Este es un momento extremadamente volátil y ambiguo para los que nos preocupamos por la posibilidad de recomponer una política de izquierda en toda Europa. La dramática neutralización del gesto público hasta ahora más resuelto a oponerse a la estrategia de austeridad encarnada por la Troika, a saber, la victoria del ‘Oxi’ en el referéndum griego, ha dejado el experimento de Syriza maltratado y dividido, desgarrado, por un lado, entre acusaciones de ineptitud estratégica y traición a los principios, y, por otro, la evocación de una cuasi weberiana “ética de la responsabilidad” y un improbable “queda aún mucho juego por delante”. El arco de popularidad de Podemos ha sufrido una seria inflexión, aunque su contribución a un frente más amplio, en la estela de las victorias electorales en las contiendas municipales de Madrid y Barcelona, podría revelarse aún como decisiva. Igualmente, su compromiso con las dinámicas progresistas del movimiento secesionista en Catalunya ha añadido toda una capa de complejidad táctica e ideológica al proceso.

Mientras tanto, el estancamiento post-electoral de un Reino Unido sacudido recientemente por el resurgimiento del nacionalismo escocés –y por un pronunciado discurso anti-austeridad– se ha visto afectado además por el “fenómeno Corbyn”, una suerte de cortocircuito que invierte muchas de las tendencias contrarias a la democracia de los últimos tiempos: un largo debate poselectoral cargado de revanchismo, por parte de Blair, contra el líder más izquierdista que el laborismo ha tenido en décadas (o nunca), quien a su vez ha sido capaz de revertir el persistente declive de afiliaciones al partido; una radicalización del discurso contra la austeridad, combativo y sindical, producido por un sistema electoral dentro de un partido diseñado para desacoplar del Labour Party sus afiliaciones sindicales históricamente características. Mientras tanto (cuando la victoria de Corbyn aún está fresca), los perros de presa de la restauración ya están oliendo sangre.

Aún sin abordar el desastre en curso de amada “crisis migratoria”, el contexto de estos fenómenos es la acelerada condensación de “Europa” en un significante de autoritarismo financiero, arraigado en la desigualdad que existe dentro y entre los estados y una implosión represiva. Los efectos sobre la cuestión “Europa y la izquierda”, debatida durante décadas, no pueden ser sino dramáticos. La crisis potencialmente terminal de la “integración” europea –cuyo motor principal se ha convertido sin duda en lo que el sociólogo alemán Wolfgang Streeck ha denominado el “Estado de consolidación”– arroja una luz muy diferente sobre la antinomia clásica entre una izquierda “soberanista” y una izquierda “europeísta”.

Los términos de la antinomia entre soberanismo y europeísmo presentan cada vez más obstáculos, si no a las estrategias susceptibles de ser desarrolladas –pues, a pesar de esa especie de “metafísica de los movimientos” que impregna el pensamiento de la izquierda, no hay hoy ninguna señal de movimientos trans-europeos, organizaciones o instituciones portadores de una estrategia a la altura de las tareas y adversarios a los que nos enfrentamos– al menos para un mapeo del espacio estratégico. Polémicamente, afirmaría que, entre los obstáculos para un debate menos esclerótico sobre estas cuestiones, encontramos la resistencia de “Europa”, la “unidad europea” y la “integración”, como algo parecido a un “ideal regulador” kantiano o focus imaginaris.

Gran parte de la retórica externa estimulante del gobierno Syriza al principio dependía de esta demanda. Cualquiera que sea nuestra estimación del valor intrínseco de las referencias a la “Europa de la solidaridad”, del antifascismo, o incluso a las dudosas aunque persistentes apelaciones civilizatorias a la “cuna de la democracia” y expresiones similares, pronto se hizo evidente que los miembros del Eurogrupo eran inmunes a cualquier idealismo, y que la apelación a una cierta “esfera pública europea”, extremadamente débil y fragmentada, nunca podría servir como un sustituto a la política del poder incluso si eso hubiese sido por necesidad una política que solo hubiera podido movilizar las “armas de los débiles” (Pasemos rápida y penosamente por encima de la fantasiosa sugerencia, lanzada en repetidas ocasiones, de que Renzi o Hollande podrían haber sido cooptados en una coalición contra la austeridad).

