Publicado en eldiario.es

4 de octubre 2014

Es ya un lugar común señalar que ganar no es el simple efecto de conquistar el poder a través de unas elecciones. Que siendo condición quizá necesaria, no es desde luego suficiente. Razones para esta aseveración hay muchas, como muchos son los ángulos desde los que se puede pensar hoy la relación entre la política y las instituciones: el poder no reside en los parlamentos, ergo ganar las elecciones te da el gobierno, pero no acceso al poder; obtener escaños suficientes para legislar no tendrá efecto alguno si en las calles y en los barrios las movilizaciones y la ciudadanía no acompañan esas leyes y las permiten porque las defienden; las transformaciones que más o menos tímidamente se puedan poner en marcha desde los parlamentos no cambian las reglas del juego y, por ello, ganar tendría más que ver con abrir un nuevo proceso constituyente, es decir, proponer y ganar unas nuevas reglas del juego, antes que componer con las existentes; las formas de pensar, actuar y desear no se cambian con decretos ni con leyes, hace falta un trabajo de movilización y transformación social constantes, etc.

Todo estas ideas son, con diferencias y matices que pasaré por alto, probablemente ciertas. Pero se usan, a veces, como excusa, porque ganar da miedo. Excusa para ver antes la imposibilidad que la necesidad; excusa, también, porque el miedo paraliza y nos hace buscar lugares a salvo: perder, aunque parezca inverosímil, ha sido el lugar en el que nos hemos refugiado durante mucho tiempo.

Decía Lacan que la histeria es el deseo de mantener el deseo insatisfecho: no tanto de no atreverse a desear, como de desear la propia imposibilidad de alcanzar y realizar el deseo, rechazar esa satisfacción y vivir cómodamente en su negación. No exagero quizá en calificar a una cierta política contestataria, de la que muchos venimos, de histérica: no nos atrevíamos a (pensar en) ganar, y menos aún a pasar al acto e intentarlo. Si algo ha significado, por encima de muchas otras consideraciones, el ciclo de movilizaciones que ha dado lugar a este nuevo triángulo formado por el fin del bipartidismo, la crisis del Régimen del 78 y la irrupción de Podemos es, creo, el de superar la histeria por la que el miedo nos hacía desear perder.

Creo que en Podemos nos hemos atrevido, sí, a (pensar en) ganar. Y creo, también, que las reflexiones que avanzaba más arriba sobre la diferencia irreductible entre ganar el poder y ganar las elecciones no sólo no nos han servido como excusa paralizante, sino que, por el contrario, han sido centrales para la elaboración de la línea organizativa, ética y política de ¡Claro que Podemos! Si ganar es el resultado conjunto de una estrategia político-electoral y de una subyacente movilización social y ciudadana, entonces creo que se entenderá bien la propuesta de conjunto para la constitución formal de Podemos que hemos puesto encima de la mesa.

Una propuesta compuesta por una estrategia política de cara al próximo ciclo electoral, de un modelo de organización que la haga posible y realizable (con las modificaciones que vaya incluyendo a medida que se alcancen acuerdos con otras propuestas), y un documento ético que marque los límites de lo que cabe y no cabe en Podemos. Sin olvidar, claro, que esa propuesta se acompaña de un equipo humano capaz de materializarla y hacerla efectiva.

Decía Jorge Moruno hace pocos días en su muro del Facebook que “a la hora de plantear una propuesta ética, política y organizativa, de cara a diseñar el ciclo al que se enfrenta Podemos en este año próximo, todos y todas deberíamos tener en la cabeza que quien presenta un documento, presenta igualmente la capacidad de poder llevarlo a cabo, de demostrarlo en la práctica. Podría ser un poco irresponsable plantear una serie de propuestas si al mismo tiempo uno, o un equipo, no pretende ponerlas en práctica”. Esta es la diferencia entre hacer política e imaginarla. Y para ganar tenemos que hacer, construir, componer con lo posible sin renunciar a nada.

Si ganar, como decía, es algo más que asaltar las instituciones, por necesario que esto sea en el actual contexto político, creo que debemos pensar la articulación y definición de Podemos de forma, al menos, dual: una marca poderosa en la batalla político-electoral pero, al mismo e irrenunciable tiempo, una potente herramienta de movilización social y participación ciudadana. Y si esto es así, esta dualidad deberá quedar materializada tanto en el modelo organizativo como en la estrategia político-electoral que se proponga para Podemos. Y creo que así lo hemos planteado en nuestros documentos.

Con respecto al modelo organizativo propuesto, el reflejo de esta dualidad afecta al núcleo mismo del sujeto de las decisiones: si de lo que se trata es de pensar Podemos como una organización imbricada en, y confundida con, la movilización y la participación ciudadana, y no como una plataforma electoral más, no hay más opción que partir de una premisa organizativa irrenunciable pero inédita: una persona un voto.

