Publicada en la revista La Circular

El sábado 31 de enero, en la marcha por el cambio de Podemos, el lema era “Es ahora”. Durante la convocatoria, pude ver a muchos mayores de cincuenta años y tuve la sensación de que sentían que tenían una segunda oportunidad ¿Qué piensa de la posibilidad del cambio en España hoy?

Explicar lo que está sucediendo como una “segunda oportunidad” es una idea con futuro. Esto puede dar a la derecha un sarcasmo: “Los de la tercera edad van a por la segunda oportunidad”, que podría decir perfectamente un columnista del ABC. Pero es legítimo, la frustración es tan grande que esa idea de la segunda oportunidad me parece ilusionante.
Hay una generación que es la mía, la que nace en los 40, que tras haber peleado durante años, con mayor o menor énfasis, por una democracia en condiciones se encuentra esta basura. La Transición salió muy bien para algunos, como se ha demostrado históricamente, pero mucha gente no salió muy bien parada y las consecuencias son tan patéticas como las que estamos viviendo en este momento. Ahí está la segunda oportunidad, la segunda oportunidad de no fracasar, o, al menos, de ayudar a que una generación nueva pueda hacerlo mucho mejor de lo que lo hizo la nuestra.
En la manipulación a la que se sometió, por ejemplo, la manifestación a la que haces referencia, y a Podemos en general, percibo cierta irritación de aquellos que consideran que la Transición no debe ser tocada, porque ha sido un negocio fastuoso, un negocio fastuoso que además encuentra su coletilla o estrambote final en los tiempos de la burbuja. Los historiadores del futuro podrán hacer maravillas con esto. Ahora hay algún historiador que se ha inventado eso de que en el franquismo existía una mayoría silenciosa. Es un invento genial porque nos da la oportunidad a aquellos que peleamos contra la dictadura de aparecer como unos idiotas en el sentido más reconocible, no solo peleamos, sino que además perdimos, pero si nos hubiéramos mantenido en silencio el resultado habría sido el mismo.

Desde muchos puntos de vista, se compara este momento de cambio con la etapa de la Transición que dio forma y constituyó el mito fundacional del régimen del 78. ¿Ve más similitudes que diferencias?
La Transición es un referente nos guste o no, para empezar porque representa la salida de la dictadura. Lo que no comparto de ningún modo es esa teoría que consiste en ver la transición cultural de forma paralela a la transición política, pues son fenómenos muy diferentes. La transición política comienza exactamente el 20 de noviembre de 1975 con la muerte del general Franco, lo de antes habían sido ejercicios en la nada y clandestinidad.
El caso de la cultura, en cambio, es diferente, hay una transición muy anterior porque nos remontamos a los años de oposición, esos años 60 volcánicos, audaces, temerarios en muchos casos; pasando luego por los años 70, cuando aquellos radicales se vuelven más moderados; para terminar desembocando en los 80, cuando se hacen conservadores, y no digamos ya los 90, cuando muchos terminan por hacerse reaccionarios. La cultura es otro mundo, no va en paralelo a la política, en ese sentido hay que sentirse orgullosos: la cultura va por delante de la política.
Ahora bien, como referente político, la Transición es absolutamente inevitable. Creo que aportó muy poco en el campo de la inteligencia, entre otras cosas porque nuestros grandes teóricos del derecho como Gregorio Peces Barba no eran, evidentemente, Kelsen o Bobbio. Teníamos lo que teníamos, y un problema cultural es que las cosas no surgen de pronto, in vitro.

En El cura y los mandarines explica el proceso de formación de El País como parodia del intelectual colectivo. ¿Existen hoy día voces nuevas que estén a la altura de nuestros problemas?
Las grandes figuras del momento resultan muy secundarias en su tiempo. Eso pasó hasta en la cultura francesa; hay personajes de la época de Zola que hoy son absolutamente desconocidos, mientras que Zola ha sobrevivido a las desgracias que le acecharon entonces. Si esto ocurre en Francia, en la historia de España se nos muestra multiplicado. El gran periodista de la Transición fue un señor gallego que se llamaba Pedro Rodríguez y que escribía unos artículos muy retorcidos y sibilinos, pero ya nadie se acuerda de él. En el mundo de la cultura sucede lo mismo, imagina dentro de veinte años quién leerá una novela de Rosa Montero. ¿Quién lee ahora a Gironella? En mi adolescencia era el escritor más leído de España, y si yo digo ahora a mis hijos “Gironella” no saben si es una calle o a qué me refiero.

