Publicado en El Mundo, 9 de Abril 2015

La política ha aprendido muchas lecciones de las luchas de las mujeres. En los años sesenta nos enseñaron que no se trataba únicamente de cambiar las estructuras políticas y económicas, sino también de modificar nuestras vidas cotidianas. A esto se apuntaba cuando al final de la década se afirmaba que “lo personal es político”. De la misma forma, en la historia reciente de nuestro país el 15-M nos mostró que una multitud de dolores y anhelos rotos que se vivían hasta entonces individualmente eran, en realidad, consecuencia de unas políticas económicas. Es inevitable recordarlo cuando los interesados en que nada cambie nos recuerdan a diario con unos cuantos datos macroeconómicos que la recuperación está aquí, a pesar de que la mayoría social sea incapaz de verla por ninguna parte.

En Podemos tomamos buena nota de esta incoherencia y, por ello, con la intención de contar con el conocimiento de expertos y el objetivo de elaborar el mejor programa político para el cambio, pedimos a Bibiana Medialdea y María Pazos, expertas en economía, un documento para abrir un debate sobre aquellos elementos económicos que precisamente más tuvieran que ver con la recuperación de la economía para la gente y su día a día. El diagnóstico es demoledor y las propuestas son técnicamente viables y políticamente parte ya del sentido común de nuestra sociedad.

En España cada vez es más difícil formar una familia y criar a los hijos, ponerse enfermo o, simplemente, envejecer. Las causas vienen de lejos pero las políticas de recortes han empeorado la situación, no solamente para quien recibe los cuidados sino también para quien los da. La extensión de los recortes y la precarización, no solo de las condiciones laborales, sino también de la propia vida diaria (los tiempos, las facturas, los horarios, etc.), y, muy especialmente, la reducción drástica de los recursos públicos e institucionales, sitúan a España en los primeros puestos de la desigualdad social en Europa. Esto nos afecta a todos, pero no de la misma manera. Las desigualdades económicas no flotan en el aire sino que aterrizan y se entrelazan en las diferencias sociales y culturales propias de cada sociedad. Por eso es de justicia reconocer una de las principales conclusiones de este análisis: las mujeres están soportando un peso mayor de la crisis económica sobre sus espaldas. Se han acentuado las diferencias salariales realizando iguales trabajos; la precariedad laboral y la pobreza tiene fundamentalmente rostro de mujer; y las asimetrías y el aumento de las dificultades para cuidar en condiciones dignas afecta especialmente en las mujeres, en quienes nuestra sociedad ha depositado tradicionalmente la responsabilidad del cuidado.

Esta situación no es inevitable, esto es, no se trata de algo así como un fenómeno meteorológico o una catástrofe natural. Hay toda una serie de políticas públicas viables que ya se han puesto en práctica en otros países del mundo, especialmente en el norte de Europa; y que atendiendo a criterios de eficiencia económica, no solo de justicia social, demuestran que podemos hacer las cosas mucho mejor. Para aumentar la actividad económica y recuperar la economía para la gente es necesario reorganizar nuestro sistema de cuidados haciendo de estos una prioridad social, pública e institucional (y no un mero asunto privado de las familias). Se trata, por lo tanto, de garantizar el cuidado para todas las personas y de que estos se den en condiciones de igualdad entre hombres y mujeres, entendiéndolos como un derecho, que en última instancia ha de estar garantizado por los poderes públicos.

Es evidente que defender la igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos y la corresponsabilización social en relación a los cuidados no puede ser entendido como un asunto que afecta solo a un colectivo particular. Nos beneficia a todas las personas como sociedad el hecho de que el cuidado está garantizado en condiciones de igualdad. Por lo tanto, las medidas que se propongan en esta dirección no pueden ir enfocadas exclusivamente a las mujeres como si los cuidados no tuvieran que ver también con nosotros. Sí, decididamente la igualdad y la corresponsabilización es, también, cosa nuestra.

Vivimos tiempos acelerados de cambio. Ya no valen maquillajes de coyuntura ni revestir lo viejo de nuevo a toda velocidad. La oportunidad de cambiar realmente lo que no funciona es ahora y es contando con la gente. En esa medida no podemos separar la recuperación económica de la recuperación de las instituciones de las que algunos se han apoderado durante demasiado tiempo. Es el momento de tomarnos en serio la democracia, de señalar que si algo no funciona, lo podemos cambiar, y de apuntar que no vivimos en democracia, si las mujeres no son plenamente ciudadanas. Ello pasa por su incorporación completa al espacio público, al ámbito de la política institucional y a su promoción como expertas en función de sus talentos y competencias técnicas. Todo esto nos recuerdan, en una fecha tan señalada y con acierto, nuestras compañeras de Podemos. Y, en este punto, cabe plantearse algo de autocrítica: no es suficiente, aunque parezca inalcanzable para otros actores políticos, apostar decididamente por construir un país contando con la ciudadanía en su totalidad, ni proponer una organización con listas paritarias, tenemos que tomarnos aún más en serio lo que deseamos y, en parte, ya estamos haciendo, para transformar también nuestros modos de hacer política, dentro y fuera de Podemos.

Si nuestro objetivo es el cambio en nuestro país, hemos de ser conscientes de que también está en nuestra mano – la de los hombres – hacer de la política un espacio en condiciones de igualdad como queremos para el ámbito laboral y el doméstico. En definitiva, no estamos solo ante un asunto de un colectivo en particular, en este caso, de las mujeres, sino que es uno de los principales desafíos que tenemos como sociedad. El cambio en nuestro país parece cada vez más irreversible pero puede tomar diferentes trayectorias. Nuestra apuesta es clara y solvente: es ahora y con vosotras… Y también es cosa de hombres.