Podríamos pasar el tiempo enumerando las trampas ideológicas ligadas al gesto de yuxtaponer, con escasa visión dialéctica, la Europa del Capital con la “otra Europa” de los pueblos y la emancipación, por no hablar de la dificultad (o tal vez la imposibilidad) de dejar atrás realmente la demarcación polémica entre Europa y las otras civilizaciones, culturas o continentes, supuestamente sin una relación inmanente a la democracia, la libertad, la filosofía o lo que sea.

(Me gustaría pensar que una variante de la llamada a “provincializar a Europa”, como Frantz Fanon prescribió a sus lectores en los pasajes finales de Los condenados de la Tierra, podría hacer una buena política ideológica, en concreto, una dedicada a esos “europeos” que necesitan más que la mayoría atravesar sus fantasías).

Cualquiera que sea la conjunción –que nunca puede ser una identidad– entre la noción de integración europea y una política emancipatoria, en distintos momentos y con diferentes propósitos, su laminación, elisión o igualacion es extremadamente problemática. Antes de profundizar en este punto, y volviendo a repasar el debate entre Wolfgang Streeck y Jürgen Habermas como un poderoso síntoma del actual impasse discursivo y cognitivo, pienso que vale la pena llamar la atención sobre algunas de las “anomalías” de la época actual, que promueven un regreso a las yuxtaposiciones familiares de “europeístas” versus “soberanistas” en una dicotomía potencialmente zombie.

La primera, y más importante desde el punto de vista estratégico –y de hecho, también, más evidente–, es que los mayores desafíos o interrupciones respecto a la creciente cristalización de la gobernanza europea en un aparato financiero-represivo aparentemente insuperable han procedido justamente de los movimientos y organizaciones (a saber, las secuencias desarrolladas entre el 15M y Podemos y más allá en España, el movimiento de las plazas hasta Syriza y más allá en Grecia) que tienen un molde nacional, aunque en gran medida (aunque de ninguna forma en su totalidad) no-nacionalista.

Al lado de una poderosa referencia a los intereses “populares” (con un amplio espectro más o menos explícito de política de clase o política anti-capitalista), estos movimientos han quedado definidos por tener la complicada tarea de traducir su oposición a la desposesión financiarizada a la lengua de la soberanía que junto con su, en absoluto, insignificante, si no problemático, esfuerzo por evitar acusaciones de chauvinismo o reacción al presentarlo en los términos consagrados al discurso “anti-colonial”, pero ahora transmutado en los del “colonialismo de la deuda”. (Recuérdese la declaración de Pablo Iglesias, tras su rompedora irrupción electoral en el Parlamento Europeo, en el sentido de que hemos terminado siendo una colonia alemana que envía su juventud bien formada a poner copas a Londres…).

Estas palabras son, sin duda, tan retóricamente potentes como descriptiva y afectivamente problemáticas: la indignación porque “nosotros” estemos siendo tratados como el FMI previamente trató a “ellos” (los sujetos raciales neocoloniales de África subsahariana o América Latina) no es un punto de partida evidente para una solidaridad internacionalista. Dicho esto, es imprescindible, a mi modo de ver, que la izquierda anti-nacionalista (del tipo asociado al llamado posobrerismo o a la extrema izquierda) suspenda no la sacrosanta crítica al nacionalismo, sino la idea de “soberanismo” como complejo ideológico homogéneo y homogéneamente nocivo (de un modo ambiguo, esto ha sido evidente en el apoyo a Podemos y Syriza por figuras anti-soberanistas anteriormente vociferantes, entre ellos nada menos que Toni Negri).

