Publicado en  ctxt.es el   21 de diciembre de 2016

¿Puede un partido considerado históricamente como de extrema derecha, xenófobo, heredero de Vichy y de l’Algérie française convertirse en la fuerza política que vertebre una de las democracias más antiguas de Europa? Y en el caso de que así fuera: ¿qué ha cambiado en la franquicia de los Le Pen?

Suele decirse que el Frente Nacional no ha cambiado, que sigue representando y portando en su mochila las mismas pesadas ideas que hace diez y veinte años. Uno de los mejores monográficos que se ha publicado hasta la fecha sobre el Frente Nacional de Marine Le Pen, titulado Les faux semblants du Front National: sociologie d’un parti politique, editado por Sylvain Crépon, Nonna Mayer y Alexandre Dézé, va en esta dirección. Los autores de este libro insisten en que, salvo en pequeños matices (como su relación con la comunidad judía o sus tímidas aperturas hacia el liberalismo moral), el FN continúa arrastrando las mismas ideas xenófobas y la misma visión esencializante de la nación y de la cultura francesas. En puridad, tienen razón: si alguien confía en que el FN se haya transformado en un partido de derecha al uso con alguna veleidad retórica producto de su pasado radical, seguramente se equivoque. Hay un hilo programático que une el Front National de Jean-Marie Le Pen con el FN de Marine Le Pen, una línea de continuidad que va desde la préférence nationale del padre a la priorité nationale de la hija.

La gran diferencia entre aquel FN y este es que el equipo de Marine le Pen no se sitúa a la contra del consenso republicano sino como la punta de lanza del mismo

Marine Le Pen aprendió de su padre que las palabras son fundamentales en política. Lo son cuando de lo que se trata es de provocar y ganar presencia mediática; pero también lo son cuando se pretende ganar el corazón de los conceptos que estructuran el consenso republicano francés. La gran diferencia entre aquel Frente Nacional y éste es que el equipo de Marine Le Pen no se sitúa a la contra del consenso republicano sino como la punta de lanza del mismo. Es decir, el asunto para la extrema derecha francesa ya no es cómo configurar una fuerza alternativa de rechazo a los consensos dominantes que oponga la nación a la república, la religión al laicismo, el individuo a la sociedad civil y la comunidad al multiculturalismo, sino cómo lograr poner esos consensos dominantes a su favor. El gran éxito de Marine Le Pen se fundamenta en haber lanzado una suerte de OPA semántica a los conceptos clave que estructuran en Francia el sentido común republicano y poner a sus competidores políticos a la defensiva. “Las palabras cuentan”, le dice Marine a su padre, “pero para robárselas al adversario”.

Para entender bien el giro copernicano que emprendió Marine Le Pen en la estrategia comunicativa del Frente Nacional, hay que revisar cómo hablaba su padre y de qué manera se hizo un hueco en la parrilla mediática gala.

El habla de Jean-Marie Le Pen: éxitos y límites

Jean-Marie Le Pen era casi un completo desconocido para la mayoría de los franceses hasta el día 13 de febrero de 1984 cuando apareció en el programa La hora de la verdad en horario de máxima audiencia. En aquella ocasión, en un contexto político marcado por las expectativas y los rechazos que generaba la coalición de gobierno entre socialistas y comunistas liderada por François Mitterrand y ante la perplejidad del presentador y del público allí presente, Jean-Marie Le Pen cortó súbitamente la entrevista, se levantó de la silla y en posición militar de respeto pidió un minuto de silencio por las víctimas del comunismo internacional. Aquellos segundos de incómodo silencio en prime time, aquella interrupción de la normalidad televisiva, produjeron un hondo efecto sobre la audiencia y catapultaron su figura. Días más tarde el FN logró unos resultados históricos para la hasta entonces exigua extrema derecha francesa. Fue el inicio de una renovada y cuidada relación con los medios. Le Pen había conseguido en una noche mucho más que en diez años de carrera política.

