La economía digital, un terreno en disputa

Ekaitz Cancela y Aitor Jiménez |

Introducción. La economía digital, un terreno en disputa. 

Si una palabra ha sido tergiversada en los últimos años para ocultar su significado verdadero, esta es “economía digital”.1 Mediante toda una retahíla de informes vulgares, think tanks y centros de pensamiento han enmarcado el revolucionamiento de los medios de producción como un suceso carente de ideología. En otras palabras: la transformación digital emerge como la última expresión de aquello que Antonio Gramsci denominaba “revolución pasiva”. Ello puede verse en la plétora de foros —desde el de Davos hasta el South Summit, organizado en Madrid— diseñados por expertos en relaciones públicas para crear un discurso idealista sobre la digitalización vaciado de todo componente político.2  De este modo, las élites new age han conseguido trasladar la idea de que el capitalismo cool que representa Silicon Valley es la mejor forma de organizar sociedades tan avanzadas. Por ese mismo motivo, de acuerdo a esta ideología, las tecnologías digitales no deben estar sometidas a ninguna suerte de conflicto o lucha.3  

Hasta el momento, este constituye uno de los mayores experimentos sociales orquestados por la clase dominante para ensayar una salida a la crisis global de legitimidad, pero también de acumulación, en la que se encuentra desde 2007. Básicamente, la premisa principal de esta ideología se asienta en que las contradicciones sistémicas de la economía global se pueden solucionar con más aplicaciones y plataformas, capaces de extender los mercados hacia cada vez más áreas de la vida.4  La conclusión a la que han llegado los hombres de negocios es precisamente esa: no es que el sector financiero estuviera extremadamente desregulado, sino que no había suficientes algoritmos para conectar a las personas mediante el sistema de precios.5  De esta forma han ido convergiendo la financiarización y la industria tecnológica para cancelar toda imaginación política alternativa.

Dado que las siguientes líneas se proponen precisamente eso, dibujar las líneas de fuga del sistema y dilucidar las alternativas de manera sobria, una de las cuestiones más complejas a la hora de someter a diagnóstico el estado del capitalismo digital es la dificultad para delimitar sus características: ¿dónde empieza y dónde termina? En primer lugar, huelga señalar que el conjunto de actividades que componen la división del trabajo tiene lugar en una fábrica digital y que las cadenas productivas globales se erigen hoy en día sobre infraestructuras tecnológicas.6 Ahora bien, las lógicas predatorias, o de desposesión de los bienes comunes, así como los mecanismos para producir plusvalía que caracterizan al sistema capitalista no han cambiado un sólo ápice.

En este sentido, podemos hacer referencia a la extracción masiva de recursos minerales para la fabricación de cables, chips u otros componentes llevada a cabo por mano de obra infantil en África. También a la fabricación de smartphones en el sudeste asiático, o a los centros automatizados de ensamble logístico que pueden encontrarse en ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao, e incluso a los repartidores presentes en las calles de buena parte del planeta entregando paquetes a demanda.7 Dicho entramado de relaciones laborales llega hasta el diseño y la programación de software, en la mayoría de casos gracias a trabajadores freelance del sur de Europa; industrias adyacentes en condiciones laborales altamente precarias, como los denominados call centers —en los que puede encontrarse a las mujeres del sur Global—; e incluso algunas otras industrias antaño consideradas creativas y prestigiosas, como la de los medios, en la actualidad constituido por enjambres de periodistas que producen multitud de piezas bajo enorme presión para alimentar al algoritmo, algo que los más cínicos han denominado “creación de contenidos”.8  Fuera de toda nebulosa sobre el ámbito del intercambio, una mirada hacia las aguas subterráneas de la producción nos llevaría a la conclusión de que este ejercicio significa indexar a Google. 

