Directo: Jornadas “Plan de Rescate Ciudadano”

True Detective es una serie feminista. María Serrano

Publicado en la revista La Circular

True Detective es una serie feminista. Una historia de identidades inauténticas en la que las mujeres han dejado de tener tiempo para sentarse a escuchar las baladas y las justificaciones que se cuenta a sí misma la masculinidad normativa. Esta es una teoría injustamente minoritaria que solo comparten, al menos hasta donde sé y al menos hasta la fecha, otras dos personas que yo conozco y un desconocido. La teoría en cuestión defiende que el tema de True Detective, lo que la serie consigue hacer de verdad, es una revisión inclemente de dos modelos sociales arquetípicos de masculinidad, y que esto guarda solo una relación circunstancial con lo que evoca el género en que se inscribe, o con lo que consigue hacer en apariencia: esto es, armar la historia de dos encarnaciones de modelos de masculinidad arquetípica que arquetípicamente resultan ser polis y que investigan una serie de crímenes bastante arquetípicamente patriarcales mientras por el camino ven, y a veces usufructúan, un montón de culos femeninos arquetípicamente redondeados. De este modo, y es aquí donde esta teoría encuentra que radican todas las disputas relato-misógino-vs-contrarelato-feminista en torno a esta serie, la narración nos permite elegir entre, al menos, dos tipos de lectura, una lectura literal y más o menos pasiva, y una lectura indagadora o suspicaz o apropiadamente simbólica y detectivesca. [De hecho, otra de mis teorías (solitarias) sobre True Detective es precisamente que el uso del singular en el título, extraído de una revista de crímenes de los años 30, no señala a ninguno de los dos personajes principales (convirtiendo así, como se ha sugerido, al otro en sospechoso de los crímenes), sino que se nos lanza como un imperativo a quienes la vemos, conminándonos a escrutar entre los distintos niveles de lectura con la misma concentración insomne con la que Rust examina una y otra vez los archivos de los casos antiguos.]

Cuando las espectadoras aceptamos actuar como las verdaderas detectives que esta segunda forma de lectura exige no resulta difícil ver que el asunto del que más y mejor se ocupan los 8 capítulos de la serie es, insisto, una reflexión crítica sobre los modelos y contramodelos de masculinidad normativa del siglo xx. Y que lo único que a lo largo del relato cristaliza en algo parecido a una conclusión es el arco narrativo que dibuja la deconstrucción de dichos modelos. Por lo demás, la práctica totalidad de las tramas y subtramas argumentales quedan abiertas. Mi teoría es, en resumen, que True Detective constituye una de las mejores indagaciones feministas sobre la masculinidad que hasta la fecha nos ha dejado la nueva ficción serial.

Por mucho que los críticos y los teóricos de la lectura se empeñen en defender lo contrario, una pocas veces lee –ni mucho menos interpreta lo que lee– a solas. De esas dos personas que conozco que sostienen conmigo esta teoría, una es la investigadora feminista Silvia L. Gil (quien, por otro lado, y de no ser por la proverbial incapacidad organizativa de quien escribe, debía estar armando este texto conmigo a cuatro manos), que sospecha, como yo, que en el alma de muchas de las últimas series de más éxito habita un cuestionamiento complejo y no evidente de la masculinidad hegemónica. El desconocido al que me refiero es el propio creador de la serie, Nic Pizzolatto, quien en una entrevista para Entertainment Weekly (traducida después por Errata Naturae en su Antología de lecturas no obligatorias sobre True Detective) le contó directamente a Jeff Jensen que: “Lo que se deconstruye en esta serie, si es que se deconstruye algo, son los arquetipos de masculinidad posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Si uno se fija en la pose chulesca y el comportamiento que exhiben Cohle y Hart cuando se enfrentan a un ataque, se ve que ambos están obsesionados con reproducir un modelo concreto de masculinidad, que podríamos definir como estoica a lo George Orwell, aunque a ellos les llega de otras fuentes. Para ambos, el reto final consiste en asumir que este tipo de masculinidad es estéril”. Por último, otra de las personas que comparte conmigo esta teoría es un gran detective de lecturas indagadoras, Hugo Romero, que me señaló uno de los detalles que ahora me parecen más deliciosos del arco que traza esa deconstrucción de la masculinidad chunga a la que se aplica True Detective: la centralidad, medida tanto en términos de metraje como de clímax, del archifamoso plano secuencia de 6 minutos que lleva a su conclusión al capítulo 4.

