Publicado en la revista La Circular

La política no consiste únicamente en la modificación de la correlación de fuerzas en las instituciones o en otros centros de poder, para luego desde ahí gobernar la sociedad. Esto juega su papel y tiene su importancia, pero ninguna sociedad es una mera consecuencia del despliegue del poder de arriba a abajo para imponerse como una fuerza exterior que violenta y domestica la vida de los individuos. Un orden social no es únicamente el resultado de la coacción de las estructuras de gobierno, sino sobre todo una articulación singular de relaciones de poder y consensos compartidos que atraviesan nuestras prácticas en la vida cotidiana. Esto es precisamente lo que entendemos por hegemonía: la trama de consentimientos implícitos que sostienen lo que hay.

Hoy, la configuración hegemónica dominante en las últimas décadas –el llamado “régimen del 78”– está siendo fuertemente cuestionada. Somos muchas personas a las que ya no nos vale como marco desde el que percibir y entender lo que ocurre, ni tampoco nos permite solucionar los problemas que nos afectan. No nos sirven los análisis de quienes aparecían legitimados para hacerlos (políticos, periodistas, etc.), ni confiamos en sus principales actores institucionales para garantizar el funcionamiento de la sociedad de acuerdo al interés común.
Esta crisis de sentido, legitimidad y confianza que está asociada a efectos catastróficos en lo social es también una oportunidad para la política que quiere cambiar las cosas. Una oportunidad, no una garantía de que lo que llegue vaya a ir en la dirección de profundización democrática y fortalecimiento de derechos que queremos. Ya sabemos que las salidas a las crisis no siempre han traído lo mejor. No es suficiente con la extensión de la desconfianza, el malestar o el rechazo hacia lo existente, ¿qué más tiene que ocurrir entonces?

La construcción política de otras posibilidades: disputar el sentido común.
La política es un proceso de construcción, no una consecuencia natural si se dan determinadas condiciones. Hay política cuando se fractura lo inevitable y somos capaces de abrir otras posibilidades impensables para la situación dominante. Y esto no ocurre por arte de magia, es necesario trabajar para que otros marcos de sentido puedan cuajar como alternativa a los que ya no nos sirven. Un proceso de cambio político es, por tanto, un proceso de construcción de nuevas posibilidades (haciéndolas imaginables y deseables) y de la fuerza colectiva capaz de hacerlas viables.
Pero lo nuevo no se impone borrando de un plumazo todo lo anterior. Es, por el contrario, el resultado de un laborioso proceso de recomposición de la ideología invisible que sostiene la sociedad, el corazón de lo que se da por sentado, lo obvio: el sentido común. Plantear la disputa política en el terreno del sentido común significa abrir muchos pequeños frentes en donde construir otro modo de entender lo que somos y lo que queremos ser, desde los medios de comunicación hasta las conversaciones cotidianas. No se trata, por tanto, de imponer a la realidad un paquete de nuevas ideas que sustituyan a las viejas, sino más bien de liarse a tejer y destejer sentido común compartido utilizando los mimbres de lo que hay para que pueda ser otra cosa.
Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando encontramos reivindicaciones que dejan de funcionar como una demanda de un grupo particular para pasar a representar una transformación global que nos beneficia a todos; cuando se hace obvio que no hay una sociedad justa, democrática e igualitaria sin que esa reivindicación concreta se lleve a cabo. Pensemos en las propuestas antidesahucios de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca que hoy pueden servir de ejemplo del tipo de cambio general al que aspiramos. Y es que para pelear por conquistar el sentido común no necesitamos tanto complejas argumentaciones teóricas como unos pocos ejemplos que sirvan para mostrar qué queremos para todos.

Pero las transformaciones del sentido común no se producen únicamente en el terreno de las ideas y las percepciones, ocurren también cambiando a los sujetos, sus modos de vida concretos, sus maneras de estar en el mundo, incluso aquellas que no se consideran como específicamente políticas. Una transformación hegemónica se reconoce por los modos de vida que propone y por las voluntades colectivas que es capaz de convocar para sostener en el tiempo los procesos de cambio que se abren.
La construcción de una voluntad colectiva o cómo tener un lugar.

Podemos ha ofrecido un marco relativamente exitoso para dar sentido a lo que ocurre. Pero el interés de ello no radica en su dimensión racional. La implicación política no es tanto el resultado de una toma de conciencia como la consecuencia de la vinculación apasionada con una causa común desde la que compartir con otros un modo de percibir, interpretar lo que ocurre y participar en su transformación.

Así ha ocurrido, por ejemplo, al reconocernos como parte de un nosotros –la gente, el pueblo–, frente a un ellos –la casta–. Entendiendo el concepto casta no como un calificativo moral individual, sino como un modo de utilizar la política institucional poniéndola al servicio de los privilegios de unos pocos por encima de los derechos de la gente común. Desde este punto de vista, más que una distinción moral entre buenos y malos dicha división ha funcionado como un catalizador político que ha servido para señalar una posibilidad de cambio que está en nuestra mano. Este encuadre politizador es clave para sortear el resentimiento, la resignación inmovilizadora y la desconfianza hacia cualquier cambio político. Pasa por encontrar nombres y descripciones comunes para posicionarse políticamente en la situación. De este modo, se pueden hilvanar los fragmentos más o menos dispersos del malestar individual a partir de una lectura compartida sobre lo que ocurre, lo que puede ocurrir y las posibilidades de transformación colectiva que tenemos a nuestro alcance.

Este punto es realmente importante, no se trata solo de compartir un marco de sentido sino también de incorporarse afectivamente a un proceso de cambio deseable y viable. Una auténtica novedad política, además de descolocar y resignificar lo establecido, tiene que abrir alguna posibilidad tangible para los sujetos de que lo que hay sea otra cosa. Por eso los diagnósticos y las propuestas funcionan políticamente si finalmente pasan la prueba subjetiva de su viabilidad. Si sirven para convocar y movilizar una voluntad colectiva que permita reconocernos formando parte de otro mundo posible. La ilusión que Podemos ha despertado tiene que ver precisamente con esto, con sentirse parte de esta posibilidad y tener un lugar en ella.

Vivimos tiempos de oportunidad. Una mirada “hegemónica” como la que hemos propuesto, puede ofrecernos algunas buenas pistas clave sobre lo que está ocurriendo y lo que podemos hacer que ocurra, pero sabemos que la política ni se aplica ni se deduce directamente de ninguna teoría. No hay política que no suponga tomar riesgos y apostar sin garantías en la práctica. En ello estamos.