Mi tesis aquí es que una posición a priori a favor de cualquier nacionalismo (en el sentido de una defensa de la soberanía del Estado-nación) o del federalismo es claramente imposible en el abigarrado paisaje ideológico e institucional del presente. Esto es particularmente cierto cuando la “integración” europea se ha convertido en un sinónimo de des-integración, en un sistema jerárquicamente desigual de deuda y con una gobernanza totalmente opaca del lado de las élites e instituciones estatales y para-estatales.

La superposición y convergencia de tendencias en la economía política, en las formas institucionales y en las luchas populares a la luz de una narración más o menos lineal –en la que “Europa” sería tanto la escala como las apuestas en juego– o la única forma de gobernar la “globalización” o de compensar el “Imperio” liderado por Estados Unidos, simplemente ya no es sostenible sin ser fieles a un providencialismo raído. Si las tesis del marxista escocés Tom Nairn, a principios de los 70 (ver “La izquierda contra Europa”, en New Left Review 75, 1972), en contra de la ambigua oposición de la izquierda del Reino Unido al Mercado Común, podrían tener cierta fuerza, es porque trataron de revivir una combinación del realismo estratégico marxista con una estimación de la dirección histórica de las contradicciones entre fuerzas y relaciones de producción en un período de masivas luchas de clase, tanto organizadas como no.

Este tipo de confianza podría parecer hoy irrisoria, como sería también una referencia definitiva a los Estados Unidos Socialistas de Europa, que, según Nairn, constituiría en su momento el faro de las “vanguardias” anti-CEE, una abstracta compensación ideológica de su rebelión en compromisos con ideologías de un movimiento obrero nacional y nacionalista. Hoy, en especial, cuando el abandono de las historias teleológicas lineales y providenciales se ha convertido por fin en una convicción entre los teóricos marxistas críticos –gracias al trabajo de teóricos de la talla de Daniel Bensaïd, Massimiliano Tomba, Stavros Tombazos, Neil Smith, Harry Harootunian y otros, que han seguido trabajando en la estela del último Marx, Ernst Bloch, Walter Benjamin u otros– no podemos permitir que filosofías de la historia consolatorias sigan apareciendo en nuestros debates.

No hay sentido alguno en continuar pensando aún que el Capital o el Estado está “haciendo el trabajo por nosotros”, ni que haya alguna continuidad entre proyectos de élite de (de)regulación del mercado y los proyectos institucionales de las élites gobernantes, por una parte, y posibles visiones populares, por el otro. Estos fenómenos pueden, en el mejor de los casos, ser coyunturales, fortuitos.

En este sentido creo que el rechazo, ciertamente no muy característico, de Toni Negri a las ideologías europeas en su artículo de 2000 “Europa, ¿una broma para los sujetos del Imperio?” es un punto de partida hoy mucho más preciso que esa esperanza fuera de lugar en una alianza de multitudes y “aristocracias” europeas que serviría para contrarrestar la reacción nacionalista y la hegemonía estadounidense, tesis que podemos encontrar en otras intervenciones suyas también recogidas en el reciente volumen Inventar lo común (DeriveApprodi, 2012), donde incluso se da la bienvenida a la visión de un euro más “progresista”. A pesar de su énfasis final en la “otra Europa” de los movimientos y la resistencia anticapitalista, el artículo de 2000 plantea el debate en unos términos que resuenan hoy: la idea de Europa, declara Negri, es una paradoja, un heterogénesis de los fines, un “borde”, incluso, es una idea que solo se desarrolla por su propio “vaciamiento”. A finales del siglo XX, Europa y fraude de alguna manera se convirtieron en sinónimos, tanto es así que Negri escribe, en unos términos aún más inequívocos que anti-europeístas putativos como Streeck: “la orientación y el trabajo de construcción de los Estados Unidos de Europa tienen como objetivo simplemente la organización sub-Atlántica. Este es un hecho indiscutible. Uno tendría que estar borracho para no verlo”.