Antes de continuar es necesario advertir que esta es la frontera de los spoiler. Los párrafos anteriores contienen ya lo que en realidad tendría que haber sido la conclusión de esta reseña y lo que queda de ella consistirá fundamentalmente en intentar presentar pruebas convincentes que sostengan esta –injustamente minoritaria– teoría. Pruebas, es decir, spoilers.
Volvamos al asunto del plano secuencia en el meridiano de la serie. El primer y el último capítulo de True Detective están construidos casi en espejo. Se reflejan el uno en el otro con pequeñas o grandes modulaciones. Ambos contienen un largo momento central de conversación íntima en el coche entre los detectives Rustin Cohle (Matthew McConaughey) y Martin Hart (Woody Harrelson) –o todo lo íntima que puede llegar a ser una conversación entre Rust y Marty– que nos revela el tejido de complicados nudos del que está hecha la relación entre los dos compañeros policías (necesidad e indiferencia, deseo de aprobación y desdén, anhelo de intimidad y desapego…). En estas conversaciones, Marty, un machito paterfamilias adúltero de manual, se coloca siempre respecto a Rust en una posición demandante e insatisfecha que, de creernos las narraciones tradicionales de la construcción de identidades de género, no podríamos sino interpretar como arquetípicamente femenina. “Llevamos juntos 3 meses y no me has dado nada”, le reprocha incluso en una de estas conversaciones.

El capítulo uno empieza, de hecho, con una descripción de Rust a cargo de su compañero, quien lo enmarca en un retrato decididamente estereotipado del tipo duro solitario, desabrido, distante, relativamente pendenciero, inteligente y, como suele venir aparejado en estos casos, récord mundial de arrogancia (“Cada vez que creo que has tocado techo elevas otra vez el listón, eres como el Michael Jordan de los hijos de puta”, le dirá Marty a Rust en un capítulo posterior, deseperado por encontrar consuelo para sus penas emocionales). Lo que Marty dibuja con sus descripciones de Rust es un antihéroe de manual y Rust se pasa buena parte del primer capítulo esforzándose por bordar su encaje en esta definición, en gran medida a través de unos soliloquios empapados de un nihilismo con alfileres de adolescente que va vestido de siniestro al instituto –“Me considero un realista, aunque en términos filosóficos soy lo que se denomina un pesimista”, afirma sin empacho–, en lo que la crítica de televisión de The New Yorker, Emily Nusbaum, quien por su parte ha articulado una de las críticas feministas más conocidas sobre True Detective, ha definido como “un max-mix de Lovecraft, Nietszche y el escritor de libros de terror filosófico Thomas Ligotti”. Con todo esto, es necesario señalar que, entre las dotes literarias de Pizzolatto y las dotes interpretativas de McConaughey, el adolescente siniestro acaba por resultar tremendamente seductor. Digamos que en este punto la seducción se le va un poco de las manos y puede llegar a parecer que Pizzolato nos está invitando, uno de los grandes reproches que se le han hecho, a tirarnos de cabeza al pozo de detritos que es la pose castigadora, insensible y perdonavidas de Rust, a quedarnos enganchados como polillas de una apariencia de sufrida lucidez que, por otro lado bien sabemos, porque la reconocemos ya de otros cientos de narraciones antiheroicas precedentes, nunca va a exigirse a sí misma una decantación que sea algo más que un reconfortante sentimiento de superioridad; por más que lo deseemos, jamás se traducirá en ningún gesto positivo, de fuga o de reconstrucción. Never.