Sin delegados internos, sin burocracias, sin poderes intermedios que acaben separando a ciudadanos pasivos de militantes con capacidad de decisión. Parece quizá una obviedad, pero no está siendo pensado así en todos los documentos presentados en la Asamblea: creo que la organización debería pensarse desde su apertura a la sociedad civil, evitando las inercias habituales de las organizaciones tradicionales, que acaban cerrándose sobre sí mismas, pensando en y desde el adentro, y desatendiendo el afuera.

La toma de decisiones (línea política, movilizaciones y acciones estratégicas, programas, listas electorales, portavoces y coordinación interna, etc.) no puede ser sino decisión estrictamente colectiva e igualitaria, sin ninguna diferencia interna ni jerarquía alguna en la capacidad de decisión. Creo que esta estructura de participación y decisión debe siempre partir de los temas, los debates, la creatividad e iniciativa, las líneas de discusión y trabajo que marquen los círculos, que se convierten así en el centro productivo y ejecutivo de Podemos: son los artífices de los contenidos, las propuestas y las personas entre las que decidir. Pero considero un error, y lo digo abiertamente pero con todo el respeto y la humildad, proponer estructuras intermedias o diferencias de valor y capacidad de decisión entre los diferentes miembros de Podemos, como se hace desde algunos de los documentos organizativos alternativos.

Esto no dotaría de más democracia al modelo, ni de más capacidad de acción a los círculos, sino que separaría a la organización de la ciudadanía, y cortocircuitaría la capacidad de crecimiento de Podemos como organización en movimiento, confinando la estructura a la lógica más o menos clásica de los partidos. Lo que nos convertiría en una organización política más, para bien (estructuras de poder internas visibles y reconocidas, que permitan ordenar y distribuir internamente el poder en y de la organización), pero, también y sobre todo, para mal (autonomía de esas estructuras de poder, dependencia de sus miembros de la continuidad en la organización, aislamiento y separación de la sociedad civil organizada y en vías de hacerlo, disputas por el poder interno que adquieren más centralidad que la pugna por el poder externo… ¡un viejo conocido!).

Nos jugamos más de lo que parece en la definición de la relación de la organización con la sociedad civil y la ciudadanía movilizada. Todo cambia si el modelo organizativo es pensado y definido desde una mirada interna, que piensa y construye la organización como un fin en sí mismo, donde la estructura depende y deriva fundamental o exclusivamente del trabajo de sus miembros más activos y con más tiempo disponible para la militancia, o si se concibe desde su capacidad de interrelación con la ciudadanía movilizada. Desde la primera mirada no solo se edifican fronteras entre el adentro y el afuera, sino que se acaba convirtiendo el adentro en una suerte de comunidad autorreferente, no solo incapaz de crecer y confundirse con la sociedad misma, sino obligada a reproducir las viejas lógicas de promoción y visibilización internas.

La disyuntiva es cristalina, además de crucial: o los candidatos para las listas electorales y los responsables políticos y organizativos son aquellos que se han destacado por su trabajo en y para la sociedad civil (en los barrios, los centros de trabajo, los centros de investigación e intervención social, en las asociaciones vecinales o profesionales, en las plataformas por la vivienda, la salud, la educación, la cultura…); o son aquellos que han destacado en el trabajo y las labores internas (aquellos que han dedicado más horas a las asambleas, más trabajo de persuasión y convicción entre los militantes, más y mejores relaciones sociales y personales en la organización).

No hay, me temo, muchos espacios intermedios entre una y otra opción, y podemos correr el riesgo, trágicamente habitual por otra parte, de construir una organización pivotada por una suerte de mercado de trabajo militante interno, incapaz de trabajar con, o incorporar a, los actores más implicados y movilizados en la transformación de nuestros barrios, ciudades e instituciones. Este ha sido, quizá, el mayor lastre de las organizaciones políticas tradicionales, y es absolutamente esencial no repetir el error: solo una organización que difumine sus fronteras con la sociedad, que se confunda con ella y sus agentes más movilizados, puede estar a la altura del desafío planteado: un partido abierto a la sociedad civil organizada y movilizada.

Esta apertura a la sociedad civil no pude negar, porque sería suicida hacerlo, la necesidad de una estructura de coordinación eficaz. De nuevo, ésta debe responder a esa necesaria dualidad partido/movimiento: por un lado, un consejo ciudadano compuesto por toda esa gente ya movilizada y comprometida por la transformación social que sea capaz de articular todo el trabajo político y propositivo de los círculos, que le dé forma y lo haga viable. Por otro, un portavoz o secretario, con su correspondiente equipo de trabajo, democráticamente elegidos y, sobre todo, seguidos de un control democrático permanente que incluya, por supuesto, la revocación. Portavoz o secretario que pueda reaccionar de forma coherente y ágil a las necesidades de un ciclo político-electoral adverso y vertiginoso. Es esta la otra cara de la moneda: la de las implicaciones del ciclo electoral que se nos avecina, la de la necesidad de una voz que amplifique y cohesione las miles que forman Podemos.

