Publicado en elsiglodeuropa.es, el 26 de abril de 2016

 

Siempre he desconfiado de las interpretaciones que atribuyen una única voluntad o un único mensaje al voto de los electores. Es difícil asumir que una comunidad, una nación, ni que decir tiene un sujeto plurinacional como el nuestro, disponga de una intención unívoca que, como el viejo espíritu de la historia, pueda reconstruirse a posteriori para reconciliar las diferencias, la multiplicidad, también las contradicciones. Es curioso comprobar que ese es el punto que comparten los comentaristas electorales y los teóricos originales del centralismo democrático: la idea de que hay un todo final que puede cicatrizar y expresar lo múltiple casi sin dejar restos.

Si hay un mensaje general que extraer de las elecciones del 20D, tal vez sea únicamente ese: que hemos entrado en un ciclo histórico nuevo, rico, plural, diverso, en el que ni la lógica perversa del bipartidismo- que ha colonizado y carcomido hasta el tuétano nuestras instituciones-, ni los chantajes más o menos confesos que habíamos incorporado casi como una segunda piel de nuestro cuerpo político (el voto útil, el cuidado que vienen los bárbaros, esa práctica de reducción constante que sustituye a gritos al debate público en las tertulias) sirven para acallar el hecho de que hay sujetos políticos que piensan de manera diferente, que tienen ideas diferentes de lo que quieren para el futuro de su patria, y que hay fuerzas políticas diferentes que encarnan y articulan con total naturalidad esas aspiraciones en la esfera político-institucional.

Esta simple constatación, que no nos lleva un paso más allá de una fase de madurez dentro de una democracia liberal occidental, supone para nuestro país una casi-revolución política. Reconocer que nuestro sistema de partidos ha cambiado profundamente (¡sin necesidad de tocar la ley electoral!), que las mayorías absolutas o casi absolutas que daban inmediatamente acceso al control y el manejo irrestricto de todos los poderes del Estado (que aquí ni se controlan ni cooperan entre sí, lo que es todo un mérito institucional) son ya una cosa del pasado, es reconocer que debemos asumir una cultura política y parlamentaria nueva, por construir, que requiere de actitudes y disposiciones a la altura de esas nuevas condiciones objetivas para nuestra vida política. Desgraciadamente, todo parece indicar que estamos todavía lejos de lograrlo.

¿Cómo explicar si no que todo el aleteo de reuniones y ruedas de prensa, de vetos cruzados y  documentos volantes, no haya producido ningún efecto hasta la fecha cara a la formación de un nuevo gobierno, más allá de hastiar a una ciudadanía cada vez más indignada con sus representantes e instituciones? Desde mi perspectiva, creo que estamos ante un problema de reconocimiento. No se trata sólo de que, en lugar de reaccionar con madurez democrática a la irrupción de una fuerza que ha podido canalizar el inmenso descontento y los dolores acumulados de una parte importante de nuestro pueblo de manera impecablemente democrática (a diferencia de lo que ha pasado en otras sociedades europeas, donde son la xenofobia y el autoritarismo quienes han sabido explotar esa brecha social), la derecha de este país y las fuerzas vivas del régimen hayan procedido a una operación incesante, inaceptable,  de intoxicación y acusaciones infundadas que busca simple y llanamente la deshumanización y la exclusión de la contienda política de un adversario que no aceptan, ni toleran, ni pretenden tolerar.

 

Se trata, más dolorosamente, de constatar que el Partido Socialista tampoco ha asumido ese cambio de fase, que no ha asumido nuestros cinco millones de votos, no ha asumido que el paisaje ha cambiado y que, para entendernos, es necesario partir de esa aceptación de la legitimidad, pero también de las responsabilidades y los mandatos, que tenemos como sujeto político y como fuerza social legitimada por las urnas y el refrendo popular. De momento el PSOE sólo nos ha reconocido como amenaza, como rival en la competición electoral por un mismo espacio demoscópico o socio-político. Eso está muy lejos de asumir que las reglas del juego han cambiado y que es necesaria una nueva gramática política y social que, para su suerte o desgracia, está enteramente por escribir –y por escribir a varias manos.

Pablo Bustinduy, Secretario de Relaciones Internacionales de Podemos y Portavoz en las Comisiones de Exteriores y UE de Podemos-En Comú Podem-En Marea