Publicado en la revista La Circular

Toda crítica directa y radical encierra, al menos, dos riesgos entrelazados que pueden arruinarla: no terminar de aclarar, definir o acotar adecuadamente el lugar desde el que se enuncia la crítica; y no controlar o prever el escenario ideal al que, en forma de reverso, apunta. Creo que las enormes virtudes del libro de Lenore quedan limitadas, cuando no directamente arruinadas, por la ausencia de una reflexión algo más fina sobre estos dos supuestos: quién y desde dónde se critica y, sobre todo, a qué mundo aspira la crítica, qué reverso dibuja y anhela.

La crítica de Lenore a la dominación cultural hipster es aparentemente clara en cuanto al lugar desde el que se enuncia: un yo anterior, el del autor y su gente, atrapados hace tiempo en el consumo cultural como forma de distinción social, y que con el paso de los años (y probablemente también con la llegada de los hijos) han descubierto que esa búsqueda de una identidad diferenciadora solo lograba más individualización que disfrute, más distinción por la distinción que placer y crecimiento por el uso de los productos culturales, más postureo que construcción (contra)cultural, más soledad que compañía, más diseño y simulacro que experiencias compartidas, más gobierno de las élites que democracia… y un más que puede convertirse en un larguísimo etcétera de oposiciones binarias marcadamente univalentes: todo lo bueno de un lado, todo lo malo del otro. Y lo hipster, que no es el mal pero sí lo malo, es mero síntoma de ese mal (neoliberalismo, atomización social, elitismo, racismo encubierto), al que acompaña y amplifica pero ni crea ni, lo que es peor a juicio de Lenore, piensa. Digamos que le pone letra, imagen y música, y lo hace sin darse cuenta.

Viene muy bien, se agradece y aplaude sin fisuras, el dardo sincero y mordaz que lanza Lenore: abre un debate allí donde apenas lo había, obliga a verse mirando y escuchando (sobre todo comprando), desvela ciertos mecanismos del poder por los que el gusto de unos se convierte en pretendido, soberbio e inalcanzable faro de todos. Explica, en definitiva, lo atravesado que está el gusto y el consumo cultural, Bourdieu mediante, por la reproducción y consolidación de las desigualdades sociales. Y lo hace llevando este viejo análisis sociológico al presente, a los gustos de la generación de las clases medias nacidas en los 70, esa que dice quién es o quiere ser comprando y consumiendo cultura, acaso porque el dinero y el trabajo ya no son tan eficaces para diferenciarnos de los de abajo. Pero aún hay más: para poder dar identidad a una clase media tan transversal y poco definida, y tan amenazada por abajo, esta cultura ha de estar neutralizada, vaciada de discurso, de conflicto, de verdadera exploración… Los discursos (musicales, narrativos, cinematográficos) de estos productos indies no pueden decir ni expresar mucho, de hacerlo perderían su mayor virtud, la de envolver bonito lo que de verdad hay detrás: el triunfo del individualismo, el consumismo y, último ismo de esta tríada, el neoliberalismo.

Muy bien, crítica algo gruesa y a la que le cuesta distinguir el uso comercial que se hace de los objetos culturales de su contenido creativo mismo, pero sin duda crítica potente. Bien es cierto que Lenore acaba poniendo en línea de continuidad, para su posterior derribo, creaciones y autores que seguramente hubiesen merecido una crítica algo más detenida, pero no es intención del libro entrar en un análisis detallado de las creaciones, por lo que se le acepta la brocha gorda, amén de que no deja de apuntar algo de interés: por muy distintas que sean las intenciones creativas, por muy trabajada que esté una obra, por muy rupturista que se quiera, si acaba fagocitada por el consumo hipster y neutralizado mercantilmente su discurso, por algo será… Grueso, excesivamente nivelador, indiferente al análisis concreto de las obras culturales, pero a veces dolorosamente cierto y, en cualquier caso, políticamente interesante: que cada cual se mire sus gustos o el producto de sus creaciones, y analice por qué son esos y no otros e, incluso, qué ha conseguido con ellos.

No, el problema del libro no creo que sea la brocha gorda ni la falta de una crítica cultural fina, aunque se eche de menos en un crítico de la altura de Lenore. Tengo la sensación de que el problema está, como decía líneas atrás, en que el lugar mismo desde el que se enuncia la crítica no termina de quedar claro y, por ello, convencer. ¿Antiguo hipster desencantado? No, no solo. ¿Antiguo hipster hoy politizado? Sí, tal parece ser el caso y Lenore no solo no lo oculta, sino que lo muestra abiertamente. Pero, ¿politizado cómo? ¿Hacia dónde? Eso es lo que no se termina de explorar, y corre el riesgo de arruinar la potencia de la crítica. ¿Por qué? Porque no es simple compromiso político o creativo lo que se demanda y desde donde juzga la dominación cultural indie. Hay algo más, una moral de fondo que arma el lugar de la crítica pero, sobre todo, el escenario ideal que implícitamente dibuja. Y ese lugar, creo, hace aguas.

