Publicado en ctxt.es el 28 de diciembre de 2016

Se ha extendido entre gente dentro y fuera de Podemos la idea de que las polémicas internas no son sino disputas por el poder sin contenido real de propuestas políticas. No, realmente hay una discrepancia de fondo sobre modos de entender la Transición de la Transición y la ruptura con la Constitución española actual.

Si algo ha enseñado la historia del arte y la literatura contemporáneas es que forma y contenido no pueden separarse sin pagar el precio de la irrelevancia estética. Ninguno de los dos extremos es neutro: una forma sin contenido es pura escenografía para consumo de mercado, un contenido sin forma no es más que pura propaganda panfletaria o intención de ser best-seller. Esta lección sirve también para la arquitectura democrática. La democracia son formas. Sin ellas, cualquier decisión está en peligro de deslegitimación. Y también son contenidos: sin justicia e igualdad no hay libertad real de todos. Sin resistirse a las exclusiones, la democracia, como ocurría en la Grecia clásica, deviene un club, por mucho que se llamen “ciudadanos” los que están dentro.  Para decirlo en pocas palabras: en democracia, las formas son contenido y el contenido se traduce en formas.

Curiosamente, en política se olvidan estas verdades. En un reciente artículo en Cuarto Poder, Manolo Monereo ejemplificaba este olvido cuando comenzaba su texto, paradójicamente, con la admonición de que la disputa dentro de Podemos había olvidado la política y reprochaba al errejonismo lo siguiente: “El discurso del método no puede sustituir a la política y no debe seguir siendo un instrumento para perpetuar ambigüedades programáticas y estratégicas”. Pero es que esto es lo que precisamente está en cuestión.

No es difícil entender que la discusión que la discusión en Podemos se haya entendido como la tensión entre una concepción pactista y otra más radical

Tanto en política como en arte suele ser difícil entender lo nuevo porque la mirada aún sigue educada con la sensibilidad de lo viejo. Así, no es difícil entender que la discusión en Podemos se haya entendido como la tensión entre una concepción pactista y en el fondo no diferente de las posiciones socialdemócratas débiles, frente una parte más radical, organizada y que fuerce luchas en la calle desbordando las instituciones parlamentarias. Bueno, pues no: no se trata de una tensión entre pactistas y radicales, sino entre formas y contenidos del radicalismo y la novedad en nuestro contexto político.

La crisis económica y los movimientos indignados produjeron lo que Negri llamaría un “poder constituyente”, o más bien un momento instituyente. Sin embargo, la forma y el contenido de este proceso y poder quedaron indeterminados. El mundo ha cambiado muy rápidamente en las últimas décadas y las nuevas formas de capitalismo transnacional están descolocando las viejas modalidades de la política resistente. Las formas que adoptaron los movimientos más sensibles al nuevo modelo económico-social a escala mundial detectaron muy bien los problemas y desarrollaron nuevos modos espontáneos de organización que, como otras veces en la historia, tardarán en ser comprendidos.

Términos como “populismo” y otros adjetivos similares indican la fragilidad y conciencia de la novedad de lo nuevo del contexto político. Cuando Laclau y Mouffe comenzaron a usar esta referencia lo hicieron a causa de las perplejidades que producía un mundo sin Guerra Fría y con formas globales de capitalismo. Pero no son definitivos ni definitorios. Son adjetivos que califican lo nuevo de la política en un mundo en el que el capitalismo se ha asentado destrozando los proyectos y espíritus de los Estados nación. “Populismo” quiso denotar un nuevo modo inclusivo de acercarse a las democracias en donde las formas de exclusión, opresión y desigualdad se dan de manera distinta y a veces en tensión unas con otras. En una sociedad dividida por las posibilidades de acceso, las posiciones que ocupan los individuos no siempre están determinadas solo por lo económico.

Las formas de resistencia adquieren matices muy importantes que no son siempre bien captados por los esquemas de la izquierda tradicional. Así, por ejemplo, las mareas o movimientos sociales originados por la degradación de los servicios públicos son en cierto modo procesos que se entenderían en otros tiempos como reacciones de clases medias proletarizadas, pero en otro sentido son reivindicaciones muy avanzadas que ponen en cuestión directamente el capitalismo neoliberal incompatible con sistemas de bienes públicos orientados a frenar las desigualdades.

Podríamos señalar, en la misma línea, que los movimientos de género, en sus modalidades más radicales, así como los de reconocimientos de afectividades e identidades sexuales diversas, son también, en muchos sentidos, propuestas que rompen con las lógicas individualistas que definen nuestras sociedades. Lo mismo que muchas reivindicaciones de identidad cultural, las indigenistas por poner un caso: son, muchas veces, reivindicaciones anticapitalistas en su horizonte comunitarista, que desbordan el consumismo y la existencia atomizada de grandes zonas de las clases populares asentadas en las metrópolis contemporáneas.

Los imaginarios de la izquierda tradicional se basaban en la trinidad “huelga de masas, partido y sindicato”

Podríamos seguir con el relato, pero no es ni necesario ni hay sitio para ello. Lo que está ocurriendo en nuestro mundo es que las lógicas resistentes se producen de maneras novedosas y los modos tradicionales de política, entendidos como “frentes populares” que unen lo diverso en una suerte de confluencia (una metáfora hidráulica que tiene más que ver con los imaginarios de las manifestaciones que con la política real), no son ni efectivos ni formas de respuesta política contra el mundo neoliberal.

Los nuevos movimientos no pueden articularse de espaldas a la diversidad cualitativa de las formas de insumisión contemporánea. Pero aquí el contenido y las formas se entreveran de modo inseparable. No se trata de confluir sino de refundar las bases de la democracia para acoger a las nuevas voces que reclaman accesos desde su exclusión. Los imaginarios de la izquierda tradicional se basaban en la trinidad “huelga de masas, partido y sindicato”. Ninguna de las tres esquinas sobrevivirá en el nuevo contexto. Los nuevos agentes políticos no se sienten ya masas sino, en todo caso, multitudes en su diversidad. Los partidos y sindicatos han devenido en agrupaciones de cargos liberados que hace tiempo dejaron de vivir las experiencias reales de la opresión.

La democracia no es un método, como suponen muchas líneas políticas con un bajo continuo autoritario. La democracia es un fin. Y en último extremo, radicalizar la democracia es encontrarse de frente con el nuevo modo del sistema capitalista, que, a través del neoliberalismo y sus proyectos neocon, ha entrado en política directamente, organizando todas las formas de existencia.

El mensaje de radicalizar la democracia no instrumental sino esencialmente se dirige a todas las modalidades y esferas sociales: a la esfera pública y los medios de comunicación, a la educación, a las instituciones supranacionales que controlan las grandes reservas de poder, a las instituciones jurídico-políticas en todos los niveles del Estado, a las maneras de organizar la empresa y la vida cotidiana.

Un movimiento político que tenga este horizonte no puede concebirse en absoluto con una forma organizativa que no anticipe el radicalismo que pretende para la sociedad. Tenemos las evidencias históricas de que los partidos que tienen formas autoritarias de organización con el argumento del “mientras tanto” terminan organizando de la misma manera la sociedad. La propuesta de pluralismo que está en la base de la reivindicación de un Podemos abierto no está en la lógica de la izquierda-derecha sino en la del radicalismo frente al autoritarismo y la sumisión. Por mucho que estos últimos se disfracen de imaginarios de insurrección de izquierda.