Frente a los clásicos manifiestos de apoyo firmados por decenas de intelectuales, artistas o activistas de relieve, en La Circular decidimos realizar, a un conjunto representativo pero no exhasutivo de personalidades destacadas en sus respectivos ámbitos de trabajo, una petición colectiva no tanto de apoyo, como de reflexión crítica acerca del cambio político que puede darse a partir del 20 de diciembre en España, y del lugar que puede (¡o debe!) jugar Podemos en él. Pasen y lean:

José Antonio Pérez Tapias, político y profesor universitario

Por dignidad, contra la autonegación de Europa

Su ser o no ser lo va a decidir Europa según afronte la cuestión migratoria que tiene dramáticamente planteada. No cabe duda de que son muchos los asuntos sobre los que Europa y, concretamente la Unión Europea, ha de dilucidar cómo actuar para así orientar su futuro. Pero de todos ellos resulta crucial el relativo a la inmigración, que debe ser abordado teniendo en cuenta, por otra parte, que lo es no sólo para Europa, sino para nuestro mundo globalizado.

Pero encontramos que Europa ha roto el espejo donde pudiera mirarse. La contradictoria imagen que le devuelve la humanidad doliente de los refugiados que arriban a sus costas y atraviesan sus fronteras obliga a recapacitar sobre lo escandaloso de un asilo escamoteado. Desde España, el compromiso al que debe inducir la sensibilidad de la ciudadanía —contra la mezquindad de los gobiernos— encuentra el motivo añadido de la memoria de los centenares de miles de españoles que emprendieron el camino del exilio tras la Guerra Civil.

Entre la idealizada Europa democrática y lo real de una zona euro tiranizada, se ha urdido desde los poderes dominantes la trama simbólica de una Europa sacrificial. Además de insensible al sacrificio impuesto a quienes huyen de mortíferas guerras respecto a las cuales no es ajena su responsabilidad, Europa sigue aplicando la bárbara lógica sacrificial que, en nombre del mito de la competitividad y bajo la negra bandera de la austeridad, inmola individuos y pueblos en el altar de la ortodoxia impuesta por los poderes financieros. Como europeos, bien podemos tomar como referencia a aquella Antígona, tan recordada durante los recientes acontecimientos de Atenas y las irremediables claudicaciones en Grecia, que se opuso con su decisión a Creonte para defender ante él, incluso contraviniendo la pragmática ley de la ciudad, el compromiso de enterrar a su hermano. Desobediencia civil la suya, que reconfigura el orden ético-político con su negativa a la sumisión ante un orden injusto, la cual inspira un modo de actuar capaz de oponerse al cínico consenso que se enseñorea sobre los europeos. La dignidad democrática nos convoca a afrontar la autonegación en la que Europa está sumida.

José María Ripalda Crespo, filósofo

Soy un viejo filósofo que no siente una especial simpatía por la filosofía política. En todo caso, el surgimiento de Podemos me suscita algunas reflexiones y anhelos. Me gustaría, por ejemplo, que hiciera bloque con los movimientos sociales, los círculos no pueden ser la única base, esto es algo que aprendimos de la Transición. Por otra parte, es necesaria una nueva Constitución, no una reforma. Todos nuestros males vienen de ahí, incluida la corrupción. Deben ser radicales y preved el camino de un nuevo acuerdo, el que tenemos se ha roto. Por último, les diría que no se trata de abolir el capitalismo, pero sí de acabar con este capitalismo neoliberal, tardofranquista, postdemocrático, naranjero, de amiguetes… que nos ha dejado sin voz. Recuperémosla. Mucha política por delante para Podemos. Una tarea imposible, pero muchos objetivos alcanzables.

José M. Sánchez Verdú, compositor y director de orquesta

La posibilidad de un cambio tras el 20-D es, seguramente, el momento oportuno que se esperaba desde hace años en el mundo de la cultura. Los modelos sociales y culturales de países vecinos como Francia, Alemania, Finlandia, Suecia, etc., demuestran la posibilidad de creer en la educación y la cultura –con la creación a la cabeza– como columnas vertebradoras de lo social y del conocimiento. Me gustaría señalar solo dos puntos que entiendo claves y que suelen quedar difuminados ante el ruido generalizado, sin olvidar otros fundamentales como el IVA, los derechos de autor y la protección del patrimonio vivo –no solo el material–:

  1. Revisión del marco jurídico absurdo en el que siguen enclavadas en España las enseñanzas públicas artísticas superiores (música, diseño, etc.), regidas por normas de las enseñanzas primarias y sometidas a criterios de organización, control y desarrollo propios de colegios e institutos, ofreciendo, en cambio, programas y titulaciones asimilables al rango universitario. España es quizás el único país del mundo en esta situación, lo que conlleva problemas de toda índole en su normal funcionamiento (autonomía, planes de estudio, selección de profesorado, programas docentes, etc.). La simple inclusión en un marco universitario del tipo que se considere en cada comunidad autónoma resolvería esta problemática. Está en juego la supervivencia de este tipo de enseñanza pública, porque la educación superior privada está irrumpiendo en este terreno con todas las ventajas, rompiendo los criterios de igualdad –imparte auténticos “grados” (la pública no), másters, etc.– y todo ante la desfasada situación que sigue regulando la enseñanza artística superior pública.
  2. La aplicación de una política de izquierdas debe lograr la distribución del fenómeno artístico en todos los ámbitos y niveles de la sociedad. No debería identificar –como se ha dado con frecuencia en políticas de izquierdas en nuestro país– la expresión creativa de sus artistas solo con las formas comerciales y de raigambre popular (músicas populares, pop, cantautores, etc.): debería ser capaz también de conjugar todo lo anterior con la expresiones creativas no atadas solamente al mercado que dan expresión y caracterizan otra parte muy importante de la cultura de un país, similar a ámbitos como la experimentación, la investigación o la filosofía. Es el caso de la música contemporánea, la electrónica, los proyectos interdisciplinares, las nuevas formas de teatro, etc. Todo ello es lo que encuentra su cauce natural en lugares de Europa como Berlín, Colonia, París o Helsinki, donde la esfera pública atiende también con rigor estas formas de creatividad menos populares pero de evidente riqueza para el conocimiento y la cultura de esa sociedad.

Benjamin Arditi, politólogo y profesor universitario

Podemos y Syriza tienen algo en común con los indignados que en su día se congregaron en la Puerta del Sol, Syntagma, el parque Taksim Gezi, la plaza Tahrir y demás insurgencias que contribuyeron a revolucionar nuestro presente. Son experiencias que emergen de una esperanza activa, ventanas que nos exponen a la posibilidad de algo diferente que está por venir. Las insurgencias vividas hicieron las veces de muro donde inscribir nuestros anhelos y demandas, como corresponde a los momentos de efervescencia en los que creemos poder tomar el cielo por asalto. Podemos y Syriza, en cambio, apuestan por un realismo de lo imposible en el campo de la representación. Conviene recordar que lo imposible no es lo que jamás va a suceder, sino algo que no termina de ser factible en el campo de experiencia que nos es dado, pero que aún así impulsa a la gente a actuar como si lo fuera. Lo imposible hoy es imaginar una economía que pueda funcionar sin el dogma del recorte en gasto social y la suerte echada en favor de los sectores financieros y exportadores. La política de lo imposible de Podemos y Syriza abre una brecha para configurar un centro político que no es centrista; se construye desde los márgenes de la representación y desde la sociedad para recodificar a la política con las coordenadas de la dignidad, la solidaridad y la justicia social. Esta apuesta por otra política es su capital político. Es también lo que hace que desde América Latina veamos su éxito como si fuera nuestro. Su libreto inspirador de un mundo distinto depende, en gran medida, de que no se convierta en una pieza más del teatro de la representación que hasta ahora estaba poblado por quienes no nos representan.

