Publicado en la revista La Circular

Allí donde la política es conflicto y no dominación, es decir, allí donde se ponen en tela de juicio los valores dominantes, la cultura y sus distintas manifestaciones artísticas desempeñan un papel fundamental. Así, resulta imposible concebir la revolución soviética sin las películas de Eisenstein, la poesía de Maiakovski o los acordes de La Varsoviana. De la misma forma, no podríamos entender el movimiento antiguerra y contracultural en EE.UU. de los años sesenta sin canciones como Blowin’ in the wind de Bob Dylan o películas en la línea de Easy Rider (Dennis Hopper, 1969). Lo mismo ocurre con el mayo francés vía cineastas como Jean-Luc Godard e intelectuales como Sartre o con el 77 italiano y el Nuovo cine italiano y títulos como La clase obrera va al paraíso (Elio Petri, 1971) o Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976).

Desde principios del siglo XX y gracias en gran medida a la aparición de los medios de comunicación social (especialmente radio, cine y televisión), los movimientos de emancipación se han dotado de una iconografía propia: banderas, himnos, canciones populares, poemas, eslóganes o películas de referencia. Una iconografía que opere a distintos niveles y construya un relato propio que contradiga la versión oficial. En nuestro país y durante el último gran conflicto entre dominantes y dominados, es decir, durante ese periodo o mito fundacional llamado la Transición (o la organización del saqueo), cobra protagonismo la canción protesta y los cantautores. A través de los versos de Aute, Serrat o Raimon y en menor medida con el cine de Eloy de la Iglesia e Iván Zulueta, la oposición al franquismo y a la continuidad del régimen se estructura entorno a una serie de valores: democracia, antifascismo; de eslóganes: “Llibertat, amnistia, estatut d’autonomia”; de canciones: Al alba, Diguem no, Els Segadors, La Internacional, y, por supuesto, de símbolos: banderas nacionales/autonómicas, rosas, puños cerrados, hoces y martillos, etc. Una serie de dispositivos identitarios que, de alguna manera y solapándose con instituciones de carácter político como el partido, el sindicato o la asociación de vecinos, vertebran y construyen el relato de la emancipación –o el intento de–, un relato que aglutina y genera en el individuo un sentimiento de pertenencia al colectivo: éstos son los míos.

La irrupción de Podemos hizo saltar por los aires muchos de los viejos esquemas y paradigmas de la izquierda. La organización de Pablo Iglesias huye deliberadamente de todos los clichés identitarios de la vieja izquierda. Por un lado, carece por completo de símbolos (exceptuando el rostro del líder en las papeletas que tan buen resultado produjo), ni puños cerrados, ni estrellas rojas, ni que decir tiene hoces y martillos. Carece también de banderas, y este punto es muy interesante, ya que dada su naturaleza nacional-popular, lo lógico sería que los mítines se llenaran de banderas de España (como ocurría en el «Que se vayan todos» argentino o durante las huelgas generales griegas) pero no ocurre. Tras el famoso –y polémico– mitin en Barcelona, muchos analistas se preguntaban por eso mismo, por lo curioso que resultaba esa ausencia de banderas en una ciudad en la que la política y el conflicto no se entienden sin ellas. En realidad es maravilloso; por un lado, esa ausencia de banderas sirve como aglutinante, como tarjeta de visita en la que reza un “aquí caben todos” y, por otra parte, pone de manifiesto que el votante medio de Podemos no es tan cuñado como a algunos les gustaría: sabe que perdimos una Guerra Civil y que, por tanto, la bandera de España actual está vinculada a la derecha más cavernaria.

Podemos carece también de canciones o de himnos. Resultó ciertamente inquietante que el partido adalid de la nueva política cerrara su acto en Vistalegre con L’estaca de Lluís Llach, además con todos cogidos en círculo desplazándose de lado a lado… Aquello olía a naftalina y a derrota porque, más allá de la belleza de los acordes de L’estaca –algo incuestionable–, se trata de un himno irremediablemente vinculado a la Transición, por lo que no conecta con mucha gente joven ajena a los tradicionales ambientes de izquierdas. En segundo lugar, y no menos importante; la canción pertenece a un periodo histórico que sabe inequívocamente a derrota, a operación de maquillaje, a continuidad en las estructuras del régimen, a Pactos de la Moncloa y, seré cruel y quizás injusto, a traición.

