El riesgo del populismo en los partidos-movimiento

Susana González Guzmán & Bárbara Sepúlveda Hales |

En los últimos años las movilizaciones sociales en Latinoamérica contra los distintos gobiernos de turno, fueran de centroderecha o progresistas, han conquistado la agenda política de la región. Por ejemplo, las protestas y movilizaciones en Nicaragua contra el gobierno sandinista de Daniel Ortega desde 2018 a la actualidad, o las movilizaciones chilenas de 2019 contra el gobierno presidido por el derechista Sebastián Piñera. Aunque también constituyen una expresión palpable de aquello las movilizaciones contra el establishment peruano y ecuatoriano en 2020, la crisis política actual en Colombia y las movilizaciones contra el ultraconservador Jair Bolsonaro en Brasil. 

Estos procesos pudieran ser entendidos desde algunas corrientes como antineoliberales o como una expresión de malestar social por otras, pero si algo tienen en común es su espontaneidad, ese carácter impugnatorio de los sistemas políticos y la escasa dirección que les imponen los partidos políticos tradicionales. Estas propuestas han sido percibidas como un intento por revitalizar las ideas de los partidos-movimiento, como un reactualizar de las estructuras partidarias más tradicionales, e incluso como un intento por superar las formas de articulación partidarias. Lo que parece claro es que los movimientos de protesta han tensado al antiguo sistema de partidos.

Si analizamos la forma de constitución que se ha dado en el desarrollo de diferentes partidos movimiento, podemos observar que estos se han desarrollado en términos descriptivos como espacios de condensación de demandas de diversos movimientos sociales (Alvarado-Espina, E., R. Morales-Olivares y P. Rivera-Vargas (2020) o como señala Irene Martín estos partidos se han caracterizado por mantener similares los rasgos organizativos y programáticos -temas concretos y menos maximalistas- de un movimiento social. Los partidos se han hecho parte de las críticas de los movimientos sociales de la insatisfacción de sus demandas o bien de la incapacidad que ha tenido el sistema político-institucional de procesar sus petitorios.

De acuerdo a los estudios versados en la materia, Podemos en España y Revolución Democrática en Chile asumieron como eje de su discurso la crítica al desempeño de las élites políticas y el cierre excluyente del sistema político. Determinando así un adversario, en la perspectiva de Chantal Mouffe, que permitiera generar una distinción y clivaje entre “poderosos”, “la élite gobernante o casta” o “la vieja política” versus la gente común, los marginados o excluidos, siendo este uno de los principales ejes articuladores de la unidad propia de los partidos movimiento.

Semejante eje articulador, que podría ser considerado desde la perspectiva de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau como un significante vacío, se va dotando de contenido a medida que se incorporan las visiones y demandas de los diferentes movimientos que integran dichos partidos. Estas demandas se encadenan en una serie de equivalencias que constituyen la elaboración del eje articulador del partido y a través de este. Así se hace posible la confluencia de luchas heterogéneas de los diferentes movimientos, que no buscan ser jerarquizadas ni ordenadas, en un bloque político contrahegemónico. Una vez alcanzado dicho momento de lo político, también referido como el momento populista, la identidad colectiva se fija para el partido movimiento mediante diferentes puntos nodales que articulan la unidad necesaria para la ruptura democrática. Constituyendo con ello, como diría Zizek, la posibilidad de desarrollar el enfrentamiento antagónico entre el “ellos y el nosotros”.

Estas reflexiones nos llevan a preguntarnos sobre la permanencia y el potencial transformador de este bloque contrahegemónico y su instrumento político, el partido construido con base en la inclusión de las diversas luchas de los movimientos. Por ello, si constituimos la identidad partidaria desde la insatisfacción de las demandas o de la constitución dicotómica presentada anteriormente, entonces es necesario preguntarnos ¿Qué pasa cuando se redibujan los límites, cuando se disputa la hegemonía construida en torno al ellos y al nosotros?

El riesgo es evidente y lo podemos vislumbrar en el caso chileno. Las movilizaciones sociales de octubre del 2019, que comenzaron como una protesta contra el alza en la tarifa del Metro de Santiago, devinieron en una impugnación al sistema político y al modelo de desarrollo tras proyectarse en el tiempo y extenderse en las diversas regiones del país. Dichas protestas, que en un comienzo excluyeron a todos los partidos políticos, crearon y dotaron de contenido nuevos significantes en el espacio político chileno, el cual se ha visto plasmado en una refundación constitucional; una posibilidad de encuadrar y canalizar institucionalmente el momento destituyente que dichas protestas visibilizaron. Por ende, el componente antagonista del “nosotros” se amplió no sólo a los poderosos, sino a quienes participaran institucionalmente de la política. El clivaje “poderosos versus excluidos” incorporó en el significante “poderosos” a todos quienes militaban en un partido político, forjando así un nuevo antagonismo “partidos versus independientes”, “la gente común y corriente”. Esta situación dio paso a que en las elecciones convencionales constituyentes la lista con menor tradición política fuera la vencedora.

Consideramos que este riesgo es constitutivo de la construcción agonista de la política y se hace extensivo a la constitución de los partidos-movimiento, pues no se puede pensar la permanencia del bloque contrahegemónico desde la insatisfacción de demandas particulares y la eterna promesa de su resolución. Una mera articulación agonista sin un horizonte político programático corre el riesgo de tener un propósito acotado, no transformador e incierto, que podría dar paso a su propia disolución o a la conformación de una expresión político-partidaria que reproduzca formas conservadoras.

A nuestro parecer, desde una militancia marxista-leninista centenaria en la política chilena, el desafío es reimaginar el horizonte socialista en lo que Zizek llama el “gesto leninista”: esfuerzo de la traducción de una multiplicidad de luchas en un horizonte común para la transformación radical de las formas existentes, que vaya más allá de la unificación de demandas y que conjugue radicalidad con proyecto contrahegemónico de sociedad. Es necesario crear y elaborar una estrategia de transformación radical que apueste más allá del agonismo, que sitúa la lucha popular a diferentes contingencias. El desafío sigue siendo articular la heterogeneidad de las demandas de las clases subalternas en un instrumento democrático de poder que conjugue imaginación y efectividad. Que dote de capacidad de conducción creativa y disputa a las diferentes tensiones que se generan en las contradicciones del pueblo, las clases subalternas, y que proponga el cambio de las estructuras económicas y de poder. 

Susana González Guzmán es Cientista Política de Universidad de Chile 

Bárbara Sepúlveda Hales es Abogada Constitucionalista y Convencional Constituyente electa

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