Publicado en publico.es el 21 de octubre de 2016

Nietzsche fue un filósofo especialmente lúcido a la hora de señalar los peligros del esencialismo. Dedicó brillantes aforismos a criticar determinadas maneras de hacer genealogía y a explicarnos por qué debíamos desterrarlas de nuestro modo de hacer historia y de pensar el lenguaje. “Enaltecer el origen es el retoño de la metafísica que rebrota en la consideración de la Historia y lleva enteramente a pensar que en el principio de todas las cosas está lo más valioso y esencial”. Lo que Nietzsche quiere decir es que la “verdad de las cosas” no está en su pasado y no la encontraremos buscando sus orígenes. Por mucho que caigamos en la tentación de acudir a un diccionario etimológico para encontrar el “verdadero sentido” de una palabra, “detrás de las cosas no está su secreto esencial y sin fechas, sino el secreto de que no tienen esencia”.

Para las mujeres, y para todos los que ocupamos el abajo, el esencialismo siempre ha sido esa trampa para devolvernos al “lugar natural” del que no deberíamos salir. Por eso uno de los frentes teóricos más críticos con las metafísicas de las esencias ha sido la teoría crítica feminista.  En tiempos en los que debatimos sobre genealogías y palabras con las que hacer política convendría que nosotras mismas no dejáramos de estar atentas a las múltiples formas por las que podemos acabar defendiendo el retorno de las esencias.

En primer lugar me parece importante que las feministas tengamos muy presente que las palabras no tienen un significado grabado en piedra, o, lo que es lo mismo, que los significados se construyen y se reconstruyen y que el lenguaje es un campo permanentemente en disputa. Las palabras son herramientas y debemos elegirlas en función de su utilidad política; una interpretación es “real” en la medida en que produce efectos en la realidad. Podemos decir que una palabra tiene un significado principal si con ello nos referimos a lo que esa palabra significa para la mayoría de los hablantes en un contexto determinado y en un momento concreto. Ninguna otra instancia, ni nuestra tradición feminista ni la Real Academia de la Lengua, tiene más autoridad para fijar el sentido de una palabra que lo que la mayoría de la gente entiende cuando oye dicha palabra. La tarea de los académicos es trasladar esos consensos sociales, mientras duren, al diccionario. La de quienes hacemos política tiene que (poder) ser transformarlos. Últimamente, que las feministas debatimos sobre la idoneidad o no de hablar defeminización, he visto a algunas compañeras dispuestas a conceder a RAE un poder en mi opinión bastante inmerecido, dispuestas a imitar ese conservadurismo lingüístico que, aunque es propio de la Academia, no debería serlo de quienes hacen política y aspiran a disputar el sentido de las palabras. Usar la capacidad performativa del lenguaje es hacer política y por eso los debates políticos nunca se dirimen con argumentos terminológicos ni acudiendo al diccionario.

Si algunas y algunos defendemos el interés político del término “feminización” no es porque signifique la conservación y defensa de los valores femeninos, como quizás ponga en el diccionario. Si creemos que hay un posible trabajo político que hacer con este término es porque es un significante bastante vacío, esto es, una palabra que no tiene un significado unívoco para la mayoría de la sociedad y, por tanto, que abre un margen para que lo redefinamos y resignifiquemos. Es decir, cuando Ada Colau dice que este es el tiempo de la feminización de la política no ocurre que todo el mundo sepa a qué se refiere, sino, más bien, que la mayoría de la gente se lo pregunta. Las palabras, en función de lo que signifiquen y cuán fuertemente signifiquen, ofrecen un mayor o menor margen de oportunidad para hacer política con ellas. Algunas pensamos que, contestando al interrogante que se abre para muchos oyentes cuando decimos “feminizar”, las feministas tenemos una oportunidad: la de poder dotar de contenido feminista un significante que despierta interés y que tiene por ello un largo alcance.

Si las feministas asaltamos esa palabra y la conquistamos con éxito, algún día el diccionario recogerá eso que ahora explicamos cada vez que la ponemos en circulación: que feminizar es traer a la primera línea de las prioridades políticas las demandas feministas, que es combatir los techos de cristal de las mujeres en política y las invisibles cuotas masculinas y que es también desmasculinizar y democratizar las formas de hacer política. El significado de las palabras, decía Wittgenstein, es su uso; el significado de “feminización” dependerá del uso que hagamos del concepto. Convendría que pensemos en esta clave si queremos pensar políticamente el lenguaje, que pensemos en la utilidad y no en una (siempre) supuesta esencia de las palabras. “Feminizar” no tiene por qué significar defender lo femenino, como el “feminismo” no tiene por qué significar la defensa de las féminas. No es la raíz etimológica la que establece el significado, eso es lo que le recordábamos a Rouco Varela cada vez que decía que elmatrimonio significaba una unión donde debía haber “madres”.

