Es Paul Giamatti. Está rojo, ronco, desencajado y sudando, porque al parecer un actor excepcional debe interpretar desde las glándulas, lo que no deja de ser una curiosa aplicación del método Strasberg. En cualquier caso lo importante no es su presencia, enorme, sino lo que le dice a Ryan Gosling, que está en la otra esquina de la escena y con cara de haber cogido el metro en dirección contraria, un recurso eficiente para quienes prefieren actuar con la sensibilidad que producen unos abdominales perfectos. La película es Los Idus de marzo y en ella Gosling ejerce de asesor político idealista y Giamatti de director de campaña de vuelta de todo, lo que le confiere esa suerte de autoridad paternal que le permite aleccionar a Gosling y de paso a los espectadores sobre la moraleja de la historia: la política, y en concreto las campañas electorales, convierten a todo el que pasa por ahí en un cínico.

George Clooney, guionista y director de la película, no tuvo que estrujarse los sesos para escribir la escena sino más bien recoger y reproducir un lugar común del mainstream cultural que, si nos ahorramos el recurso tradicional de citar a los dramaturgos griegos y las tensiones político familiares de Shakespeare, podemos asumir que inaugura en 1949 Robert Rossen con El político, abriendo una senda por la que caminarían después, entre muchos otros, el Bill McKey de El candidato y el Thomas Carcetti de The wire, una serie excepcional cuyo subtexto narrativo es que David Simon nos explique con paciencia por qué David Simon es mejor persona que nosotros. Los principales embajadores de ese modelo en la ficción contemporánea son los miembros de la familia Lannister, tipos de esos para los que no se le puede llamar política si no implica al menos una conversación susurrando en un pasillo oscuro y de postre un par de cadáveres. El círculo de hierro de la tesis lo cierra Beau Willimon que es el escritor original de Los Idus de Marzo y el conductor de House of cards, el drama televisivo que nos ha permitido conocer al cuñado más agresivo del congreso estadounidense: Frank Underwood

En cualquier caso Underwood y los Lannister deberían quedar fuera de este modesto recorrido toda vez que ellos, como Jessica Rabbit, son malos porque los dibujaron así y usan la política como el ecosistema en el que desarrollar a gusto sus pulsiones psicópatas. El resto de ejemplos, sin embargo, tienen como mínimo común múltiplo que recorren un arco narrativo en el que siendo en origen buenos, honestos y pulcros, yernos adorables, gente que saluda en el ascensor y que paga sin protestar sus impuestos, las garras de la política les convierten en, redoble de tambores, el modelo monstruoso contra el que luchaban en origen, porque ya en Memorias de África se nos recuerda a los idealistas que cuando los dioses quieren castigarnos atienden a nuestras plegarias, sea porque nos enamoramos de Robert Redford o porque el 20 D hay elecciones y uno no puede hacer llamamientos a la ilusión si está comúnmente asumido que la política es esa ropa interior chillona que se cuela en una lavadora blanca para dejarlo todo hecho un asco.

Pero no adelantemos acontecimientos, que el cinismo es un plato que se sirve frío porque está condimentado con cantidades ingentes de superioridad moral y, en cualquier caso, antes de sentarse a la mesa es de buena educación conocer la forma correcta de coger los cubiertos. En el año 2000, el tipo más listo que jamás ha subido a un crucero, David Foster Wallace, siguela campaña electoral de John McCain en las primarias republicanas de Carolina del Norte contra George W Bush, el candidato preferido por el aparato del partido. Sus conclusiones no difieren demasiado de lo expuesto hasta ahora, si bien su mirada no reposa tanto en el cinismo del político como en el de su audiencia. Para Wallace “vale la pena pensar mucho en por qué, cuando John McCain dice que quiere ser presidente a fin de inspirar a una generación de jóvenes americanos a entregarse en cuerpo y alma a causas más grandes que su propio interés personal (lo cual significa que está diciendo que quiere ser un líder de verdad), muchísimos de esos jóvenes americanos van a bostezar o a poner los ojos en blanco o a hacer alguna broma irónica en lugar de sentirse inspirados como lo hacían los jóvenes con Kennedy.” La cultura contemporánea, y esta es una línea que es muy difícil escribir con un trazo que no sea grueso, es un confortable colchón donde las pasiones se ven sustituidas por narraciones sobre la pasión, un poco como cuando vemos un partido de fútbol y nos descubrimos pateando al vacío para empujar a la red un balón que sólo existe en pantalla. La base de esa dieta es el cinismo que, en palabras de Sloterdjk, es algo así como una falsa conciencia ilustrada, una revisión –y esto ya lo digo yo– hipster del nihilismo, la de quienes tomaron la pastilla roja y tras contemplar el percal decidieron que la pastilla azul tiene una resaca muchísimo más elegante y que permite disfrutar de alguno de los más estimulantes placeres de la vida en sociedad: el bufido, el comentario irónico en Twitter y una extraordinaria colección de ya te lo dije residiendo en la punta de la lengua.