María José Magaña, gestora cultural

Estamos viviendo y experimentando un momento excitante dentro del terreno social y político, en el que la ciudadanía demanda cambios y no se contenta con las promesas propias del lenguaje vacío de la política tradicional, todavía más fatuo en los periodos electorales. Esta es una ocasión que no podemos desperdiciar, y el cambio que queremos no viene solamente reclamado desde el desencanto y la indignación, sino que viene avalado por un largo proceso de empoderamiento de los ciudadanos y ciudadanas, que quieren decidir y asumir responsabilidades, a la vez que exigen un determinado comportamiento a los que ocupan cargos políticos, que tiene que ver con la honradez y el compromiso de servir a la sociedad que les ha elegido para que les representen.

En estos años hemos visto como la brecha entre ricos y pobres se ha agrandado, como los servicios públicos fundamentales han descendido en calidad y cantidad debido a una política neoliberal basada en los recortes y la austeridad aplicada a las clases medias y bajas de la sociedad. Y en este sentido, el ámbito de la cultura es un espejo del daño que ha sufrido el Estado de bienestar al que todos y todas aspirábamos, con la aplicación de leyes torpes y obsoletas, y una dejadez que ha motivado la desarticulación de la débil estructura cultural de este país. Se han utilizado excusas relacionadas con la crisis económica para desmantelar la cultura, pero, desde mi punto vista, el objetivo último no ha sido otro que evitar que la sociedad tenga acceso al pensamiento crítico y a la reflexión sobre el lugar que quiere ocupar. La cultura es incómoda para el poder que se basa en el control de súbditos pasivos y obedientes. Este cambio, reclamado desde la ciudadanía, pretende ser liderado desde la opción de los partidos tradicionales, lo cual ya se ha comprobado que no funciona, al mismo tiempo que surgen otras posibilidades que se sustentan en escuchar lo que las gentes necesitan y quieren decir, dándoles voz y protagonismo. La ciudadanía debe formar parte de este cambio de paradigma, y para ello deben reforzarse los mecanismos de participación de abajo arriba, y la transparencia en los procesos y en los objetivos a conseguir. Para ello, tanto la educación como la cultura deben ser pilares que sustenten esta renovación de un sistema político que se está mostrando ya caduco y que fagocita a las personas que lo soportan, para conformar una sociedad responsable en sus deberes, independiente en su hacer y exigente de sus derechos.

Santiago Alba Rico, filósofo y escritor

Si el 15-M fotografió las vergüenzas del régimen del 78, Podemos ha amenazado su supervivencia. El primer efecto ya se ha conseguido: un desplazamiento del discurso y las prácticas hegemónicas, una desacralización de la monarquía y de la Constitución y –nada desdeñable– una fisura política en el interior de la propia “casta” dominante, fuente de una entropía creciente. Por esa fisura se ha dejado entrar a Ciudadanos para contener la sangría mientras los medios afines al bipartidismo, con la inestimable ayuda de un sector de la izquierda clásica, trataban y tratan de evitar o al menos reducir los daños. En este sentido, puede decirse ya que lo que está en juego en las próximas elecciones es la alternativa entre cambio o restauración, a sabiendas, en cualquier caso, de que este cambio, de producirse, chocará enseguida, como ha ocurrido en Grecia, con el otro régimen, el que contiene al nuestro, el del capitalismo europeo moldeado desde la UE y Alemania. Por eso es necesario moverse al mismo tiempo a nivel nacional e internacional e inscribir el cambio en España en un desplazamiento mediterráneo que frene la expansión en Europa de las respuestas destropopulistas a la crisis económica y social.

En este sentido, Podemos, como excepción europea, es más que vital. Un mal resultado electoral significaría franquear el paso sin resistencia a esas fuerzas rampantes mientras que una presencia fuerte en el Parlamento –por no hablar de gobierno– funcionaría en el peor de los casos como “vacuna” simbólica en España y ejemplo contagioso para otros países. Podemos solo no puede, pero sólo Podemos puede catalizar “las fuerzas de cambio” que impidan el 20-D la restauración del régimen del 78, un régimen que saldría reforzado porque contaría con la paradójica legitimidad superior derivada de la nueva hegemonía política podemita. Si el bipartidismo se reconstituyera como tripartidismo –un solo dios y tres personas distintas– utilizando el discurso y el aura de Podemos, pero dejando fuera a Podemos, su victoria sería casi definitiva y habríamos perdido una ocasión que no volverá a presentarse en mucho tiempo. El 20-D no se trata de cambiar el mundo; ni siquiera España, al menos de forma inmediata. Se trata de mantener abierta la fisura de la entropía del régimen y el impulso colectivo transformador. No comprender lo que está en juego sería a mi juicio una grave irresponsabilidad.

Tote King, músico

Pienso que el cambio político más importante que necesita España en estos momentos está en la educación. Creo que el origen del egoísmo imperante en esta sociedad de libre mercado está en la mala educación, vivimos entre personas mal educadas, personas que han crecido en un sistema pésimo, aburrido y mal planteado. Sin ir más lejos, yo he sido víctima de ese sistema, y tengo entendido que ahora con las reformas recientes está aún peor. Si no educamos motivando estamos perdidos, aprendamos de una vez de modelos que funcionan para no tener un fracaso escolar tan vergonzante y poder aspirar así a tener un país en el que el mayor logro en la vida no sea convertirse en especulador inmobiliario. Por otra parte, creo necesaria una reforma constitucional seria, que incluya, por ejemplo, otro planteamiento para con la monarquía. Entiendo que es vital también poner en marcha medidas que creen empleo y mejores las condiciones de los trabajadores.

Franco Berardi (Bifo), filósofo y escritor universitario

El cambio que Europa necesita es mucho más radical de lo que podemos esperar de una victoria electoral, porque implica una mutación de la naturaleza misma de la Unión, la cual en su forma presente solo es un dispositivo de imposición del modelo neoliberal del capitalismo global. Los contenidos del cambio que tenemos que preparar para hacer frente a la catástrofe producida por la política de austeridad son, entre otros, la redistribución de la riqueza, la reducción drástica del tiempo de trabajo individual, el aumento de los recursos para la educación pública y para la investigación, un plan de integración para los migrantes y una renta de ciudadanía.

Todo eso no se puede ni imaginar en el seno de la actual Unión Europea porque está fundamentada en los principios de competencia empresarial y crecimiento. Competencia económica significa más tiempo y más intensidad del trabajo, es decir, más explotación y más dependencia. Por tanto, lo que se hace cada vez más necesario es una inversión de esta ideología laborista que ignora la función progresiva de la tecnología digital, cuyo potencial nos permitiría la substitución creciente del trabajo humano y la reducción del tiempo necesario para el mismo. Liberar tiempo desde el trabajo salariado significa también incrementar el tiempo para el cuidado y la educación, que tienen que volver a ser actividades comunitarias y no funciones para el provecho de la empresa.

Chantal Mouffe, politóloga y profesora universitaria

Con la crisis de 2008 han aparecido grietas en el capitalismo financiero y el modelo neoliberal ha dejado de ser percibido como invencible. Por cierto, conviene subrayar que esta crisis no ha podido ser aprovechada para lanzar una ofensiva contra-hegemónica porque los partidos social-demócratas se habían convertido al social-liberalismo, aceptando la idea de que no hay alternativa a la globalización neoliberal, la cual muchos de ellos contribuyeron a consolidar.

Sin embargo, como reveló la irrupción de varios movimientos de protesta, se han abierto brechas en el orden dominante. Estos movimientos expresan de diversas maneras las resistencias de los ciudadanos al sometimiento de toda la vida social a las leyes del mercado y el rechazo a las medidas de austeridad que se presentaban como el remedio necesario a la crisis. Si bien en un primer momento dominó la lógica de la indignación, con Syriza y Podemos asistimos a la emergencia de una nueva política cuyo objetivo es el de articular todas estas demandas heterogéneas a fin de darles una expresión institucional. La victoria inesperada de Jeremy Corbyn, llamado a liderar el Partido Laborista tras una vasta movilización, es la señal de que en varios países están creciendo las fuerzas de cambio. La puesta en cuestión del orden existente ya no se limita a los partidos populistas de derecha. Un viento de esperanza ha comenzado a soplar en Europa y vislumbramos un deseo real de cambio. El cambio no va a ser fácil y, como la ofensiva europea contra Tsipras ha demostrado, las oligarquías financieras van a tratar de aplastar todas las fuerzas que las desafían. Sin duda la lucha va a ser dura, pero después de años de consenso al centro, vuelve lo político. Los ciudadanos europeos han tomado consciencia de que hay alternativas y de que el neoliberalismo no es el fin de la historia. En toda Europa se están empezando a organizar para recuperar y radicalizar la democracia. El éxito de Podemos en imponer una agenda diferente en España podría dar un fuerte empuje a este movimiento.