Como vemos, la existencia de clases sigue teniendo lugar en el mundo digital y por tanto un conflicto entre capital y trabajo. Y no sólo, pues también existen otras desigualdades, como las de raza o género, que parecen desaparecer en los ideales discursos sobre el mundo virtual. Con todo ello, parece evidente señalar que el capitalismo digital se cimenta sobre un descomunal ejército de reserva industrial mundial, y que depende de una enorme fuente de masa de trabajo para alcanzar con éxito la nueva fase de acumulación capitalista.9  ¿No son mujeres con un salario de dos euros la hora quienes entrenan a los modelos de inteligencia artificial que después son presentados en los informes de las consultoras privadas como el estadio más elevado del progreso humano?

¿Cómo se explican los mecanismos de legitimación? Por un lado, muchas personas entienden las tecnologías como una forma de ahorrar costes en un momento de caída de los ingresos, destrucción de los ahorros o falta de medios de subsistencia, fomentando así el paradigma neoliberal del consumidor soberano.10 Por otro, y debido a estos mismos motivos, se consolidan como pequeños inversores individuales o emprendedores que acceden al crédito gracias a los últimos desarrollos de las tecnologías financieras, principalmente espoleados por entidades bancarias responsables de la última recesión. Cuando hablan de cruzar los datos de las redes sociales o de otras aplicaciones para ofrecer microcréditos de todo tipo, hemos de saber que se refieren al endeudamiento por otros medios. Estas lógicas contradictorias, u orwellianas, pueden verse en cada una de las industrias, especialmente en la energética, siendo las empresas más contaminantes del planeta los primeros clientes de plataformas de cloud computing que hacen más eficiente la emisión de gases o combustibles hacia la atmósfera.11 

En suma, el actual régimen de producción, gracias a un uso intensivo de tecnologías de procesamiento de cantidades enormes de datos —algoritmos, machine learning e inteligencia artificial, entre otros—, permite la extracción, el procesamiento, la explotación y la monetización eficiente de estos recursos, lo que ha dado lugar a la cada vez más consolidada creación de plataformas, infraestructuras punteras y estándares como el 5G. El motivo es sencillo: el sistema necesita asentar su base material en torno a poderosas redes sobre las que levantar tecnologías y servicios digitales de todo tipo (smart cities, internet de las cosas, coches autónomos…) a fin de consolidar su recuperación en un momento de enorme crisis. Esto es, fuera del lenguaje de los hombres de feria, una infraestructura tecnológica que permita el intercambio de mercancías de manera rápida en todos los lugares del mundo. Esta es una esperanza bastante utópica, dado que no hay ninguna muestra de crecimiento en la economía digital, al margen de las enormes ganancias que reportan las empresas de Silicon Valley a sus accionistas debido a su posición en el mercado de valores.

 

Las cartas de los jugadores: EEUU, China y la Unión Europea 

No son pocos los actores que quieren estar al frente de un cambio en el tablero internacional similar al de la Guerra Fría o incluso a Westphalia. Por eso, un análisis completo de este fenómeno requiere soslayar la enorme complejidad de conectar la tecnología con otros cambios tectónicos a nivel global. Ninguna de las consideraciones arriba expuestas nos exime de señalar que otra de las grandes incógnitas del capitalismo digital reside en su falta de homogeneidad, en su adaptación diversa al entorno internacional, así como al transcurso del tiempo y a las perturbaciones sistémicas.12   

Del mismo modo que no hay una sola forma de aplicar el capitalismo digital, la posición que cada país ocupa en la economía global y el peso que tiene la financiarización, entendida esta como una introducción de los mercados financieros hacia cada vez más esferas de la vida humana, influye en los márgenes de maniobra existentes para cada caso. Estados-nación y regiones tan dispares como China, Rusia, Europa, Estados Unidos, Brasil o el mundo árabe comparten un mismo régimen de explotación capitalista, pero formas diferentes de comprender la política, el Estado, la democracia, la sociedad o leyes como la libertad de expresión, por poner algunos ejemplos. Al mismo tiempo, las recurrentes crisis del sistema capitalista han colocado en un lugar privilegiado del desarrollo tecnológico a determinados nuevos actores institucionales, como son los fondos soberanos, las grandes gestoras de activos, bancos y fondos de inversión, etc., que constituyen un poder reticular e irónicamente internacionalista a la búsqueda de la rentabilidad prometida por las empresas tecnológicas que comienzan a conquistar los mercados globales de casi todo, desde transporte y automovilismo, hasta energía e inmobiliario, pasando por sanitario y educativo.13  

