Publicado en público.es, el 14 de diciembre de 2015

Hay quien sigue esperando a que la clase obrera se quite el velo de la ideología y tome conciencia de su verdadera condición de clase. Este esquema mistificador acusa un gran reduccionismo, primero porque sigue pensando la ideología como algo falso donde la verdad queda oculta; y en segundo lugar porque considera la idea de clase anclada a un estereotipo estético.

La clase es de este modo una caricatura donde destaca el obrero blanco, hombre, con mono azul. Pero eso, lejos de ser un discurso de clase es una forma de moralizar el concepto de clase y lo mismo ocurre con la explotación, que en rigor, su aumento no tiene tanto que ver con la penuria vivida en el trabajo. Pero tratemos de identificar las líneas maestras.

El trabajo se convierte en una actividad con finalidad económica a partir del siglo XVIII. El tiempo, como decía E.P. Thompson, deja de pasar y ahora se gasta; el cronómetro y el reloj entran en acción y reordenan la percepción social sobre el tiempo. Es entonces cuando las condiciones genéricas humanas tales como la cooperación, adoptan una función particular bajo las relaciones sociales capitalistas. Esta articulación particular de lo genérico se presenta como su forma natural, como la única que ha existido, existe y existirá.

Por lo tanto, el trabajo convertido en mercancía se convierte en una actividad desarrollada en la esfera pública, en una actividad que se ofrece y se compra, dado que el trabajador es ahora libre. El trabajador libre necesita realizar una actividad útil para poder ser empleado bajo las condiciones concretas del capitalismo, debe ser considerado productivo, y productivo quiere decir realizar una actividad por la cual pueda extraerse plusvalor.

El trabajo según Marx

¿Y qué es trabajo útil? No puede ser más que el trabajo que consigue el efecto útil propuesto”, decía Marx. El capitalismo reduce esa utilidad únicamente a la actividad convertida en trabajo capaz de ser productivo bajo un determinado baremo.

Recordemos que el capitalismo no se define por la producción de mercancías, sino por su hambre canina de plusvalor, esto es, la necesidad de su autovalorización permanente. Toda aquella actividad por la cual no se pueda extraer una ganancia es una actividad inútil, no productiva. Una persona que cuida de sus hijos es improductiva, esa misma persona que trabaja en un jardín de infantes, es productiva para el capital.

En términos de Marx, “un maestro de escuela, por ejemplo, es un trabajador productivo cuando, además de cultivar las cabezas infantiles, se mata trabajando para enriquecer al empresario.” Marx define las clases desde el campo del capital, pero no deja de recordar que lo conseguido por el capitalismo es precisamente, reducir la potencia humana de producir bajo la forma de la mercancía dentro de un sistema general de producción. Esto quiere decir que producir per se y la manera concreta de producir bajo unas determinadas relaciones sociales no son sinónimos.

El arco histórico del capitalismo desde su génesis, puede leerse como una constante expropiación de los medios de vida y la absorción de la sociedad bajo las reglas del valor de cambio.  Por el contrario, la sociedad en su movimiento histórico contra esa tendencia ha tratado siempre de buscar autonomía contra esa tendencia. Es en la cesura, en la desobediencia, en la escisión, cuando se ha generado un derecho originado de la cooperación del trabajo vivo y se ha desplegado un poder plural y constituyente.  Han sido precisamente los distintos ciclos de luchas históricas los que han puesto nombre a esas  partes del cuerpo social que estaban excluidas, o que estaban englobadas bajo categorías más amplias donde no sentían reconocimiento.

Los obreros eran esa clase que nadie  reconocía como clase, pero también  lo eran las mujeres o la población negra quienes soportaban (y soportan) un solapamiento de explotación, sometimiento y discriminación de otro orden. Ha sido el antagonismo y el tumulto, lo que trastoca el orden de la palabra legítima, —en la disputa sobre quién le pone el nombre a quién— , lo que ha permitido la visibilidad de quienes eran invisibles antes del conflicto. Lo que ha permitido que se alteren las relaciones de poder. Esa misma razón es lo que ha puesto en duda la clásica categoría de clase. Pues no hay clases antes de la lucha de clases y no hay un sujeto al margen del proceso histórico-social.

De ahí que reivindicar una vuelta al antigua matriz del concepto de clase solo puede ser reaccionario, del mismo modo que el ultraliberal desea volver al siglo XIX. El tejido productivo actual no excluye a los obreros de mono azul, para nada —aunque ni ellos, ni sus trabajos son iguales que antes—, los incluye, transforma e incorpora en un abanico de figuras laborales y de vida mucho más amplias.