Siempre es posible, claro, crear más estructuras de coordinación, dos, tres o incluso siete -como se han llegado a proponer-, pero no haríamos sino difuminar los mensajes, crear estructuras múltiples de dirección separadas de los círculos y de los miembros de Podemos, sin aumentar necesariamente, antes al contrario, la democracia interna: dos, tres o siete estructuras de coordinación de mayor difícil control democrático; dos, tres o siete equipos autónomos de decisión y trabajo; y, necesariamente, dos, tres o siete líneas diferenciadas de comunicación hacia fuera… ¿con qué objetivo? Creo que el de proporcionar más espacios internos de poder para los miembros más activos de Podemos. Objetivo sin duda legítimo. El problema, una vez más, es que así seguimos pensando la organización desde su interior, desatendiendo quizá que ganar es, por encima de todo, ganar un país, no una arquitectura organizativa.

La estrategia electoral que hemos propuesto para los próximos comicios (municipales y autonómicas primero, generales muy poco tiempo después) también refleja y materializa, de forma igualmente nítida, la dualidad organización/movimiento. ¿Cómo? Pensando los tres momentos electorales como un todo que transita, primero, por la necesaria cristalización de la movilización social y la participación ciudadana, esa que ha tenido lugar en los municipios desde hace ya años mediante movimientos sociales, asociaciones y colectivos.

La fórmula es clara: a través de plataformas ciudadanas, se llamen Ganemos o no, y sean las ya existentes u otras que se vayan articulando en los próximos meses, pero que permitan sumar a todos los actores de la sociedad civil que se han dejado la piel en el territorio y que no necesariamente se sienten parte activa de Podemos, pero sí de sus objetivos políticos y organizativos. Después, o al mismo tiempo, las elecciones autonómicas, verdadero prólogo de las generales y, por ello, espacio sustantivo en el que estar presentes con nuestro nombre y poder así consolidar el partido/marca.

Movimiento y organización, sociedad civil movilizada y nueva herramienta político-electoral: municipales con la sociedad civil movilizada y autonómicas con Podemos. Y todo ello coronado por la síntesis necesaria de ambas caras de la moneda: la construcción de mayorías ciudadanas con expresión y traducción política que encuentren en Podemos el espacio político y la herramienta ciudadana para convertir las próximas elecciones generales en un plebiscito al Régimen del 78. Ni más ni, claro, menos.

Hemos planteado que la decisión acerca de ésta, u otra estrategia político-electoral de conjunto, sea tomada por toda la gente que forma parte de Podemos. Círculos, inscritos, colaboradores, simpatizantes… todos. Pero caben otras opciones, como en todo. Y no es un asunto menor hacerse la pregunta, que algunos documentos alternativos plantean, de si presentarse o no como Podemos no debería ser una decisión que se tomara círculo a círculo, respetando así su plena autonomía.

Pregunta compleja, sin duda, para la que no encuentro más respuesta que sí se puede, por supuesto, pero a riesgo, y muy alto, de no disponer de esta forma de una estrategia coherente para el próximo ciclo político-electoral. Y me temo que esta ausencia nos obligaría a confiar en que una mano invisible armonice las decisiones autónomas de cerca de 1000 círculos, y genere de forma más o menos espontánea una estrategia coherente. Y eso es, me temo, poco factible.

Obviamente podemos prescindir de esa estrategia coherente, pero habría quizá que aceptar, de nuevo, que esta ausencia no es algo que se busque en sí mismo, no una decisión política, sino el resultado de priorizar las lógicas internas de la organización por encima de una mirada de conjunto, tanto en el espacio (qué funciona mejor para todo el territorio, sabiendo que lo que puede ser bueno para un lugar concreto puede no serlo para otro, y que puede no haber criterios de justicia aplicables a cada localidad de manera diferenciada), como en el tiempo (lo que puede parecer óptimo en lo inmediato, o en unas elecciones concretas, puede jugar en contra a medio o largo plazo, es decir, en las siguientes elecciones). Mirada hacia adentro o, de nuevo, mirada hacia fuera.

Pero si Podemos no es propiedad del que lo trabaja, sino del que lo hace suyo, entonces es de todos y cada uno de los que se sienten parte, y deben ser ellos y ellas los y las que decidan sobre todo. Sin más límite que el de atrevernos a pensar en ganar.