Publicada en el revista La Circular

¿Qué le parece el “lenguaje de Podemos” construido en torno a “la casta”?

La primera vez que supe de la palabra “casta” empleada en relación a la situación que estamos viviendo, no solo en España sino en todo el sur de Europa, fue en un libro publicado en Italia hace cinco o seis años titulado La casta y que, por primera vez, trataba de explicar los privilegios del estamento político italiano. Unas prebendas, por cierto, notablemente mayores que las de la clase política española, debido a una razón histórica que tiene su sentido: Italia tuvo una dictadura de carácter fascista que fue derrotada militarmente en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Cuando en el 48 Italia aprueba una nueva constitución —todavía vigente— instaura básicamente un sistema de gobierno antifascista, cuya característica principal es restituir el parlamento como centro de la esfera política y establecer una serie de mecanismos de carácter preventivo para impedir la aparición de un nuevo hombre fuerte, incluso de un ejecutivo demasiado fuerte.
Durante muchos años, pese a que la sociedad italiana sabía que los “onorevole deputati” eran personas muy bien tratadas por el Estado, este sistema gozó de cierto prestigio. Sin embargo, en un momento dado, esto empieza a debilitarse, las dinámicas del curso de la sociedad pasan a ser otras y la crisis plantea también un problema de legitimidad, momento en el que unos periodistas deciden plasmar en dicho libro hasta qué punto en estos momentos el ejercicio profesional de la política resulta abusivo.

Cuando vi que Podemos hablaba de “la casta” en España, pensé enseguida en este libro italiano. Quizá en el caso español no quiera decir lo mismo que en Italia, quizá aquí esta expresión se usa en términos más generales para referirse a quienes se hallan en posiciones de poder social y político y tienden a abusar de ese poder.

¿Cree que 2015 puede ser el año del cambio?
No cabe duda de que el presente año en términos políticos es un año claramente no ordinario, es más, tiene algunos rasgos excepcionales. Hemos vivido ya otros momentos en los que algunas cuestiones importantes estaban en juego, pero esta vez con mayor profundidad, porque hoy en España se superponen tres crisis que, cada una de ellas, en sí misma, a medida que las vas enunciando, no son poca cosa. Por una lado, la crisis económica, con sus correspondientes consecuencias sociales, por otro, lo que podríamos llamar —quizá con un eufemismo— crisis territorial, que yo pienso que es básicamente la crisis de Cataluña, y, en tercer lugar, la crisis del sistema político. En España, hoy coexisten estas tres crisis y se entrelazan entre sí, están comunicadas. Es un año en el que vamos a asistir a cinco convocatorias electorales, y si uno echa la mirada hacia atrás, es posible que nunca hayamos tenido un episodio de estas características. Así que hay algo excepcional en el año 2015, un año en el que la sociedad española se va a tener que pronunciar sobre estas tres crisis. La cuestión es si en cada una de las convocatorias electorales habrá claridad en las preguntas.

¿Vislumbra un cambio en el sur de Europa?
Pienso que sí, que la cuestión del sur de Europa se está enhebrando en cierto discurso político. Yo tengo fama de “gramsciano de derechas” —dicen algunos—,  y no quisiera parecer ahora un “leninista de derechas”, pero creo que es un año en el que será muy importante aquello del “análisis concreto de la realidad concreta”.

¿No cree que se están viendo afectadas ya todas las socialdemocracias europeas?
En Portugal, el cuadro político es bastante estable, quizá porque la revolución portuguesa hizo los deberes en su momento, de tal forma que su sistema de partidos es bastante representativo de la sociedad. En el caso portugués hay un factor adicional, y es que en los últimos cinco o seis años se han marchado del país un millón de personas, lo que significa el 10% de la población. Entre este millón de personas hay muchos jóvenes que de haber permanecido en el país quizá habrían dado forma a una fuerza política nueva. Recordemos que, curiosamente, la primera gran protesta juvenil en el sur de Europa, preludio de los indignados españoles, se produjo en Lisboa. Pero en cualquier caso, en Portugal, el Partido Socialista puede ganar las elecciones de octubre en un cuadro de una aparente estabilidad institucional.
En Italia hay en estos momentos una curiosa estabilidad, el Partido Democrático se está convirtiendo casi en el partido de la nación, dado que la derecha está muy desarticulada tras el hundimiento social y político de Silvio Berlusconi y la reconstrucción del centro-derecha pasa por grandes dificultades. El Partido Democrático está, por tanto, ocupando muchos espacios y, posiblemente, esto provoque fuertes contradicciones latentes en su interior respecto a su ala más situada a la izquierda. En Italia el Partido Socialista no existe, el Partido Democrático no es el PSOE italiano, es otra cosa, es un sujeto político distinto, es una gran agregación de centristas, católicos y ex comunistas, un sujeto político inédito. El Partido Socialista que quizá hoy goce de mayor salud en toda Europa es el de Portugal.

