Publicado en el periodico.com, el 13 de abril de 2016

“Bancos de la ira”. Con esta imagen el pensador alemán Peter Sloterdijk planteaba hace una década un problema hoy de la izquierda clásica: sus dificultades para ofrecer “intereses” –épica, esperanza y horizonte histórico- a cambio de los diversificados y despolitizados malestares sociales emergentes bajo la hegemonía neoliberal. ¿Cómo dar un relato colectivo a esos dolores cuando es moneda corriente decir que “hemos vivido individualmente por encima de nuestras posibilidades? Años después nuestro 15-M corroboraba esta incapacidad de los partidos de izquierda para recolectar las distintas bolsas de indignación producidas por nuestra crisis política, económica y cultural.

A la vista de la eficacia de Podemos como contenedor político de dolores sociales cabe plantear varias hipótesis, todas ellas derivadas de la intervención en terrenos incómodamente previos al radio de acción teórico y práctico de esta Izquierda. Una, la comprensión de la crisis de ‘régimen’, que no de Estado, como un proceso de descomposición política que afecta no solo a los sectores más desfavorecidos, sino también a un bloqueo de expectativas subjetivas de futuro entre las clases medias. Segunda, que era preciso ocupar con un relato político ese difuso y ambivalente malestar, cribando los elementos de sano sentido común, modulándolos en una dirección de cambio que sirviera de cortafuegos a involuciones antidemocráticas; y tercera, dar la disputa por el sentido también en todos los enclaves donde se construye tejido social, las ilusiones e imaginarios cotidianos, pero sobre todo medios de comunicación y redes sociales. El crecimiento actual de Podemos en Euskadi es un buen botón de muestra de un trabajo político que enfoca su tarea más allá de la excepcionalidad de las situaciones objetivas provocadas por la crisis.

MÁS ALLÁ DEL EJE IZQUIERDA-DERECHA

En suma, una hipótesis que buscaba construir un sujeto de cambio bajo la premisa de que existían fuerzas críticas inhabituales más allá del eje izquierda-derecha y que no entendía su tarea pedagógica como recaída en un acomplejado oportunismo, sino como una apuesta radical por generar experiencias políticas colectivas desde otros discursos e identificaciones. Malentender esta construcción social como ‘vaporosa’ es presuponer que acoger estas esperanzas y anhelos transversales es una claudicación que alimenta falsas ilusiones. Pero ante la derrota cultural sufrida ante el neoliberalismo es un error entender la crisis como un momento de depuración ideológica, de separar el buen grano izquierdista de la paja. No se repara en que, tras años de bloqueo de experiencias políticas colectivas, estas identificaciones son más urgentes para la transformación social que “acumular fuerzas desde la izquierda”.

Es una simplificación proyectar en Podemos el viejo relato de la ‘doble alma’ de IU: la ‘carrillista’ y la ‘anguitista’

Es una simplificación e incomprensión, pues, de estos avances que el reciente debate interno en Podemos haya servido para resucitar y proyectar en nuestra formación el viejo relato de la “doble alma” de Izquierda Unida: la ‘carrillista’, amable heredera de la cultura de componendas de la transición, tacticista y ansiosa de ser reconocida por el PSOE, y la ‘anguitista’, insobornablemente fiel a principios programáticos. Dar por buena esta doblez ilusoria, la pusilánime y moderada versus la radical y audaz, significa volver atrás, desaprender las lecciones que nos han conducido hasta hoy, pero también nos obliga a reconocernos, en cualquiera de sus dos versiones, en ese espejo autoafirmativo de la ‘otra’ izquierda que tanto reconforta a nuestros adversarios políticos. Y quedan camino por delante y posibles compañeros de ruta para caer en esa trampa.