Lo interesante es que esta relación siempre fue muy ambivalente y estuvo marcada por el registro de la provocación a través del uso del doble sentido, de los juegos de palabras y de las insinuaciones indeseables. Sus objetivos preferidos: la comunidad judía, la historia de la Segunda Guerra Mundial, el continente africano, las enfermedades de transmisión sexual y los homosexuales. Decir sin decir, mostrar ocultando, pero sobre todo provocar el escándalo y la condena moral de la opinión pública. Se trataba de manejar la palabra como antes el silencio, de aprender la técnica y el ritmo del golpe de efecto. A fuerza de escándalos, juicios y condenas judiciales, Jean-Marie Le Pen terminó por convertirse en la década de los noventa en el enfant terrible de la política francesa: esa figura a la que los medios buscan porque da titulares, porque habla diferente al resto y porque en ocasiones hace estallar bombas mediáticas que provocan reacciones en cadena del resto de actores políticos.

El FN se convirtió en un poderoso outsider de la política francesa (con tasas de voto estable que nunca bajaron del 10%) y con fuertes bastiones en el sur y en el este del país

Desde un punto de vista político, la creación del personaje Le Pen como figura mediática fue un éxito: logró consolidar el FN como tercera fuerza del país superando con creces al Partido Comunista Francés. Consiguió además articular el descontento de una parte de la sociedad francesa hacia los consensos dominantes sobre temas de  inmigración, identidad nacional, trabajo, seguridad en las calles o cuestiones como el aborto, la homosexualidad o la eutanasia, sin excluir tampoco la complicada historia del pasado colonial francés. De este modo, el FN se convirtió en un poderoso outsider de la política francesa (con tasas de voto estable que nunca bajaron del 10%) y con fuertes bastiones en el sur y en el este del país.

No obstante, como demostraron las elecciones presidenciales de 2002 en la segunda vuelta de mayo, esta estrategia tenía un límite: aquel contundente 82% de electores que votó contra Jean-Marie Le Pen en una movilización sin precedentes en toda Francia. En cuanto outsiderdel sistema político francés, el FN sólo podía acaparar el miedo de la inmensa mayoría de los franceses a ver desmantelado el sistema de valores, mitos y consensos a los que se sentía ligado. Eso explica el tono moralizante que protagonizó los discursos del resto de actores políticos entre el 22 de abril y el 7 de mayo  de 2002. Lo que estaba en juego, se decía, era un modo de vida. El Frente Nacional suponía un peligro y una amenaza para todo un sistema de reglas, normas, creencias y sobreentendidos que había gobernado Francia desde, al menos, el establecimiento de la V República en 1958. Por eso no debe extrañarnos que durante esas semanas proliferaran las metáforas biologizantes que comparaban el Frente Nacional con una enfermedad y reclamaban el establecimiento de un cordón sanitario para aislarlo y ponerlo en cuarentena.

El FN se había erigido en un poderoso polo de rechazo a lo existente que, sin embargo, los demás actores políticos podían fácilmente tachar de antidemocrático, antisemita, homófobo, racista, reaccionario, premoderno y, lo que es más importante, ser creídos por la inmensa mayoría de los ciudadanos. El Front National era un actor potente, pero aislado y encerrado en el interior de un “muro de contención republicano” que no era capaz de franquear. El FN podía ser un león, pero en todo caso era un león al que todos querían enjaular. A lo sumo una pieza de museo, como el ya por entonces anciano Jean-Marie Le Pen.

2002 fue un trampantojo: el éxito que devolvía la imagen sólo podía interpretarse como derrota cuando se miraba de cerca; nítidamente se observaba entonces el contorno de un engaño, de una victoria ficticia, de una suerte de espejismo. Pasado el encantamiento de ver a Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales, poco a poco fue imponiéndose en el partido una pregunta: ¿cómo salir de nuestro encierro? ¿cómo superar los límites del dique republicano? La respuesta que poco a poco fue imponiéndose en la formación (especialmente tras la llegada de Marine Le Pen a la presidencia en el año 2011) fue la siguiente: sólo superaremos el dique republicano haciéndonos republicanos; o lo que es lo mismo: sólo superaremos el dique republicano cuando parezcamos republicanos.

