Publicado en huffingtonpost.es, 15 de diciembre de 2015

Hay que reconocerlo: la cultura nunca ha sido un asunto prioritario para los medios de comunicación de masas. Al menos, la cultura en su dimensión no espectacular. Desde su nombramiento como adjunto a la Dirección de El País en 2014, sin embargo, el periodista Juan Cruz ha cuidado de que los asuntos culturales tengan cabida en los espacios privilegiados de este diario, más allá de la sección especializada o el suplemento semanal. No debe resultar, pues, extraño que, el día después del debate entre los representantes de las cuatro principales formaciones concurrentes a las próximas Elecciones Generales, la valoración de Juan Cruz en su columna desplazara el foco de atención mediática hacia la significativa ausencia de propuestas culturales entre los problemas allí abordados.

Esta apreciación crítica, no obstante, no se materializaba en una reflexión más honda sobre la raquítica relevancia de lo cultural en la agenda política española, de la que las actuaciones tanto de los moderadores como como de los políticos en liza habrían sido un elocuente síntoma. En los bloques tratados, los periodistas, como ya es norma, no preguntaron a los políticos por sus propuestas concretas en materia cultural. Lo que nos resulta significativo no es tanto que Cruz haya pasado por alto este último aspecto como que el objeto de su reproche se centrara en exclusiva en Pablo Iglesias, el único de los políticos interpelados en su artículo a causa de lo que, según se deja ver con amargo sarcasmo, sería una falta de estilo y altura cultural del secretario general de Podemos. El periodista se lamenta aquí de que se mentara superficialmente la cultura sin tratar los problemas que afectan al sector, sí. Pero tanto en el tono como en el objeto de su reproche, lo que se entrevé es, a rasgos generales, un menosprecio parecido al que expresaba Elvira Lindo hace meses en un artículo en el mismo periódico. En este, con cierta repugnancia indisimulada, la escritora fantaseaba sobre el “bajonazo” que sentiría al levantarse tras una noche loca en el piso vallecano de Iglesias.

Nos parece que Cruz desaprovechó esta pertinente crítica del uso ornamental de la cultura por parte de la política, al no abordar una reflexión más profunda del estado de la cuestión. En primer lugar, porque debe reconocerse que Pablo Iglesias es seguramente el candidato actual a Presidente del Gobierno con mejor acervo cultural. No solo por su condición de investigador y profesor universitario –un rasgo que suele investir de respetabilidad a los políticos y que, en cambio, en su caso se convierte en factor de desconfianza–, sino por el diálogo activo que siempre ha mantenido con el mundo de la cultura para generar marcos críticos de sentido respecto a los clichés dominantes. Cualquiera que se haya asomado al programa de entrevistas que coordina en televisión —Otra vuelta de Tuerka— sabrá que se trata de una continuada conversación sobre el imaginario colectivo español, construido en el diálogo con cineastas, actores, cantantes, filósofos o periodistas de prestigio; por no hablar de historiadores o teóricos sociales.

Por otro lado, no puede entenderse el proyecto político de Podemos y, en concreto, el de su área de cultura, al margen de una reflexión profunda sobre los cambios en este ámbito acaecidos en España desde el 15M y el agotamiento de la llamada “Cultura de la transición“. Sería injusto caricaturizar esta labor sostenida de construcción de sentido como un mero guiño para lograr el favor puntual de lo que se llama “el mundo de la cultura”. Si se tuviera esta tentación, repárese en que la fundación de Podemos, el Instituto 25 de Mayo, poco tiene que ver con el modelo de think tank de partido que pueden representar FAES (PP) o la Fundación Pablo Iglesias (PSOE).

El Instituto 25M no genera informes ni convoca desayunos informativos: en sus pocos meses de vida ha organizado actividades culturales de todo tipo: desde seminarios de análisis a conciertos populares o con “cuentacuentos”.

La revista que publica, La Circular, propone, a su vez, un novedoso maridaje entre diseño gráfico y reflexión que busca una experiencia de aprendizaje a la vez estética y teórica, más cercana a un proyecto de edición cultural que al clásico dossier de autobombo.Por todo ello, creemos que esa imagen de partido culturalmente chabacano que se destila de estas referencias debería haberse confrontado con una atención más rigurosa al proyecto general cultural de Podemos.

Así, por ejemplo, Cruz echaba en falta en su artículo un abordaje serio de los problemas del cine español: el programa de Podemos Cultura propone una atención no solo a la producción, sino a todas las fases de desarrollo del producto cinematográfico. También aludía a las dificultades de nuestros museos: Podemos incluye medidas para dotar de una forma jurídica propia y despolitizada a los Museos y Centros de Arte, así como la generación de una red de museos, residencias y centros de recursos para artistas. Cruz hacía referencia al desconocimiento del teatro: encontramos en el programa la propuesta de una Ley de las Artes Escénicas, la creación de un Centro de Investigación y Creación Escénica Contemporánea, así como una Casa de la Danza.

Lamentaba, por último, Cruz la obsolescencia de las librerías: el programa incluye la recuperación de la Dirección General del Libro, la regeneración de los fondos de las bibliotecas públicas y escolares, así como la implementación de un plan de dinamización de las librerías como agentes de fomento de la bibliodiversidad. Todo ello en el marco de un inédito Ministerio de Cultura y Comunicación que, por primera vez, parece enfrentarse al hecho ya insoslayable de que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación constituyen el medio privilegiado para el ejercicio de los derechos sociales, económicos y culturales de la ciudadanía. Un dato: uno de los coordinadores del Programa de Cultura, Pablo Iglesias Simón, publicaba estos días en su muro de Facebook los resultados de la búsqueda de ciertas palabras clave en los programas de los distintos partidos: “Danza” (16 alusiones Podemos, ninguna PSOE y C’s, una el PP), “Teatro” (19 Podemos, 2 PSOE, ninguna PP y C’s), “Música” (49 Podemos, 7 PSOE, ninguna C’s y PP).

Por todo ello, quizá lo interesante del artículo de Juan Cruz sea su valor de síntoma de nuestros tiempos: lo difícil que resulta orientar la reflexión en torno a las nuevas relaciones entre la cultura y la política. Sostenía Sánchez Ferlosio, en un célebre artículo, parafraseando a Goebbels, que cuando los Gobiernos del PSOE escuchaban la palabra “cultura”, “extendían un cheque en blanco al portador”; desgraciadamente, cuando el PP ha tenido responsabilidades en materia cultural no ha sacado ni siquiera eso: más bien la tijera. Por si fuera poco, cuando, en los últimos tiempos, pensamos en la relación entre cultura y política, lo primero que nos viene a la cabeza es un grupo de artistas más o menos famosos, apoyando a una formación política tradicional mediante un guiño o un golpe de ceja. Una comprensión de la cultura, ciertamente, superficial.

Lo que queda eclipsado en el artículo de Cruz, creemos, es algo, por tanto, más importante: la voluntad que desde Podemos hemos acreditado de entender nuestro proyecto de país desde un ángulo poco frecuentado por las formas tradicionales de entender tanto la política como la cultura. Un desafío decisivo, sin duda, a la luz de las irreversibles transformaciones sociológicas y tecnológicas de las últimas décadas. Tiene razón Cruz: en no pocas ocasiones la cultura, para los políticos, es ese “invitado al que da gusto tener en casa con tal de que no hable demasiado de sus problemas”. No caigamos tampoco en el error de usar la excusa de la cultura en general para no hablar demasiado de las políticas culturales concretas.