Durante mucho tiempo, la izquierda tradicional ha pensado que las posiciones que adoptamos ante la realidad estaban determinadas directamente por cuestiones socioeconómicas. Es decir, que uno era de izquierdas o de derechas en función de sus “intereses sociales objetivos”, como individuo o como parte de una “clase” o grupo social. Esos intereses se decidían en función del lugar que cada persona o grupo ocupara en el ámbito de las relaciones económicas (empleado/a de un sector concreto, director/a de una oficina, empresario/a, trabajador/a, autónomo/a, etc.)

Sin embargo, la política o el sentido del voto no son simplemente una consecuencia directa de esto o de cualquier otra variable económica o social. Vivimos en sociedades complejas en las que nuestra vida esta llena de estímulos y demandas muy diferentes, a veces contradictorias. Tan importante como nuestro lugar en la pirámide económica es la manera en que nos vemos a nosotros mismos, nuestras aspiraciones y expectativas, la manera en que nos contamos a nosotros mismos cómo hemos llegado a tener el trabajo o la vida que tenemos, etc. A veces la manera en que nos vemos a nosotros mismos es más real que cualquier “realidad social objetiva”.

En Euskadi, por ejemplo, hay muchas familias que lo pasan mal, pero la situación no es de emergencia social generalizada y la percepción ciudadana no es esa. La percepción de la corrupción, aunque hay prácticas corruptas y clientelares, es mucho más baja. A la ciudadanía vasca le preocupa el empleo y la precariedad, obviamente. El desempleo, sobre todo juvenil, es muy alto, pero en general se percibe que está por debajo de la media estatal. Existe una renta de garantía de ingresos que ha sido recortada hace poco, pero que en función de diferentes variables puede llegar hasta los 960 euros. El sistema de bienestar social, aunque insuficiente, es cierto que funciona mejor que en otros territorios. En Euskadi, como en todas partes, hay que estar con los que peor lo están pasando, con los movimientos sociales y las luchas concretas, como de hecho hemos estado siempre, pero solamente con eso Euskadi no tendríamos opciones de gobierno de signo popular.

La desconfianza en las instituciones vascas gobernadas por el PNV y el afán de cambio que nos hizo ganar las elecciones generales allá no es consecuencia directa de una situación económica desesperada. Afecta a sectores medios que por la crisis económica y por la crisis institucional han visto como sus expectativas de ascenso social han quedado bloqueadas. Afecta a personas jóvenes con estudios y a personas mayores de 55 años que sienten que las instituciones se han anquilosado y no están a la altura de sus problemas. Afecta a la gente trabajadora del sector industrial que desde la reconversión ha sentido intensamente que su familia, su ciudad o su pueblo merecían más. Afecta a personas que vienen de votar muy diferente y de experiencias de la crisis completamente diferentes.

¿Por qué entonces hay perspectivas de cambio en Euskadi? Por muchos motivos, entre ellos uno fundamental: en Euskadi ha entrado en crisis el relato de las élites, que dice que en Euskadi todo va bien, que Euskadi es el modelo ideal de gestión, y que si hay problemas en realidad es porque el PNV y el Gobierno Vasco no tienen suficientes competencias. No es cierto. En Euskadi se han hecho recortes y hay políticas injustas marca de la casa, aunque no haya una emergencia social evidente. No es un territorio ideal, pero tampoco se halla en ruinas. No es una isla, pero tiene sus especificidades. Por eso es un buen lugar donde medir el potencial del cambio político.

Si en Euskadi estamos en condiciones de ser el primer gobierno autonómico de Podemos es precisamente por la transversalidad como principio político. Hay quien dice que la transversalidad es ambigua y moderada. No es cierto: en realidad es más radical y avanzada. Radical porque aborda de raíz la diversidad social y de experiencias individuales y colectivas de la crisis; avanzada porque no tiene miedo de dejar atrás los lenguajes de siempre con los que tan cómodos nos sentíamos.  Transversalidad es interpretar que no puede haber cambio real sin reconocer la diversidad de experiencias sociales y de imágenes de uno mismo que hay en nuestros territorios. Es articular un discurso y una línea de avance democrático capaz de reelaborar esas demandas y experiencias diversas en clave de mayoría social nueva, no de sectores replegados sobre sí mismos o sobre sus “intereses objetivos”.

Implica asumir que el cambio requiere de audacia y de riesgo: concretamente, la audacia de no conformarse con que nos apoyen personas que ya están de acuerdo con lo que proponemos, y el riesgo de no pensar solamente en nosotros mismos y nuestras causas, viejas o nuevas, sino en quienes todavía no están o no terminan de confiar en el cambio. Consiste en arriesgar a salirse de los marcos en los que estamos cómodos y ocupar espacios diferentes, nuevos, y por tanto más exigentes, como hicimos participando en el Aberri Eguna o día de la patria vasca. Era un día que parecía de parte, que para muchas personas era ajeno u hostil, pero que nos sirvió para expresar claramente que tenemos un proyecto de país abierto, inclusivo y social, es decir, lo contrario de un repliegue identitario.

 

En definitiva, transversalidad es que personas y sectores muy diferentes entre sí viajen en común hacia políticas diferentes, hacia una manera diferente de hacer política y de relacionarse con las instituciones. Toda mayoría social ha de ser necesariamente diversa y plural: lo común es el afán de devolver las instituciones a su gente y la recuperación de la soberanía popular. Lo común es el viaje y es la herramienta Podemos, abierta siempre a los que faltan. Hagamos de nuestro proyecto de mayoría popular uno lo más avanzado, transversal y democrático posible.