Publicado en sinpermiso.info, el 25 de enero de 2016

En los últimos meses y, de forma especialmente significativa, durante la campaña electoral, la Unión Europea ha pasado a ocupar un segundo plano en el panorama mediático español. Pareciera como si la rendición de Zapatero en 2010, traducida en recortes públicos sin precedentes, o el rescate aprobado por Rajoy en 2012 nunca hubiesen sucedido o simplemente se tratasen de un mal sueño del que habríamos conseguido despertar. Pareciera como si la importancia de la Unión Europea se hubiera disipado definitivamente y los programas de ajuste, las exigencias de Bruselas y los recortes de gasto público y social formasen parte ya de un pasado que habríamos conseguido superar.

En Bruselas andaban mosqueados con Rajoy y, a día de hoy, sigue habiendo serias sospechas sobre él, “el partido de la recuperación” y los posibles escenarios en España tras el 20-D. No se confía en la capacidad de los partidos tradicionales de dotar de estabilidad a un país que no ha cumplido y que, a pesar de ser el “alumno predilecto” de Alemania, puede acabar tornándose rebelde. Perciben que el margen, dado a lo largo del último año y medio, en la aplicación de las “reformas estructurales” para poder afrontar las últimas elecciones generales, no da más de sí y no ha garantizado nada hasta ahora. “El partido de la recuperación” aumentó la deuda en 300.000 millones de euros durante la última legislatura, deja unos presupuestos que no cumplen el compromiso de déficit y, para más inri, fue incapaz de asegurar la estabilidad para seguir aplicando de forma disciplinada las recetas de la austeridad. Se sienten ninguneados por España – a pesar de ser la quinta economía de la UE, no deja de ser un país del Sur – por haber incumplido sus objetivos de déficit durante los últimos 8 años. Es cierto que no hay comparación posible con las 14 ocasiones en que Alemania y Francia, las dos ejemplares locomotoras europeas, lo incumplieron entre 2000 y 2010, pero ya sabemos que de hecho no podemos tratarnos como iguales.

En lugar de aprovechar el viento de cola en la economía española, provocado por factores externos como el bajo precio del petróleo o las políticas de inyección de liquidez del BCE o la “flexibilidad alemana” en el objetivo de déficit, con altura de miras para proponer un plan de modernización económica y elevar las condiciones de vida de la población, Rajoy ha jugado a corto plazo de forma electoralista, tirando con pólvora del rey concediendo ventajas fiscales a los que más ganan, al mismo tiempo que duplicaba el déficit de la Seguridad Social. De forma irresponsable, ha declarado orgulloso que “tenemos la ventaja de que el presupuesto de 2016 ya está aprobado”, haciendo oídos sordos a los dardos lanzados por distintos mandatarios europeos que coinciden en un mismo punto: esos presupuestos son puro humo y, si se quiere cumplir sagradamente con el objetivo de déficit, España deberá volver a retomar la senda de los ajustes y los recortes, entre 5.000 y 9.000 millones de euros, aderezado por nuevos contrarreformas laborales que precaricen las condiciones de vida y de trabajo de la mayoría de la población. Frente a los acérrimos defensores de la austeridad, recordemos que el ligero crecimiento de la economía española y la precaria creación de empleo se ha producido precisamente por dejar de asfixiar la economía y gracias al aumento de la demanda interna trasladado el desvío del déficit público de 2015.

A saber, La austeridad ha generado en Europa una espiral de endeudamiento, nuevos recortes, dinámicas de desigualdad y, finalmente, un mayor volumen de deuda en relación a un PIB en horas bajas.

Tras años de consolidación fiscal, aplicando ajustes y recortes que acaban provocando con posterioridad más rescates, la política económica europea se resquebraja y revela fallido el diseño institucional de la UE. Que el problema se sitúa en el origen es algo que cada vez más personas entienden pero que muy pocos se atreven a cuestionar, pues esto supondría cuestionar el “núcleo irradiador” de la construcción europea realmente existente. A saber, La austeridad ha generado en Europa una espiral de endeudamiento, nuevos recortes, dinámicas de desigualdad y, finalmente, un mayor volumen de deuda en relación a un PIB en horas bajas. Las contrarreformas laborales, que precarizan las condiciones de trabajo, provocan inseguridad entre la mayoría de la gente y hacen descender el peso total de los salarios sobre el PIB y las rebajas fiscales a las grandes fortunas y patrimonios son sinónimo de menos ingresos para el Estado y, por lo tanto, acrecientan la necesidad de financiación en los mercados secundarios, más deuda, más recortes en servicios públicos, más empobrecimiento y vuelta a empezar.