Respecto a tu juicio histórico de El País como parodia del intelectual colectivo, ¿existe hoy algún colectivo alternativo o seguimos en la fase paródica?
Simone de Beauvoir escribió un libro precioso que se llamaba Los mandarines en el que hablaba de algunas de las más influyentes figuras de la cultura francesa, que eran mandarines de verdad. Estamos hablando de Albert Camus, de Sartre, de Jeanson, o de la propia Beauvoir. Nuestros mandarines son más de flan chino El Mandarín, que es otra cosa mucho más modesta, como lo es una pastilla de Avecrem frente a un buen caldo de pollo. A partir de aquí, se podría decir que los referentes intelectuales de la Transición quedaron tan deteriorados por la historia –me estoy refiriendo a autores como Aranguren, Castellet, o Javier Pradera–, que yo creo que, en un sentido legítimo, las nuevas generaciones tienden a no buscar maestros de pensamiento, sino que se conforman con modelos de conducta.
Hay dos elementos en el mundo de la cultura española que no hemos valorado suficientemente: la coherencia, que no significa que uno siempre piense lo mismo, sino que los cambios se expliquen, que haya una coherencia de trayectoria, y, por otra parte, el valor físico. En la cultura y en la intelectualidad es importante el valor físico, esto es lo que proporciona una enorme vigencia a figuras como Unamuno, cuyo valor físico era indiscutible, y deterioran a figuras como Ortega, que era un cobarde patológico.

En un reciente artículo, José Antonio Zarzalejos ha recuperado la célebre distinción de Ortega entre dos Españas: una España oficial, apagada, y una España vital. ¿Tiene sentido en nuestros días esta distinción?
Considero que es uno de sus textos más inquietantes, y esto se nota en que lo han utilizado todos. A José Antonio Primo de Rivera, por ejemplo, este texto le volvía loco, le parecía un hallazgo. En realidad, Ortega ahí está criticando la vieja política de la Restauración, a personajes como Romanones. Pero entre criticar a Romanones y defender a Primo de Rivera, yo me abstengo, en ese lío no me meto, me parecen dos personajes desdeñables por principio.
El problema de fondo es que estamos huérfanos de una tradición cultural y política liberal, y esta orfandad es la que nos lleva a apelar a Ortega. No tenemos a nadie que represente una tradición liberal razonable en nuestro país. Ortega era un liberal, pero no era un demócrata, y esta diferencia entre ser un liberal y ser un demócrata –que la hay– a nosotros no nos sirve de nada. No puede haber en este momento liberalismo sin democracia, ni democracia sin liberalismo, esto es algo que aprendimos gracias al fascismo y al estalinismo, gracias a estos dos elementos sabemos que son inseparables. Creo que en la situación española actual, recuperar el Vieja y nueva política de Ortega revela dos cosas: por un lado, ciertas limitaciones culturales en el campo de nuestra reflexión política –por decirlo con la mayor suavidad–, y, por otro, la falta de referentes en el fenómeno de la lucha antifranquista; ¿a quién van a sacar?, ¿a Victoria Kent?, ¿a Salvador de Madariaga? Eso sería como sacarlos del museo de cera. El problema es que tenemos una orfandad ideológica enorme en el campo de la política, ¿a quién recurrimos?, ¿a Indalecio Prieto? Aquello que decía en su época en el Partido Socialista, eso de “soy socialista a fuer de liberal”, seguramente se le ocurrió cuando estaba tomando unos vinos en la tasca, porque es una estupidez, una frivolidad.

Otro agente político decisivo son obviamente los medios de comunicación. ¿Cree que los medios tradicionales han perdido fuerza?
Aquel columnista egregio que en los años 80 dictaba opinión, ahora se ha convertido en tertuliano. Este es un país donde la inteligencia tertuliana es una variante única. Existen tertulias en todas las televisiones del mundo, porque es una fórmula preciosa para que un ignorante se entere de algo, pero son sobre temas puntuales. Esa variante enciclopédica del tertuliano hispano que hoy habla de Irak, mañana del precio del petróleo y al día siguiente de la crisis rusa, esa ductilidad enciclopédica, solamente existe en el imbécil tertuliano hispano. El “todólogo” es una variedad nuestra, pero es una variedad de tanto éxito que acapara la opinión. Yo nunca he querido participar en una tertulia y puedo decir que he tenido ofertas; de hecho, ganaría muchísimo más dinero yendo de tertuliano que escribiendo un artículo. Esta nueva profesión de la gente que vive del sudor de su lengua, que es una aportación nueva en el mundo de la cultura, a mí me produce rechazo intelectual y físico. No voy a decir nombres porque la gama es infinita, desde Gabilondo hasta Jiménez Losantos. Este tipo de nuevo Voltaire me deja absolutamente descolocado.

