Publicado en la revista La Circular

En los últimos meses, los medios de comunicación han centrado su atención en todo aquello que pudiera resultar simbólico con respecto a Podemos. Una de las perlas más buscadas ha sido, precisamente, la elección de L’Estaca como himno de cierre de los actos. El hecho de que finalmente se optara por dicha la canción, oda a la libertad compuesta por Lluís Llach, de relevancia especial en  Catalunya, resulta cuanto menos curioso, pues tiene 47 años. Cuarenta y siete. Si Podemos abandera el cambio, ¿por qué no elegir algo más nuevo? La respuesta parece ser evidente: porque no hay otra.

La pregunta que debe hacerse uno a continuación es, precisamente, por qué. Para ello, resulta interesante hacer una comparación con Argentina, país con el que los medios suelen intentar equiparar –erróneamente, a mi juicio– el caso español y el fenómeno de Podemos. En Argentina, con la sangrante crisis económica y el corralito económico instaurado por el partido de Fernando de la Rúa entre 2000 y 2001, se popularizó una canción durante las manifestaciones y los escraches a políticos. Esta fue Se viene el estallido del grupo Bersuit Vergarabat. El ritmo era pegadizo, la letra contundente (“se viene el estallido, de mi guitarra, de tu gobierno también”) y lograba sintetizar el hartazgo ante la impunidad y el estrangulamiento económico de la población. La cuestión es que la canción se había publicado únicamente un año antes de convertirse en un fenómeno social. ¿Cómo había sido capaz de prender la mecha tan rápidamente para lograr una identificación global y completa por parte de los ciudadanos argentinos? ¿Y por qué en España no ha sucedido algo similar?

Las particularidades de cada país son fundamentales para entenderlo. ¿Acaso no hubo cultura -y por tanto- música contestataria y/o radical en España en los últimos treinta años? Sin duda, sí. ¿Pero tuvo espacios más allá del underground –Bersuit vendió más de 150.000 copias ese mismo año– dónde desarrollarse? Eso ya es cuestionable. Una hipótesis es que el desmantelamiento de los espacios asociativos y de cultura comunitaria desde la Transición –y su sustitución por los “centros y espacios cívicos” de carácter marcadamente apolítico y sedante– hicieron imposible que el tejido cultural radical permeara en un público más allá del inmediato.

Por otro lado, la propia naturaleza de los medios masivos de comunicación dio pie a un resultado muy diferente en cada país. En Argentina, por ejemplo, el auge del rock en castellano fue una consecuencia no prevista de la prohibición de la música en inglés por parte de los militares durante la Guerra de las Malvinas. Fue así como el público se acostumbró e hizo suya, desde los ochenta, una música que entendió como propia y cuyos artistas se cuidaron mucho de acercarse demasiado al poder político, conscientes de la pérdida de credibilidad de unas instituciones consideradas corruptas por naturaleza. En España, por el contrario, la dicotomía entre las medias tintas en el posicionamiento político o la alianza natural con partidos que aparecían cada vez más como una opción descafeinada –la campaña de la ceja socialista fue, quizás, su máxima expresión–, dificultaba la polarización necesaria para una oposición social que no fuera transitoria ni moderada.

Por último, el largo alcance de la crisis argentina supuso la unión de clases medias y trabajadoras, y  posibilitó una identificación que hasta ese momento había rehuido la burguesía de ese país.  La idea de “los de arriba” versus “los de abajo” tiene una larga tradición latinoamericana. No casualmente, en ese momento, se popularizó aún más la cumbia villera y la cultura callejera entre jóvenes y no tan jóvenes. A su vez, los preceptos de la izquierda eran abrazados por todos los estamentos civiles, con la conciencia de que la indignación y la necesidad de cambio eran patrimonio no únicamente de la clase política, sino de sus ciudadanos. Así, las manifestaciones culturales de estos eran bandera de la indignación social, y no de uno u otro partido.
En resumen: una tradición de consignas propias, un panorama musical popular alejado del poder pero con solvencia económica y social, y la unión interclasista abonó el terreno para el que sería el himno de toda una época y de toda una población, independientemente de su color político. Y ahora, empecemos a comparar con España.

(NOTA: Para la realización de este artículo se han necesitado cuatro horas de documentación y redacción. Según las tarifas que se están pagando en la mayoría de medios de comunicación estatales, este artículo estaría pagado a una media de 12 € brutos la hora, pero puede ascender hasta 25 € y descender hasta 0 € la hora.)