A los factores citados debe añadirse las recientes pugnas geopolíticas que surgen en el proceso de competencia entre firmas por el control del ciberespacio —en un contexto mundial de progresivo regreso a doctrinas mercantilistas— y también aquellos que tienen lugar entre los propios Estados. Ello ha configurado una miríada de modelos de capitalismo digital con características distintas y particulares concepciones de la hegemonía.14  De acuerdo al prisionero de Bari, una relación entre Estados en cuya esencia se encuentra ejercer el poder en la forma de subyugación sobre sus vecinos. Esto es, una forma de dominación que se ha hecho legítima de facto. Desde sus inicios, el capitalismo digital y la estrategia imperialista de Estados Unidos han mantenido una enriquecedora relación simbiótica.15 Primero, con la liberalización y privatización de las infraestructuras básicas de telecomunicación a manos de Ronald Readon, Bill Clinton, el ahora ambientalista Al Gore —padre del término “autopistas de la información”— y una pléyade de consejeros que, al mismo tiempo, derogaron las últimas leyes restrictivas sobre el libre flujo de datos para beneficiar a Wall Street y Hollywood.

A su vez, todo ello ha dado lugar a la consolidación de una ideología “solucionista”, la cual presenta la tecnología, en abstracto y en un vacío político y sociológico, como alternativa a cualquier otro tipo de intervención política, social o económica. Ciertamente, esta ideología politiza la tecnología de una manera que no mancha, no deja marca, pero la incrusta en las lógicas más autoritarias del capitalismo para mantener este sistema con vida, al menos hasta que el calentamiento global consuma los recursos del planeta. Gracias a los centros de datos estadounidenses, y de manera complementaria al sinfín de bases militares distribuidas por el mundo, Washington aún se mantiene como principal impulsor del capitalismo digital.

El imperialismo liberal norteamericano ha logrado llegar a nuestros días gracias a lo que profetas como Robert Keohane y Joseph Nye denominan el soft power aparentemente pacífico de Silicon Valley.16 En cierto modo, resulta más sencillo y menos costoso abrir los mercados extranjeros facilitando la conexión de millones de consumidores a Internet que a través de medios más coercitivos como los militares. En muchos casos gracias a la puerta giratoria entre el Despacho Oval y California, las firmas tecnológicas han desarrollado complementariamente la narrativa política electoral-progresista del presidente Barack Obama, centrada en el cambio climático o el respeto a las minorías, construyendo a presentar el proyecto de Estados Unidos como una fuerza de modernización cuyo intereses son universales.17  

Paradójicamente, la integración en el capitalismo global de los Estados Unidos, caracterizado por la desregulación y la privatización de sus industrias, no deja en este momento otra alternativa a sus dirigentes que emplear toda la fuerza de la política comercial proteccionista para tratar de mantener la ventaja competitiva de las empresas californianas y asegurar que obtienen la mayores ganancias posibles en el proceso de competencia, otra reminiscencia con el mercantilismo decimonónico. La ofensiva reciente contra Huawei es una clara muestra de este hecho.

 

El zigzagueante camino de Adam Smith en Pekín  

La traducción de la doctrina del economista liberal Adam Smith en Pekín se basa en una arquitectura política y económica que no tiene correlato en Occidente, ya que constituye una combinación de planificación, libre mercado e intervención estatal. Dicha arquitectura se sostiene en dos ejes fundamentales. Por un lado, el hecho de compartir un mismo sustrato ideológico entre las élites empresariales y políticas. Aunque a menudo se encuentra sometido a tensiones, existe un espacio de entendimiento entre los grandes organizadores de la economía china: los dirigentes del Partido Comunista Chino (PCCh) y los ejecutivos, o CEOs, de las principales empresas del país.

