Viendo a los hombres hoy; las transformaciones de los ideales de masculinidad, la destitución de la figura de autoridad del padre de familia heterosexual, etc., algunas voces ponen en discusión la utilización del término patriarcado. Pero por más que los modos de la desigualdad sexual estén mutando o incluso no puedan explicarse únicamente como el despliegue vertical arriba-abajo de una autoridad patriarcal, nombrar y reconocer las condiciones sociales asimétricas que modelan las relaciones de subordinación entre hombres y mujeres sigue siendo una herramienta política imprescindible. Justo lo contrario a la tendencia individualista que homogeneiza, despolitiza y cancela las diferencias presentando la realidad como un terreno neutral de posibilidades iguales para todos.

Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando decimos que no hay diferencias entre (las condiciones de vida de) hombres y mujeres, que solo somos personas sin más, es decir, sin sexo. Como si el sexo no fuera una categoría sujeta a conflicto o no hubiera relaciones de poder entre posiciones sexuadas. No, ignorar las diferentes condiciones culturales y materiales asociadas a los sexos puede llevarnos a funcionar como cómplices cínicos o ingenuos del orden establecido impidiendo pensar tan siquiera en la posibilidad de que pueda ser otro.

Por eso enfrentar la despolitización en relación al sexo supone cuestionar cualquier tipo de determinismo identitario que naturalice lo que hay como lo único posible, también aquel que asocia inevitablemente a la posición de hombre o mujer una conciencia o un papel machista o feminista ya dado de antemano. Sin duda la posición subordinada, femenina, permite una mirada crítica sobre las relaciones de género que está dificultada desde la posición de privilegio masculino. Pero la condición sexuada no garantiza una postura política, necesitamos además un trabajo de politización, de construcción de un marco de sentido que deslegitime lo que hay y que abra otras posibilidades.

El feminismo, en tanto proyecto político emancipador, apuesta por un mundo mejor para todos y todas —no solo para un colectivo particular—. Esto significa extender y transformar la ideología y las prácticas sociales dominantes poniendo el acento en la modificación de las relaciones sociales en las que la categorización sexual implica subordinación. En este punto es clave distinguir, por una parte, la experiencia, la posición o el colectivo particular desfavorecido que representa el punto de vista desde el que decidimos mirar al conjunto de la sociedad; y por otra, el agente, la voluntad colectiva, que va a llevar a cabo la política feminista. Y aquí nos corresponde elegir entre, al menos, dos alternativas. O bien identificamos ambas, es decir, la posición subordinada y la voluntad colectiva protagonista del feminismo; o bien separamos, en el “núcleo”, esa posición desfavorecida y, a la vez, tratamos de ganar, ampliar y extender sus alianzas incluyendo a los hombres, para hacer de los objetivos feministas el horizonte común de una voluntad colectiva más amplia. Nos referimos a un feminismo que, según la activista feminista Silvia L. Gil, sin renunciar al protagonismo de las mujeres, no se cierra en sí mismo.

Mi opción es la segunda porque entiendo las transformaciones políticas como un cambio de las condiciones sociales hegemónicas, es decir, de las que aspiran a funcionar para todos y todas. Sin duda esto exige tomar partido, elegir, priorizar unos puntos de vista particulares, ponerse de un lado y no de otro, porque, a fin de cuentas, no hay defensa de una propuesta política universalista que no pase por elecciones singulares y situadas. Pero contando con ello, el feminismo no puede desdibujarse simplificadamente como un conflicto gana-pierde, según el cual, la victoria significaría la negación o la derrota de (la identidad de) el otro antagónico. No se trata de un conflicto entre identidades prefijadas con intereses naturalmente contrapuestos, sino de modificar un marco compartido de relaciones (de poder), entre hombres y mujeres, al que, más allá de opciones individuales, no podemos ni queremos renunciar. Por eso no cabe aquí una lectura, por ejemplo, al modo de la esclavitud, cuyo final irremediablemente suponía la desaparición de las dos posiciones implicadas; la del esclavo y la del esclavista. Ni tampoco la mera moralización de las posiciones en conflicto como malos y buenas o malas y buenos. Lo que necesitamos es un análisis y una transformación política de las relaciones entre sexos para que sean más justos e igualitarios. No se trata entonces de derrotar al otro, sino de redefinir lo que significa ganar para todos, porque todos, desde nuestros lugares y condiciones desiguales somos responsables y capaces de modificar el modo en el que nos relacionamos a partir de nuestras diferencias sexuadas.