Decía El País –haciendo sangre como de costumbre– que Podemos no encuentra su banda sonora. Yo añadiría que tampoco encuentra sus símbolos, ni sus banderas, ni sus cuadros, ni su sindicato de referencia, ni su tejido social en los barrios (pese a los más de 400 círculos), ni sus eslóganes más allá de “abajo la casta”. Podemos por no tener no tiene ni mártires, elemento fundamental en todo movimiento transformador que se precie.  No podemos olvidar que se trata de un partido extremadamente nuevo y que la prisa no suele ser buena consejera. Sabemos que a Pablo Iglesias le gustan los versos de Los Chikos del Maíz o las letras incisivas de Evaristo Páramos (letrista, entre otros, del grupo La Polla Records). Hemos visto a Íñigo Errejón colgar temas de ZOO, Obrint Pas o Habeas Corpus y hemos escuchado a Juan Carlos Monedero cantar coplas, pero no dejan de ser los gustos personales del grupo promotor: pretender construir tejido e identidad en base a preferencias personales puede ser peligroso, al margen de elitista. Que Podemos carezca de símbolos, de canciones, de banderas, en definitiva, de una iconografía propia que genere en el individuo ese sentimiento de pertenencia (como ha sucedido tradicionalmente en la izquierda) es un arma de doble filo. Por un lado, ha servido como aglutinante y como una perfecta y engrasada maquinaria electoral que lo arrasa todo a su paso, pero por otro, se puede haber construido un gigante con pies de barro que se desinfle en el primer batacazo. Tenía toda la razón del mundo Alberto Garzón cuando, en Fort Apache, recriminó a Podemos su ausencia de estructuras sólidas, es algo casi incuestionable. ¿Pero la alternativa cuál es? ¿Seguir esperando hasta que algún día la izquierda se organice y…? El problema de la izquierda tradicional es que quiere tomar el poder sin riesgos, quiere tenerlo todo atado y controlado, reduciendo al mínimo las variables y giros inesperados. Y eso sería lo ideal pero no va a ocurrir nunca, en política no existen caballos ganadores. De hecho, un gran revolucionario dijo aquello de «todo es caos bajo las estrellas; la situación es inmejorable». Y creedme si digo que ahora mismo Podemos es el mayor caos que puedo recordar.

La izquierda tradicional vive por y para, bebe y se retroalimenta de su iconografía, y le reprocha a Podemos todas esas ausencias –banderas, símbolos, mitos, canciones…– sin plantearse que quizá ese apego permanente a la tradición iconográfica es la que ha producido nuestras continuas derrotas y nuestro devenir minoritario. Por otra parte, los relatos y los mitos no se construyen de la noche a la mañana, se insertan en procesos históricos que se prolongan en el tiempo. Nadie afirma que la iconografía no sea algo fundamental para la construcción de hegemonía y de un bloque popular de firmes raíces, de hecho, ya quisiera la cúpula de Podemos estar en posesión de un potente relato lleno de canciones, banderas y mitos que poder agitar frente a su enemigo. No tenemos que ponernos nerviosos porque, aunque nos pese y nos duela, los viejos símbolos de la izquierda ya no nos sirvan. Confiemos en el imaginario colectivo, él se encargará de crear nuevos mitos, nuevas tradiciones, nuevas canciones, himnos, eslóganes y, por qué no, también banderas. Incluso quizá hasta se recuperen viejos eslóganes obreros, como ha ocurrido con el famoso “Sí se puede”, lema que muchos creen que es un invento de la PAH, o peor incluso, de los artífices de la campaña electoral de Barack Obama, pero que  en realidad procede de las viejas luchas sindicales en EE.UU. a principios del siglo XX. Más tarde, fueron los trabajadores chilenos del Frente Popular de Salvador Allende los que lo adaptaron al castellano. Hoy incluso se canta en los campos de fútbol; como democracia, justicia o libertad, son conceptos en disputa que hay que pelear.
La iconografía cambia pero el espíritu permanece o, dicho en términos semióticos, el significante se transforma, pero el significado permanece inalterable. El historiador Eric Hobsbawm nos enseñó que, durante todas las épocas y periodos, hubo bandidos justicieros que se dedicaron a redistribuir la riqueza y al hecho de la rebelión. Del mito de Robin Hood a Espartaco y su revuelta de esclavos, pasando por los campesinos anarquistas del siglo XIX, la sed de justicia se ha mantenido inalterable mientras las iconografías han ido cambiando. Sólo en las religiones se ha perpetuado inmutable a lo largo de los siglos. Huyamos pues de la tiranía de las formas y la imagen y centrémonos en lo que realmente importa. Seamos laicos, seamos bandidos.