sin ser difusamente culturalista, no se tomaba a la ligera la importancia de intervenir, en una encrucijada de crisis, en la disputa por las identificaciones y relatos.

Hoy es necesario que todas las fuerzas críticas de cambio encuentren su sitio a rebufo de esta brecha. Y que el cinismo del PP se revele como la última trinchera de un modo de gestionar el poder. Tras las experiencias con otras organizaciones sabemos también que el único significado interesante de la expresión “confluencia” es el de apertura. Confluir no puede volver a significar un reagrupamiento de filas o resistir en los cuarteles esperando “el momento”, pero tampoco “jugar a la chica”, aceptando sin rechistar los vacuos imperativos del consenso por el consenso. El acuerdo con IU debería así estar presidido por una generosidad que, sin dejar de mirar el horizonte, no maquille las legítimas divergencias políticas. Nos lo debemos también para honrar de dónde venimos.

El órdago a la grande de la confluencia no pasa por limitarse a sumar, sino por multiplicar fuerzas desde las enseñanzas plurales de resistencia de estos largos años. Confluir es abrirse también al futuro y no quedar presos de esa nostalgia melancólica que termina recortando lo que sobresale de la mochila. Ante el reto histórico de lo que nos jugamos para la próxima década, lo más irresponsable, sobre todo, es darnos mus.