La retórica del orden republicano

Cuando hoy escuchamos las intervenciones de Marine Le Pen en los medios de comunicación la vemos presentarse como la principal defensora de la igualdad entre hombres y mujeres, de los servicios públicos y los derechos sociales, del papel del Estado en la sociedad, del laicismo, de la soberanía nacional, de la herencia ilustrada, del medio ambiente e incluso de la protección de los animales. Si tus adversarios te golpean con armas que te hacen daño, mejor que esforzarse en preparar un buen escudo es despojarles de esas armas. O, más eficazmente aún: en el caso de que sean buenas armas, robárselas y aprovechar para atizarles tú con ellas. Eso es precisamente lo que trata de hacer el Front National liderado por Marine Le Pen y Florian Philippot.

No debe extrañarnos entonces escuchar a la presidenta del FN proponerse como la principal defensora de la democracia frente al autoritarismo de mercado, de los maestros, policías y sanitarios amenazados por los recortes, de los productores franceses y de los habitantes de las zonas rurales que ven cerrar las instalaciones de Correos, los ambulatorios o los centros deportivos, de los jóvenes que tienen miedo a un mercado laboral precario y de todos aquellos que se sienten olvidados y abandonados por las administraciones públicas. Si algún día acusaron a su partido de traer el desorden y el conflicto a la comunidad política, hoy se presenta como la defensora del orden republicano, aquella que puede traer la paz a una comunidad amenazada. ¿Amenazada por quién? Por el terrorismo islamista, por el “ultraliberalismo” de un mercado sin control y por la inmigración clandestina.

Uno de los pasos más interesantes que ha dado el FN en el último año y medio es proponerse como la mejor solución para reinstalar el orden republicano

Desde el punto de vista político, uno de los pasos más interesantes que ha dado el FN en el último año y medio es proponerse como la mejor solución para reinstaurar el orden republicano. Lejos de ser el agente que trae la discordia y el enfrentamiento, la formación lepenista se proyecta hoy como el partido que viene a apaciguar un clima convulso. Por eso las palabras clave que estructuran su discurso actual son: orden (conjugada siempre con el vocabulario de la protección, la soberanía y los derechos) y Estado (término que siempre es acompañado de los adjetivos “estratega” y “planificador”). De algún modo, el FN se quiere como un síntesis entre derecha e izquierda, entre la tradición ilustrada y reaccionaria, entre el nacionalismo y el republicanismo. Sus incursiones por los campos simbólicos de la derecha y de la izquierda son frecuentes. Un día elogian la figura del general De Gaulle (padre intelectual de la derecha conservadora y antigua bestia negra de la extrema derecha, que incluso planificó asesinarle) y otro día reivindican a Jean Jaurès (un verdadero mito de la izquierda francesa muy ligado al Partido Socialista) o al Frente Popular francés como símbolo de progreso social.

Tal plasticidad discursiva no puede sino sorprender y debe ser comprendida en un intento por patrimonializar los símbolos del país (a derecha e izquierda) proyectándose como una superación de las antiguas divisiones ideológicas. Desde ahí debe entenderse la elección de su lema de campaña y del logotipo que lo acompaña (una rosa azul). Preguntada por la ausencia en la cartelería de toda referencia a las siglas del Frente Nacional y la sustitución del logotipo tradicional del partido (una llama con los colores de la bandera francesa) por un rosa azul, Marine Le Pen explicó así su decisión de campaña:

He escogido la rosa como símbolo de campaña porque es un símbolo de feminidad y para recordar que yo seré la única mujer que se presente a las elecciones de abril. He elegido la rosa porque durante mucho tiempo ha representado la esperanza de miles de trabajadores y trabajadoras francesas en un futuro mejor. Una rosa azul simboliza al mismo tiempo la esperanza de la izquierda [referencia a la rosa] y los deseos de la derecha [referencia al color azul], porque mi propósito es unir a todos los franceses y francesas en un proyecto común de futuro”. Y más adelante: “Nuestro proyecto político representa la superación de las antiguas demarcaciones políticas de izquierda y derecha (que ya no significan nada). Más allá de la antigua izquierda y la antigua derecha está la unión del pueblo contra los privilegiados”.

Estamos ante una nueva identidad política que, más allá de la izquierda y la derecha, habla “en el nombre del pueblo” tratando de condensar las aspiraciones al orden, la protección y la soberanía nacional. Una versión refinada de autoritarismo que se nutre de la patrimonialización y simultánea transformación de los valores republicanos. Marine quiere cruzar el Rubicón.