¿Percibe cierta decadencia en las viejas estructuras de poder de nuestro país?
Uno de los fenómenos más relevantes ocurridos en los años posteriores a la Transición, cuando la sociedad española empezó a adquirir cierta madurez gracias, en parte, a la propia evolución del sistema económico, es el acopio de optimismo del que se hizo gala. Las generaciones de avanzada y mediana edad tenían muy presente que una de las cosas a evitar durante la Transición era repetir los dramas del pasado. Por tanto, uno de los valores que para cierto sector de la población, en el que yo creo que me cuento, tiene la Transición, está el haber evitado el drama que atormentó a nuestros abuelos y a nuestros padres. Si eso, a su vez, viene acompañado durante un largo periodo de tiempo por cierto bienestar material en unos niveles que eran desconocidos en términos históricos y una modernización de la vida social muy importante, todo esto sumado, generó una atmósfera de optimismo muy fuerte, que de alguna manera condicionó los discursos políticos al comenzar la crisis.
Lo que ha ocurrido es que este acopio de optimismo se ha dado de bruces con la realidad. La crisis ha sido muy dura, ha roto esquemas, y lo que hay en estos momentos es una tensión, políticamente no resuelta todavía, entre esta realidad y una sociedad que venía equipada con dosis elevadas de optimismo. Todo ello conduce, por primera vez desde el 77, a una gran perplejidad: “Esto es más grave de lo que nosotros creíamos”. Y, ante la certeza de que así es, surge la pregunta obligada: “¿Quién es el culpable?”. Asociado a este interrogante se dispara otro mecanismo que hoy condiciona mucho políticamente la situación: “Yo soy inocente, habrá culpables, pero yo soy inocente”. En efecto, una de las maneras de protestar es proclamarse inocente.

¿La regeneración tiene que partir del presupuesto del optimismo?
Este es un país que sigue creyendo que las cosas tienen arreglo. Creo que el éxito que en estos momentos está teniendo Podemos en los sondeos y en la configuración del escenario político tiene que ver con ese ánimo constructivo de la sociedad. Evidentemente tienen importancia la radicalidad de sus propuestas y el hecho de poner sobre la mesa una crítica firme al sistema, pero en la medida en que la gente ha entendido que dicha crítica es necesaria para enderezar la situación.

¿Podemos como fuerza reactiva?
No creo que sea solo eso. Posiblemente en España haya sectores sociales que ya estén instalados en una posición puramente reactiva, pero creo que si Podemos solo fuera eso sus predicciones de voto serían inferiores. Es impensable que haya un 27% del electorado cuyo ideario o anhelo sea pegarle fuego a la situación, basta salir a la calle y olfatear un poco el clima para saber que no es así. Junto a esto, tengo la impresión de que Podemos también es percibido por una parte de la sociedad como una construcción generacional, cada generación crea sus cosas, las exhibe. La generación que hizo la Transición se ha hartado de exhibir sus logros y ahora esa generación sufre, porque esos logros son negados por las generaciones más jóvenes. Creo que las nuevas generaciones en estos momentos están descubriendo la intuición política y el deseo de fundar algo, eso también planea en la situación actual.

¿Qué similitudes y diferencias encuentra entre el 78 y el presente?
Creo que las analogías que se hacen son casi inevitables, pero hay que ser un poco cuidadoso, porque la historia nunca se repite. Una equiparación entre lo que ocurre ahora y lo que ocurría entonces es difícil, en primer lugar, porque en aquel momento existían unas amenazas de interrupción del propio proceso democrático que ahora no existen.
En términos históricos, estamos viviendo el momento más pacífico de la historia de España. Desde hace más de tres años nadie muere en nuestro país por motivos políticos –si concedemos que el terrorismo tiene motivos políticos–, o lo que es lo mismo, nadie muere en este país porque alguien haya deseado por alguna razón ideológica su liquidación física. Podemos decir, también, que no muere nadie por brutalidad policial –aunque a veces la policía pueda tener comportamientos incorrectos–, o por un estado de excepción, o de sitio. Es la primera vez, por tanto, que somos capaces de expresar en términos puramente democráticos y sin condicionamientos externos las contradicciones sociales que se dan cita en nuestro sistema institucional democrático, con todos sus defectos, con todos sus óxidos acumulados.