Sin embargo, los ceños fruncidos de los presidentes del Eurogrupo y de la Comisión Europea exigiendo nuevos ajustes inflexiblemente y un gobierno que proporcione estabilidad, desvelan una autoridad en horas bajas después de una demostración descarnada y ejemplarizante de poder con el último reto serio a la austeridad que hubo en Europa: la Grecia de Alexis Tsipras. El paisaje es como sigue: Portugal y su nuevo gobierno de izquierdas (que incluye al PS, al PCP y al Bloco de Esquerda) ni siquiera ha enviado aún los presupuestos de 2016 a Bruselas, la Francia de Hollande establece que su gasto militar no se incluirá en el cómputo del déficit, Matteo Renzi aprovecha el desorden y avisa a Juncker de que Italia no se arruga y de su importancia estratégica, Alemania mira para otro lado cuando se le pide invertir en aumentar la demanda interna y evitar el abultado superávit comercial del 8% y Polonia se aproxima aún más hacia el autoritarismo político. Todo ello mientras la contracción económica en China y la exitosa negociación entre EEUU e Irán pueden condicionar el propio crecimiento europeo. España y el resultado del 20-D con una fuerte irrupción de Podemos y otras fuerzas hermanas de cambio se suman a ese escenario de cambio a nivel europeo e internacional, que ponen en jaque la tan cacareada y deseada por algunos “estabilidad política”, que sumía a la mayoría en el miedo y la precariedad de sus vidas.

El problema grave de esta ausencia de reconocimiento de auctoritas europea (de hecho, el poder de Bruselas y espacios informales de decisión, que se han mostrado profundamente discrecionales y arbitrarios) estriba en la dirección que pueda llegar a tomar en un futuro cercano: si nos dirigimos hacia un repliegue nacional egoísta o hacia la posibilidad de fundar una Europa asentada sobre fundamentos democráticos, eso sí, que se construyen y se asaltan mejor, como decía Gramsci, desde la ricognizione del terreno nacional. No habrá una integración fiscal, ni un diseño europeo democrático, construido desde otra instancia que la nacional, al menos, en un primer momento.

Para que la fundación de una Europa democrática sea un hecho y no solo un deseo bienintencionado es necesario, en primer lugar, la paralización de los programas de ajustes presentes y futuros, tomándose realmente en serio un cambio en la división europea del trabajo y un giro de 180º en la política fiscal que denominan eufemísticamente hoy como “neutral”. De poco sirve que el BCE siga inyectando dinero en los circuitos financieros hasta 2017, si este dinero luego no llega a “la economía terrenal” y acaba depositada y congelada en Fráncfort, porque sus intermediarios, los grandes bancos, no hacen llegar el crédito a familias y pymes. El FMI, la OCDE y Mario Draghi empiezan a apostar tímidamente por promover una política fiscal expansiva que acompañe a la bajada en el precio del dinero y ello pasa por llevarle la contraria a los programas de ajuste que Bruselas quiere imponer a España, pasa por redistribuir renta, subir el salario mínimo y fortalecer la negociación colectiva, por una reforma fiscal e impulsar un nuevo acuerdo europeo basado en unas condiciones mínimas dignas de vida para la mayoría en lugar del beneficio financiero de una minoría.

Europa debe dejar de ser aquello que las élites ordoliberales alemanas entendían como una comunidad de estabilidad presupuestaria, y avanzar a dar pasos para convertirse en una comunidad basada en eso mismo que indica la palabra, el común de sus habitantes. España puede ayudar a impulsar dicho cambio. Lo primero que debe hacer es ponerse como prioridad dejar de ser el país que se sitúa detrás de Estonia en niveles de desigualdad de renta. Cualquier presidente que busque apostar por un gobierno progresista y cambiar España debe tener una agenda europea clara, pues no hay política social posible, si no se revierten los recortes, si no se paran los programas de ajustes y se derogan las dos últimas contrarreformas laborales. Es condición sine qua non poner fin a la austeridad para cambiar nuestro país y Europa. El resto es ilusión. El retorno de Europa como signo y como realidad política se impone.

(Una versión más reducida de este artículo se publicó en http://elpais.com/elpais/2016/01/22/opinion/1453494413_373398.html)