Como una lluvia fina, siempre estuvieron ahí presentes. Al menos en los dos últimos años. El tiempo en que más de tres millones de refugiados sirios llevaban viviendo sobre todo en Turquía, Líbano y Jordania. El tiempo en que muchas personas, en especial africanas, intentan acceder a Europa por las aguas del Mediterráneo, convertido en una cruel fosa común, “que los gobernantes europeos saben que hace la criba”, según recordaba con sarcasmo un cooperante de Médicos Sin Fronteras, ante la imposibilidad de cauces legales para emigrar o solicitar asilo en el continente. Unas 2.500 personas ahogadas en el Mediterráneo en los nueve primeros meses de este año, frente a las 3.500 que perdieron su vida en 2014, según Acnur. Un goteo apenas visible sólo cuando hay naufragios de centenares de ellos.

Como unas pequeñas gotas, convertidas en tormenta de verano, frente a los huracanes de otros lugares, aparecieron en verano de este año. La cuestión de los refugiados estaba sobre el tablero de Europa, una herida abierta más en la construcción de una Unión que aún puede torcerse hacia otras rutas, así lo demostraron las iniciativas ciudadanas y políticas de bienvenida a los refugiados que se oponían a la xenofobia nada implícita de muchos países.

Solidaridad de unos cuantos frente a los peores demonios (de vuelta con nuevos disfraces) de la historia del continente europeo. Enfrente también, hay una crisis de derechos de asilo y migración. Un asunto que había sido orillado, aparcado entre los miedos y temores de las crisis económicas y las carencias de una integración de personas de otros orígenes en muchos países. Pero que volvió a aparecer con fuerza, aunque fuera a costa de recordar que la protección del refugiado es uno de los escasos tesoros de la pequeña y problemática arquitectura de derechos internacionales que se construyeron para superar la barbarie de la Segunda Guerra Mundial.

Durante unos días, la diferencia de derechos entre refugiados y migrantes, tan fina como aquellos que abandonaron Malí en 2011 sin saber que en 2012 tendrían un conflicto en su parte norte y pasarían –siempre personas con sueños y dignidad– a ser otra cosa en el camino a Europa, pareció que significaba que aquellas personas que querían una vida económica mejor, no tenían ningún derecho. Pocos meses después la diferencia de categorías, que no derechos, vuelve a oscurecerse entre cuotas sin resolver en las mesas de Bruselas.

Las raíces del efecto expulsión

Pero no era una tormenta tropical, ni un huracán, ni un tsunami. No era eso, lo que había obligado a escapar de Qamishli a Shivan, pagando 10.000 euros para cruzar Turquía, Egipto y luego subirse en  un avión por Brasil, Argentina y Ecuador hasta poder solicitar asilo en Madrid sin que le detuvieran antes. Ni lo que obligó a que Rana y toda su familia abandonaran el campo, ya barrio, de refugiados palestinos de Yarmouk. Ni tampoco lo que forzó a Kamal a dejar sus estudios y trabajos médicos en Zabadani. Todos ellos, ya en diciembre de 2013, debieron huir: un kurdo que desertó del ejército de al Asad porque no quería matar a opositores desarmados, una palestina que fue delatada por vecinos por participar en manifestaciones contra el régimen, un médico ciudadano que creó hospitales clandestinos para atender a los heridos de los alzados que eran detenidos en los centros oficiales.

No, el efecto expulsión era la matroska de conflictos en que se ha convertido Siria cinco años después de aquellas manifestaciones pacíficas que pedían reformas a la brutal dictadura en 2011 y que fueron contestadas con la muerte de unas 6.000 personas. Días en los que primaban los esfuerzos de grupos y jóvenes con demandas revolucionarias de cambio y que resaltaban la unidad del pueblo sirio por encima de las confesiones y divisiones étnicas.

Desde entonces, la muñeca rusa dejó ver otros conflictos: la militarización de la revuelta, la toma de ciudades y terreno por parte de las brigadas, las diferentes oposiciones, el conflicto como un tablero de ajedrez de todos los conflictos de Oriente Medio con Irán, Arabia Saudí, Turquía y Catar en primer plano, y EEUU, la UE y Rusia en segundo; y a partir de 2013, el creciente peso de grupos yihadistas, primero locales y más tarde la irrupción del autodenominado Estado Islámico que se aprovechó del caos en Siria e Irak para crecer y multiplicar su fanática ideología, cocinada al calor de conflictos y de las visiones más retrógradas de la religión musulmana expandidas a golpe de petrodólar desde el Golfo en los últimos 35 años.