¿A qué cree que se debe la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación tradicionales?
El periodismo en el que yo empecé a trabajar hace treinta años está en vías de extinción. En realidad, es una profesión que está en crisis desde su nacimiento, pero ahora es evidente que hay una amputación del sistema comunicativo fortísima y, por lo tanto, deberíamos reconsiderar qué entendemos hoy por periodismo. La aparición de nuevos dispositivos de intercomunicación ha evidenciado la necesidad de rectificar el carácter absolutamente vertical del sistema tradicional medios-audiencia de una forma muy importante, no solo en la prensa, sino también en la televisión, que ya no se ve de la misma manera que antes. Creo que los periodistas son como peces a los que les han cambiado el agua de la pecera, todo está cambiando y esto tiene una repercusión muy importante también en las formas y en la fabricación de la política.
¿Certificará Podemos el fin de la crisis del régimen del 78?
Como decía, a mi modo de ver, Podemos no es solo el partido de la ira –aunque, en cierta forma, también lo es–. Es una formación política que un sector de la sociedad ve, en estos momentos, como parte de una posible reparación, y, posiblemente, entre quienes así lo ven haya puntos de vista divergentes. Creo que hay una parte de las personas que hoy simpatizan con Podemos cuyo razonamiento es el siguiente: “Hay que zarandear la situación, aunque no comparta sus ideas, creo que la situación exige un zarandeo y, por lo tanto, este partido es útil en la medida en que es el adecuado para llevar a cabo dicho zarandeo”.
Se dan aproximaciones desde ángulos muy distintos, ¿cuál prevalece?, ¿la ira?, ¿la constructividad?, ¿el utilitarismo? Ahora bien, insisto en que, en la medida en que pienso que la situación de fondo en España contiene todavía un factor constructivo importante, para mí el interrogante está en saber qué direcciones concretará Podemos conforme vaya avanzando el tiempo político,  ¿será más el partido de la ira?, ¿tendrá capacidad programática?, ¿tendrá una notable capacidad táctica a la hora de discutir pactos y coaliciones? A medida que Podemos se convierta en realidad política y entre en el terreno de los hechos –de los grandes hechos y de los pequeños hechos–, entonces habrá que ver cómo se va expresando, el proceso de maduración política va por ahí. Para mí Podemos representa una interrogación, pero, en cualquier caso, una interrogación muy interesante. Es algo que está por construir, y pienso que esa idea de aquello que puede ser construido, le da interés a Podemos.

¿Qué figura cree que podría aglutinar las diferentes sensibilidades que enriquecen el país?
Gramsci sugería estar muy atento a lo que él denominaba “la cultura nacional-popular”, y pienso que si hay un sujeto cultural en España que obedezca a este patrón, sin duda este es el Quijote. El Quijote quiere y puede decir muchas cosas a la vez. Desde el momento en que empezó a  popularizarse como aventura social, el Quijote es amado por el pueblo español, incluso sin distinciones de “nacionalidad”. Por lo tanto, hay que revisitarlo para así librarse de los arquetipos excesivos que se han ido construyendo.
El momento catalán, del que no hemos hablado, forma parte también del cuadro de tensiones y de ese deseo de zarandeo que he comentado, pero tiene el problema añadido de que puede ser reductivo en sí mismo. Por eso, como periodista catalán, me gusta demostrar, no solo a mis lectores catalanes, sino también a las personas de fuera de Cataluña, que estamos todavía en el Quijote, que no lo hemos perdido de vista ni lo queremos perder de vista.

En alguna ocasión ha identificado a Mariano Rajoy con el Caballero del Verde Galán. ¿Sigue manteniendo la misma opinión?
Rajoy es un personaje singular en la política española, no es un exhibicionista del poder como los que hemos conocido. Creo que tiene una pulsión de poder fortísima, quizá la mayor de todos los que han pasado por La Moncloa, pero envuelta en una capa de hermetismo muy notable, lo cual creo que en estos momentos le da una cierta fuerza. Es un hombre que logra atravesar la tensión bastante bien, yo no le menospreciaría como adversario político.

¿Es la corrupción sistémica un rasgo característico del régimen del 78?

El rasgo principal del régimen del 78 es que democratiza la situación sin una revolución. Quizá el error que hemos cometido es pensar que la Transición supuso el baño en el Jordán. Pero no, fue un simple chapuzón en una bañera europea que nos sirvió para adoptar instituciones democráticas y fórmulas de carácter democrático que han funcionado, pero había algo por resolver que aquel baño no resolvió y que ahora emerge a través de una crisis tremenda.
Creo que en estos momentos, en España se da una situación con bastantes contradicciones simultáneas y una de ellas es que hay un contingente de la sociedad que, en el fondo, lo que desea es: “Ojalá me quede como estoy”, “que la crisis no me haga más daño del que me ha hecho”, y no me estoy refiriendo solo a los que poseen mucho, sino también a los sectores populares. En cambio, hay otros sectores sociales mas jóvenes en las ciudades que dicen: “Ya sé que esto ha cambiado, lo que yo quiero es poder competir con armas más justas, más equitativas, lo que quiero es más limpieza, más transparencia, menos abuso, quiero unas reglas del juego distintas”. No son lo mismo, pero incluso las dos posiciones pueden coincidir bajo alguna bandera común. Pienso que en España prevalece en estos momentos el deseo constructivo por encima del descreimiento y del nihilismo, pero habrá que ir viendo cuáles son las síntesis políticas que se van haciendo y qué dirección toman.
Si me permitís, quisiera acabar con un análisis anecdótico. Se trata de un detalle que considero muy interesante. Durante la pasada convención del Partido Popular, los espacios donde se iban a desarrollar los debates recibían el nombre de “plazas”:  “plaza de la solidaridad”, “plaza de la igualdad”. Cuando el PSOE hace asambleas las llama “asambleas ciudadanas”. Creo que está claro lo que está ocurriendo.