Publicado en eldiario.es, el  8 de junio de 2016

“Puta barata podemita”, “Cállate, bonita, no tienes ni puta idea”, “Completamente analfabetas”, “Puta y mal follada”. Son ejemplos de los insultos que en los últimos meses han dirigido algunos periodistas y literatos a mujeres con cargos políticos. Este tipo de agresiones se ha dado en numerosas ocasiones. Sólo hay que recordar el famoso “Cada vez que le veo la cara y esos morritos pienso en lo mismo” que se lanzó contra Leire Pajín. Sin embargo, con el compromiso de las listas paritarias y formatos cremallera, que tanta alergia provocan en el Partido Popular, la verborrea machista ha alcanzado niveles alarmantes. Claro, nunca antes en este país habíamos visto tantas mujeres en puestos parlamentarios, alcaldías y listas políticas, y esta mayor presencia parece crispar a algunos.

Pero, ¿qué es lo que pone a estos hombres tan nerviosos, les hace perder los papeles y ofrecernos espectáculos bochornosos? Lo diré sin muchos rodeos: las prácticas de las mujeres gracias al asalto institucional introducen en la política una lógica femenina, es decir, otras formas de hacer, de habitar y de mirar lo común. Se atiende a lo singular; se pone en el centro de la responsabilidad política los cuidados, la cooperación, la empatía y liderazgos más flexibles y compartidos. No hablo de una lógica esencialista, no me malinterpreten, pero es de justicia señalar que históricamente las mujeres se han visto forzadas a poner en valor esas cuestiones. Tampoco se trata, por tanto, de una posición reactiva, refugiada en un afuera ideal. Estas mujeres han entrado en terreno político y están jugando con sus reglas tan bien o tan mal como los hombres, al tiempo que muchas de ellas abren una grieta: la de que en la pelea institucional no se puede eliminar la diferencia y la diversidad.

Me viene a la cabeza Clara Serra, diputada de la Asamblea de Madrid, cuando defiende con agallas lo que el feminismo puede aportar a nuestra sociedad o participa en una charla sobre porno, deseo y feminismo para dialogar y abrir preguntas en vez de ofrecer fórmulas mágicas. O Ada Colau interrumpiendo, estremecida, su intervención porque no encuentra palabras con las que nombrar el horror de los refugiados sirios, para acto seguido reponerse y afirmar con fuerza: “Se puede y se debe tener instituciones a la altura de una ciudadanía generosa que se deja la piel en demostrar que la humanidad y la vida pueden estar en el centro de nuestras ciudades y dejar atrás la especulación, la competitividad y la mentira”.

Estos gestos, y tantos otros, producen fisuras en la narración cerrada con la que hasta ahora nos decían cuál era la forma (machista) de hacer política. Y es que ustedes, señores, se aferran a un sentido totalitario y segregacionista, desde el que quieren marcar qué es ser mujer, e incluso hombre, un único modelo de familia, de amar y relacionarse. Ante la entrada de la alteridad que les interroga y abre espacios nuevos desde los que construir sentidos compartidos, se sienten amenazados y se revuelven como animales heridos para atacar desde sus tribunas públicas. Háganselo mirar o mentalícense, porque la irrupción de la lógica femenina es política genuina, la que la mayoría queremos. Ya lo dijo Teresa Rodríguez: igual, los que no tienen ni puta idea son ellos. O quizás sí, y por eso están desesperados: la política se está feminizando.