Fernando Broncano, filósofo y profesor universitario

La transición de la Transición

No sabemos si quienes diseñaron las líneas generales de lo que ha sido llamado con acierto el régimen de la Transición eran conscientes de que estaban creando un sistema jurídico, político y, en último extremo, social que era difícilmente sostenible, a pesar de toda la retórica que acompañó al proceso como si fuese un cambio de era. Lo cierto es que fue un sistema creado bajo la fuerza del miedo más que sobre las alas de la esperanza. Fue el miedo a la amenaza golpista y el miedo, aún mayor, a la movilización popular el cimiento sobre el que se construyó el régimen.

El miedo a la intervención militar fue desde los primeros momentos de la Transición un arma efectiva que pendía sobre las mesas de la negociación política. Cuán real y cuán imaginario fuera ese miedo es difícil calibrarlo ahora, pero cabe sospechar que fue un instrumento poderoso de desmovilización social a pesar de que las condiciones reales hacían casi imposible la viabilidad de un golpe a la chilena o argentina. Mucho más importante fue el horizonte de una movilización general de la sociedad. Los partidos que estaban contra el régimen franquista se nutrieron de esta movilización popular pero la temían tanto como sus opositores.

No se puede construir una sociedad sobre el miedo. Y, sin embargo, este instrumento fue eficiente en la elaboración de la Constitución y también en la creación de una cultura que en apariencia era abierta y “moderna”, pero que en realidad se sostenía sobre el no saber o no querer saber los límites de la libertad. Una sociedad pensada sobre estas bases no puede tener un proyecto de futuro sostenible.

Podemos ha interpretado bien los signos que se hicieron presentes en las calles españolas desde el inicio de la crisis económica. Múltiples demandas de los más heterogéneos sectores se unían como expresión de un común sentimiento de hartazgo con un sistema basado en el miedo. El eslogan “Sin trabajo, sin futuro, sin miedo”, que inició el movimiento del 15-M expresa claramente el deseo de transformación profunda. Solo Podemos ha entendido la dimensión real de la necesidad de transformar una sociedad basada en el miedo en una sociedad basada en la esperanza.

Paco Roca, dibujante

El cambio político que debe llegar tiene que conciliar de nuevo a la política con los ciudadanos. Ha de empatizar con la gente y sus problemas, algo obvio, pero que viendo al Gobierno actual es evidente que no ocurre. Me gustaría un Gobierno que redujese la desigualdad social. El problema no es que existan ricos, ni mucho menos, el gran problema es la pobreza y la precariedad laboral. Querría un nuevo Gobierno transparente, ético y respetuoso con el resto de opiniones. Me gustaría un Gobierno que por fin solucionase aberraciones que llevamos arrastrando desde el comienzo de la democracia y que serían inadmisibles en otros países laicos y democráticos, como es el papel de la Iglesia en el Estado y el cumplimiento de la ley de la Memoria Histórica.

Me gustaría creer que un partido como Podemos, que recoge el testigo de las protestas ciudadanas del 15-M, fuera capaz de llevar todo esto a cabo. Creo que el gran valor de este partido es precisamente el de ilusionar a los desilusionados, el pensar que el cambio es posible. Como buen agnóstico me gustaría creer, pero de momento no lo consigo.

Étienne Balibar, filósofo

Las próximas elecciones generales en España serán seguidas en toda Europa con extrema atención. Con esperanza por parte de algunos, y con mucha preocupación por parte de otros. Los sucesivos fracasos en las negociaciones entre el Gobierno de Syriza y la Comisión Europea, así como la deriva impredecible y violenta que ha tomado el área mediterránea, hacen que las elecciones españolas tengan una considerable relevancia. Como muchos otros, me encuentro entre los que desean fervientemente que Podemos confirme el éxito de las pasadas elecciones municipales y llegue al gobierno, ya sea sólo o en alianza con otras fuerzas políticas que compartan la voluntad de iniciar un cambio radical en el país y, a su vez, en la Unión Europea. Varias razones me llevan en esa dirección. Voy a mencionar sólo tres.

En primer lugar, Podemos, con su programa, sus militantes y sus prácticas colectivas innovadoras encarna por excelencia las posibilidades de una respuesta democrática a la “revolución conservadora”, que tomó el control de la política europea desde el comienzo de la crisis monetaria y bancaria provocada por la especulación inmobiliaria –particularmente devastadora en España–. Gracias al impulso del movimiento de los indignados, casi único en Europa por su fuerza, duración y originalidad, Podemos ha reinventado la característica combinación de participación, contestación y representación que yace en el corazón de la ciudadanía democrática como ciudadanía activa. Este es un ejemplo y un incentivo poderoso para todos nosotros.

En segundo lugar, Podemos ha demostrado que uno puede rechazar con intransigencia la corrupción de la “clase política” que alberga en su corazón la alianza oculta entre el Estado y el dinero, o lo que es lo mismo, entre el capital nacional y el multinacional, que campa a sus anchas en toda Europa y explota la desesperación y la humillación de los más desfavorecidos sacando rédito político en favor de un fascismo apenas renovado, que nos retrotrae a los años más oscuros del siglo XX. Como ciudadano de un país, Francia, donde este neofascismo está gangrenando toda la vida política, soy particularmente sensible a esta situación y reconozco a Podemos el haber mostrado el camino de la alternativa.

En tercer lugar, Podemos se ubica de forma explícita en la perspectiva de una reconstrucción de Europa, por no decir directamente de la invención de “otra Europa”, a lo que sin duda puede hacer una contribución decisiva. Sin dejar de lado la importancia de las aspiraciones regionales o nacionales en el reconocimiento de sus identidades culturales y territoriales heredadas de una larga historia, parece hasta ahora evitar la trampa del particularismo y se coloca en un nuevo tipo de perspectiva internacionalista.

Una victoria de Podemos en las próximas elecciones no sería una repetición de lo ocurrido en Grecia (que, por otra parte, aún no ha acabado), ya que las condiciones locales no son las mismas, ni el lugar de España en Europa y en todo el mundo. Pero sería un extraordinario fortalecimiento del “partido del cambio” en nuestro continente. Las dificultades, por no decir los peligros, no faltarán, como no podría ser de otra manera, tanto a nivel internacional como de puertas hacia dentro. Pero es una experiencia maravillosa que probar, de la que el pueblo español tiene la mayor necesidad y por la que será imprescindible que reciba el apoyo de lo que me gusta llamar “la Europa joven”.

Ángeles Caso, escritora

La vida a favor

Hace cuatro años, cuando se produjo el estallido del 15-M, escribí algunas palabras que ahora voy a repetir: Por fin algo se mueve en este país que parecía estar dormido. Llevábamos años viendo cómo muchos políticos se burlaban del sistema democrático sin que nadie alzara la voz para protestar. Años tragando con la corrupción y aceptando la ausencia del debate de ideas, reemplazado por el griterío de tópicos e insultos. Cargando con unos partidos mastodónticos y fosilizados, en los que triunfa el clientelismo y no la inteligencia. Soportando una ley electoral injusta, que favorece con descaro a los de siempre. Últimamente, las cosas no han hecho más que ir a peor, y a velocidades de vértigo. Ante nuestros propios ojos, izquierda y derecha parecen haberse puesto de acuerdo en que la única solución a los problemas económicos consiste en arrodillarse a los pies de los lobos, ir privándonos poco a poco de derechos y comenzar el desmantelamiento de un Estado de bienestar al que apenas empezábamos a incorporarnos. En medio de un silencio acongojante.