Por otro, la jefatura del PCCh ha establecido un sistema de gobernanza público-privado con los proveedores más fuertes del país que le ha granjeado una enorme red de infraestructuras comerciales, digitales y financieras en tan sólo unas décadas. Una silenciosa ‘diplomacia del endeudamiento’ que se expresa en todo su esplendor con la llamada iniciativa nueva Ruta de la Seda para establecer un corredor entre Asia y Occidente, donde las condiciones de las inversiones, del intercambio y también las condiciones de regulación se imponen desde Guangzhou. En su componente digital, esta estrategia ha creado un mercado de vastas dimensiones para conectar a buena parte de los países no alineados con Washington a las infraestructuras de las firmas chinas.

Desde la Tercera Sesión Plenaria del XVIII Comité Central del PCCh en 2013, China ha estado tratando de cambiar esta realidad. Los planes de política industrial, destacando el ‘Made in China 2025’, tienen como objetivo actualizar el poder estructural del país mediante enormes inversiones públicas en áreas como la inteligencia artificial, la robótica avanzada y la creación de plataformas capaces de proveer soluciones de smart city —o ciudades inteligentes— en cualquier metrópoli del planeta. En suma, la adaptación del capitalismo digital de Pekín se caracteriza por una fuerte imbricación entre las grandes corporaciones privadas del país (Alibaba, Baidu, Tencent) y las políticas de planificación económica dictadas por el Partido Comunista.

Dicha estrategia podría tener un talón de Aquiles, el cual los dirigentes estadounidenses están tratando de aprovechar de manera desesperada: si bien China se ha convertido en uno de los centros mundiales indispensables para la fabricación de maquinaria de alto componente tecnológico y la provisión de servicios digitales, una parte importante de las piezas que sustentan dicha producción son propiedad intelectual de empresas extranjeras. Se requieren, por tanto, más saltos adelante.  

 

Unión Europea, una región asimétrica que no quiere ser aplastada

A diferencia del régimen libertario californiano, las antiguas potencias coloniales europeas abogan por una estructura de gobernanza donde las industrias más poderosas de los países miembros moldean el tradicional marco regulatorio ordoliberal de las instituciones europeas según consideren necesario para asegurar la competitividad en el mercado global.18  De este modo se ha conformado lo que en la jerga bruselense se denomina Digital Single Market,19  en alusión al famoso y fallido plan que inició el expresidente de la Comisión Jacque Delors en los años noventa (Single Market).20 Sin abandonar la fe ciega en los mercados libres y en la competencia, característica de sus padres fundadores, el modelo de la Unión Europea plantea una narrativa respetuosa con los derechos individuales de los consumidores y otros derechos colectivos. 

Ante la presión de las industrias nacionales alemanas y francesas para hacer avanzar sus intereses en la economía digital —con perjuicios para los países del sur— frente a la ofensiva proteccionista de Trump21 y a la apertura envolvente de Xi Jinping, el eje compuesto por Angela Merkel y Emmanuel Macron ha impulsado una novedosa campaña —más fundamentada en la retórica que en los hechos— para impulsar la soberanía digital europea a través de la creación de empresas competitivas en los nuevos mercados, de políticas de innovación de distinto cuño y de reglas acordes con las necesidades de las industrias más avanzadas tecnológicamente.22  

En definitiva, desde Bruselas trata de imponerse una idea que nos retrotrae a escenarios pasados: el fomento de una mayor competencia traerá consigo el florecimiento de gigantes europeos.23 Sin embargo, esta estrategia entraña varios problemas. En primer lugar, llega una década tarde con respecto a las potencias que, con un proceso de producción ya reorganizado, se han consolidado en posiciones irrevocablemente dominantes. En segundo lugar, ha sido precisamente la enorme competencia en el mercado capitalista global la que ha dejado a las principales empresas alemanas y francesas en una posición de desventaja. La tendencia natural de este proceso de competencia, en un contexto de crisis e inestabilidad económica creciente, ha desencadenado un fuerte conflicto intraempresarial en el seno de la Unión Europea.

