Publicado en elsiglodeuropa.es

El 4 de junio participé en Manchester en un mitin de la campaña Another Europe Is Possible, una voz distinta en una hipótesis, la del Brexit, convertida en una discusión a gritos sobre la inmigración. Explotando la desconfianza y el miedo al otro en un contexto de desaceleración económica y de quiebra de las expectativas, tanto la campaña oficial del IN como la del LEAVE se han enzarzado en una pelea sobre cuál es el mejor dispositivo para reprimir y controlar los flujos migratorios y garantizar que la identidad inglesa no se diluya en la multiculturalidad que muchos identifican erróneamente con los orígenes de la crisis de su modelo social.

AEIP surgió para abrir un espacio político alternativo y federar una pluralidad de fuerzas de la izquierda para, desde un análisis profundamente crítico con la arquitectura institucional de una UE en quiebra moral, abogar por quedarse en Europa para cambiarla. Nuestra lectura, como la de Corbyn, es que un repliegue sobre la soberanía nacional en Reino Unido difícilmente aumentaría los márgenes democráticos y de defensa de los derechos sociales. Sería más bien el caldo de cultivo para un rebrote de las fuerzas xenófobas que suturan la herida provocada por la austeridad con un discurso identitario del orden social. Pero sectores importantes del laborismo no apoyan a Corbyn.

Después fui a París para entrevistarme con el líder de la CGT, en pie contra la reforma laboral del Gobierno Valls que -inspirada en las reformas de PSOE y PP- ha detonado un conflicto social de magnitud desconocida en Francia en los últimos años. Las cifras de popularidad de Hollande están en mínimos históricos y las encuestas para las próximas presidenciales evidencian la crisis profunda del socialismo francés, relegado a la cuarta plaza y sirviendo el voto obrero al populismo autoritario y xenófobo del FN. El sector crítico del PS, que aglutinó un 40% del voto en el último Congreso y se ha negado a votar con el Gobierno en repetidas ocasiones, debate la mejor estrategia para frenar esa deriva. Valls ha anunciado que querría incluso cambiar el nombre del partido, sustituyendo el término «socialista» por «los demócratas». ¿Les suena?

Continuemos: la formación de gobierno en Portugal dio lugar a un profundo conflicto interno en el PS entre quienes optaban por gobernar con el apoyo de Bloco y PCP y quienes preferían dejar gobernar a la derecha. Renzi hace malabares entre una «agenda reformista» vallsiana y una retórica anti-austeridad que busca contentar sectores de su partido y ganar oxígeno frente al estrangulamiento financiero y presupuestario de Bruselas. El malestar recorre la mayor parte de los grandes partidos socialdemócratas europeos, todos de glorioso pasado, todos en decadencia electoral y atónitos ante procesos como la elección de Corbyn, las primarias estadounidenses o el destino del PASOK. Es un proceso estructural: la tercera vía, esa gran claudicación ante la economía financiarizada que se impuso sin contestación, se ha adentrado en un valle de oscuridad cegadora. Las grandes coaliciones que pueblan Europa les colocan en una contradicción insalvable. Sin cuestionar los dogmas de la austeridad la socialdemocracia niega las condiciones de posibilidad de su propio discurso e, incapaz de sobrevivir sin el poder, desde el gobierno no tiene otra función que gestionar el dolor y sus propias contradicciones.

Ha causado mucho revuelo que reclamemos para Podemos el espacio político de las fuerzas que construyeron el Estado del Bienestar. Sería sensato saltarse el debate nominalista y discutir en la esfera pública cómo se puede construir y financiar un Estado Social adecuado a la estructura productiva y económica de nuestro tiempo. Nosotros hemos planteado una senda en ese sentido y a partir del 27 avanzaremos hacia ese objetivo. Es evidente que para lograrlo necesitaremos que decidan transitarlo con nosotros; es igual de evidente a dónde lleva el camino contrario. El socialismo español va a tener que decidir qué rumbo escoge.