Publicado en Ctxt el 16 de octubre de 2016

“Es necesario poner fin a la tendencia a disfrazar nuestras ideas presentándolas como si pertenecieran a Marx y proclamar urbi et orbi cada diez años que uno ha descubierto al “verdadero” Marx. En alguna parte de sus escritos Paul M. Sweezy dice muy sensatamente que en lugar de intentar descubrir lo que Marx quiso realmente decir, él adoptará el supuesto simplificante de que quiso decir lo que dijo”.

Ernesto Laclau, Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo

Una de las preguntas más recurrentes sobre el llamado “posmarxismo” de Laclau es si todas sus críticas no podrían haber seguido siendo inscritas dentro de la propia tradición marxista, dada su innegable pluralidad y diversidad. ¿Era absolutamente necesario ejecutar esa suerte de ruptura radical que la introducción del prefijo “post” sugiere? La cuestión es que sí, y no solo porque el antiesencialismo fuera incompatible con las mismas bases del marxismo, en términos estrictos, sino también por una razón teórica-estratégica: la creación de un espacio “nuevo” –el posmarxismo– permitió desembarazarse en gran medida de ciertas inercias religiosas y edípicas en las que el marxismo se había enredado y que bloqueaban la exploración teórica con una mentalidad abierta de algunos de los principales descubrimientos científicos del s. XX (la lingüística y el psicoanálisis, por poner solo dos ejemplos), así como la experimentación política en un plano de igualdad con los nuevos movimientos sociales que emergieron a partir de  Mayo del 68 (el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, el movimiento LGTB, la lucha contra el racismo, etc.).

No se trataba, así, de hacer tabula rasa con el pasado, pues además de imposible hubiera sido tremendamente injusto. Cualquier deconstrucción es siempre un proceso inmanente a la propia tradición y por lo tanto hereda gran parte de su sentido sedimentado. De lo que se trataba, fundamentalmente, era de romper con esa dinámica en la que parecía que se había instalado el marxismo, donde lo que una vez fueron categorías políticas o analíticas (“reformismo”, “pequeña-burguesía”, etc.) se había convertido en categorías morales que zanjaban cualquier discusión. Se trataba, también, de “matar al padre” –es decir, a Marx– para dejar de preguntarnos constantemente en qué medida estábamos haciendo una interpretación correcta de las escrituras o seguíamos siendo realmente fieles al “Nombre-del-Padre”. Todo esto había abocado al marxismo, tanto teórica como políticamente, a dos callejones sin salida, salvo honrosas excepciones: por una parte, la tendencia paranoica a buscar “traidores” que legitimasen el propio dogma y, por otra, la obsesión compulsiva por encontrar un “ismo” que fuera garante de pureza moral.

En este sentido, Podemos –al igual que el 15M en su momento– ejecutó una operación discursiva análoga a la de Laclau con el posmarxismo: al crear un espacio nuevo, fue capaz de liberarse en gran medida de las discusiones de siempre. Primero, el adversario encontró serias dificultades a la hora de imponernos falsos debates o proyectarnos sus propios complejos, básicamente porque Podemos se mueve en ejes y términos diferentes (como hemos podido ver las últimas semanas, por ejemplo, el debate entre “radicales” y “moderados” tenía más que ver finalmente con el PSOE que con Podemos). Pero también Podemos ha sido capaz de esquivar el precipicio opuesto, el narcisismo de las diferencias propio de la izquierda tradicional, y proponer siempre horizontes compartidos. La mayor virtud de Podemos reside seguramente en su capacidad de negarse a sí mismo y no encajonarse en unos “orígenes”, principios o referentes inamovibles. De la misma forma que “pueblo” no es simplemente una nueva forma de decir “clase obrera”, sino una construcción discursiva y política radicalmente distinta, Laclau no ha venido a sustituir a Marx como referente teórico indiscutible. Lo que ha caído en ambos casos es justamente esa posición privilegiada de enunciación.