 La llegada del Estado Islámico puso de relieve el constante incendio, como un pozo de petróleo en perpetua combustión, en que ha devenido Irak tras la desastrosa intervención militar estadounidense, la mini guerra civil con tintes sectarios de 2006-2007, la irrupción y casi desaparición de al Qaeda tras un acuerdo nacional en un país partido de facto desde entonces en el que en los últimos años han sido claves la corrupción y la discriminación.

También habría que tener en cuenta las fallas de una región en la que los nuevos y viejos poderes buscaban su supervivencia jugando todas las cartas posibles de la baraja a costa de lo que fuera. Aunque esto implicase dejar en libertad a los yihadistas que estaban en las cárceles sirias o no bombardear sus posiciones y sí hacerlo, en cambio, contra barrios y ciudades enteras a base de barriles llenos de explosivos. Tal es así, que un 70% de los refugiados preguntados en una encuesta alemana declaraban huir del régimen de Bashar al Asad y un 30% del autodenominado Estado Islámico, según recogía Laura Alzola en un reportaje de Ctxt.

Y el ¿último? capítulo del desastre en Siria ha llegado con la guerra internacional abierta en la que hasta 11 países se encuentran bombardeando posiciones del Daesh, acrónimo despectivo en árabe del grupo yihadista opositor y rebelde a al Assad. El resultado de estos últimos cinco años es un país destrozado en el que han muerto más de 300.000 personas, según estimaciones del Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

¿Por qué ahora?, ¿por qué a Europa?

Pero no sólo ha sido el terrible efecto de expulsión que han provocado todos estos conflictos lo que ha empujado a que los refugiados sirios apiñados en los países vecinos decidieran redoblar sus esfuerzos por intentar entrar en Europa. Los miles que llegaron entre 2011 y 2013, con España ofreciendo cifras tan ridículas como los 135 ofertados en 2014 tras imponer visado en tránsito, o las decenas de miles de Suecia y Alemania, han aumentado hasta los 219.000 que cruzaron el Egeo para llegar a Europa, según Acnur, y los cerca de 800.000 que se prevé lo harán este 2015 por la ruta más segura de Turquía frente a los peligros de hacerlo desde Libia.

Se sumaron otras causas para explicar el motivo de este incremento en el número de refugiados que luchan por entrar en Europa. En primer lugar, la falta de expectativas de los refugiados sirios que vivían en los países cercanos de una vuelta a su país de origen. Es el caso de Líbano, con fronteras abiertas durante muchos meses, con sirios retornando en viajes de ida y vuelta para ver a sus familiares. En este país fueron acogidos, sobre todo en la zona de la Bekaa y Tripolí, con generosidad pese que han llegado a suponer un 20% de su población total, pero con dificultades de integración, pues no todos disponen de derechos o carta de refugiados. Líbano aún vive con el recuerdo de sus refugiados palestinos que nunca volvieron y siguen siendo una ecuación más en la difícil fórmula de convivencia. Además, los refugiados sufrieron con la pérdida de recursos del presupuesto de Acnur, el Programa Mundial de Alimentos y las ONGs.

También los deseos de tener posibilidades de desarrollarse, eso explicaba Mahmud en verano de 2015 cuando inició la reagrupación familiar, por el Egeo y a pie desde Amman a Oslo, de su padre y hermana. El coste: 15.000 euros y 4 meses de duración para un viaje que apenas dura unas horas y supone unos cientos de euros por los cauces “legales”. Él, que se había manifestado por una Siria más democrática, quería estudiar y en Jordania no podía hacerlo. Con 20 años aún no había acabado secundaria y quería poder acceder a la universidad. Su padre, tras haber logrado un empleo ilegal en Amman, quería un futuro mejor para la familia que no encontraba ni en Siria, ni Jordania y al que no podía acceder de manera legal en Europa.

Y por supuesto, los juegos políticos. La cambiante situación en Turquía, país inmerso en una convulsión tras las dos elecciones en apenas un año, la ruptura de la tregua y los bombardeos a poblaciones kurdas, los graves atentados en Suruc y Ankara, la presencia de militantes del autodenominado EI en el sureste del país… Y más salidas en barcazas por el Egeo, que fueron rápidamente convertidas en eje de disputas políticas, como han puesto de manifiesto las últimas conversaciones entre Angela Merkel y Erdogan, sobre control de fronteras y fondos a cambio de más capítulos de integración europea.