¿Es un problema de credibilidad?
No lo creo, el problema en este momento es la publicidad. La credibilidad es un objeto manejable. En general la publicidad está hecha para mentir, es un negocio fastuoso, no aporta nada, sencillamente se trata de engañar al personal. Los medios de comunicación viven de la publicidad, no de los lectores. Aquí no tenemos ocho millones de lectores como en Japón, aquí tenemos unos lectores muy relativos y en franca decadencia. Esta crisis está motivada por dos razones: la primera, no tanto por la situación económica, como por la propia crisis de fundamentación del periódico. Hacemos unos periódicos que son una porquería, ¿qué razones hay para comprarlos? Los medios de comunicación españoles a partir de la Transición –y aquí entramos en un terreno delicado sobre el cual hay mucho hablado pero poco escrito–, entraron en un proceso de gozo y placer absoluto: eran los protagonistas de la Transición. Es entonces cuando descubrieron la piedra filosofal: que todo se convertía en oro si tenían una televisión. Sin embargo, como se demostró más tarde, la televisión fue la ruina de todos los periódicos que se metieron en este lío, de todos sin excepción, porque un periódico puede perder millones, pero una televisión pierde miles de millones, y esto es una diferencia capital.
El berlusconismo invadió las televisiones españolas y se enriqueció porque le precedía una tradición de gánster importante. En cambio, nuestros empresarios eran unos bisoños que habían vivido siempre al calor del poder. Para la prensa, que tan importante había sido para la Transición, esto supuso su muerte, su gloria y su muerte, además de su desprestigio. Las empresas perdieron el dinero, algunos se forraron y se siguen forrando, pero el deterioro de los medios de comunicación es estrictamente empresarial. Lo hicieron mal, y, desde el momento en que nacieron, no fueron independientes. Nacieron para no ser independientes y nunca lo fueron.

Las tribunas de opinión de los medios tradicionales, ¿están reflejando la opinión real de la sociedad?
Aquí no vale aquella vieja polémica de The Times que decía: “Si a mi vecino le han matado y no ha salido en The Times, entonces es que no le han matado”. Aquí no, aquí la diferencia entre realidad escrita y realidad auténtica es absoluta. Somos el único país del mundo  –es una aportación hispana–, en el que los delincuentes aparecen con siglas, no con nombres. Y todo porque el señor Calvo Sotelo, en su breve etapa de gobierno, inventó una ley de defensa del honor expresamente para los militares del 23-F, para que los medios de comunicación, que entonces ponían los nombres completos y no las siglas, fueran muy respetuosos con esos militares que acababan de dar el golpe y que iban a ser juzgados. El temor, el miedo, la judicialización de la vida periodística es otro de los elementos que la han destrozado.
Llevamos desde el 2006 con el asunto del 4F, el famoso incidente ocurrido en Barcelona en el que un policía municipal quedó parapléjico y que se saldó con la detención de unos chicos que no tenían mucho que ver con el suceso, y de una chica que no tenía absolutamente nada que ver y que acabó suicidándose. Se hizo un documental que se llama Ciutat Morta. Los incidentes fueron en el año 2006, el documental se hizo en el 2011, pero hasta que no apareció en una televisión canónica no hubo “caso”. Los medios alternativos desde el primer día insistieron sobre este asunto y lo que significaba para los tribunales, para la policía, para la sociedad, y no pasó nada, se emitió en una cadena convencional y ahí sí que cambió todo. Por tanto, que no nos engañen, sobre todo a la nueva generación que piensa que lo virtual y alternativo es la solución del futuro. Puede ser la solución del futuro, pero les va a pillar muy viejos. El poder está en el papel y en los medios de comunicación convencionales.

¿Qué opinión le merece el formato de la tertulia política, tan importante en la actualidad? No tanto si le gusta o no como espectador, sino si le da importancia.
El hecho de que Podemos haya adquirido una experiencia importante en el terreno de las tertulias significa que se trata de un mundo que va bastante más allá de lo que un tertuliano conservador pudiera pensar. Aquí hay lo que los expertos sociólogos llamarían un “nicho”, un nicho inmenso de gente que cree que las tertulias son una fórmula para aprender, y a lo mejor lo es, pero ¿qué tipo de gente forma ese nicho?, ¿qué tipo de gente piensa que las tertulias son necesarias? Esto me da mucho que pensar, pensar que podrían hacer otras cosas que nos llevasen a posiciones absolutamente frívolas, como que el nuevo parlamento lo constituyan tertulianos variados.
Lo cierto es que el poder real del mundo mediático está en el papel y en los medios convencionales. Mientras en estos medios no haya una fórmula, como se pensó en su momento, de consejos de redactores y de equipos profesionales dignos que se encarguen de favorecer la información, no lo habremos logrado vencer.
Hay una anécdota que no tengo ningún rubor en contar, porque a mi edad estas cosas me preocupan muy poco: el comité profesional del periódico en el que escribo, La Vanguardia, mandó una carta al director exigiendo que me censurara los artículos. Yo creo que esto es un hecho insólito. Es verdad que la palabra no es “censura”, sencillamente consideraban que eran excesivos, pero que unos colegas sean capaces de apelar al director de la publicación para que mutile lo que tú piensas es un cambio de paradigma, significa que hemos entrado en una etapa en la cual hay que pensarse muchas cosas.