Sin desplazarnos ahora desde el antagonismo (gana-pierde) moralizante (buenos-malos) al buenismo ingenuo de una reconciliación armoniosa, la apuesta pasaría por construir una experiencia feminista a la altura de la política hegemónica que queremos, haciendo de esta el vehículo de una transformación democrática e igualitaria que, por tanto, no puede no ser feminista. Y ello supone también aceptar el hecho de que la política, también la feminista, juega en el terreno de las ambivalencias, las contradicciones y las tensiones, y que corresponde llevarlas, en la medida de lo posible, al terreno de las oportunidades creativas más que al de las dificultades inmovilizadoras.

Pensemos, por ejemplo, en las cuotas, la representación y la visibilidad en las organizaciones políticas en donde las condiciones de partida son muy desiguales y el estímulo para la extensión y la participación democrática de todos, también de las mujeres, debe llegar lo más lejos posible. No es solo dejar espacio sino también tomarlo. Prolongar el “Sin nosotras no hay democracia” (que encabezaba una resolución feminista en la Asamblea de Vistalegre de Podemos) con el “Es ahora y con nosotras” (lema de la campaña del 8 de marzo del Área de Mujer e Igualdad de su Consejo Estatal). Además de esta tensión, nos toca al menos enfrentar otra. Mientras que la política como asunto también de mujeres se va haciendo normalidad, quizá nos convenga que el feminismo se haga visible también como “cosa de hombres”, como una batalla general también de los varones, en la que la revisión de los privilegios masculinos nos hace mejores como sociedad. Así, tendríamos que surfear entre la visibilidad política femenina general y la feminista masculina singular, tomando la representación no solo como una expresión de lo que ya somos sino además como una invitación a lo que podemos llegar a ser.

Pero también nos corresponde específicamente a los hombres abordar creativamente las tensiones sobre nuestra masculinidad con las que el feminismo nos confronta. Por ejemplo, renunciando a la salida en falso de la deserción o el rechazo de lo masculino como inherentemente machista para comprometernos con aquello de nuestra masculinidad que pueda ponerse al servicio de la construcción de relaciones más igualitarias. Nos toca encontrar, desde luego, otros modos de hacer con los buenos principios y estilos (escucha, cooperación…) que desmontan nuestro individualismo autorreferencial. Pero a la vez, no convendría olvidarnos del semblante masculino decidido y resolutivo que nos invitaría a afrontar las ambivalencias y contradicciones sin percibirlas como una amenaza (a la propia hombría) de la que habría que escaparse o defenderse, incluso violentamente. Necesitamos recuperar algo de esa posición masculina que no se viene abajo y desiste a las primeras de cambio por el camino del aislamiento, la falta de compromiso (en el amor, por ejemplo) o la violencia, para estar a la altura de los nuevos modos, más igualitarios, de vérnoslas con la diferencia sexual.

Con el feminismo aprendimos que teníamos que pelear no solo en los grandes escenarios públicos de las instituciones políticas sino también en los recovecos de la vida cotidiana. Ahora que vivimos tiempos de ilusión y de cambio hagámonos cargo del reto que tenemos entre manos profundizando y extendiendo, en público y en privado, lo mejor de los principios, estilos y propuestas feministas, comprometiéndonos creativamente como hombres y mujeres, con nuestras tensiones y ambivalencias.