La explotación no desaparece

Las formas modernas de explotación no desaparecen, se desplazan o se actualizan, pero también se reviven formas de dependencia servil olvidadas junto con la incorporación de nuevas formas. La postmodernidad es una ensalada de la historia y hoy asistimos a una especie de exposición universal de la explotación.

Dicho en jerga marxiana, son las fuerzas productivas, el modo de cooperación, lo que condiciona y desarrolla el estado social. Nos encontramos con que hay mucha más gente que trabaja de la que se considera productiva bajo los conceptos clásicos. Las mujeres en casa, los niños, los artistas, también trabajan, aunque no siempre lo han hecho bajo el paraguas del llamado trabajo productivo. Hoy todo lo es. La fuerza de trabajo se comporta como un músico al que le van saliendo bolos, entre la intermitencia y la incertidumbre, sujeto a la producción por demanda, al tiempo liso competitivo.

Pensar, comunicar, googlear, comprar, hablar, todo hoy es trabajo en una sociedad que ha incorporado a todo el campo de la vida, a los espacios públicos, al sistema cultural y comunicativo, a los imaginarios, bajo el modo de relaciones sociales capitalistas. Las ciudades se han convertido en una fábrica. El orden social moderno de la representación política, la constitución del trabajo ajustada tiempo de la jornada laboral salta por los aires. La política se ha mercantilizado al mismo tiempo que el trabajo se ha convertido en política.

La clase se modifica porque se transforma la naturaleza del trabajo, quien trabaja y el modo de acumulación capitalista. La comunicación transporta la cultura en la comunidad y este cambio altera las clásicas construcciones de clase, pues el lenguaje es la primera institución social. Como decía Marx, “la conciencia práctica”. Nuestro Termidor empezó en la revolución conservadora de los años 80 y hoy se recrudece. Las películas del tipo In Time o La Isla, proyectan en su distopía el alcance al que puede llegar el modo capitalista: todo tiempo es mercancía, la vida es en sí misma un producto.

La base de la sociedad

Nos encontramos con que la ideología es base material de la sociedad. Es un proceso social que coloniza todo el campo mental e impide la existencia de lugares especiales, de identidades particulares. La ideología es una batalla fundamental donde disputar el sentido de lo que pasa; cambiar la sociedad pasa por cambiar el deseo y la conciencia ante el totalitarismo ideológico bajo el que vivimos toda la población.

Patrick Bateman en la película American Psycho, Ryan Bringhman en Up in the air, el rey del inmueble y Carolyn en American Beauty, o Albert Rivera de Ciudadanos (es un amago del anuncio Man of today de Boss Bottled), encarnan la pulsión ideológica del triunfador —aunque fracasen como Carolyn— del hombre nuevo bajo la razón neoliberal.

Decía el filósofo y psicoanalista Félix Guattari, que existen dos economías del deseo. Una es la que se repliega al interior del yo, de la que podríamos deducir la subjetividad actual de la persona como accionista de su persona, del empresario de sí mismo, aquella que celebra el Tú puedes. La otra es una economía del deseo esquizo, de agenciamientos colectivos, de producción del yo en interacción y atravesado por el resto, por la semiótica y las máquinas, esto es, de producción del inconsciente creador; el nosotros podemos. La producción de inconsciente también señala la enseñanza de Marx y del materialismo: la producción del ser.

La clase obrera se ha emancipado, pero en su pulso fue derrotada y sin embargo venció.

Lo que en su momento fueron aspiraciones de liberación del trabajo fueron engullidas y luego escupidas en forma de producto y experiencia. Hoy se perfilan en su reverso, como los contornos de un nuevo sometimiento, pero donde también pueden encontrarse nuevas formas de emancipación.

El conflicto sigue vigente entre la innovación y la negatividad que diría el filósofo Paolo Virno, aunque cambia la manera en que se expresa. Las banderas, los colores, las canciones, las costumbres, la forma de construir el campo político, todo eso es una variable dependiente, la variable independiente es la expresión de la democracia.

Necesitamos que el deseo de liberación se identifique no ya solo sobre el trabajo que se tiene, sino sobre todo el campo de toda la vida, de todo lo que se hace, con la autonomía social, la producción de normas propias, de instituciones políticas. Hay que batallar el imaginario y el deseo dentro de la sociabilidad compartida. La liberación del trabajo está a la orden del día, precisamente cuando se derrumba la sociedad que vincula tener derechos a tener un empleo.  Owen Jones lo aclaraba al final de Salvados, el objetivo no es desear ser clase, sino desear dejar de serlo, pero colectivamente, no individualmente como hasta ahora.