¿Cuál? ¿A qué mundo aspira el diagnóstico crítico de Lenore? ¿Qué se opone a lo hipster y explica la virulencia de la crítica? ¿O, dicho de otro modo, qué habría o debería haber de no dominar ellos; varones blancos de clase media con inclinaciones elitistas y algo racistas? Pues algo así como una comunidad creativa y consciente de sí, atravesada por densas relaciones entre sus miembros, desindividualizada y comprometida con sus creaciones y con los otros: los sujetos de los barrios, los de abajo –que no son los que escuchan Pablo Alborán, sino reaggeton del bueno–. Y me temo que aquí estamos, de nuevo, frente a un viejo sueño izquierdista que opone sin tregua la comunidad densa de relaciones recíprocas y solidarias a la sociedad atomizada de individuos (desde Tönnies o Polanyi en adelante), que reivindica un nosotros orgánico y esencial (el del barrio, el trabajo, los cuidados, la familia, la comunidad de origen…) frente al yo moderno, aislado, artificial y narcisista, que no conoce más vínculo social y más valor que el del dinero, y más necesidad que la de no ser como los demás.

Es desde esta oposición de fondo que la crítica de Lenore se despliega para ordenar las creaciones culturales según caigan a un lado u otro de una balanza trucada, además de impotente por excesivamente paradójica. Trucada porque la oposición dibuja un escenario tan fantástico como irreal: ni la comunidad (el barrio, el gueto, la clase, el centro social ocupado…) puede convertirse en receptáculo para ubicar toda forma positiva de vida en común y de creación cultural ni, por mismas pero opuestas razones, la sociedad moderna de individuos aislados el escenario único de la patología social y cultural. Es más, la comunidad, de existir (y mucho me temo que aquí, la comunidad, no es más que un espacio imaginario que opera como negativo de un presente que se denuncia y critica), puede ser tan opresora y asfixiante como la falta de vínculos sociales propia del deseo de libertad y diferenciación modernos. Es más, podríamos incluso pensar que ese hacerse a sí mismo tan propio del pathos (pos)moderno, ese deseo de diferenciación e individualización, no sea fruto de la sola huida elitista de la masa, como califica Lenore el indie, sino, también, una potente vía de escape de… ¡la asfixia de la comunidad misma! Y si esto fuese así, estaríamos frente a una paradoja que puede anular la salida política por la que apuesta Lenore: entra dentro de lo posible que aquello de lo que muchas veces se huye (en este caso la comunidad, sea obrera, étnica, barrial, de origen…), acabe convertido, por arte del crítico cultural, en el espacio idealizado a defender y convertir en faro de la creación y la socialización (la creación desde abajo, sea Camela o el último ritmo del gueto).

Paradoja que ilustra bien Nacho Vegas en su prólogo, al recordar, muy al estilo de Owen Jones, cómo el surgimiento de la escena indie del Xixón Sound fue paralelo en el tiempo y en el espacio a la destrucción de los lazos de solidaridad y resistencia obreros de la Asturias de los primeros 90. Así, mientras una juventud desideologizada importaba sin demasiado disimulo sonidos y melodías anglosajonas, toda una comunidad obrera era progresivamente desmantelada. Esta constatación, en modo de lamento crítico, merece una reflexión: ¿debían los jóvenes de los noventa defender esa comunidad obrera en lugar de lanzarse al indie? ¿Era un espacio de socialización y creación deseable para ellos? ¿Un modelo social a conservar? ¿O estamos ante una nueva muestra de la nostalgia de la izquierda, mezcla de recreación idealizada del pasado y de reivindicación de lo que hubo como oposición a lo que vino después? Es más, ¿no se instala uno en la ética de la derrota al fundamentar su crítica del presente neoliberal en un mundo que no solo fue desmantelado, sino abandonado por no pocos de los que lo vivieron? Y, por último, ¿no deberíamos preguntarnos, aunque solo fuese para poder combatirlo, qué había de tan atractivo y deseable en el indie y otras formas de subjetividad análogas para que aquella aguerrida comunidad pudiera desaparecer sin dejar rastro?

El caso es que no es nueva esta necesidad de recrear un espacio imaginario desde el que apoyar la crítica, goza de una larga tradición en las izquierdas, muy habituadas a sustentar la crítica del presente (capitalismo, individualismo, consumismo, neoliberalismo, etc.) en un algo sustancial ya dado y existente: bien un pasado siempre a punto de desvanecerse, bien un aquí y un ahora idealizado pero nunca del todo habitado, sea el barrio en el que no vivimos, el gueto en el que hacemos turismo cultural o el centro ocupado que sirve de espacio de socialización diferenciada y separado del afuera. Siempre una oposición directa entre lo esencial y lo artificial, lo espontáneo y lo alienado, lo liberado y lo dominado, y que en Lenore se traduce en la oposición forzada entre la comunidad y el individuo. Una oposición desde la que no creo que funcione bien ni la crítica cultural ni, menos aún, el esbozo de un escenario político emancipatorio.