Hasta que en el año 2011 unos tipos decidieron plantar una tienda de campaña en la mitad de Sol la sociedad española sufría una atrofia muscular derivada de patear de forma constante el aire desde el salón de casa. Había, por supuesto, resistentes galos en multitud de espacios, pero no fue hasta que nos dio por reivindicar en común la acampada libre y urbana que tomamos la decisión de bajar al terreno de juego a ver si todas esas piernas volando encontraban un balón y, quién sabe, con un poco de suerte, una red al final del camino. Las consecuencias del 15M están en disputa, pero en cualquier caso todas esas interpretaciones, aun enfrentadas, tienen un elemento en común que, como trasunto contemporáneo y modesto de aquél fantasma que recorría Europa en el siglo XIX, se ha instalado en nuestra mirada para cambiarlo todo de golpe: la ilusión.

Resulta extraordinario cómo un concepto más propio de la autoayuda que del sesudo análisis social ha podido tener unos efectos tan devastadores en la política, entendiendo aquí política por lo que nace en la intimidad y acaba en un parlamento, es decir, lo que atraviesa en distintas instancias la forma que tenemos de relacionarnos. Ilusión mediante, el cínico para qué mutó en el sí se puede, que se transformó a su vez de cántico que uno enuncia cabizbajo en una manifestación a práctica política esencia la las distintas mutaciones que adoptó el 15 M. Por supuesto empezar a poder a muchos nos pilló sin el traje adecuado para la ocasión, con la consecuencia de que nos hemos ido probando distintos disfraces que han funcionado (o no) a múltiples escalas, de forma tal que el 15 M no es tanto un movimiento como un principio activo que nadie ha sido capaz de registrar y que, según quién te lo cuente, es el epítome de la pureza política o un lastre innecesario y molesto. Supongo que una vez que le regalas a un acontecimiento el derecho a tener unas iniciales propias lo conviertes en un mito fundacional y como tal puede ser ambas cosas a la vez sin contradecirse. Esto podría ser anecdótico, apenas una querella entre conocidos y un chiste con el que regodearnos desde el acervo teórico, si no fuese porque la disputa por los significantes y los significados son un campo de batalla cruento, tal y como puede atestiguar la voz casta, que ya no sabe dónde esconderse.

Esto nos devuelve a la ilusión, que no por casualidad fue el eslogan de la campaña de Podemos a las europeas: al fin y al cabo no es sólo un gesto y un antídoto contra el cinismo, sino también una práctica política repleta de consecuencias y, sin lugar a dudas, el Stalingrado de los procesos electorales nacidos el 25 de mayo del año pasado y que culminan el próximo 20 de diciembre. De entre todas las razones que sostienen esta afirmación la que sobresale es que, como hasta el menos capaz de los politólogos sabe, igual de importante es incentivar el voto de tus propias bases como desincentivar el de las ajenas. Esto tiene su particular correlato en el hecho de que el votante racional convive en el cajón de los mitos recurrentes con el Yeti, el monstruo del Lago Ness y el tomate que sabe a tomate. Por eso, nos guste más o menos, la ilusión es un elemento central del actual proceso político y, reconozcámoslo, mantenerla resulta extraordinariamente arduo, más aún si enfrente hay un titán de la comunicación como Mariano Rajoy: uno le oye hablar y no es que se le quiten las ganas de participar en política o votar, es que pierde el apetito, la sonrisa y la lascivia por el mismo precio.Y, por supuesto, Mariano Rajoy no sólo es un señor gallego con evidentes dificultades para concluir una oración compleja sin equivocarse, sino también el símbolo que nos repite machaconamente que las cosas no van a cambiar, porque las hegemonías culturales funcionan a pequeña escala como el café de máquina de una oficina: es malo y además no te despierta, pero por lo menos está ahí y no te obliga a bajar a la calle a buscar algo mejor. Es en este contexto que resulta claro que Giamatti dándole la murga a Gosling sobre el potencial vírico de la política institucional no es precisamente una fórmula inocua de entretenimiento, sino bien al contrario un discurso con consecuencias directas sobre el cotidiano que, además de explicar muy eficientemente que en la calle todos los cafés son también de máquina, tiene la extraordinaria virtud de reforzar al convencido en una elegantísima superioridad moral. Samsa, te advierte al mirarte por encima del hombro tras sus gafas de montura gruesa, no hay forma de que de esta cama te levantes sin ser un monstruoso insecto. De Santiago de Compostela, además, añade.

