Artículo publicado, The Independent, 29 de diciembre de 2016

Jeremy Corbyn podría provocar el próximo terremoto político populista -salvo si le traiciona su autocomplacencia

Por primera vez desde su elección como líder laborista en septiembre 2015, Jeremy Corbyn ha conseguido una tregua de sus oponentes internos, los herederos de la “tercera vía” de Tony Blair. Sin embargo, las incesantes luchas internas, los límites del liderazgo de Corbyn y el Brexit han pasado factura a las expectativas electorales laboristas: según la encuesta más reciente, el Partido Convservador le saca 13 puntos de ventaja a los laboristas. En este difícil contexto, los estrategas laboristas han decidido seguir una estrategia populista. Michael Walker, activista del movimiento ‘corbynista’ Momentum y colaborador del medio alternativo Novara Media, analiza las oportunidades y límites de esta apuesta estratégica.

Los estrategas laboristas planean empezar el año 2017 reintentando la imagen de Jeremy Corbyn, presentándolo como un “populista”. 2016 ha traído una serie de importantes derrotas a la hegemonía liberal y el equipo de Corbyn pretende aprovechar este ascenso de la política anti-establishment. Pero ¿qué podría implicar este cambio de estrategia? ¿Y en qué medida un giro populista podría mejorar las expectativas electorales de Corbyn y el Partido Laborista?

El término “populismo” ha sido utilizado para describir y explicar movimientos tan divergentes como la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y el ascenso del partido izquierdista Podemos en España. En su sentido más amplio, “populismo” podría incluir cualquier movilización del descontento popular contra el status quo.

Los líderes populistas se presentan como distintos de un establishment político y empresarial, y afirman representar al “pueblo” de forma más directa que quienes ocupan y ejercen el poder actualmente. Los movimientos populistas solo se diferencian por quién están incluido en la categoría de “pueblo” y quién -o qué- es definido como su enemigo.

Al adoptar la retórica populista, el equipo de Corbyn está señalando una nueva estrategia política: definirlo contra el establishment político, poniendo en valor su estatus de outsider. Como Trump, Corbyn puede presentarse genuinamente como alguien externo al establishment y capaz de reformar un sistema político corrupto. Sin embargo, al contrario que Trump, su populismo no va a depender de convertir a los extranjeros en “el otro” sino de señalar cómo un Westminster dominado por el mundo de los negocios y las élites políticas ha trabajado de forma sistemática contra los intereses de la gente común.

Un giro populista como este representa para el Partido Laborista un cambio de paradigma en dos sentidos. Primero, rompe el hábito del Nuevo Laborismo [corriente del ex primer ministro Tony Blair] de intentar superar a los Conservadores exclusivamente con base en la competencia económica. En lugar de una competición sobre la habilidad tecnocrática en el manejo de la economía y en la provisión de servicios públicos, una perspectiva populista se presentaría a las próximas elecciones con un mensaje de rechazo de los intereses privados que determinan actualmente la formación de políticas públicas.

En segundo lugar, la perspectiva populista implica acabar con el intento de que Corbyn se parezca a los políticos convencionales. Desde la polémica sobre el himno nacional [en septiembre de 2015, Corbyn se mantuvo en silencio en un acto oficial mientras el resto de asistentes cantaban el himno nacional, que es monárquico] hasta su vestimenta [fue votado como el hombre peor vestido del país], la cuestión del estilo poco tradicional de Corbyn ha determinado su primer año como líder laborista. Una estrategia populista hace de esta supuesta debilidad una fortaleza, convirtiéndole en el rostro de las demandas anti-establishment.

Hace unas semanas vimos la primera aplicación de una estrategia mediática populista por parte de Corbyn y su equipo. En respuesta a una indirecta de Obama [el presidente estadounidense sugirió que Corbyn está alejado de la realidad], Corbyn publicó tres tuits contra el establishment, afirmando que tanto el Partido Laborista como el Demócrata deberían “desafiar al poder” después de la derrota de Hillary Clinton.

Junto al contenido del mensaje, el medio en el que fue publicado dice mucho sobre el nuevo planteamiento de Corbyn respecto a la comunicación política. En esencia, el populismo se refiere a hablarle directamente a la población, evitando la estructura política tradicional del Parlamento y abandonando la confianza en los portavoces oficiales. Como consecuencia, los políticos populistas tienden a explotar canales mediáticos inmediatos. Para Silvio Berlusconi o Pablo Iglesias, esto significaba participar en programas de debate en la televisión. Para Trump y ahora Corbyn, Twitter supone una vía incluso más fácil para intervenir en el ciclo mediático. La efectividad de este enfoque fue confirmada cuando los titulares informaron de que Corbyn había “devuelto el golpe” ante la afrenta del presidente. Este tipo de cobertura informativa resulta valiosísima para un político que es presentado sistemáticamente como demasiado débil para liderar un partido o un país.

A pesar de estos signos positivos, existen dos barreras que podrían impedirle conseguir el éxito populista. La primera es el sistema parlamentario británico. En Estados Unidos, donde tanto Trump como Bernie Sanders llevaron a cabo exitosas campañas populistas, los candidatos presidenciales tienen más autonomía respecto a sus partidos que sus equivalentes británicos. Tanto el líder de UKIP, Nigel Farage, como el de Podemos, Pablo Iglesias, construyeron nuevos partidos a su imagen y semejanza. Jeremy Corbyn, por el contrario, va a encontrar dificultades en combinar el rechazo de la política de Westminster con la tarea de liderar y lidiar con 231 diputados laboristas.

El segundo y probablemente mayor obstáculo puede ser la complacencia. El equipo de Corbyn no ha conseguido hasta ahora definir un mensaje político simple o una estrategia política. El Partido Laborista de Corbyn ha huido de un ataque total contra las “élites” de Westminster. Ed Miliband se enfrentó a un dilema similar antes de las elecciones generales de 2015, dubitativo sobre la conveniencia de adoptar una retórica más agresiva del “pueblo” contra “el establishment”.

Como en ese momento lideraba las encuestas, Miliband apostó por la opción más segura y eligió el discurso del centro. Este camino está cerrado para Corbyn. Las lamentables expectativas electorales del Partido Laborista van a reforzar la opción de adoptar un enfoque más radical.

 

[Introducción y traducción de Pablo Castaño Tierno]