Democracia real ya y el movimiento 15-M están demostrando que mucha gente aún está viva y desea rebelarse, dejar de agachar la cabeza bajo los abusos y los discursos vacíos. Y, sobre todo, luchar: por un futuro mejor y por una democracia que tal vez haya que revisar a fondo, inventando formas diferentes de hacer política, más cercanas a la realidad y menos cínicas. Los jóvenes de las plazas no son una panda de vagos y maleantes, sino gente con ideas propias y con demasiado tiempo libre porque el paro afecta al 45% de ellos. De entre todas esas personas saldrán los políticos y los juristas del futuro. Y quizá sean ellos quienes entonces, si no traicionan sus viejos días de esplendor, consigan realmente que todo esto mejore. Y si para eso hay que coger buena parte de lo establecido y tirarlo a la basura, habrá que hacerlo. Sin miedo.

Cuatro años y medio después, reitero esas afirmaciones. Lamentablemente, las circunstancias de fondo aún han empeorado más. Así que solo habría que sustituir las palabras Democracia real ya y el movimiento 15-M por Podemos para que ese artículo pudiese ser escrito ahora. Y luego volver a mirar este fenómeno asombroso, el nacimiento de un nuevo partido surgido de las calles y no de los despachos acolchados, con el mismo entusiasmo con el que entonces muchos contemplamos o participamos del 15-M. Y, claro, volver a pensar, como entonces, que la vida y la historia están a favor.

Fernando Trueba, director de cine

Debería, en mi opinión, darse un cambio realmente muy profundo en el funcionamiento mismo de la democracia. Me refiero, por ejemplo, a que pudiéramos alcanzar mayores cotas de representatividad, limpiar la financiación de los partidos, dar sentido al Parlamento o que los diputados ejerzan como tales. En cierta forma, creo que es necesaria una restauración, en el sentido, claro está, de restaurar un cuadro que se encuentra deteriorado.

No sé si en los tiempos que vivimos de “delirio espectacular” pedir menos “líderes carismáticos” y más presencia de la ciudadanía en las decisiones es realista, pero por ahí van los tiros. Recomiendo vivamente la lectura de los estudios de Pierre Rosanvallon –historiador y analista de la democracia y editor de Thomas Piketty–, en especial La sociedad de los iguales y su último y más reciente El buen gobierno.

Creo que la gran tarea pendiente de las democracias occidentales es la recuperación efectiva de ésta y establecer los mecanismos para que la democracia real no pueda ser degradada, burlada, manipulada y corrompida por el poder e influencia de las corporaciones y los grupos de presión. La educación de la ciudadanía y el estudio de la democracia en las escuelas es básico e indispensable, la vuelta del “pensamiento” a las escuelas y universidades, que deberían formar ciudadanos y no clientes, crear mecanismos para que la educación y la sanidad públicas, así como la cultura, su creación y difusión, no estén sometidas a los avatares de los cambios de gobierno sino que sean la base de la propia democracia. También me gustaría que se pudieran recuperar espacios públicos, la retirada de la “ley mordaza”, devolver las televisiones públicas al servicio de la sociedad, etc…

Tantas cosas… Tenéis trabajo, amigos. ¡Ánimo!

Joaquín Estefanía, periodista

No soy muy optimista sobre los cambios que se derivarán del resultado de las elecciones generales. Las correlaciones de fuerzas que se prevén lo impiden. Al menos habrá un cambio: el PP no podrá repetir mayoría absoluta y Mariano Rajoy, posiblemente, no volverá a ser presidente del Gobierno. Algo es algo. Ello significará la imposibilidad de que la derecha avance, con la misma rapidez que en el pasado inmediato, en el deterioro de la vida política y económica: no más retrocesos en la calidad de la democracia (instituciones, medios de comunicación, justicia…), en el proceso de igualdad de oportunidades (sistemas de protección) y en las divisiones sociales (paro, desigualdad). Esas correlaciones de fuerzas que por una parte evitarán las transformaciones radicales, por la otra harán más difícil la institución del arbitrismo y de la corrupción como prácticas políticas.

Creo en las reformas incrementales, y poco en los puntos aparte. El programa de la nueva mayoría debería ser la derogación de la reforma laboral (dificultar la devaluación salarial, el precariado y las indemnizaciones por despido baratas), de la “ley mordaza” (garantismo en el ejercicio de las libertades) y de la ley de la educación (igualdad de oportunidades) vigentes, y la aprobación por consenso de una reforma de la Constitución en sentido federal (incluido en ella su artículo 135), y de una reforma fiscal (progresividad en el pago de impuestos y lucha contra el fraude y contra las termitas fiscales). Esta sería la utopía factible de este periodo.

La volatilidad del voto es tal que el papel de Podemos puede ser el de sustituir a Izquierda Unida como principal partido a la izquierda del PSOE, sin que previsiblemente se produzca un sorpasso entre ambas formaciones. Los pactos serán posibles entre ambos en la derogación de las reformas mencionadas, más difícil en el apoyo a la reforma fiscal que quieren los socialistas, y francamente imposible en las transformaciones de la Constitución de 1978, dado que una idea fuerza de Podemos es la de abrir un proceso constituyente.

El papel de Podemos puede ser determinante en la denuncia de la deriva hacia posiciones social-liberales en el PSOE, defendiendo medidas socialdemócratas clásicas, y en evitar la formación de coaliciones negativas regresivas que nos devuelvan al pasado.

Paula Biglietti, politóloga

Ante la pregunta: ¿qué significa el cambio en Europa y qué puede aportar España en este momento coyuntural? Mi respuesta sólo puede llegar desde el contexto en el cual se sitúa mi reflexión: el sur de la América Latina. En nuestro continente durante la última década un grupo de países ha vivido la experiencia de gobiernos populistas que surgieron como respuesta al momento de reactivación abierto a partir del colapso del modelo neoliberal. Articulados y constituidos a partir de una diversidad de elementos anclados en la reivindicación de la “igualdad” en torno de la figura del pueblo, desplegaron una serie de políticas públicas que, más allá de las tensiones y dificultades, privilegiaron el ejercicio democrático de la soberanía popular por sobre la lógica del ajuste, al Estado por sobre el mercado, lo público por sobre lo privado y la distribución solidaria por sobre la competencia. En el contexto de los gobiernos populistas, el Estado ha adquirido un lugar preponderante, ya no como mera opresión, sino también y sobre todo como espacio que ha permitido la inscripción simbólica de nuevos lazos sociales después de la destrucción neoliberal. Ha funcionado como superficie de inscripción de demandas emancipatorias, como refugio de los más vulnerables y como plataforma para resistir el embate de la codicia ilimitada de la especulación del capital financiero, las corporaciones y los sectores más conservadores de la tradicional oligarquía latinoamericana. Ahora bien, toda esta posición de los distintos populismos latinoamericanos ha sido posible en gran medida gracias a una articulación común en la región, que permitió construir alianzas y apoyos que cristalizaron además en instituciones interestatales.

América Latina ha aparecido solitaria, empecinada y hasta taciturna en su resistencia contra el discurso neoliberal, por eso un cambio en España –que por historia, tradición y cultura ha sido el país de referencia de los latinoamericanos en Europa– nos resulta fundamental, ya que corre en el sentido de la urgencia de estos tiempos que nos obligan a ampliar esfuerzos y a buscar inscribir nuevos lazos de solidaridad entre los pueblos. Un cambio en España evidencia –una vez más– que el antagonismo entre el capitalismo y el ejercicio mismo de la democracia es constitutivo e irreductible, vale decir, que no es sólo un problema típico recurrente de los latinoamericanos producto de un déficit institucional o cultural a causa de sus incorregibles defectos. Nos muestra que el tratamiento de la “deuda” es un dispositivo de subyugación del discurso financiero neoliberal y no una consecuencia de un comportamiento irresponsable por parte de los pueblos sobre los que debe caer la culpa y la vergüenza. Nos advierte que cualquier intento alternativo no es tolerado –ya sea en Europa o Latinoamérica– porque su éxito indicaría que algo distinto puede hacerse; su fracaso, por el contrario, implicaría no sólo el inmediato retorno a las políticas neoliberales sino también la confirmación de su discurso que dice que nada es posible más allá de su propia racionalidad y que, en consecuencia, es la mejor opción posible. La resignación al ajuste es la forma de domesticar las expresiones de la soberanía popular. España y Latinoamérica tienen mucho que decirse sobre todos estos aspectos.

