Tensiones entre partido y movimiento en la teoría populista de Ernesto Laclau

Pedro M. Rey-Araújo |

A estas alturas resulta evidente, aunque no por ello menos pertinente, recordar la decisiva influencia de la obra de Ernesto Laclau en las decisiones tanto comunicativas como organizativas adoptadas por Podemos en sus albores. Mediando entre el horizontalismo espontáneo propio de las plazas, por un lado, y el verticalismo inherente a toda organización partidaria, por otro, las reflexiones de Laclau ofrecían una hoja de ruta a través de la cual plantear la integración de ambas lógicas en un ‘partido-movimiento’. Resulta innegable que dicho planteamiento deparó una serie de éxitos como, por ejemplo, su capacidad para agregar diversas demandas heterogéneas en un corto espacio temporal; su habilidad para redefinir las posiciones simbólicas ocupadas por los actores hegemónicos; o su capacidad para postular un antagonismo con el orden social en su conjunto en lugar de con un actor concreto del mismo. 

Como sucede con toda experiencia histórica, el balance final de la misma ha venido condicionado, en última instancia, por números procesos sociales, algunos claramente imprevisibles, otros de mayor raigambre estructural, cuya disección profunda excede con mucho la intención de estas páginas. No obstante, nos preguntamos aquí cuáles son, en el caso de haberlos, los límites internos del propio enfoque teórico de Laclau que, a su vez, hayan encontrado reflejo en la propia acción política del partido. Esto es, ¿poseen las teorizaciones del pensador argentino puntos ciegos que, inadvertidamente, condicionan la naturaleza de la praxis política informada por aquella? Sin ánimo de exhaustividad, tres aspectos de su obra resultan esclarecedores al respecto: las tensiones existentes entre las vertientes partido y movimiento, respectivamente; la capacidad de las interpelaciones populistas para incorporar actores subalternos; y sus dificultades para aprehender los límites y oportunidades que el funcionamiento interno del capitalismo impone. 

Las articulaciones populistas poseen unas condiciones de posibilidad específicas no siempre reconocidas: la proliferación, abrupta y simultánea, de diversas demandas y reclamos, cuyo único punto en común reside en su compartida oposición al orden existente. Parte de la explicación de por qué las interpelaciones populistas proliferaron durante la última década es porque permiten, en cierto sentido, hacer de la necesidad virtud. En un campo social fragmentado, atomizado y, en nuestro caso, devastado por los corrosivos efectos de un neoliberalismo castizo ligado a la especulación inmobiliaria, las interpelaciones populistas han permitido cohesionar rápidamente, en torno a un mismo proyecto político, diversos anhelos de transformación social a los cuales no subyacía una institucionalidad común. Idealmente, el papel del partido/líder residía pues, en cohesionar un conjunto heterogéneo de demandas particulares en torno a un proyecto compartido, permitiendo la agregación de diversas luchas y movimientos sociales con vistas a su irrupción en las instituciones estatales. No obstante, en un contexto social carente en gran medida de centros políticos autónomos, la tensión inherente a toda articulación populista entre partido (vertical) y movimiento (horizontal) tiende a dar lugar a un mero electoralismo mediatizado, el cual, por extensión, no puede sino alienar a su base social, reforzando así la separación entre ambos polos. El vínculo vertical acaba pues, fagocitando el propio sustrato social que, inicialmente, aspiraba a meramente articular.

La primacía de la dimensión vertical sobre la horizontal se ve igualmente reforzada en la propia conceptualización que hace Laclau de la articulación populista, la cual, como decíamos, aspira a cohesionar una serie de demandas sociales ya constituidas en un proyecto común. Tanto en sus aspiraciones estratégicas como en su sustento normativo, una articulación populista satisfactoria ha de incorporar a sectores subalternos previamente excluidos de la política institucional. Sin embargo, no todos los conflictos sociales disfrutan de la misma capacidad para acceder a la esfera de la representación, viéndose así afectada por la estructura de clase subyacente. Entonces, y puesto que aquellas demandas susceptibles de ser articuladas han de estar ya constituidas como tales, la propia articulación resultante entre aquellas reproducirá los sesgos implícitos en esta. El peligro que acecha: dificultar la incorporación efectiva de los propios sectores subalternos que inicialmente aspiraba a incorporar. 

Finalmente, íntimamente ligado con este punto, nos topamos con otro límite interno derivado de la idiosincrática lectura que Laclau hace de la obra de Gramsci. En su intento de abandonar el ‘reduccionismo de clase’ que, según el filósofo argentino, vicia toda la tradición marxista, Laclau acaba reduciendo la clase a una mera identidad colectiva. La caída en desgracia del universo simbólico construido en torno al movimiento obrero se toma, así, como prueba de la menor relevancia de las relaciones de clase en las sociedades contemporáneas. Ahora bien, en realidad, es la propia evolución seguida por las relaciones de clase a lo largo de la era neoliberal (caracterizada, en el estado español, por incesantes ataques a la negociación colectiva, la extensión de la precariedad laboral por todo el cuerpo social, la proliferación de contratos temporales, o la fragmentación de los centros de trabajo ligada a la terciarización) lo que explica, en última instancia, su menor proyección simbólica hoy en día. De esta forma, al considerar la lucha de clases como un conflicto secundario y en declive, se pierde irremediablemente de vista el funcionamiento interno del capitalismo español. Este se encuentra caracterizado, a su vez, por su orientación eminentemente rentista altamente dependiente de la licitación pública; su especialización en sectores económicos, como el turismo o la hostelería, donde la capacidad para generar excedentes productivos es inherentemente limitada; y su dominio oligopolístico de aquellos actividades más ligados a la reproducción social, como la vivienda o la energía). Estas características constituyen el elemento central en la distribución social de oportunidades en nuestras latitudes, el núcleo último, pues, que todo proyecto de transformación social ha de confrontar. 

En definitiva, las reflexiones de Laclau han tendido a primar los vínculos verticales sobre los horizontales en lo relativo a la articulación política, impidiendo una correcta aprehensión de los condicionantes y restricciones que el funcionamiento interno del capitalismo impone sobre las posibilidades de transformación social. En este sentido, conviene pues recordar que no hay experiencia política fallida, sino enseñanzas que informen la praxis política por venir. 

Pedro M. Rey-Araújo es Profesor de la Universidad de Santiago de Compostela y autor de Capitalism, Institutions and Social Orders. The Case of Contemporary Spain’ (Routledge, 2020)

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