Por todo ello, si pudiésemos preguntar hoy a Laclau si lo que defienden algunos es suyo, nos gustaría pensar que respondería que le dejáramos en paz y nos apañáramos solos. “Laclau ha muerto: ¡viva Laclau!”, debería ser nuestra consigna. El autor ha muerto, proclamaba hace medio siglo Roland Barthes; y no hay nada más allá del texto, proseguía Jacques Derrida. Estamos solos: ya no hay un Otro al que dirigirle las preguntas por la situación que nosotros mismos hemos creado. De la misma manera, el debate sobre si debemos seguir siendo populistas no tiene sentido alguno si no debatimos primero qué entendemos exactamente por “populismo” (no olvidemos que no son solo los conceptos del adversario los que están abiertos a interpretación y disputa, sino absolutamente todos, también los nuestros). Por ejemplo: ¿es el populismo solo el momento de la construcción de una frontera interna que divida la sociedad en dos bandos que se enfrentan antagónicamente, o es también el momento de refuerzo de la cadena de equivalencias que crea una identidad popular nueva más grande que la suma de las partes?

Aun más: la pregunta no es solo qué contenido específico otorgamos al término “populismo” sino cómo lo traducimos y aplicamos a la situación concreta en España. Si analizamos que la crisis de régimen no se ha convertido aquí, en cambio, en una crisis de Estado o una verdadera “crisis orgánica” como la llamaba Gramsci; si percibimos que la radicalización de las clases medias no ha tenido tanto que ver con un empobrecimiento real, sino con una crisis de expectativas; si reconocemos que el nuevo sujeto aún por articular y construir alberga tanto un componente “popular” de impugnación a las élites como un componente “ciudadano” que confía y defiende las instituciones frente a la corrupción; si pensamos todo esto ¿no tiene acaso implicaciones políticas? Zizek suele recordar una broma de los hermanos Marx en la que Groucho responde a la pregunta de “té o café” con un “¡sí, por favor!”. ¿Y si debiéramos repetir la misma fórmula cuando se nos obligue a escoger entre populismo o instituciones? Esta semana hemos estado todos y todas con la huelga del telemarketing#ColgamosLosCascos y al mismo tiempo hemos conseguido pasar una PNL en el Congreso para la paralización del calendario de implementación de la LOMCE. ¿Acaso son incompatibles?

Laclau ha muerto: ¡viva Laclau!

Se ha creado, a nuestro parecer, una dicotomía consistente en plantear la necesidad de elegir entre una serie de posiciones alternativas y mutuamente excluyentes. Según esta, habría que optar entre ser radicales o mayoritarios, dar miedo o ser amables, burocratizarnos en el partido y en las instituciones o fluir con la calle y los movimientos sociales, plantar cara a los poderosos o seducir a las mayorías, elegir entre los imprescindibles y los que faltan, atraer a los abstencionistas o a quienes han sido votantes del PSOE, adaptarnos a la sociedad en la que vivimos y a sus consensos presentes o no parecernos a ella con la finalidad de poder cambiarla, tratar con dureza al PSOE o asimilarnos al mismo, politizar el dolor o poner una sonrisa a todo lo que le pasa a nuestro pueblo, hacernos cargo del sufrimiento social o prestar atención también al goce que sobrevive, defender a los desposeídos y a las clases populares o crear horizontes políticos de cambio que sean amables para los sectores medios, elegir entre el verdadero populismo o la administración, vigilar la retaguardia o atender a la vanguardia, habitar el antagonismo social o anestesiar la conflictividad, ser irreverentes o dóciles y domesticados, Régimen o ruptura, rock duro o pop, Bruce Springsteen o Coldplay.