Gonzalo Abril, profesor universitario y doctor en filosofía

En el ámbito político, es necesario un proceso constituyente que reinstaure la democracia: proclamando la república, ampliando el espacio de la participación y la decisión ciudadana, logrando un pacto federal para superar el “estado autonómico”, y asegurando la laicidad. La ciudadanía ha de recuperar urgentemente el ejercicio pleno de los derechos políticos, sociales y laborales mediante la derogación de las leyes antidemocráticas del PP. El espacio mediático, orgánicamente subordinado a los intereses de los grandes poderes económicos, ha de abrirse al mayor número posible de agentes sociales, acabando con los privilegios de los grupos mediáticos monopolísticos. Ha de garantizarse la independencia y la calidad de los medios audiovisuales públicos. Han de respetarse los derechos humanos, acabando con las vallas fronterizas y los CIES, con las prácticas de la tortura y de discriminación racista por parte de los aparatos del Estado, y con el negocio de la venta de armas.

En el plano económico hay que combatir las desigualdades: asegurando una renta básica digna, estableciendo condiciones salariales decentes y con derechos, la igualdad de mujeres y hombres, el derecho a la vivienda y el apoyo a la dependencia. Garantizando también el acceso universal al sistema sanitario público y la mejora de sus recursos. En las instancias estatales e internacionales se tratará de acabar con los paraísos fiscales, los privilegios fiscales de las multinacionales y de las grandes fortunas.

Es indispensable una ley educativa integral que garantice la prioridad absoluta del sistema público en todos los niveles educativos, la máxima igualdad de acceso, la laicidad, la reducción drástica de las tasas universitarias y un nuevo pacto educativo y científico en el que participen todos los agentes implicados.

Si Podemos tiene ocasión de gobernar, solo o en compañía de otros, debería hacerlo persiguiendo los objetivos que modestamente he apuntado. Como en el caso de Josefina, la cantante del pueblo de Los ratones de Kafka, el liderazgo de Podemos me parece a la vez necesario e imposible. Su imposibilidad viene en parte de causas endógenas: una organización que se ha vuelto demasiado “tradicional” y casi hipnotizada por las oportunidades electorales; un desdibujamiento en el discurso, y también en la estructura organizativa, de lo que hace no tantos meses cifraba su “diferencia” con la política oligárquica. La necesidad del liderazgo viene de su función pedagógica: Podemos sabría entonar, como Josefina, un silbido familiar y seductor para los ratones, sobre todo para los más jóvenes. Haciendo pueblo, a la vez, con los ratones vecinos. Si sus jefes recrean las coloraturas de las voces anteriores al 15-M, nos devolverán al nihilismo del 78.

Jesús Tiscar Jandra, escritor

Con lo que no podrá Podemos

En España hay muchos padres, abuelos y bisabuelos que llevan de la mano a votar a sus hijos, nietos y biznietos, eso es lo que pasa, que en España hay muchos padres, abuelos y bisabuelos que llevan de la mano a votar a sus hijos, nietos y biznietos. Aunque estén muertos, eso da igual. Bueno, no, no da igual: si los padres, abuelos y bisabuelos están muertos, la mano se la aprietan con más fuerza, con más convencimiento, con mejor ajuste de la ideología que va dentro de ese sobre malucho con la esquina pegamentosa. A mi bisabuelo le hacía la vida imposible un cacique de su pueblo, así que yo voto a los rojos obreros; a mi abuelo lo mataron los republicanos –después de cortarle los testículos, naturalmente–, así que yo voto a la derecha moderada, que no le corta los testículos a nadie que no se lo pida, es benevolente y misericordiosa; a mi padre, una vez que fue a hacer un recado a la sede de los de centro, le regalaron un manojo de bolígrafos de los buenos, pintaban muy bien, todavía nos quedan en casa, así que yo voto a los de centro. Y así se van rellenando las jornadas electorales de la democracia en este país de ensimismados e historiadores del lugar común. A nadie –ni a Podemos, ¿será posible?, con lo lenguaraces que son– se le ha ocurrido aún plantarse, separar un poco las piernas, extender las manos y decirles con un pelín de mala leche: oiga usted, lo que le pasara a su padre, a su abuelo o a su bisabuelo, amén de que no viene al caso, nos la suda muchísimo, de manera que haga el favor de no darnos la tabarra con su historieta, suéltese de la mano del viejo –que ya suda– y vote a quien le convenza a través de los señuelos tan chistosos de sus programas, de sus antecedentes sin duda honorables, de sus más o menos leves latrocinios, mejor o peor disimulados, e incluso fijándose atentamente en aquel partido político que le esté resolviendo a usted la vida cada mes, a tanto la mamada. Es por eso por lo que, elecciones tras elecciones, los inteligentes, apuestos y adinerados ciudadanos que nos sentimos por encima de todo esto, los analistas buenos, seguimos asombrándonos de lo imbécil que hay que ser para transportar al colegio la papeleta de los de siempre. No hay más. En España se vota mayoritariamente como se es del Real Madrid, del Barcelona o de cualquier otra agrupación absurda de esas. Y, en este caso, no aunque pierda, sino aunque gane. Podemos no va a poder acabar con esto mientras los hijos se conviertan en padres, los nietos en abuelos, los bisabuelos en biznietos, etcétera, y todos tengan madre que los parió para hacerles tragar un caldito tras el trance de la urna. Podemos podrá con otros asuntos, pero con ese no.

José Anillo, músico

Una de las principales problemáticas que hoy día afrontamos con respecto a la cultura es la falta de interés de nuestro actual Gobierno por el ámbito cultural. Se han destruido numerosos espacios culturales, se ha infravalorado el trabajo de los propios artistas y, a su vez, se ha perdido el interés de la población por consumir cultura ya que, con la crisis, muchos ciudadanos tuvieron que suprimir de sus hábitos el consumo cultural. Todo ello sin obviar que, para más inri, se subió el IVA cultural al 21%, haciendo menos accesible al pueblo algo tan nuestro como es la cultura.

Por otra parte, en lo referido a mi rama artística, que es el flamenco, debo decir que es bastante complicado tener libertad para posicionarse por un partido político determinado. Dadas las circunstancias tan precarias en las que vivimos, las consecuencias del clientelismo y el habitual amiguismo se perciben muy de cerca en nuestro ámbito profesional. Bajo mi punto de vista, creo que eso debería cambiar ya que el artista, antes que artista es persona y debería ser tratado como tal, y después ser valorado profesionalmente por su talento y no por el color político o ideología con el que se sienta identificado.

Slavoj Žižek, filósofo

Si uno mira de cerca las propuestas planteadas por Podemos, no puede dejar de notar que muchas de sus demandas eran hace 40 años parte de la agenda socialdemócrata moderada estándar –sin ir más lejos, en la Suecia de los años 60, el programa del Gobierno era mucho más “radical”–. Es un signo triste de nuestros tiempos que hoy se denuncien como izquierda radical estas mismas medidas –un signo de tiempos oscuros, sin duda, pero también una oportunidad para ocupar ese espacio que, hace décadas, pertenecía a la izquierda moderada de centro y dotarlo de un nuevo contenido, dando al viejo Estado de bienestar una nueva dimensión–. Podemos es plenamente consciente de que el siglo XX ha terminado, de modo que no cabe la nostalgia de la vieja socialdemocracia o el comunismo. Con Podemos, los capitalistas “modernizadores” son golpeados en su propio juego. Este nuevo comienzo es lo que Europa necesita, y, con suerte, un éxito de Podemos desencadenará un cambio que hará temblar a Europa fuera de su inercia.