De esa situación, no se escapó tampoco el régimen de Assad que abrió unas fronteras hasta entonces cerradas a cal y canto, lo que animó a personas de Latakia y Damasco a aprovechar la ocasión. Eso sintieron también parte del resto de refugiados asentados en otros países, irakíes, afganos o eritreos. Se abría una oportunidad única de cruzar las cerradas fronteras de Europa. Y no cabe duda de que eso es lo que tratan de aprovechar los miles de sirios que habían terminado en los límites, a uno y otro lado, de la valla de Melilla.

El destino tampoco era casual, todos saben a qué países dirigirse para encontrar empleo, formación y derechos. Pese a sus muchos aspectos criticables, Europa sigue siendo una oportunidad, una isla en medio de un mar en el que otros están países están lejos –Canadá, por ejemplo, país al que no pudo ir la familia kurda de Kobane, ciudad kurda sitiada por el EI, o EEUU– o cerrados porque no quieren asumir ni un sólo refugiado, como sucede con los países del Golfo. Países que optan por mirar hacia otro lado de las consecuencias humanitarias de un juego de guerra en el que, por cierto, están plenamente implicados y no hacen nada por cumplir con sus obligaciones legales de atención a personas desplazadas.

Dispersión, identidad y proyectos antagónicos: las claves de la cuestión de los refugiados

Además, la cuestión de los refugiados trae alguna claves más para los cambios que están reconfigurando todo Oriente Medio y sus alrededores en las últimas décadas. Son otros fotogramas para una película cuyo final aún no se conoce.

 Dispersión. No son sólo los cuatro millones de sirios en el exterior y los 8 millones desplazados en el interior del país, ni los 3 millones de irakíes o 2,7 millones de afganos. Ni es sólo ahora. Hace apenas una década, otros cinco millones de irakíes debieron escapar. Muchos de ellos vivieron en Siria como recordaba hace unos meses una familia en Irbid, ciudad al norte de Jordania. Huyeron de Irak a Siria, y de ahí a Jordania, como paso hacia una posible salida a Europa.

Antes hubo más desplazamientos masivos de población. En la larga guerra civil libanesa muchos fueron a Siria; en los ochenta, durante la guerra entre Irán e Irak; en los setenta el conflicto en Afganistán; y en 1948 y 1967, los palestinos que tienen el dudoso honor de tener la única agencia de refugiados propia, UNRWA, frente a la Acnur. Hace más de 100 años, otras poblaciones debieron huir de masacres, como los asirios y armenios frente a las matanzas de los turcos durante la caída del Imperio otomano. Algunas personas desplazadas pudieron volver a sus lugares de origen. Otras no, como si su herencia fuera ser refugiados de por vida. Así lo declaraba una familia de armenios refugiada en nuestro país. Tras huir de Turquía, tres generaciones vivieron en Alepo hasta que en 2012 tuvieron que abandonar la ciudad.

La dispersión no sólo fue provocada por guerras. El artificial y colonial reparto de tierras de Sykes-Picot en 1915 troceó el Imperio otomano en muchos países árabes, dejando a familias a uno y otro lado, como analiza Tamara Qiblawi, palestina residente en Líbano, en su proyecto transmedia Knowz Room. Esas fronteras se convirtieron en grandes muros, especialmente para aquellos que pasaban sus fines de semana en Jerusalén, viniendo desde Beirut o El Cairo y ahora no pueden ni soñar en hacerlo.

Identidad. Esas líneas crearon unas realidades artificiales para una región que había vivido bajo el paraguas de provincias del Imperio otomano, cuyo destino podría haber sido uno o dos grandes reinos árabes o un país kurdo, como prometieron los países europeos, para acabar convertido en Estados distintos. El Gran Shams (Levante) en unos años se convirtió en 3 o 4 países distintos. Cien años después algunos conflictos, como el palestino, han sido el motor de una entidad muy fuerte. No sucede así en países como Líbano, un “Estado aplazado” como lo llama Elias Khoury, cuarteado en sus cantones confesionales, o Jordania, que acoge más palestinos, irakíes y sirios que sus pobladores originales. Ambos, se han convertido en la últimos años en países contenedor, que acogen a centenares de miles de personas mientras intentan lidiar con sus frágiles equilibrios internos agravados por el nuevo orden regional en marcha.

