(Por razones ajenas a su voluntad, Guillermo Zapata no pudo participar en la mesa ‘Liderazgos y nueva política’ de la Universidad de verano que se desarrolló los días 23, 24, 25 y 26 de julio, tal y como estaba programado. Por esto, publicamos aquí su reflexión)

Antes de empezar es necesario identificar un cambio. Hemos pasado de un contexto durante el 15M en el que los liderazgos estaban representados por marcas con identidades colectivas (DRY, PAH, Mareas, Anonymous, Iaioflautas) a un contexto en el que, probablemente por el ciclo electoral, son personas las que encarnan los liderazgos en relación a las marcas que representan. O mejor dicho, personas que son reconocidas como protagonistas de procesos de nuevo liderazgo social que exceden el poder de su marca colectiva y que tienen incluso relaciones de doble poder entre las personas y los procesos colectivos organizados que llevan a las mismas

Una primera hipótesis: el liderazgo en la sociedad actual no se produce tanto en la experiencia directa con los procesos de cambio como en la experiencia de su relato. El liderazgo del que hablamos en este artículo no es el que se produce en el interior de un colectivo, un sindicado o una asociación que tiene una legitimidad que viene de otro lugar, sino de liderazgos de mayorías sociales. Esos liderazgos no se producen por lo que “eres” o “haces” exactamente, sino por lo que significas. La relación que tenemos con los medios de comunicación en general es la de dotar de significando en un contexto saturado de estímulos. Fijan la retina en un contexto de ansiedad producido por las redes sociales y la sobredosis informativa, por eso creo (segunda hipótesis) que los liderazgos se fijan en lo lugares que tienen más poder para construir relatos consensuales, la televisión es, en mi opinión, el espacio privilegiado para esto.

Voy a usar tres ejemplos que, creo, son de los más importantes para analizar como estos procesos se encarnan en personas concretas: Pablo Iglesias, Manuela Carmena y Ada Colau. Si analizamos su trayectoria hay un elemento en común, que es la televisión, en el caso de Pablo absolutamente meditado y en el caso de Ada fruto, quizás, de la espontaneidad.

Pablo Iglesias fija su imagen en las tertulias del bloque neocon de Madrid y en su propio programa, La Tuerka, un medio de comunicación que, al contrario de quienes pretendimos emular la arquitectura múltiple de la red en la red, se propone amular a la televisión desde la red. Pronto salta a las tertulias políticas en un contexto en el que mainstream necesita recoger lo que está sucediendo en la calle para relegitimar su función social mass-mediática. Es decir, para situarlo con un significado y unas figuras que lo representen. No hay en lo que digo ni una sola connotación conspiranoica, es simplemente la forma en la que la televisión produce realidad en un contexto de cambio.

En el caso de Ada Colau la cristalización de su liderazgo se produce durante una comisión en el congreso de los diputados en la que llama criminales a los representantes de la banca. Lo que sucede es una ruptura del discurso institucional dominante. Aparece un lenguaje que no es ni performativo (pienso por ejemplo en las intervenciones de David Fernández de las CUP) ni representativo (en el sentido de representar a una parte del hemiciclo político o de la sociedad) Hay algo en ese “no lugar” que expresa perfectamente la situación del país. Hay una verdad, que viene de otro sitio.

Las opiniones de Pablo representan para millones de españoles dos cuestiones: una verdad y un cierto sentimiento de revancha. Mi tía, hace años, antes de existir Podemos, me contó que estaba encantada con “el de la coleta” porque le permitía discutir con sus vecinas y bajarles los humos. En el panorama mediático español en el que se había impuesto como normalidad lo que no era más que la ideología dominante sacando de esa “verdad” a capas cada vez más amplias de población encontrar la figura de Pablo expresaba una restitución de esa opinión pública silenciada históricamente que ya no es sólo la opinión de izquierdas.

Si pensamos en el caso de Manuela Carmena debemos recordar que su presentación como candidata al ayuntamiento de Madrid estuvo apuntalada por dos o tres entrevistas en diversas cadenas de televisión. ¿Cual fueron los elementos fundamental de la forma en la que Manuela se presentó a la ciudadanía? De tres formas. Primero actualizando una experiencia y una memoria que viene tanto de su profesión como jueza como de su compromiso político desde la transición, segundo dejando muy claro que ella no pertenecía a Podemos y en tercer lugar hablando desde un lugar que no es el de la política tradicional, sino desde la cercanía y la empatía. Algo similar sucedió en su debate con Esperanza Aguirre dónde contravino todas las normas del enfrentamiento político una tras otra para dejar a su otro fuera de juego, no por un tacticismo, sino por una forma de ser que expresaba simplemente la posibilidad de otro mundo, de otra forma de hace política.