Marina Garcés, filosofa y profesora universitaria

De este país se podrían cambiar muchas cosas, empezando por el nombre, la bandera y la jefatura del Estado. Sólo para empezar. ¿Os imagináis dejar de ser una monarquía, cambiar los colores patrios o dejar de tenerlos y buscarle un nombre nuevo, o varios, a España? Creo que empezaríamos a sonreír más y a respirar mejor. No se trataría de hacer tabula rasa, sino de liberarnos del peso de una historia que aún está demasiado viva en el corsé de la identidad y de las instituciones españolas. Este peso no es sólo identitario, sino que también condiciona el sentido de la vida política, siempre aún bajo amenaza de una respuesta totalitaria del poder del Estado ante cualquier experimentación social o política que pueda poner en cuestión el statu quo. Esto hace que los partidos políticos, viejos o nuevos, siempre tengan que justificarse y demostrar, un día tras otro, que no serán fuente de inestabilidad. ¿Cómo se puede cambiar las cosas y mantener la estabilidad al mismo tiempo? Podemos lo pretende. España, la bandera y el rey para cambiarlo todo. Difícil. Lo mismo pero más democrático. Lo mismo pero más igualitario. Lo mismo pero menos corrupto. Virtuosismo político que ilusiona y decepciona a la vez.

Lo que necesita este país es perder el miedo a cambiar. Para ello no hacen falta grandes relatos o grandes hegemonías. Ni promesas de regeneración ni una nueva Transición. En este país de caciques, reyes y salvapatrias, lo que hace falta es atreverse a ceder y distribuir el poder. No hay otra manera de emancipar a la sociedad que confiar en su capacidad de emanciparse. ¿Hay algún partido político dispuesto a ello? Me gustaría pensar que sí, y en el ámbito local se está ensayando por distintas vías. Pero en cuanto reaparece el Estado el verdadero desafío político se diluye, el poder se recentraliza y el deseo electoral legitima las estructuras políticas existentes. ¿Estaría dispuesto Podemos a tomar el poder para vaciarlo de poder, a ganar para ceder, a conquistar para distribuir? Sólo así es posible romper la complicidad entre el poder del Estado y el poder capitalista. No nos engañemos: el centro siempre es más sumiso de lo que su aparente fuerza le permite entender.

José Luis Villacañas, profesor, filósofo y escritor

El inicio de un ciclo histórico nuevo

En las próximas elecciones podemos encaminarnos a una prueba fundamental para España, única en su historia. Pues la verdad es que nunca ha logrado nuestro país hacer una experiencia democrática capaz de interpretar la historicidad inherente a las constituciones. La derecha, desde Cánovas, ha entendido las constituciones como un katechon para cosificar las instituciones y obstaculizar una democracia capaz de autocorrección. Eso ha generado una experiencia continua de parálisis, bloqueo y desafección institucional que han sido respondidas por irrupciones desestabilizadoras. La derecha ha preferido siempre esperar estas confrontaciones –en las que se maneja bien– a batirse ante las complejidades de la vida histórica y asumir hábitos de flexibilidad y de evolución, en los que ve la pérdida de oportunidades, sentido e identidad. En el 20-D pueden formarse mayorías de fuerzas políticas que consideran que las instituciones españolas no pueden persistir por más tiempo sin cambios. En este sentido, no van a ser unas elecciones convencionales.

La cuestión es la índole de esas fuerzas y la índole de esos cambios. Excepto el PP, todos los actores han asumido que las reformas son inaplazables. Con ello, el partido de Aznar y de Rajoy cumple en la presente situación la misma función retardataria que tuvo en su día Arias Navarro en las movilizaciones entre 1975 y 1977 y Alianza Popular en las Cortes Constituyentes. Esa incapacidad de cambio, inmune a los procesos generacionales, no puede ser gratuita. Responde al hecho de que cualquier cambio, percibido como conveniente por muchos, afecta de forma fundamental a los intereses centrales representados por el PP. Pero que existan núcleos de intereses que no pueden renunciar a una posición de Estado –y que en realidad forman un capitalismo de Estado al servicio de empresas privadas– ya es un síntoma de lo ilegítimos que pueden llegar a ser. Las reformas que necesita la democracia española no son únicamente asuntos de técnica constitucional, ni de diseño institucional, sino de poner las instituciones al servicio de los intereses materiales de la ciudadanía. De toda ella. De sus empresarios productivos, cansados del juego sucio de tantos ventajistas cercanos al poder, de sus autónomos, de sus profesionales, de sus funcionarios, de sus familias, de sus pensionistas, de sus parados, de sus dependientes, de sus huéspedes extranjeros, sobre todo de los hermanos latinoamericanos y de los paisanos magrebíes.

Podemos debe ser no sólo el defensor de este discurso, como agente pedagógico de la ciudadanía española, sino la fuerza política capaz de garantizar el máximo de su cumplimiento para millones de españoles, que saben que otros partidos asumirán este discurso de forma minimalista o inercial. Podemos debe ser el partido que explique con claridad ante los españoles que los agentes centrales del neoliberalismo internacional no pueden conceder que la democracia avance en España y que, utilizando las mejoras políticas (cambios de ley electoral, reforma federal, reforma de la justicia, de la educación), ponga sus instituciones al servicio de los intereses materiales, profesionales y culturales de nuestra gente. Podemos debe ser el partido capaz de comprender y hacer comprender la complejidad del cambio necesario: reformar la constitución política de España para reformar su constitución económica. Sin ellas, seremos un país dominado doblemente por instancias económicas y políticas legales, sí, pero arcaicas e ilegítimas. Podemos debe ser el partido que haga de estas unas elecciones excepcionales y a la vez normales, ese doble carácter que siempre tiene la democracia cuando es auténtica y capaz de evolucionar con la historia.

Juan Goytisolo, escritor

España necesita un cambio

Como mostró el movimiento de los indignados, la sociedad española ha manifestado su hartazgo de una política de recortes que afecta a las clases sociales de menor renta, y de una corrupción generalizada tanto en el ámbito estatal como en el autonómico. Voces de distintos sectores han manifestado su exigencia de una regeneración democrática que acabe con el inmovilismo del Gobierno de Rajoy, con miras a una nueva política que tome en cuenta los intereses de quienes hasta ahora han sido perjudicados por una austeridad sin perspectiva.

España necesita una mejor redistribución de la riqueza que permita una renta básica y una mejora substancial de la educación y de la sanidad públicas, descuidadas por quienes han gobernado el país en los últimos veinte años. Para llevar esto a cabo es necesario crear un frente amplio como los que gobiernan actualmente en las alcaldías de Madrid y Barcelona.

Creo que Podemos debería ser la fuerza impulsora de dicho movimiento, y recoger así los anhelos de cambio de las jóvenes generaciones que desean una sociedad más justa y dinámica que en la que hasta ahora hemos vivido.

Luis Eduardo Aute, músico y pintor

Sin duda, la aparición de Podemos en el espacio político nacional ha supuesto una bocanada de imprescindible oxígeno renovado en estos climas apestados por sistémicas corrupciones y otros despropósitos. Podemos, como organización surgida de los movimientos de indignados del 15-M, está marcando un antes y un después en este largo tránsito de transacciones ya intransitables y, además, ha puesto en posición de firmes a la partitocracia cómodamente instalada en sus prebendas.

La propuesta de Podemos es, cómo no, ilusionante y alentadora, aunque echo mucho de menos alguna referencia a la cultura. Apenas he leído o escuchado esa palabra en ningún programa ni discurso de ningún partido, y tampoco de Podemos. Desde mi punto de vista, el mayor patrimonio de un país es, sin duda alguna, su cultura. Techo, trabajo, sanidad, educación y cultura debieran ser los cimientos inalienables de una democracia que se pretenda justa, participativa e igualitaria.

Un país sin cultura es un redil de zombis descerebrados y borregos robotizados.

Yannis Stavrakakis, politólogo

Después de Syriza, ha llegado el momento de Podemos.

Frente a la insistencia de las instituciones internacionales y europeas de remediar los fracasos del neoliberalismo con más neoliberalismo, siempre a costa de la gente, han surgido nuevos movimientos políticos como Podemos en España prometiendo poner fin a la austeridad, la restauración de la soberanía popular y una vida democrática vibrante. Para revitalizar la democracia impotente de hoy, para cambiar el presente equilibrio de fuerzas, se requiere una coordinación paneuropea, un enfoque hacia los desafíos de Europa que sea a la vez pragmático y comprometido con la democracia, abordando tanto el déficit de soberanía nacional como el dominio del ordoliberalismo alemán. En el marco de este cambio real que pueda afectar al continente en su conjunto, las próximas elecciones españolas constituyen el hito más importante en esta nueva orientación; un hito que, después de Grecia y Portugal, puede abrir una etapa radicalmente nueva en la trayectoria de nuestro futuro común.