Sin embargo, esa serie de dicotomías esconde una realidad más compleja en la que, desde nuestro punto de vista, no hay que elegir entre alternativas excluyentes sino articular diferentes opciones en un todo nuevo para ampliar los horizontes de lo posible. ¿Radicales o mayoritarios? Ambos, porque sabemos que no ha habido nada más radical en nuestro país y con mayor capacidad de interpelar a diferentes sectores como el 15M. ¿Calle o instituciones? Las dos. ¿Cómo es esto posible? Articular es lo contrario a yuxtaponer. Si yuxtaponer consiste en juntar elementos que, o bien podemos sumar estáticos, o bien se excluyen mutuamente, pero en ningún caso se mezclan ni se manchan los unos de los otros, articular, por el contrario, consiste en establecer una relación tal entre elementos que su identidad es modificada como resultado de la práctica articulatoria. Un ejemplo claro de articulación política en los últimos años en nuestro país han sido las candidaturas de unidad popular que han ganado los ayuntamientos para la gente. En esos casos, había quien quería presentar la dicotomía excluyente entre crear una coalición de partidos o concurrir a los comicios por separado. Se optó por la tercera opción.

Por esa misma razón no debemos caer en la trampa de tener que elegir entre administración o populismo, sino juzgar en qué punto de la tensión y el continuum entre ambos extremos nos tenemos que situar haciendo una lectura coherente de la coyuntura específica. Ese parece un debate más razonable y equilibrado. Nuestra apuesta política debe ser capaz de articular, y no de yuxtaponer, esas opciones, así como las de ser radicales y mayoritarios, tener un pie en la calle y otro en las instituciones, plantarle cara a los de arriba y seducir al mayor número posible de gente. La supervivencia de Podemos como herramienta útil para el cambio político en nuestro país depende de este ejercicio de funambulismo.

El propio Laclau se avanzó en alguna medida a este debate con una idea que valdría la pena recuperar. No hay que elegir entre la calle y las instituciones, entre la autonomía de los movimientos sociales o la representación en las instituciones. Es necesario, por el contrario, avanzar en las dos direcciones al mismo tiempo, paralelamente y entrelazándolas, siendo este el verdadero desafío que tenemos por delante: construir movimiento popular y anidar en la sociedad civil al mismo tiempo que somos de utilidad en las instituciones a las que tanto nos ha costado entrar. Según el mismo Laclau, las actuales movilizaciones sociales, en especial desde la crisis económica de 2008:

tienden a operar de un modo que rebasa las capacidades de canalización de los marcos institucionales existentes. Esta es la dimensión horizontal de “autonomía”, y ella corresponde exactamente a lo que en nuestros trabajos hemos denominado “lógica de la equivalencia”. Pero nuestra segunda tesis es que la dimensión horizontal de la autonomía sería incapaz, si es librada a sí misma, de lograr un cambio histórico de largo plazo, a menos que sea complementada por la dimensión vertical de la “hegemonía”, es decir, por una transformación radical del Estado. La autonomía, librada a sí misma, conduce, más tarde o más temprano, al agotamiento y la dispersión de los movimientos de protesta. Pero la hegemonía, si no es acompañada de una acción de masas al nivel de la sociedad civil, conduce a una burocratización y a una fácil colonización por parte del poder corporativo de las fuerzas del statu quo. Avanzar paralelamente en las direcciones de la autonomía y de la hegemonía es el verdadero desafío para aquellos que luchan por un futuro democrático… (Laclau, Los fundamentos retóricos de la sociedad).

Lo que Laclau intenta expresar aquí es que la dimensión horizontal de la autonomía y dimensión vertical de la hegemonía son elementos compatibles y necesarios, no excluyentes. Fetichizar “la calle” supondría, en nuestro caso, remitirse al repliegue identitario de siempre: ser una fuerza de resistencia con ninguna posibilidad de la transformar el Estado. Obviar la sociedad civil como espacio fundamental de transformación sería condenarnos a la burocratización y la inoperancia. Hay que hacer hincapié, por tanto, en la necesidad de avanzar de forma paralela en ambas direcciones, con un acento especial en la construcción de movimiento popular ahora que se ha cerrado el ciclo corto electoral. No debemos hacer política a la pata coja, con un pie en los parlamentos y dejando el otro inutilizado. Tenemos la posibilidad de utilizar las dos piernas, hagámoslo. Uno de los pensamientos que nos ha traído hasta aquí es el de no renunciar a ningún espacio por miedo a entrar en contradicciones y salvaguardar así nuestra pureza moral: hay que estar en todas partes.