Digamos por tanto que los nuevos liderazgos se organizan a partir de elementos que se mantienen intactos de los contextos de cambio (Especialmente la tecnología sobre la que se sustenta la forma en la que se fija el liderazgo como liderazgo, la televisión) Y de elementos que expresan el adn de esos elementos de cambio. Si nos fijamos en los elementos que pongo encima de la mesa a través de las figuras de Ada, Pablo y Manuela nos encontramos con los siguientes elementos: Una cierta idea de verdad en un contexto de mentira ligada a la corrupción y unida a esa idea de verdad una idea de honestidad. Una idea de restitución de quién se ha visto fuera generacional o simbólicamente  del relato del régimen del 78, especialmente en su última fase con el dominio neoliberal del discurso de manera absoluta. Una idea también de restitución material de las personas excluidas de dicho orden social. Y luego unos nuevos lugares de enunciación que hacen referencia a recuperar una idea de conflicto social y de nuevo antagonismo y a la vez una nueva retórica vinculada al yo, a la indignación y a la ética del cuidado y la experiencia, por último, la expresión de una posibilidad de apertura a un mundo más vivible.

Si estamos de acuerdo en que la televisión es el medio que fija la dimensión de liderazgo tenemos que analizar también qué significa eso.

El fenómeno de la tertulia política actual bebe del fenómeno de la televisión compasional. La televisión compasional es un modelo televisivo en el que el lenguaje del reality y la tertulia del corazón se entremezclan e infectan los formatos tradicionales de la televisión. El plató de la Sexta Noche se diferencia del de Salvamé en los temas, pero en poco más. Se trata de construir juicios a partir de relatos que tiene que ver con valores vinculados a la moralidad, al agravio, a la restitución, al honor, a la verdad y la mentira. Son debates muy apasionados en los que la complejidad se borra y se produce un juego dialéctico en el que no sirven los argumentos en si, sino su formato. Nada que ver con el debate televisivo tradicional, de expertos-varones que sientan cátedra con exterioridad a las cosas, aquí hablamos de una televisión sin separación, sin expertos, puramente posmoderna en la que se habla siempre desde el interior de los problemas.

Hay un ejemplo magnífico que define también los límites y los contornos de la política tradicional de izquierdas en relación a las nuevas formas de politización. En uno de estos debates participan Alberto Garzón y Pablo Iglesias. Ante el mismo tema, Garzón y Pablo exponen su opinión que es, básicamente, la misma. Garzón habla primero y expone cifras, contexto y argumentos. Pablo cuenta un relato sobre fútbol que dice exactamente lo mismo que Garzón pero a través de una metáfora. El lenguaje que usa Pablo está perfectamente adaptado a ese formato televisivo, el de Garzón se parece más al de los viejos expertos de la tertulia tradicional de “la clave”, etc. Esto no quiere decir que Garzón no quedé fijado por los medios y no coja relevancia a través de eso, sino que lo hace en otra posición (recordemos, la relación con el liderazgo y los medios de comunicación es establecer los significados y las posiciones sociales, reasignar los lugares en un nuevo esquema de poder y relaciones sociales)

Por eso las formas de lenguaje de los nuevos liderazgos funcionan en ella porque producen una sensación de cercanía. Ada habla desde el interior de los problemas, Manuela habla sin que parezca existir la pantalla y la mediación, Pablo lo hace plenamente consciente de dónde está y lo que significa ese estar, como una estrella de rock en un concierto, sabiendo que cumple un papel.

La televisión compasional se caracteriza también por dos límites fundamentales: la necesidad de producir sistemáticamente nuevos relatos y, por tanto, la obsolescencia de los mismos. El reality (empezando por Gran Hermano hace ya más de 15 años) ha tenido la enorme capacidad de conseguir producir personajes y tramas de ficción constantes en el interior de la propia televisión, sin necesidad, digamos, de la realidad “real”. Los programas de debate televisivo producen también sus relatos de ficción y ponen en riesgo la estabilidad de las apuestas políticas. La aceleración del tiempo (que viene de la intervención del tiempo digital en nuestra vida) y la percepción de agotamiento de lo nuevo, que precisamente por ser nuevo viene cargado con una fecha de caducidad invisible.

