Publicado en ctxt.es, el 6 de abril de 2016

La primera pegatina que sacó Podemos cuando no era más que una hipótesis a desarrollar decía aquello de “Hacemos lo que Podemos”. Más allá del juego de palabras lo que transmitía era un espíritu radicalmente distinto a lo que se había probado hasta ese momento en el terreno político-electoral: nos definimos por lo que hacemos en lugar de por lo que somos. Ser es hacer. Por contra, reivindicarse por lo que se “es” en detrimento de lo que se “hace” se revelaba inversamente proporcional a la capacidad política de hacer posible aquello que se dice que se “es”. La apelación a una esencia cuyo origen nunca es fechable en el calendario sobre la que justificar lo que se hace era, paradójicamente, puro idealismo. Siempre supimos que construir una identidad política nueva, popular, abierta y democrática era mucho más revolucionario que refundar por enésima vez la izquierda. De hecho, lo conservador era seguir haciendo lo mismo: confiar en una acumulación progresiva de la izquierda ante la dureza de la crisis significaba lo mismo que esperar sentado o repetir lo mismo hasta que la fruta cayese madura del árbol.

Desde tiempo atrás, pero sobre todo desde el punto de inflexión que supuso el 15M, se mostraba un país latente que reclama democracia, dignidad y futuro, de una forma que no se podía expresar bajo las categorías y la anterior distribución de roles que beneficiaba a los mismos privilegiados de siempre. Ante la construcción del presente basado en el pasado, se propuso pensar el presente para construir otro futuro. Entendimos que las posibilidades políticas de la indignación y el cambio no pasaban por el eje izquierda-derecha con el que tan cómodos se encontraban los partidos del régimen. La democracia necesitaba de otros mimbres para expresarse. Oscar Wilde solía decir que “una idea que no sea peligrosa no merece llamarse idea”, de ahí que Podemos lanzase una apuesta que desobedecía tanto a los funcionarios del miedo y los poderes económicos, al tiempo que ponía en duda los manuales de instrucciones de la izquierda. Por eso nos hicimos una pregunta tan obvia como complicada y olvidada, que siempre debemos recordar, ¿queremos ganar? La gran virtud de Podemos ha sido la de saber captar la necesidad de un desborde popular al margen de toda fiscalización de partido, de todo control exhaustivo, de toda vigilancia oficial. Podemos surfea la ola del 15M siendo conscientes de que todos somos contingentes al deseo y a las ganas de cambio social: Podemos como frescura.

Podemos no es una piedra, Podemos debe ser dúctil como la cuchara de Matrix, capaz de adaptarse a las necesidades y las exigencias de la coyuntura, Podemos no tiene tablas de la ley grabadas en piedra. Se pensó que para el ciclo al que se enfrentaba desde mayo de 2014 hasta las pasadas elecciones generales del 20D, lo necesario era construir una maquinaria de guerra electoral, es decir, una máquina bien engrasada flexible y con reflejos para esquivar los múltiples ataques. En un escenario plagado de elecciones y construyendo al mismo tiempo una organización, a la vista del resultado electoral –que siempre podría ser mejor–, la táctica ha sido la adecuada.

Los modelos no se pueden juzgar en abstracto, no existe el mal y el bien moral en política, sino lo malo y lo bueno de la ética, de su propia ética. Cada modelo, cada diseño, responde a realidades y escenarios concretos que requieren de respuestas concretas, de lo contrario no habría política sino dogma y simplemente valdría con repetir la palabra dada independientemente de la realidad material en la que se inscribe. Sería como creer que se puede ganar un partido de fútbol corriendo en línea recta hacia la portería contraria, sin jugadas ensayadas, sin distribución de roles en el campo, sin tocar el balón, sin audacia y riesgo, sin fortuna. En este sentido hay que evitar cierta tradición premaquiavélica donde, al igual que Savonarola, se actúa como “profeta desarmado”. Empero la coyuntura y el escenario cambian y lo que hasta ahora se ha demostrado como útil para el objetivo propuesto deja de serlo. Solo un enfoque religioso tildaría este giro de pérfido, solo quien va a piñón fijo sin cambiar de plato dependiendo de si es subida o bajada critica que si antes se defendía un modelo cómo puede defenderse ahora otro. La táctica debe formar parte de una estrategia más amplia y la situación ya está cambiando, lo que nos obliga a repensar el modelo de cara a una nueva etapa. Un tiempo más tranquilo (si tal cosa puede existir) donde la forma de Podemos pase a diseminarse y enraizarse en los territorios, donde coja forma de movimiento popular o partido-movimiento, frente a la tentación de las inercias congénitas a los partidos que tienden a encerrarse en sí mismos.

También debemos ser capaces de ampliar el terreno desde donde se reconoce el ejercicio de la política, dado que el movimiento centrípeto del parlamentarismo reduce toda la política a la actividad política parlamentaria. Rehuir de la idea según la cual la política debe vivirse de puertas hacia adentro como algo meramente privado. Hay que reivindicar un Parlamento ligado a la soberanía popular, pues hoy está secuestrada por actores y lógicas económicas no elegidas, pero además de este elemento básico, hay que ensanchar las espaldas de la democracia considerando la política como la acción de la ciudadanía libre dentro de la polis, como aquello que tiene lugar en el Parlamento, por supuesto, pero no solo, pues también se enriquece nuestra democracia desde una nueva institucionalidad social que haga de contrapeso, que democratice la democracia.

Crear movimiento popular no significa politizar abusando de los elementos más ideologizados y más obscenos recitando consignas, al contrario, sobre todo se politiza en los aspectos de la vida que en un principio no parecen ser políticos. Movimiento popular implica menos carga retórica y más capacidad cotidiana de resolver problemas mundanos, ofrecer otros espacios de encuentro, otra cultura, sin pedir carnet ni juzgar por etiquetas. Movimiento popular implica hacerse carne con las preocupaciones y soluciones generando otra sociabilidad enmarcada dentro de una identidad múltiple, amplia y compartida en torno a los consensos sociales como su límite. Ahora hay que arraigar y enraizar en el territorio, bajar la velocidad, descentralizar el poder a la interna y esponjar hacia afuera para convencer a los millones que faltan; ahora el príncipe debe hacerse pueblo.