Conviene tener en cuenta estos matices en el debate planteado, así como a la hora de analizar qué es un “verdadero” populismo, si debe primar un discurso impugnatorio, o qué relación asumir entre el afuera y el adentro de las instituciones. ¿Por qué decimos que no hay contradicción entre las instituciones y la calle? Si no todo es dislocación, es decir, empobrecimiento, desigualdad y corrupción, no todo puede ser impugnación. Hay que aprovechar la dislocación para impugnar y construir donde exista la oportunidad, al mismo tiempo que reorientamos lo sedimentado hacia la institucionalidad existente en un nuevo contexto. No centrarse únicamente en la dislocación y olvidarse de que vivimos en “el reino de las prácticas sociales sedimentadas”, tal y como lo llama Laclau:

En una situación de desorden generalizado la gente necesita algún tipo de orden, y el orden particular concreto que cumplirá la función de ordenamiento pasa a ser una consideración secundaria. Es por esto que el orden que es percibido como el más capaz de cumplir la función de ordenamiento es el que será objeto del investimiento ético. Esta no puede ser, sin embargo, toda la respuesta, porque, como hemos visto, hay en toda sociedad un orden normativo que gobierna los arreglos institucionales, los contactos entre los grupos, la circulación de bienes, etc. (…) Resulta claro que aunque muchos aspectos de este puedan ser amenazados por antagonismos y dislocaciones, subsisten muchas otras prácticas sociales que no son afectadas por estos eventos traumáticos. Incluso en periodos de profunda disolución social -como los que Gramsci denominara “crisis orgánicas”- vastas áreas de la sociedad no sufren perturbaciones. En consecuencia, si una propuesta normativa choca con aspectos centrales de la organización social que no han sido puestos en cuestión, no será reconocida como un orden capaz de cumplir la función de ordenamiento y no será el objeto de un investimiento ético hegemónico. La renegociación constante de la relación entre lo ético y lo normativo es lo que constituye en los hechos el tejido mismo de la vida social(Laclau, Los fundamentos retóricos de la sociedad).

Decir que no podemos hacer simplemente una política de politización del dolor no significa dejar ese aspecto de lado, sino reconocer que se trata de un aspecto necesario de nuestra acción política. Porque, afortunadamente, no todo es dolor: también hay otros componentes de la vida social que no son traumáticos y que es necesario tener en cuenta si lo que se quiere es construir un nuevo orden hegemónico. Esto no implica minusvalorar el sufrimiento de nuestro pueblo, sino reconocer que la crisis habida en nuestro país no ha producido una dislocación total y absoluta: nuestra crisis no ha sido una crisis de Estado, también hay prácticas sociales sedimentadas que no han sufrido ningún terremoto o sus efectos han sido mucho menores. De ahí que la dificultad sea conseguir representar las aspiraciones de sectores heterogéneos entre sí, y para eso hay que habitar la tensión entre lo que existe y lo que está por venir, representar horizontes de país, pero que estos horizontes sean entendibles por todos aquellos que quieren cambio. Ser un extraterrestre no es ninguna victoria política. La radicalidad se mide por la habilidad de ser capaces de hacernos cargo, con destreza, tanto de las dislocaciones de los últimos años en nuestra vida social que han contribuido al empobrecimiento generalizado de la población, como de las prácticas sociales sedimentadas, para desplazarlas en un sentido lo más emancipador posible.