Dados los irrisorios presupuestos públicos de la mayoría de países, no existe política de innovación que pueda competir con las inversión en I+D de las principales empresas chinas y estadounidenses. Sólo las cinco empresas más poderosas de Silicon Valley gastan una cantidad anual cercana a los 52.000 millones de dólares. Si nos atenemos a la saturación y control de los mercados globales, tampoco es posible expulsar a dichas firmas. Sólo es posible establecer una zona económica autónoma y orientada hacia el sur, con un desarrollo económico similar y con quien no sólo le une la cultura sino la necesidad de evitar la colonización tecnológica.

 

España, la subalternidad del Sur

Dicha encrucijada se manifiesta con una intensidad aún mayor en España, quien debido a una economía digital absolutamente subdesarrollada requiere de la transferencia constante de tecnologías extranjeras, lo cual se agudiza debido a la carencia de un plan industrial ambicioso. La función que desempeña este país se entremezclan las características de las colonias, mano de obra barata en el sector servicios, y las de las bacanales turísticas —dos dimensiones que, además, tienden a retroalimentarse—.  Este modelo productivo, orientado a sobrevivir en la economía global soportando los costes sociales del superávit comercial de otros países de la Eurozona, se ha mostrado literalmente letal durante los meses de confinamiento, disparando el desempleo, la exclusión social, paralizando los sectores clave la economía y, prácticamente, la política.

Por otro lado, las empresas principales de las industrias estratégicas de la ecúmene ibérica, en cuyo accionariado se pueden encontrar poderosos fondos de inversión extranjeros que influyen decisivamente en las finanzas del país, comienzan a ser vistas en el mapa mundial como activos económicos que podrían, con cierta probabilidad, ser adquiridas por otras empresas, como las alemanas. Las incipientes empresas de la economía digital, como aquellas que compiten en el terreno de la ciberseguridad, no escapan tampoco a este tipo de riesgos corporativos.

De este modo, desde hace algunos años se ha comenzado a trazar un simulacro de política de competencia made in Spain para la economía digital. Dicha política adolece de la falta de un Estado y de un gobierno que ejerzan liderazgo para establecer y afianzar la soberanía tecnológica del país, un problema que se viene arrastrando decenios, sino siglos.24 Conscientes de este hecho, y también de que la competición en el mercado es un hecho real y de suma cero (unas firmas sobreviven, otras pierden y terminan en bancarrota), las líneas dictadas desde las grandes empresas españolas han girado en torno a tres ejes principales. En primer lugar, acercarse a las corporaciones chinas, especialmente a Huawei, para operar la infraestructura digital básica a un coste menor. En segundo lugar, forjar alianzas con Silicon Valley a fin de convertirse en proveedores de servicios de big data, inteligencia artificial y computación en la nube. En tercer lugar, presionar de manera kafkiana para renovar las leyes antimonopolio y lograr, en el mejor de los casos, convertirse en proveedores monopolistas de los medios de acceso a las infraestructuras estadounidenses; y en el peor, como ocurre en el caso de los grandes bancos, dotar de efectivos a start-ups de tecnología financiera (fintech) para tratar de desarrollar su propia versión digital del capitalismo financiero.

Buena parte de estos movimientos comenzaron a tener lugar tiempo antes de que se hiciera tan evidente que la confrontación entre China y Estados Unidos tendrá un único ganador, en lugar de un acuerdo pacífico entre ambos. Por eso, los preceptos sobre los que las grandes empresas diseñaron su estrategia de negocio han quedado obsoletos. Sólo puedo escoger entre servir de embajadores para el control de los mercados españoles de las empresas extranjeras. El mero hecho de que las empresas principales de telecomunicación se desprendan de todas las participaciones en centros de datos, cables oceánicos o antenas, cuando son un activo fundamental para la soberanía digital de un país, para confiar las infraestructuras para el siglo XXI de Silicon Valley es una muestra de este hecho. De este modo, un derecho para la era digital básica como el que podría ser el acceso gratuito a computación en la nube, pasará a convertirse en un servicio por el que los gigantes patrios proveen a las pequeñas y medianas empresas españolas que puedan pagar por ello. El plan de Google en colaboración con el Ejecutivo para digitalizar las pymes camina en esa dirección, a saber, la opuesta a una política industrial que asegure la propiedad de los medios de producción modernos. En último término, esto se traducirá en el mejor de los casos en empleos precarios en industrias productivas adyacentes, fruto de asumir la condición de periferia digital global.  