Manuel Cruz, filósofo y profesor universitario

En el momento de escribir estas líneas, y como consecuencia del anuncio de la propuesta de desconexión con España presentada en el Parlament de Cataluña por parte de Junts pel Sí y la CUP, ha vuelto a colocarse en el centro del debate político español la cuestión catalana. Mejor así, porque probablemente sea el problema más grave que tiene planteado en este momento nuestro país.

El cambio político que se necesita a partir de las próximas elecciones generales debería abordar tanto las medidas necesarias para salvaguardar determinados derechos sociales y para frenar las rampantes desigualdades, como las transformaciones constitucionales –a mi juicio de signo inequívocamente federalizante– encaminadas hacia la necesaria nueva organización territorial. En cuanto a Podemos, creo que debería fijar de una vez, de forma clara e inequívoca, su mensaje político en todos estos aspectos (dejando atrás los vaivenes programáticos, que tan poco le han ayudado) y, asunto no menor, ir con cuidado con sus compañías en Cataluña (que le han ayudado todavía menos).

Luciana Cadahia, filósofa y profesora universitaria

Junto a España otra Europa es posible

Como le decía Álvaro García Linera a Pablo Iglesias hace un tiempo, en Europa se ha abierto una brecha y ésta se llama “retorno de lo político”. Este momento de apertura e indeterminación debe ser aprovechado para la creación de una nueva correlación de fuerzas capaz de hacer frente a la lógica inmunitaria de la austeridad y el sacrificio del poder financiero. Hasta ahora, el dispositivo de la crisis europea ha servido como en un mecanismo de normalización y ocultamiento de los cambios que precisa el capitalismo financiero para seguir expandiéndose. Por tanto, deberíamos hablar de una crisis previsible, una crisis que ya está de antemano subsumida en un orden que, desde arriba, procura transformar la naturaleza misma de la sociedad y las instituciones. Este poder ya no necesita de un pacto social para subsistir, y es a partir de este abandono de lo social a su suerte donde tienen que intervenir las nuevas fuerzas plebeyas del cambio. Pero estas fuerzas tienen que ser capaces de salir del círculo vicioso que tiene atrapada a la izquierda desde hace tanto tiempo entre la celebración errática de sus propias fisuras –difiriendo todo el tiempo ante la posibilidad de crear una verdadera correlación de fuerzas– y la moral del alma bella que no desea contaminarse del poder del Estado. Esta doble negación sintomática de la política ha encontrado un límite y se llama Sur de Europa. En España esta experiencia está teniendo lugar gracias a Podemos, un experimento nacido, entre otras cosas, de un agudo estudio del papel de los afectos y las identificaciones en la construcción de liderazgos y alternativas políticas en América Latina. Así como América Latina es deudora del pensamiento europeo y de los miles de migrantes anarquistas, socialistas y comunistas que impulsaron una forma de hacer política por estos lares –muchas veces mal comprendida por los intelectuales europeos–, es solamente en el aprendizaje recíproco, despojado de los históricos mitos de la izquierda, como Europa puede encontrar su propio camino. En coyunturas revueltas como las que estamos viviendo, hace falta ser lo suficientemente generosos y estratégicos como para saber que lo importante es construir lazos e internacionalizar experiencias que puedan ayudar a generar otro bloque histórico. Quizá España, junto a Podemos, sea el lugar elegido para entender este cambio en Europa.

José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo

El próximo 20 de diciembre tenemos la oportunidad de establecer las bases de una democracia avanzada o, de lo contrario, continuar en el marasmo político instaurado por una mezcla aberrante de los residuos de la dictadura y una política tributaria al servicio de las exigencias de los mercados.

La derecha, en gran parte de heredera del inmovilismo de la dictadura, y amplios sectores de la socialdemocracia han asimilado sin críticas ni alternativas la doctrina neoliberal que ha roto con las esencias del sistema democrático.

Es preciso reconocer, si queremos ser realistas, que la potencia mediática del capitalismo neoliberal ha impuesto la doctrina imperante de la jungla del mercado. Dicho en términos realistas, no es otra cosa que la implantación de la austeridad, la insolidaridad, la especulación y la avaricia, como “valores” dominantes frente a la solidaridad, la proporcionalidad de las cargas y el respeto a la dignidad de todas las personas.

Las políticas alternativas existen y tienen el sólido aval de premios Nobel de Economía y prestigiosos economistas que, de manera irrefutable, señalan cuáles son los vicios y las posibles correcciones del sistema.

El sistema democrático y económico se asienta en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en los Pactos Internacionales de derechos civiles, económicos y sociales, firmados por todos los estados considerados formalmente democráticos.

Podemos, junto con otras fuerzas sociales, es la única opción partidista capaz de conseguir que los principios rectores de la política social y económica que proclama nuestra Constitución sean reales y efectivos, procurando el progreso socio-económico y una distribución de la renta regional y personal más equitativa en el marco de una política de estabilidad económica.

El mensaje neoliberal es apocalíptico. Tiene incluso un contenido teológico advirtiendo a los ciudadanos que fuera del capitalismo salvaje no hay salvación. Es decir, una declaración de intenciones contra el sistema de valores democráticos.

Los partidos que de verdad quieren defender el sistema, tienen la difícil tarea de convencer a las PYMES y también a la industria y a la banca, de la necesidad de poner sus actividades al servicio de los intereses generales. Tienen que luchar contra la resignación de las clases más desfavorecidas, una clases que, ante las preguntas reiteradas de los medios de comunicación, responden con un desolador: es lo que hay.

Se puede mejorar el sistema de pensiones y vencer el miedo de los que sólo escuchan el mensaje intimidante de los poderosos. Hay que reconocer que no les engañan, les advierten que habrá que recortar sus prestaciones. Si se resignan continuará la corrupción. El “sentimiento patriótico” de los grandes especuladores y de las grandes fortunas, que ha encontrado en los “paraísos fiscales” una especie de cueva de Ali-Babá donde ocultar sus rapiñas. Ellos son verdaderamente los antisistema. No podemos resignarnos.

Alberto San Juan, actor

Siempre se pelea por lo mismo: el sistema de producción y reparto de riqueza. En la Transición se da un salto enorme en muchos aspectos, pero se establecen unos límites claros y estrechos a la demanda de un sistema que tenga como objetivo el bien común. Y por tanto, unos límites rígidos a la capacidad de decisión colectiva. Entonces y ahora el cambio comienza en la calle, pero en algún momento del proceso, la acción política se convierte en patrimonio exclusivo de los partidos. Y entonces se consolidan los límites al proceso de transformación que había comenzado la gente.

Hoy peleamos por lo mismo. A un lado, PSOE, PP y Ciudadanos defienden la continuidad de un sistema de privilegios en beneficio de los mayores centros de acumulación de riqueza y por tanto, de capacidad de influencia. Al otro, Podemos, Unidad Popular-IU y algunas opciones regionales, intentan sustituir la razón suprema de los beneficios privados por una nítida idea de democracia: soberanía popular efectiva –cada día, no cada 4 años– en busca de una vida digna para todos.

Esto significa enfrentar el poder de bancos, eléctricas y constructoras, el poder de las instituciones europeas, el poder de organismos financieros y militares internacionales. Y eso no lo puede hacer ni siquiera una mayoría holgada en el Parlamento, si no existe una sociedad civil fuerte y organizada que la sostenga y participe del gobierno de los asuntos de todos. Para ello: desbordemos sin límite los ámbitos de decisión. Son nuestras vidas, las de todos, lo que se decide.

