Publicado en elsiglodeuropa.es

En los meses posteriores a las Elecciones del 20-D uno de los argumentos más habituales para criticar a Podemos y su estrategia de negociación ha tenido que ver con la intransigencia de sus posiciones. A menudo se enfatiza esa supuesta falta de flexibilidad, la insistencia en fijar «líneas rojas», la incapacidad para asumir la necesidad del diálogo. Esa intransigencia, sigue el argumento, sería la causa principal del desgaste de Podemos a ojos de los electores y, en las versiones más audaces o temerarias, la razón motriz de sus distintas alianzas electorales, que tendrían por objetivo frenar esa hemorragia y tender un (¡paradójico razonamiento!) fornido tapiz de votos sobre ese supuesto agujero electoral.

Más allá de las construcciones ideológicas, y de las idas y venidas de una demoscopia desatada cuya importancia en la vida política contemporánea parece inversamente proporcional a su capacidad de acierto, hay aquí una cuestión política fundamental que emerge de una aparente contradicción. Durante la campaña electoral del 20-D casi ninguna propuesta era más aplaudida en los mítines de Podemos que la posibilidad de convocar un referéndum revocatorio a mitad de mandato, en caso de incumplimiento sistemático del programa electoral. «El programa es un contrato con la ciudadanía», decíamos, y la frase entroncaba con un sentido común que considera una estafa esa laxitud con la que los gobernantes se deshacen del mandato popular con el que salen de las urnas. La representación política tiene límites («¡Que no nos representan!»), y por eso requiere de herramientas e instrumentos de fiscalización y de acercamiento de las decisiones políticas que permitan una presencia vigorosa, permanente y capaz de la ciudadanía en la vida pública.

Este sentido común, mayoritario desde el 15M, casa mal con ese otro imperativo de la cesión y el pacto a toda costa que parece haberse impuesto como un dogma de fe entre los creadores de opinión y que alcanzó su apogeo en la presión mediática, política e intelectual que se nos puso encima con el objetivo de que apoyáramos desde fuera, ofreciendo soporte parlamentario sin poder asumir responsabilidades de gestión, ni más ni menos que a un gobierno de 90 diputados diseñado sobre la horma del programa electoral de Ciudadanos. Nuestros interlocutores europeos, acostumbrados a las coaliciones y los pactos de gobierno, no dan crédito a lo que escuchan: les parece una broma.

En la España de hoy es condición esencial la disposición y la capacidad de acordar, de ceder, de encontrar el terreno intermedio. Pero ese ejercicio -y esta es condición igual de necesaria y por el momento ausente- debe darse en la articulación de un proyecto político coherente y estable, cuyos principios rectores sean firmes y compartidos por los agentes que lo sustentan. España afronta retos inmensos en los próximos años: la transición energética, la recomposición de su estructura productiva, la invención de un Estado social del siglo XXI, la democratización del proyecto europeo, la reversión de la desigualdad. Apoyar o rechazar el TTIP, sin ir más lejos, definirá qué proyecto de sociedad tiene cada quien y con quién quiere construirlo. No se trata de intransigencia: es la esencia misma de la política.

Es sano que haya visiones y proyectos de país diferentes, incluso antitéticos: nosotros reconocemos que el nuestro está en las antípodas del que defienden el PP y Ciudadanos. Lo ilógico es pretender que improvisando un pastiche de ideas, cediendo cada uno en unas cosas y otras, encontraremos un virtuoso término medio hecho de superponer el blanco y el negro, el este y el oeste. El PSOE, como toda la socialdemocracia europea, va a tener que definirse, y elegir hacia qué punto cardinal quiere dirigir España. Si optan por nuestra vía, la de una democracia social y popular, habrá espacios abiertos para el acuerdo. Si insisten en esa equidistancia vacía, o se adhieren al mando único de la austeridad, habremos de tallar ese proyecto por nosotras y nosotros mismos.

Pablo Bustinduy. Secretario de Relaciones Internacionales de Podemos