 

El despertar de la política industrial, ¿o de la planificación económica?

Ninguna alternativa podrá tener lugar hasta que la ciudadanía y sus líderes despierten del sueño tecnológico en el que se han visto inducidos. El fuerte componente estético y cultural que se encuentra presente en el diseño de las tecnologías digitales ha provocado una suerte de “fetichismo tecnológico”25  entre la clase política, transmitido asimismo hacia la opinión pública. La imagen hábilmente construida por las empresas tecnológicas tiende a esconder un modelo de explotación capitalista que no solo mantiene las estructuras de dominación clasista,26 racista y patriarcal,27  sino que las multiplica a la par que las invisibiliza. A su vez, ello ha dado lugar a un vacío en el debate público, un silencio que se refuerza, por una parte, gracias al enorme poder que tienen las compañías tecnológicas a la hora de acceder tanto a la información como al conocimiento, y por otra, a la dependencia que los medios de comunicación han cultivado de sus plataformas y algoritmos para capear la crisis de su modelo de negocio. 

Este problema de debilidad en el proceso de competición, o explotación y alienación en el ámbito productivo, son resultado de la hegemonía cultural de Silicon Valley, lo cual se ve subrayado cuando buena parte de los movimientos antisistémicos utilizan las propias plataformas estadounidenses para desbloquear las fuerzas revolucionarias escondidas en la sociedad. La cultura del capitalismo tardío se muestra en todo su esplendor al comprobarse cómo las protestas quedan subsumidas en las lógicas del mercado, sin que surja ninguna iniciativa a nivel estatal para abordar una agenda de autonomía digital, la cual va mucho más allá del software libre o, mejor dicho, sólo puede comenzar con su estandarización todo en el territorio.

Si bien estas conclusiones pueden resultar suficientemente preocupantes, no podemos evitar añadir que todas las leyes motrices propias de las finanzas que perpetúa el discurso idealista sobre la digitalización han quedado amplificadas durante la crisis de la pandemia Covid-19.28 La reacción instintiva más palpable del sistema se ha manifestado en su carácter autoritario, y en su tendencia natural hacia la dominación interseccional sobre categorías como raza, clase o género. Pensemos en algunos ejemplos relacionados con el ámbito del trabajo y, en estrecha relación a éste, como el ataque prolongado del neoliberalismo al estado de bienestar de la clase obrera.  Al respecto del primero de los casos, el confinamiento ha consolidado la tendencia hacia una suerte de ‘taylorismo digital’, donde la organización de los procesos productivos se asienta en la vigilancia en el espacio de trabajo. Gracias a la concentración de los medios de producción, como es el caso de la nube y Microsoft, los empleadores han aprovechado esta situación de excepción —una suerte de Estado de Alarma Laboral— para contratar y despedir a los trabajadores como mejor favorece a sus objetivos de aumentar la tasa de ganancia, sin renunciar, en algunos casos, a hacer uso de la fuerza bruta. La extensión e intensificación de los tiempos de trabajo de las clases más desfavorecidas, la monitorización de la productividad mediante dispositivos digitales son solo algunos ejemplos. Aunque, por supuesto, nada de ello ha resultado suficiente para superar las enormes pérdidas empresariales.

