Publicado en elmundo.es, el 20 de noviembre de 2015

Yo -no es la primera vez que salgo del armario- soy madridista. Porque mi primera equipación fue la de Buyo, el primer gol en mi retina de Dubovský, porque nunca olvidaré a Laudrup, al nuestro. Hoy, más allá de los clichés sobre analogías entre fútbol y política, el peso simbólico del clásico está fuera de discusión. Como madridista sé que el Madrid no sería el Madrid sin el Barça. Tengo, no obstante, un recuerdo incómodo de cierta etapa de clásicos que tuvo su punto álgido con el dedazo de Mou a Vilanova. El fútbol, sencillamente, no estuvo a la altura del fútbol. Pero recuerdo también, perfectamente, cuando Xavi y Casillas decidieron levantar el teléfono y poner fin a todo aquel despropósito, con el objetivo declarado de no perjudicar a la mejor selección de fútbol que hemos tenido jamás. Pues bien, recuerdo que sentí algo muy parecido a lo que siento cuando ahora veo a Manuela y Ada juntas, consiguiendo que Madrid y Barcelona como ciudades estén más cerca que nunca en su historia, en un momento no precisamente fácil.

Un momento en el que encontramos dos lados que han decidido subir el tono y escenificar un irresponsable diálogo de sordos que nos conduce a un impasse catastrófico en el que ni Mas es capaz de escuchar a la mitad de Cataluña -a esa mitad que no dijo sí a su intento de convertir unas elecciones autonómicas en un referéndum- ni Rajoy es capaz de escuchar a esos millones de catalanes que están haciéndose oír a través de uno de los movimientos civiles democráticos más numerosos y pacíficos del mundo.

Cataluña, lo sabe cualquiera, acabará por expresarse en un referéndum.

Nosotros pensamos que sería lamentable que ese momento llegase sin que desde España se haya hecho el esfuerzo por ofrecer un nuevo acuerdo de país. Así que toca abrir juego, toca más Xavi. No vale con cerrarse atrás. El catenaccio del búnker -PP, PSOE y C’s- es fatal para nuestro país, y no se parece a la España de hoy. La selección enamoró, entre otras cosas, porque el tiqui taca -que dejó atrás a la furia- se parecía mucho más a la España moderna, a la España real. Nos merecemos que las leyes y las instituciones dejen atrás también la furia, el patapum parriba, el griterío y el ruido. Nos merecemos que la pelota circule más, que entre aire fresco.

La sensación de alivio que tuvimos al superar aquella ronda de penaltis contra Italia en la Eurocopa de 2008, cuando nos quitamos todos los complejos de un plumazo camino de una copa que se nos llevaba resistiendo tanto tiempo, es la misma sensación que yo tuve en las europeas de 2014 cuando Podemos agitó el tablero político. Ninguna encuesta pudo predecirlo como ninguna encuesta podía predecir que pasásemos de ronda en unos penaltis frente a Italia. Nos merecíamos aquello y las musas del fútbol fueron clementes.

Al final el sábado, aunque no estará Casillas -víctima de aquellos días-, estará Keylor, un trabajador nato que no conoce lo que es rendirse. Y mientras que el Madrid es un equipo sólido y flexible, este Barça ya no seduce, pero golpea igual. Cuando el balón ruede, todo quedará atrás, y lo bueno es que es fútbol: allí se suda la camiseta, no se hace ningún teatro para acabar firmando un pacto por el empate. Allí la vergüenza es el 0-0. Pase lo que pase, el clásico volverá a estar a la altura.

Esperemos que más pronto que tarde también la política lo esté. En diciembre tenemos la final.