Nacho Vegas, músico

Creo que lo que muchos de nosotros deseamos que suceda en primera instancia es el fin del bipartidismo, pero ya ha quedado claro que eso no es suficiente. Con Ciudadanos irrumpiendo con fuerza en la política estatal –o eso es lo que parece–, bien podría darse una situación en la que tres partidos plegados al mercado y que abogan por las mismas políticas económicas sigan gobernando básicamente para las élites como hasta ahora. Alguno con la cara más lavada que otro, pero lo mismo de siempre. Por eso creo que si hay un cambio debe ser profundamente rupturista, que apele al sentir de la mayoría social y que no se deje amedrentar por los poderes supranacionales que parecen marcar el paso desde hace ya demasiado tiempo.

Hace unos meses apoyé la creación de la plataforma Ahora en Común porque realmente creía que una confluencia entre las formaciones que apostaban por el cambio y otros movimientos más o menos organizados podía tener como resultado una victoria en las urnas. No pudo ser, y eso me apenó, pero sigo creyendo que si en el horizonte atisbamos un cambio real ese pasa necesariamente por Podemos.

Podemos no me gusta siempre, Podemos no me gusta en su totalidad, y reconozco que algunos días me levanto convencido de que mi voto debería ser para IU-Unidad Popular o, incluso, que quizá debería volver a abstenerme. Pero si he votado a Podemos en las europeas y en las autonómicas es porque creía en la ilusión y las ganas de la gente maravillosa que conocí cuando se estaban creando los círculos, y también porque me parecía, y juro que me esfuerzo porque me siga pareciendo, una formación política que admitía apoyos críticos como no lo hacía ningún otro partido de izquierdas. Lo cual no quiere decir que no se me escape el desgaste que han sufrido en este año y mucho que llevan de existencia, y que no aprecie el agotamiento en gente que hace solo unos meses veía derrochar ilusión por los cuatro costados. Y me gustaría que se hiciera hincapié en mantener o restituir esa ilusión de la gente, pase lo que pase el 20-D. Eso sí, para no caer en una decepción integral creo que hay dos ejes que Podemos no se puede permitir olvidar, citando a Santiago Alba Rico; se trata de ser revolucionario en lo económico y profundamente reformista en lo institucional.

Rosa Regás, escritora

En España y en la mayoría de los países que yo conozco, un cambio real es muy difícil porque aquel que quiera emprenderlo ha de afrontar un ataque desmesurado de los defensores del neoliberalismo económico que rige nuestro destino. Son además los que dominan los resortes de todos los poderes incluidos el económico, así que hay que ser un verdadero David para enfrentarse a este mastodóntico Goliat. Pero aunque difícil, sí se puede. En España lo estamos viendo y sufriendo: mientras los partidos emergentes que pregonan un cambio superficial dejando el grueso del pensamiento que nos gobierna en el silencio –incluida la negación a condenar el régimen de Franco– tienen toda la financiación que deseen de cajas de ahorros y bancos, los que son partidarios de un cambio real y por lo mismo radical, han de gastar su tiempo, imaginación y conocimientos en defenderse de los ataques injustos y tramposos de poderes económicos y sobre todo de los mediáticos que de aquellos viven.

¿Qué es, desde mi punto de vista, necesario para que haya un cambio real y no solo superficial? Separación total de poderes, educación pública y laica en escuelas y universidades. Supresión, por tanto, de las escuelas concertadas. Acabar con las privatizaciones en sanidad y volver a la senda de eficiencia y justicia fijando un presupuesto real, no de miseria como ahora. Acabar también con las inmatriculaciones de la Iglesia católica y exigir la devolución de aquellas apropiaciones que no hayan sido absolutamente legales. Por descontado que la financiación de la Iglesia por parte del Estado se ha de revocar. Debemos, asimismo, fundamentar el progreso del país en la educación y la cultura. Elaborar una nueva ley de educación que tenga en cuenta, sobre todo, la constante preparación y puesta al día de maestros y profesores en pedagogía y demás ciencias necesarias para conseguir una educación eficiente y, al mismo tiempo, procurar a los docentes el prestigio social y la autoridad en las aulas que merecen y necesitan.

No podemos olvidarnos de la Ley de la Memoria histórica y de la ley contra la violencia machista. Dos grandes logros para los que tenemos que recuperar presupuestos y atribuciones. Nuestro deber es que estas leyes y los movimientos que las hicieron posibles sean conocidos en escuelas y universidades.

Por último, hemos de recuperar los derechos y garantías que les han robado a los trabajadores mediante una nueva reforma laboral que establezca un salario mínimo justo. Se ha de legislar de tal modo que los salarios máximos de una empresa nunca sean superiores a quince veces el salario del trabajador menos remunerado. Debemos luchar también por castigar la usura de los bancos y de ciertas empresas suministradoras de bienes de primera necesidad, anulando su privatización en cuanto sea posible, es decir, en cuanto se haya castigado como merecen a los evasores de impuestos.

Antonio Gamoneda, poeta 

Declaro mi simpatía (empatía fue, pero…) por Podemos, y voy a anotar mis actuales reservas aplicables a tal simpatía y a dicho partido. Voy a anotar también reservas referidas a causas generales establecidas.

Obligado a la brevedad, he de hacer ya algunas citas recortadas. Dice la Constitución española: España (es) un Estado social y democrático… (Art. 1). Todos los españoles tienen (…) derecho al trabajo… (Art. 35.1). Se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado… (Art. 38). Y dice José Luis Pardo (El País, 17-10-2015): “… economía y política son difícilmente separables…”. “(Se da) … una vergonzosa humillación de la (…) clase (¿casta?) política ante las mafias del capitalismo (…), (algo) que sólo puede combatirse con acciones revolucionarias”. “(Son necesarios) (…) ‘movimientos transversales’ (…) del tipo ‘Nosotros sí podemos’…”. Y digo yo mismo en escritos varios: “… Nuestra democracia, interpretada por el poder, se reduce al postulado anfibológico de unos principios y al diseño de mecanismos de gobierno, supuestamente democráticos”. “El sistema establecido no es otra cosa que connivencia entre una democracia falsificada y una plena libertad para la ‘economía de mercado’ (una economía de signo capitalista, ¿no?)”. Tengo un añadido quizá oportuno: “¿Crisis? ¿Qué crisis? Existen los mismos recursos y la misma fuerza de trabajo. La crisis es una estrategia y una finalidad: reducir a la mitad el precio del trabajo”. La finalidad está ya lograda.

Léase críticamente, por favor, el párrafo antecedente. Puede bastar para advertir la perversidad de nuestro sistema. Recuérdese de paso que, en modo unánime, la totalidad de nuestra gente política valora negativamente todo propósito o acción que considere “antisistema”. Quisiera estar equivocado pero creo que no. Paso ahora a una brevísima reflexión ya anunciada. Sabiéndolo o no, todos nuestros partidos aspiran a convertirse en “sacristanes” del poder económico. Contrariamente, debe promoverse una “cultura de la pobreza” y una praxis revolucionaria (pacífica, claro) orientada a debilitar las bases del poder económico. Los movimientos ciudadanos son el mejor –quizá el único– instrumento para ello. Se trata de que decrezca el consumismo y de iniciar una economía alternativa (primaria o primitiva pero regulada) de intercambio de bienes y servicios, tan ajena al dinero como pueda ser. En un núcleo vecinal, en un pueblo: “tú enseñas álgebra a mi hija y yo pinto tu piso (o te doy un lechazo)”. Y sobre todo: nunca coche si no es vitalmente imprescindible: transporte público y/o “cuatro vecinos de Torrejón van en un solo vehículo, repartiendo amortización y gasto, a trabajar en Madrid”. Temblarían el capital, los créditos bancarios etc.

En su día, (¿el 15-M?), yo creí que Podemos podría ser fermento de algo parecido a lo que sugiero. No ha sido así: Podemos busca votos. Con plausible –e inútil– voluntad correctora del “sistema”, probablemente. Otros partidos, a su manera, también lo hacen. En fin, pacten; pacten con la izquierda (¿qué será, ahora mismo, la “izquierda”?). Pacten los grandes asuntos. Incluso en la oposición, que puede no ser mal terreno para activar los mecanismos históricamente pertinentes en orden a una conducta humanista y revolucionaria. Esto es lo que piensa, dice y firma el ciudadano.