Por este motivo, no debe extrañar el desplazamiento de la función del Estado durante este periodo excepcional que promete ser prolongado: asegurar ingresos suficientes a una determinada población para evitar posibles revueltas tras las consecuencias de la epidemia, cuya gravedad evoluciona con el nivel de pobreza de los barrios de las ciudades españolas.  Al mismo tiempo, debido a que el neoliberalismo es una ideología con implicaciones prácticas reales, la destrucción de los ámbitos sociales del Estado mediante la introducción de las lógicas del mercado —con una innegable colaboración estatal— parece ser una prioridad en toda crisis. La digitalización en la Sanidad y en la Educación merece apartado propio. A primera vista, estas empresas “solo” exigen acceder a los datos privados de millones de personas. No cuesta imaginar un un futuro no muy lejano, cuando las herramientas de las empresas privadas sean el único medio de acceso a los servicios públicos, en el que se reproducen las desigualdades de ingresos, las jerarquías sociales y los sesgos de clase, género y raza. Las grandes empresas regirán la economía mundial sin obviar el ritualístico y cínico cántico a la meritocracia y a la libre empresa. Este sistema no se limita a un único ámbito económico, ni tampoco político. Como modelo de producción capitalista, no ha venido a sustituir a los anteriores, sino a resignificarlos. Desde sus orígenes en el software, este se ha extendido ya sus dominios en ámbitos como la logística (Amazon) el transporte (Uber) o la vigilancia y seguridad (Palantir), constituyendo un nuevo modo de consumo y de civilización, con la capacidad de sobrevivir, crecer y multiplicarse en ambientes políticos tan diferentes como el chino, el norteamericano o el europeo. 

La tarea de construir alternativas al capitalismo digital no es sencilla. Pero si una conclusión se deriva de las próximas páginas, esta es que el presente se encuentra abierto a la acción política. No obstante, la hazaña de testar los límites e incluso trascender el sistema debe derivarse de una observación sobria y atenta de las lógicas que guía el capitalismo, así como de las distintas estrategias que los estados más poderosos llevan a cabo La capacidad de actuación quedará reducida a una especie de dialéctica entre desarrollar tecnologías alternativas, y soberanas, a las que han sido diseñadas para encaminar a los sujetos hacia el mercado (todo ello, gracias al apoyo prolongado del Estado), la alianza entre distintos estratos sociales que comparten los mismos intereses (inteligencia técnica, base social y proletariado digital) y por último la cooperación con actores internacionales que comparten las mismas necesidades materiales que el sur de Europa, o más concretamente España. No obstante, debe señalarse desde el principio, esta sintonía sólo será posible mediante la adopción de lógicas distintas a las capitalistas, pues sus máximos exponentes no dejan capacidad para operar dentro del sistema, y superando la tentación de abocarse a la política industrial estatista como única alternativa. La planificación democrática de las infraestructuras de datos y el cuestionamiento de las relaciones de propiedad sobre las que se asienta la economía digital deberán ocupar el centro de los debates contemporáneos.

 

1 Jonathan Pace, “The concept of digital capitalism,” Communication Theory 28, no. 3 (2018): 254-269.

2 Adrian Daub, What Tech Calls Thinking: An Inquiry into the Intellectual Bedrock of Silicon Valley, (Logic, 2020), https://logicmag.io/what-tech-calls-thinking/

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22  Luciano Floridi, «The fight for digital sovereignty: What it is, and why it matters, especially for the EU». Philosophy & Technology 33, no. 3 (2020): 369-378.

23  Jacques Crémer, Yves-Alexandre de Montjoye, and Heike Schweitzer. «Competition policy for the digital era». Report for the European Commission (2019).

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25  Alf Hornborg, «Technology as fetish: Marx, Latour, and the cultural foundations of capitalism». Theory, Culture & Society 31, no. 4 (2014): 119-140.

26  Stephen J. Pitti, The Devil in Silicon Valley: Northern California, Race, and Mexican Americans, (Princeton: Princeton University Press, 2018).

27  Safiya Umoja Noble, Algorithms of oppression: How search engines reinforce racism, (New York: NYU Press, 2018).

28  Naomi Klein, «Screen New Deal: Under cover of mass death, Andrew Cuomo calls in the billionaires to build a high-tech dystopia». The Intercept, 9 de Mayo, 2020.

 

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