Hoy es el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y Desarrollo y, para celebrarlo, conviene recordar que nuestro país está conformado por un enorme mosaico cultural. Rechazar esta realidad implica rechazar nuestra propia cultura o, mejor aún, culturas: nuestra mayor riqueza.

“Todo conocimiento es lucha con algo extraño”, afirmaba María Zambrano. En un mundo cada vez más globalizado, la presencia de nuevas culturas en otros países y territorios es un hecho. Por desgracia, también lo es la falta de tolerancia para aceptarlas o reconocerlas. Por ello resulta imprescindible que se desarrollen medidas de protección y de fomento de las mismas dentro de unos principios de equidad, solidaridad y de respecto de los derechos humanos y libertades fundamentales.

En el preámbulo de nuestra Constitución se reconoce la diversidad cultural y sus medios de expresión. Además, el artículo 46, declara que los poderes públicos promoverán la protección y enriquecimiento del patrimonio cultural. Dejando de lado la definición de “patrimonio” que establece la Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, el patrimonio cultural es el vestigio material o inmaterial, creador de memoria individual y colectiva, con un valor o significancia dado por la sociedad o comunidad a la que pertenece y, por tanto, un generador de identidades. Es decir, es la evidencia más palpable de nuestra diversidad cultural. Y la riqueza patrimonial es también riqueza cultural.

La Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de la UNESCO (2001) es un acuerdo internacional jurídicamente vinculante para los Estados miembros de la UE, que obliga a todos ellos a tomar medidas para proteger y enriquecer la diversidad e identidades culturales. Podría haberse quedado en una bonita declaración de intenciones si no fuera porque, años más tarde, tuvo lugar la Convención sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales  (2005), ratificada por España en 2006.

Los Gobiernos que se han sucedido desde entonces han olvidado ciertos aspectos sustantivos de dicha convención, como “la necesidad de incorporar la cultura como elemento estratégico a las políticas de desarrollo nacionales e internacionales”. Así, el Partido Popular ha efectuado uno de los mayores recortes económicos en este ámbito. También quedó arrumbada “la libertad de pensamiento, expresión e información, así como la diversidad de los medios de comunicación social, que posibilitan el florecimiento de las expresiones culturales en las sociedades”, cuando se aprobó la Ley Orgánica 4/2015, la llamada Ley Mordaza. Todo ello reforzado por la cada vez mayor instrumentalización política de los medios de comunicación. También en el caso especial “de las expresiones y acceso a la cultura de minorías y de los pueblos autóctonos”, cuando la intolerancia y racismo ante el pueblo gitano sigue siendo evidente, incluso, institucionalmente: busquen la polémica definición de gitano en el diccionario de la Real Academia Española.

La cultura es y debe ser incómoda para el poder, aunque parece que nuestros líderes políticos se han empeñado durante décadas en convertirla en una cultura “políticamente correcta” y al servicio de sus intereses partidistas ya desde el inicio de la democracia, con la hegemonía de lo que se ha dado en llamar la CT o Cultura de la  Transición.

Los privilegios y premios concedidos a ciertos autores, movimientos o manifestaciones culturales por ser afines a la ideología política del gobierno de turno o por su sumisión ante el establishment mediático, han eliminado los principios de solidaridad, libertad y diversidad, condenando a la marginalidad al resto de culturas. Las consecuencias son muchas y todas nefastas.  Buena prueba de ello es la incapacidad de las instituciones oficiales para proyectar una imagen de diversidad cultural en el exterior, donde se ha primado la “Marca España” sin definir el significado de tal concepto o vaciándolo de contenido. También se ha  creado el fantasma de una cultura disfrutada únicamente desde el consumo, sin generación de tejido cultural sostenible que pueda garantizar la supervivencia y la calidad del sector. Todos los esfuerzos institucionales han ido dirigidos a fomentar un turismo cultural insostenible, o “turismo capitalista” propio de una mentalidad cortoplacista, característica de esa misma “Marca España”.

El pasar de lo global a lo local en el ámbito cultural y del patrimonio cobra su sentido en cuanto a desarrollo y sostenibilidad se refiere. Así, es fundamental destacar las cualidades intrínsecas de las comunidades, donde los elementos culturales adquieren un valor reseñable por ser, en muchas ocasiones, ítems culturales transgeneracionales. De esta forma, el desarrollo y la recuperación de zonas rurales despobladas y abandonadas se puede realizar mediante la valoración de su patrimonio cultural rural y, a su vez, asegurando la creación de empleo estable y la protección del patrimonio natural.

Es necesario salir del encorsetamiento cultural, de la inacción y de la irrelevancia política. No será sino a través del diálogo y el re-conocimiento de lo diverso y diferente, de todo aquello que nos caracteriza y nos enriquece. Porque no debemos olvidar que la cultura se construye socialmente, es la cultura lo que nos une y sin raíces, no hay futuro.

Diana Lafuente y Elena Gallego.  Área de Cultura y Comunicación de Podemos.