A veces, el asentamiento de los desplazados ha traído aspectos muy positivos, como sucede con la integración de los palestinos en Jordania, algunos en altos cargos sociales, económicos y políticos de la elite local. Otras tantas, no. Muchos aún viven hacinados en campos de refugiados, convertidos en barrios pobres de muchos lugares, como sucede con Chatila en Beirut, caldo de cultivo ideal para que la miseria y la desintegración ofrezcan seguidores a muchos extremistas.

De hecho, el caso de los palestinos es el más cruel en términos históricos. Palestina es exilio forzado. Durante la Nakba, Israel logró desplazar al 90% de la población de la Palestina histórica hacia Cisjordania y Gaza, primero en manos de Jordania y Egipto, y luego del propio Israel y los países vecinos.

Por otra parte, en los últimos años, los  dirigentes palestinos han forzado una política de perfil bajo, sobre todo en asuntos locales, para sus refugiados precisamente en Líbano, Jordania o Siria. Aunque con terceras generaciones de palestinos nacidos en esos lugares y con un horizonte muy oscuro respecto al retorno a sus hogares, la no implicación en la política local ha supuesto otro aislamiento más para una población palestina fragmentada, esparcida y que ha sufrido la debilidad de ser refugiada en los conflictos en sus países de acogida.

Otros palestinos han decidido implicarse en las realidades de los países en los que han vivido toda su vida. Y otros les han seguido a la distancia. Así se lo recordaba un anciano refugiado en el campo de Amaari, en Ramala, a la activista palestina Mariam Barghouti hablándole de sus compatriotas que vivían en Damasco. “Los refugiados somos bienvenidos como invitados. En el momento que actuamos por nuestra cuenta y pedimos algo, somos abandonados y presentados como matones. Muchos tienen miedo de exponer la tiranía. Pero te digo, estamos vendiendo nuestra causa por el silencio. Y silencio, ¿hacia quién? Hacia personas de nuestra propia sangre. Palestina sin Yarmuk no es Palestina”.

Políticas antagónicas. Los últimos meses han vuelto a reforzar los imaginarios sobre un Oriente Medio que sufre uno de sus peores momentos. Como en el caso de los debates sobre refugiados y migrantes, parecería que la necesidad de atender a refugiados, cuya principal demanda es poder vivir en paz en sus países, tuviera que enterrar de manera necesaria las demandas sociales y políticas de democracia y cambio económico, de dignidad y respeto que emergieron en 2011. O incluso que los mismos protagonistas de la revolución contra el miedo a sus represivos regímenes hayan sido señalados como responsables del caos actual. Como si encender la mecha de la vida digna fuera un crimen. Como si no existieran grupos y Estados actuando en el caos de una zona en la que se ha pasado de un control unipolar a una multipolaridad agresiva, que no repara en costes humanos.

En medio de lo horrible de esta situación, puede sonar hasta naíf recordar los extaordinarios meses de 2011 en que las personas y los pueblos orillaron al resto de protagonistas, que como sucede en todos los procesos históricos, no se desvanecen en un instante. O la vieja ensoñación de momentos mejores, como recuerdan quienes claman por aquellos momentos en que el panarabismo o el nacimiento de cofradías como los Hermanos Musulmanes aspiraban a reorganizar sus sociedades. Sin embargo, todos ellos, como el resto de claves son actores en pugna. El cómo se resuelva el combate de proyectos antagónicos también dependerá de qué apoyos, en pie de igualdad, puedan recibir unos y otros proyectos de cambio, entre los que se encuentran, por supuesto, dictaduras, guerras, intervenciones extranjeras y regionales y yihadistas. Lo recordaba el activista emiratí Iyad Bagdadi, refugiado ahora en Noruega, “no inventen musulmanes moderados cuando los dejaron bajo las ruedas de la represión hace apenas unos años”.

Esta situación debería hacer repensar, profunda y radicalmente, las políticas europeas hacia una zona vecina, apenas a centenares de kilómetros en los casos de Argelia o Libia, ya sea por justicia con sus habitantes, o por simple egoísmo debido a que está más expuesta. También porque vivimos en sociedades cada vez más transnacionales y conectadas en las que hace falta romper con los nuevos orientalismos y occidentalismos que reemergen con ropajes nuevos a los que dibujó Edward Said. Nunca en la historia política exterior e interior estuvieron tan cerca.