Contrariamente a las apologías marxistas del libre comercio (analogía literal propia de Nairn), los diversos proyectos de clase que han convergido en la estrategia dominante actual (que podría caracterizarse como “hayekiana” u “ordoliberal”, dependiendo del diagnóstico genealógico de cada uno) no pueden de ninguna manera ser comparados con el inicio de un movimiento democratizador, ciertamente porque durante mucho tiempo el fin de esta estrategia (o convergencia de estrategias), a menudo afirmado explícitamente, ha sido neutralizar cualquier expresión del control popular o incluso constreñimiento sobre las “fuerzas del mercado” (y, en este sentido, basta con citar el informe de la Comisión Trilateral de 1975 sobre el exceso de la democracia para observar una tendencia que llega hasta la actualidad). Es aquí donde encontramos el núcleo de verdad pesimista de la cruda réplica de Wolfgang Streeck en el ya conocido debate con Jürgen Habermas ante su acusación de tener “nostalgia de un Estado mínimo”.

En lugar de una filosofía marxista de la historia, Streeck constata en Habermas la idea irrealizable de un salto cuántico de Europa hacia la democratización a través de una mayor integración, el efecto de una teoría neo-funcionalista que ve la escala de las instituciones políticas y su interconexión creciendo a buen ritmo sin tener en cuenta la economía política de las crisis, que son al mismo tiempo políticas y económicas. Pero es este proceso de integración el que, en los últimos tiempos, ha sido la causa de un recrudecimiento de los nacionalismos excluyentes de derecha, dirigidos expresamente a neutralizar la interferencia de los intereses populares en las transacciones de mercado. Es este proceso el que ha tratado de derogar la lucha de clases democrática dentro de las políticas nacionales en aras de una antidemocrática lucha de clases unilateral a través de instituciones privadas de cualquier supervisión desde abajo. La manera en la que, entonces, un proceso de integración tal podría ser visto como la única oportunidad para un control democrático sobre el neoliberalismo, requeriría, para el reformismo socialdemócrata, manifestar una fe en la racionalidad de las tendencias históricas que le harían partidario del Diamat [materialismo dialéctico] más vulgar.

Independientemente de la simpatía o no que abriguemos hacia la propuesta defensiva “polanyiana” de Streeck –un nuevo “Bretton Woods”, monedas mixtas, una función pivotal, aunque táctica-defensiva, conforme a la devaluación de la moneda–, la parte “ideológica” de su réplica a Habermas es merecedora de apoyo, en concreto, en lo que respecta a su firme rechazo a la identificación de una política progresista en Europa con el euro –que analiza de manera convincente como instrumento de des-europeización– o con la Unión Europea, en cualquiera de sus formas previsibles. Es difícil en este sentido no secundar la afirmación de Streeck de que la integración europea se ha convertido en un “proyecto de modernización que ha dejado de ser moderno y cuya última oportunidad para devenir democrático se ha perdido desde hace tiempo”.

Sin embargo, ¿es suficiente lo que podríamos llamar “el nacionalismo táctico” de Streeck (haciéndose eco del “esencialismo estratégico” de Spivak)? Este se presenta a sí mismo como un “expediente subversivo temporal”, una suspensión de la ejecución que no es en sí misma una solución, sino una acción intermedia, un preludio distinto a otras formas políticas necesariamente posnacionalistas y poscapitalistas, sin las cuales las crisis globales (económica, ecológica, geopolítica) nunca se abordarán correctamente. La referencia a Karl Polanyi y La Gran Transformación es por supuesto un leitmotiv permanente en los debates sobre la “resistencia” al neoliberalismo, donde estimaciones más o menos sobrias o melancólicas sobre las capacidades de las fuerzas de oposición se traducen en un deseo de “preservar” o inventar defensas contra la intrusión de mercado, para “integrar” esos mismos mercados cuya “liberación” es la obsesión ideológica dominante (podemos aquí recordar las declaraciones de Pierre Bourdieu sobre el inevitable “carácter conservador” de la oposición al neoliberalismo).

