Que España es un país desigual y que es el país donde más ha crecido la desigualdad con la crisis, ya lo sabemos. Pero no solo lo es porque unos pocos acumulen mucho, es desigual incluso entre los elementos que deben velar para reducir la desigualdad. España ingresa poco y de forma injusta, gasta poco y lo distribuye e invierte mal. El conjunto de mecanismos fiscales y de distribución del gasto benefician a quienes menos deberían beneficiar. La ciudadanía española valora positivamente pagar impuestos para tener a cambio buenos servicios públicos, cohesión social y poca desigualdad. ¿Qué sucede en la realidad? Que tenemos un modelo regresivo, es decir, un modelo que permite a quien más gana pagar menos pero recibir más.

¿Cómo puede suceder esto? Para empezar ingresamos poco y mal. Ingresamos 8 puntos por debajo de la media de la UE, pero además, la mayoría de los ingresos que provienen del IRFP son recaudados por las rentas del trabajo (más de un 80% de la recaudación), mientras que las rentas del capital, que pesan el 53% del PIB, aportan menos de un 20%. La desigualdad es como una cebolla, según se van quitando capas va escociendo más. Esto es lo que sucede si comparamos a las rentas del trabajo con las rentas del capital, pero dentro de las propias rentas del trabajo se replica el mismo modelo regresivo. Fedea acaba de publicar un informe donde indica que la presión fiscal que tiene el 20% de la población más pobre, es la misma que la que tiene el 10% de la población más rica en materia de IRPF. A esto hay que sumarle que son los salarios más bajos los que más se han visto reducidos con la crisis, hasta un 15%.

Latrocinio fiscal; una transferencia que va desde los bolsillos de las rentas más bajas hacia el ahorro de las rentas del capital. Los que menos tienen pagan más para que los que más tienen ahorren más. Con el impuesto de sociedades sucede algo similar, cuanto más grande es la empresa más fácil le resulta pagar menos. Así se entiende que una gran empresa pague menos que una pyme.

Esto en lo que se refiere a los ingresos, que son pocos e injustos. Pero es en materia de gasto donde se suele pensar que la balanza social se equilibra porque es percibido como sinónimo distribución. Es falso. En la distribución regresiva del gasto son las capas más altas las que salen más beneficiadas. Según la OCDE el 20% de la población con la renta más baja recibe solo un 10% del gasto público, al tiempo que el 20% de las rentas más altas reciben más del 25% del gasto público. La cosa no queda ahí, pues son también las rentas más altas las que reciben los mayores beneficios en reducciones y deducciones. El 50 % con mayores rentas absorbe el 80% y cuanto más alta es la renta más cantidad absorbe, llegando a que el 10% de las rentas más altas se comen el 29% de las reducciones y deducciones. Menos es más: los que más ganan pagan menos pero se llevan más.

No solo el cuánto se ingresa y el cómo se ingresa es regresivo, también lo es la distribución del gasto. Entonces, ¿qué sentido tiene el falso debate sobre subir o bajar impuestos si no se indica a quién y cómo se va a distribuir? Ninguno, pero hay cierto mantra instalado que asocia el “bajar impuestos” como algo bueno, cuando ni se aclara a quién se le baja y sobre todo, se oculta que sin servicios públicos ese supuesto dinero que se ahorraría uno con la bajada de impuestos acaba finalmente en el bolsillo de un accionista de una póliza privada, quizás en un paraíso fiscal.

Es necesario otro enfoque para llevar a cabo una reordenación fiscal integral que impida caer de nuevo en la recesión a la que nos conducen los recortes y la austeridad. Tenemos que ingresar más entre quienes más ganan y gastar mejor para beneficio de quienes peor lo pasan. De lo contrario, volveremos a entrar en el bucle de las reformas fiscales regresivas que benefician a una minoría mientras agujerean las cuentas y los derechos de la mayoría, obligando entonces, a sufrir nuevos planes de ajuste y recortes, nuevas reformas laborales, y por lo tanto, más empobrecimiento, desigualdad y recesión. Necesitamos un modelo progresivo, uno donde quien menos gana, menos aporta pero recibe más. Un modelo que prefiera invertir el dinero de todos y todas en guarderías, en economía verde o en ambulatorios, en lugar de acabar engordando las cuentas corrientes de los accionistas. Solo elevando el suelo adquisitivo de la sociedad y usando la fiscalidad para reequilibrar los desajustes que se generan en la esfera de la producción, se puede proyectar un modelo de futuro. El conflicto fiscal no se da entre los territorios, sino entre los de arriba y los de abajo. Este es el verdadero entramado que debemos desmantelar y es por esto por lo que unos pocos se ponen tan nerviosos.