Publicado en diagonal.net el 28 de octubre de 2016

Hay una actitud que a menudo se da en las discusiones que revela falta de voluntad de entenderse y debilidad teórica y que no hace progresar los debates. Se trata de cuando, en vez de tomarnos en serio la postura con la que queremos discutir, inventamos nosotros mismos a nuestro adversario, hacemos de él una caricatura y después nos satisfacemos quitándole la razón con extraordinaria facilidad.

Para eso sirve decir, en el marco de los sanos y necesarios debates feministas, que esas con quienes se discute son “neoliberales”, que “no reconocen al movimiento feminista” o incluso que “no son feministas”, para construir una imagen de tu interlocutora que hace que ni siquiera se merezca ser tenida en cuenta. Para qué íbamos a discutir los argumentos de alguien que no es feminista o no ha entendido la complicidad entre el patriarcado y el capitalismo. Sin embargo cuando uno discute con fantasmas debería tomarse menos en serio a sí mismo cuando cree que tiene razón. Los debates teóricos honestos son esos en los que no solo argumentamos nuestras propias posiciones sino también las de las otras, donde tenemos voluntad de entender, solo así discutimos realmente con alguien y no con nosotras mismas.

En el marco de un caricaturizado debate sobre la presencia de mujeres en los espacios políticos, sobre el concepto de “feminización” y sobre qué sería una apuesta decididamente feminista, Carmen Romero escribe un artículo matizado que hace el esfuerzo de entender las distintas cosas que están en juego en el cruce de estos conceptos. Me parece que su manera de distinguir, y de identificar tres cuestiones diferentes, ayuda a clarificar el debate.

En primer lugar, en efecto, está la cuestión de la presencia de las mujeres en los espacios políticos. Hablamos de una presencia cuantitativa que siempre ha preocupado al feminismo. Somos (más de) la mitad de la población y estamos infrarrepresentadas en el lugar donde se juega el poder y las decisiones colectivas. La apuesta por losmecanismos paritarios y las políticas de cuotas ha sido una batalla feminista imprescindible que aún seguimos teniendo que dar y la damos porque pensamos que no solamente es de justicia hacia las mujeres sino que es mejor para la política. Del mismo modo que no entendemos que haya una sociedad donde la mayoría de la población es negra y, sin embargo, el 90% del poder político está en manos de blancos, no entendemos que funcionen los principios de la representación cuando no hay un 50% de mujeres en los parlamentos, las instituciones y los gobiernos.

Es una cuestión de matemática básica, pero no sólo de matemática. La política misma cambia en función de si quienes la hacen son una parte minoritaria de la sociedad o si quienes la hacen representan la pluralidad de la sociedad. O lo que es lo mismo: cuando no estamos todos y todas, tampoco están todos los problemas. Una política hecha durante siglos por sujetos que no se quedan embarazados o que no se encargan de la crianza es inexorablemente una política ciega y distorsionada.

El hecho de que en muchos parlamentos de nuestro país ni siquiera esté contemplada la posibilidad de la baja por maternidad (qué decir de la de paternidad) y el voto telemático revela bastante bien quiénes han hecho la política y el porqué de que el cuidado, el sostenimiento de la vida o la precariedad laboral ligada al trabajo de cuidados, hayan sido problemas invisibles. Democratizar el acceso a la política –y esto implica dar acceso a muchos más sujetos excluidos además de las mujeres-–amplifica la mirada de la política. Este efecto, evidentemente, se produce cuando se da una verdadera entrada de quienes estaban fuera y no cuando algunas pocas tienen el privilegio de sortear los obstáculos y son unas pocas entre muchos.

Cuando solo algunas mujeres llegan a la política, puede que sean ella quienes son moldeadas por las reglas de la política, cuando muchas mujeres invaden la política es la política la que cambia.

En este sentido tendría cuidado con entender la pluralidad de los sujetos políticos como un mero “gesto” y con subestimar la importancia de la presencia de mujeres, algo que a veces tendemos a hacer cuando decimos que “para que haya mujeres como Aguirre o Merkel preferimos que haya hombres”. En realidad, es un argumento trampa que descansa en una convicción enormemente patriarcal: la de que las mujeres tenemos que demostrar nuestra excelencia para ganarnos el derecho a estar en política.

Ni siquiera cabe la posibilidad de imaginar un argumento por el cual defendiéramos que, dado que Rajoy aplica políticas de recortes, preferimos que haya una mujer, ni siquiera tiene sentido pensarlo, porque el derecho de Rajoy a hacer política no está en modo alguno ligado al uso que haga después de ese derecho. Los hombres ya tienen asegurada su presencia en el espacio público, las mujeres tenemos que prometer que vamos a “portarnos bien” para ganárnoslo.

Por eso me sumo por completo a la reivindicación de Carmen Romero del “derecho al mal” que argumentó brillantemente Amelia Varcárcel y desconfío de quienes dicen que si no hay una política feminista es mejor que no haya una mujer al frente. Yo quiero mujeres en todas partes, entre mis aliadas y también entre mis adversarias y creo que parte de la tarea de una feminista es defender un espacio político en el que, al margen de las diferencias ideológicas, se defienda el derecho de Cospedal de no tener más obstáculos para ser política que los que tiene cualquier hombre de su partido.