Publicado en eldiario.es, 6 de marzo 2015

Se acerca el 8 de marzo y los hombres progresistas se revuelven en sus asientos. Decirse feminista se ha convertido en requisito indispensable para cualquiera que esté en un movimiento social o partido de izquierdas, por lo que se supone que el Día de la Mujer es motivo de celebración y movilización. Lo que pasa es que hay muchos que no se lo acaban de creer; muchos hombres se contentan con introducir en sus intervenciones públicas y sus conversaciones algún comentario en el que muestran su preocupación por los problemas de las mujeres. Y ya está. Por eso hacen falta  argumentos para convencer a los hombres de que se impliquen de forma más intensa en las luchas de las mujeres. Se me ocurren dos: que a los hombres también nos conviene vivir en una sociedad más igualitaria y que nuestro compromiso es imprescindible para conseguir la igualdad entre mujeres y hombres

Es cierto que los hombres obtenemos enormes beneficios de la desigualdad de género: ganamos más dinero trabajando lo mismo (o menos) que las mujeres, accedemos más fácilmente a posiciones de poder en todos los ámbitos de la sociedad, sufrimos menos violencia, la gente nos hace más caso cuando hablamos aunque digamos tonterías… Estas son realidades tan profundamente injustas que ningún hombre decente se alegrará de ellas, pero además la desigualdad también nos perjudica a nosotros. Por ejemplo, se penaliza socialmente que los hombres cuiden a sus hijos o a otros familiares. El permiso de paternidad que existe en España es raquítico; dos semanas de descanso cuando tenemos o adoptamos un niño y de vuelta al trabajo. Más de un millón y medio de hombres lo han disfrutado desde que se implantó en 2007, el 85% de los padres. Parece que, a pesar de las fuerza de los prejuicios y los incentivos legales y económicos que favorecen que las mujeres se ocupen del trabajo doméstico y de cuidados, los hombres también quieren cuidar. El ejemplo de Islandia, donde cada progenitor tiene cinco meses de permiso que no se pueden transferir al otro, muestra cómo la igualación de permisos favorece la erosión de los roles de género, ya que los padres que han tenido más tiempo para cuidar de sus hijos recién nacidos o adoptados también los cuidan más durante el resto de sus vidas.

La exclusión de los hombres de los cuidados es solo una de las formas en que sufrimos los estereotipos de género. No solo tenemos que poner nuestra carrera profesional por delante de cualquier otra consideración sino que además tenemos que ser fuertes, no llorar, no interesarnos demasiado por los demás, ser extremadamente creativos y estar seguros de nosotros mismos. Estos y otros muchos estereotipos afectan a los hombres de cualquier orientación sexual; todos conocemos a hombres heterosexuales de los mucha gente piensa que son homosexuales porque su personalidad no encaja en los estrechos estándares dominantes. El género es un corsé que nos impide vivir como queramos, como explica la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (AHIG).

El segundo argumento que debería animarnos a los hombres a comprometernos por la igualdad es que somos necesarios para la lucha feminista. La historia demuestra que los enormes progresos que han experimentado las mujeres en todos los ámbitos las han conseguido ellas con sus luchas, desde el sufragismo hasta el inacabado combate por acceder al empleo remunerado. Sin embargo, estamos en un momento histórico en el que el feminismo no pretende sólo cambiar las leyes y la economía (que no es poco) sino también modificar los roles y estereotipos de género que llevan siglos establecidos en todas las sociedades. Y ahí es imprescindible la colaboración de los hombres, reflexionando sobre cómo nuestros comportamientos perpetúan estos estereotipos y corrigiéndolos. Este artículo explica de forma muy sencilla cómo los hombres (los gays también) contribuimos inconscientemente al mantenimiento de una cultura de tolerancia hacia las agresiones sexuales contra las mujeres y nos da algunos consejos para combatir esta cultura de la violación: mostrar rechazo ante los comentarios machistas, evitar expresiones que degradan a las mujeres o a las minorías sexuales y respetar el espacio ajeno, por ejemplo. Son cosas de sentido común que nos ayudarían a avanzar hacia una sociedad más igualitaria, en la que todas y todos seríamos más libres.