Para Wallace, al que habíamos dejado siguiendo la campaña de McCain sin tener muy claro si le convence o no, ésta es una cuestión clave: “si están ustedes aburridos y asqueados de la política y no se molestan en votar están en la práctica votando a los establishments afianzados de los dos grandes partidos, que les aseguro que no son tontos y que se dan perfecta cuenta de que les interesa mantenerlos a ustedes asqueados y aburridos y cínico” El cinismo, concluimos con él, es el campo de juego predilecto del bipartidismo y, como en la canción de Chenoa, un territorio en el que cuando tú vas quienes lo fomentan ya están volviendo, paradoja extraordinaria que afecta su más elemental principio activo, porque si hay algo de lo que presume un cínico que se precie de serlo es, precisamente, de estar de vuelta de cualquier cosa y, en el tránsito, haber visto ardiendo naves más allá de Orion, rayos C brillar en la oscuridad en las puertas de Tannhäuser y a todos los nuevos políticos corromperse.

No todo el cinismo está repleto de superioridad moral, también uno de sus componentes esenciales es la prudencia. En 1919, un cenizo de muchísima entidad, Max Weber, daba unas conferencias en la Universidad de Múnich que luego han sido recopiladas bajo el título de El Político y el Científico, en las que esencialmente venía a decir que a los políticos que desatan pasiones hay que cogerlos con pinzas. A Weber hay que reconocerle el sentido histórico de su alocución y que ganó el premio del “ya te lo dije” más fundamentado de todos los tiempos: al fin y al cabo no hace falta hacer muchas matemáticas para imaginar a qué funesto bigote apoyarían en 1933 todos esos estudiantes. Sin embargo, si seguimos las enseñanzas de Weber (no hay bigote bueno) como un dogma de fe, corremos el riesgo de volver a la casilla de salida. Zizek, en un texto que sería canónico si no fuera de Zizek que se llama Por qué a todos nos encanta odiar a Haider, nos alerta sobre cómo ese pesimismo es, una vez más, un terreno abonado para que las nuevas derechas y los partidos liberales se dediquen a jugar al ping- pong con nuestras vidas.

El callejón sin salida es sólo aparente. Para disolverlo toca volver al comodín del público, en este caso una vez más Foster Wallace, que apesadumbrado por reflexiones similares a las que se exponen aquí concluye que “la paradoja final –la verdaderamente minúscula que hay en el centro de todo, en el fondo de todas las cajas y recuadros giratorios de los embrollos de la campaña que cubren capa a capa a McCain- es que la cuestión de si de verdad “es real” ahora ya no depende tanto de lo que hay en el corazón de él como de lo que puede haber en el de ustedes. Intenten permanecer despiertos”. Despiertos, dice Wallace, para diferenciar lo real de lo que es real para nosotros. Despiertos, dice Wallace, para saber desentrañar las herramientas que el poder tiene para adormecernos. Despiertos, al fin y al cabo, para saber que el campo de batalla es la ilusión, y que es imprescindible no darlo por perdido y abandonarlo al menor giro de los acontecimientos. Despiertos para no olvidar, para conservar en la retina la experiencia de los últimos años, con todas sus alegrías y sinsabores, decepciones y éxitos; y un conjunto de imágenes con las que proyectarnos al futuro y huir de la profecía que pretende describir los cínicos que presuntamente seremos: los cinco eurodiputados de Podemos por los que nadie apostaba, Barcelona en Comú llorando de alegría al unísono para demostrar la coherencia interna de su coalición y el abrazo que en Madrid celebra la alcaldía de Manuela Carmena.