Es difícil saber cómo los experimentos políticos de Podemos, Ahora Madrid o Bcn en Común (y muchos otros) abordaremos la relación entre temporalidad y obsolescencia, entre permanencia y cambio. Pero cuando la percepción social es de la del tiempo cambiante los liderazgos se enfrentan también a su propia capacidad de mutación o de obsolescencia. No digo que esto sea razonable ni justo, digo que es el campo de lo social en el que nos movemos. Pienso en el ejemplo de Cataluña y las distintas mutaciones virtuales de Artur Mas para mantenerse en el poder.

El segundo límite relacionado con esta cuestión de la temporalidad tiene que ver con lo que señalábamos al principio. Los liderazgos fijados no por la experiencia directa, sino por su relato o dicho de otra forma, un liderazgo no fijado por “la historia”, sino situado en un cotidiano de narrativa constante. Un liderazgo mutante, fluido, que puede ser inmediatamente percibido como estanco, que no puede detenerse nunca, una condensación, quizás, de la forma de vida actual, pero más aún, un liderazgo construido por la capacidad expresiva de la sociedad y que se define en una relación de doble poder con la misma. Siguiendo con la televisión quién mejor explica esta relación es el fenómeno fan.

El fenómeno fan explica la capacidad expresiva de los públicos y también su relación ambivalente con los productos televisivos, exigiendo de ellos mucho más de lo que muchas veces pueden dar, o simplemente, con niveles de exigencia cada vez más altos. Dicho de otra forma. Le exigimos mucho más a todo aquello que nos excita, porque de lo que nos parece mediocre no esperamos nada. Por ese motivo los liderazgos en este mundo funcionan en una relación de ida y vuelta y permanente tensión con sus comunidades de referencia.

Toca preguntarse cuales son y cómo se organizan esas comunidades de referencia y también como se organiza la relación con éstas. Una respuesta tradicional nos diría que esas comunidades son las estructuras orgánicas de las organizaciones de cada uno o dicho a lo bruto: al partido. El problema es que el espacio dónde se da esa interacción entre liderazgos y comunidades ya no es la televisión. El espacio de gestión cotidiana de los liderazgos son las redes sociales. La interacción entre liderazgos y comunidades se da independientemente de los líderes o de las organizaciones a los que éstos líderes representan. Tiende a la autonomía. Es un relato que bebe y depende de lo que sucede en el campo de la política representativa (sea de poder institucional o mediático: o ambas) pero que tiene capacidad propia, narratología propia y que en condiciones de apertura tiene relativa facilidad para desbordar, recomponer el relato mediático o al menos intervenirlo. Eso produce una relación con la política en la que las fronteras entre lo organizado y lo no organizado son absolutamente difusas.

En ese contexto, parece razonable la hipótesis que maneja Podemos en la que la interacción se hace primordialmente hacia un afuera difuso: “la gente”. El problema es que la relación con la gente, en las redes, requiere de una enorme infraestructura de escucha, diagnóstico y explicación constante, de liderazgos menores que sirvan de puente o espacios de mediación entre la representación del liderazgo en relación al proyecto organizado en el que se insertan (Pablo es Podemos, Manuela es Ahora Madrid, Ada es Bcn en Común) Dicho de otra forma, hay un trabajo reproductivo, de retaguardia, de infraestructura de relación con las comunidades difusas que sí requiere de estructuración. La cuestión es que esa estructuración de lo que tradicionalmente se llamaría el partido o, simplemente, el problema de la organización, ya no está a la altura de la forma en la que la sociedad percibe la política en el presente.

Cierro ya. Estamos en una época general de cambio y escribo esto en un contexto (agosto) en el que es muy difícil identificar los derroteros del futuro más inmediato. La aceleración del tiempo producido por el ciclo electoral dificulta la visión pausada, es posible que algunas de estas hipótesis se vengan abajo en breve, pero quizás algunos de los principios si permanecen y marcan las tendencias por las que nos movernos.