Ahora bien, mientras que el doble movimiento de Polanyi –que era, por supuesto, también una teoría de los orígenes del fascismo en contra de la utopía del mercado autorregulado y el liberalismo del patrón-oro– es tal vez una fenomenología genérica acertada de nuestro momento (también presente en las reflexiones de David Harvey sobre las respuestas políticas a la “acumulación por desposesión”), la necesidad de ir más allá del nacionalismo táctico sigue siendo grande – sobre todo porque la percepción de que la UE / UEM es una jaula de hierro que se está oxidando rápidamente está muy extendida.

Aquí creo que la pregunta pertinente no es la ideal-ideológica de “otra Europa”, la desesperada defensa de la soberanía nacional por sí misma o la fábula habermasiana de que el proyecto de un estado de consolidación à la Hayek o de un federalismo-ejecutivo post-democrático crecerá hasta convertirse en un proyecto democratizador pos-nacional. En ausencia de cualquier tendencia o dinámica virtuosa (las regresivos o incluso terminales son harina de otro costal…), nuestra pregunta es más bien qué constituiría una ruptura potencialmente contaminante, una ruptura “contagiosa” frente a un acuerdo institucional del poder de clase transnacional que existe precisamente para sofocar cualquier sombra de alternativa.

Me parece que, independientemente de la alergia totalmente justificada a las lenguas de la soberanía nacional, es solo en el nivel de un espacio nacional o estatal de la representación política donde una ruptura de este tipo puede buscarse –aunque no una solución– que por supuesto no puede imaginarse en el plano del Estado-nación, entendiendo por tal que el discurso político en los espacios políticos nacionales debe ser insistentemente explícito sobre el hecho de que no está atado, a la defensiva o afirmativamente, a ese espacio, ese Estado, y esa “nación”. Una ruptura que tiene que ser “localizada” en una forma u otra; es la tarea de una política de izquierda que esta localización nacional no se convierta en una orientación nacionalista.

La desconcertante traducción de movimientos plurales contra la austeridad en esperanzas localizadas en formas políticas de la modernidad aparentemente moribundas, es decir, en partidos de Estados-nación (Syriza, Podemos, pero también el Partido Nacional Escocés, la CUP, y ahora el Labour Party de Corbyn) no son solo fenómenos que deban celebrarse de manera más o menos oportunista. Requieren de análisis teórico y respuesta práctica –y si es necesario, crítica implacable– por su propio bien. (Hay un cierto realismo de sentido común –junto con sus inevitables ilusiones– en el giro que ciertas energías, a menudo muy desencantadas, todo hay que decirlo, están dando a la arena parlamentaria. El hecho de que este giro esté contando con las más o menos prudentes simpatías de teóricos comunistas ferozmente antirrepresentacionistas y antiparlamentaristas como Alain Badiou o Toni Negri es un llamativo síntoma de nuestra situación política e ideológica).

La creciente no afiliación o no identificación con el proyecto de integración europeo es hoy un hecho de consecuencias potencialmente destructivas, pero también reparemos en que los neofascismos, como los de la actual Hungría, bien pueden coexistir, por el momento, con una “consolidación de Estado”. El futuro de la izquierda, y de sus fuerzas compatibles, en Europa no parece estar en el federalismo como un acuerdo institucional, sino en lo que podríamos llamar una federación de rupturas, lo que podría, al menos parcialmente, rehacer, más que reformar, el espacio político y económico –así como ideológico y afectivo– de Europa.

 

[Discurso pronunciado en la conferencia de Materialismo Histórico en Roma, el 19 de septiembre de 2015]