Tener una concepción no esencialista del lenguaje implica que el significado de las palabras depende del contexto en el que se usen y ello lleva, inevitablemente, a la asunción de que a veces, para decir lo mismo, hay que hablar diferente. Es decir, implica tener una actitud profundamente laica sobre el lenguaje, una renuncia a fetichizar las palabras. Yo, que he sido profesora de Filosofía en Bachillerato, sé que para explicar cosas complejas no se depende en exclusiva de ningún referente concreto, no hay ninguna palabra imprescindible. Aprendí que saber explicar a un autor no consiste en repetir sus palabras sino con entender qué tienen los alumnos en su cabeza y cuáles son sus imaginarios para poder hablar en su idioma. Aprendí que decir algo para adolescentes puede implicar la necesidad de renunciar a palabras eruditas que consideraríamos imprescindibles en otros contextos. Esto tiene todo que ver que ver con ese absurdo y falso debate que algunos quieren ver en Podemos entre la radicalidad –la de las palabras auténticas y verdaderas- y la moderación –la que implicaría una supuesta voluntad de parecerse a la gente-. En realidad de lo que hablamos es de una norma básica de la comunicación: adaptarte al contexto es la mejor manera de ser fiel a lo que quieres decir. Y la fidelidad, añadiría, se la debemos a los principios y a los significados, no a los símbolos ni a las palabras.

Las feministas no debemos hacer una elección a priori de cuáles son nuestras palabras, no tenemos que escoger unos términos en vez de otros, como si nos enfrentáramos a una elección que se hace una vez por todas. No hay que decidir, en una especia de acto de identidad política, si usamos la palabra “igualdad” o la palabra “feminismo”, como no hay que decidir si decimos “feminizar” o decimos “despatriarcalizar”. En modo alguno tenemos que hacer ni la más mínima renuncia. Primero porque una misma idea siempre se puede expresar de varias maneras. Segundo, porque podemos quedarnos con todas las palabras y porque, de hecho, debemos hacerlo, para poder usarlas todas; a veces unas, a veces otras. Las palabras son herramientas y ninguna herramienta vale para todo. Cuándo usar unos significantes y en qué contextos usar otros forma parte de la táctica política y, cuando más fino sea nuestro análisis de la realidad –no es lo mismo explicar algo a chicas jóvenes que a mujeres mayores, a mujeres feministas que a mujeres que nunca se han reconocido así, a mujeres españolas que a mujeres musulmanas, a hombres que a mujeres-, cuanto más atendamos a los contextos y menos olvidemos que el discurso siempre es situado, más fieles seremos a la tarea de decir lo mismo.

Ser feministas tiene que ver con ser embajadoras de un saber, una mirada y una perspectiva sobre el mundo que, para ser compartida por mucha gente, debemos explicar a personas diferentes con lenguajes distintos y palabras diversas. Ser feminista no es ser predicadoras de palabras que le declaran la guerra a otras palabras. “Feminizar”, no es ni contrario ni sinónimo de “feminismo”, como este último no es siempre equiparable a “igualdad”. Los matices y las diferencias entre los significantes, la idoneidad de unos y otros, dependerá siempre del contexto concreto y será atendiendo a ese contexto como podremos juzgar qué palabra es la mejor herramienta para cambiar la realidad que tenemos delante. Renunciemos a las elecciones binarias y a las dicotomías terminológicas, seamos ateas con las palabras, ricas en nuestros lenguajes y finas en nuestras tácticas.

Y, sobre todo, discutamos de política, y discutamos de táctica discursiva porque eso es también una discusión política, pero discutamos, ante todo, de la realidad que deseamos y no de quiénes somos. Se deja de hablar de política y se pasa a hablar de metafísica cuando los debates no son de políticas públicas, leyes, proyectos, reivindicaciones sociales, demandas ciudadanas o estrategias para conseguirlas sino de cuál es la palabra que más satisfactoriamente nos define frente a otros. Cuando nuestra mirada está puesta en la realidad miramos al lenguaje como medio y no como fin, situamos los discursos y renunciamos a los términos de validez incondicional. Cuando nuestros objetivos políticos se convierten en el culto a unas palabras, cuando ya no nos importan sus contextos, hemos decidido perder de vista la realidad y mirarnos a nosotras mismas.  No olvidemos nunca las feministas que, como todos, siempre corremos el serio peligro de caer de lleno en algo de lo que deberíamos cuidarnos y que siempre está a la vuelta de la esquina: el retorno de las esencias.