Pero Pizzolato nos da también asideras para resistir a la tentación. Resistamos.
En el capítulo ocho el antihéroe de manual y pesimista en términos filosóficos acabará entregado a una especie de capitulación espiritual, convertido en un paladín de la luz y un optimista que defiende que lo único que nos salva en esta vida no son, como sostenía al principio de la serie, los “hombres malos [como él] que nos defienden de otros hombres malos”, sino el AMOR con todas sus letras en mayúsculas. Y nos despediremos de él en la escena final dejándolo ataviado con una de esas batas de hospital abiertas por detrás que es imposible vestir con dignidad, abrazando una de esas narrativas que pocos capítulos antes él mismo había tildado de engaños para crédulos, y apoyándose en su compañero mientras le cuenta que, en la historia más antigua del mundo, aquella que enfrenta a la luz y la oscuridad primigenia, es la luz la que va ganando. La transformación es total, pero no repentina, pocas escenas antes ya lo habíamos visto escenificar simbólicamente esa experiencia catártica, despojado a la fuerza de todo su armazón de autosuficiencia, desvalido, dependiente y amparado únicamente por el regazo de Marty. Totalmente desarmado, literal y metafóricamente. Y no es casual que una de las frases que elige Rust para relatar (entre pucheros) a Marty su experiencia cercana a la muerte sea precisamente: “podía sentir cómo se disipaban mis definiciones”. El antihéroe de manual queda, finalmente, liberado de los constreñimientos de sus definiciones identitarias, salvado.

Por su parte, en el primer capítulo, Marty comienza definiéndose a sí mismo, muy ufanamente, como “Un tipo normal con una polla muy grande”, para terminar igualmente transformado, desarmado y sollozando inconteniblemente en una cama de hospital ante su ex mujer y sus dos hijas mientras repite (más para convencerse a sí mismo que a ellas) “Estoy bien. Todo bien. Todo va a ir bien”, habiéndonos dejado por el camino un fabuloso catálogo de formas de autoengaño, doble moral, autoritarismo, iracundia ante el cuestionamiento de su autoridad, paternalismo a destiempo, prepotencia, autojustificación (“Cuando ves las cosas que nosotros vemos en nuestro trabajo, al final del día necesitas un poco de descompresión antes de poder volver a ser un padre de familia”), e infantilismo emocional tiránico. El modelo de masculinidad que representa Marty es también un retrato arquetípico, en este caso del héroe bélico clásico, y la comparación irónica que Rust hace de él con el Capitán América, tampoco es casual. Como afirma el propio Pizzolatto en la entrevista antes mencionada, este tipo de encarnación de la heroicidad patriótica extraída de los relatos bélicos de la Segunda Guerra Mundial no admite preguntas, pues se construye falazmente como la auténtica vengadora del mal en estado puro. Y, por si lo habíamos olvidado, el siglo xxi ha venido a recordarnos que cuando se trata de combatir el mal “en estado puro”, no hay cuestionamiento que valga.

En el punto medio de todo ello, decíamos, está el final del capítulo 4, el plano secuencia que es también la más trepidante escena de acción de la serie. Fue Hugo quien me hizo saber, por si la hiperclásica e hiperescalada escena de acción no fuera suficiente por sí misma, que el plano secuencia puede entenderse como la forma narrativa cinematográfica de la masculinidad excedida por excelencia. Un puro alarde de tensión vigoréxica. El capítulo uno vendría, así, a iniciar una escalada problemática de esa mezcla de testosterona y autoengaño que conforma los modelos normativos de la masculinidad tradicional, que en ese plano secuencia alcanzaría una especie de paroxismo de la virilidad arquetípica. A partir de ahí todo se desmorona, identitariamente hablando, y podemos atisbar con alegría una suerte de final feliz de las identidades.

De esto es de lo que va True Detective. True Detective es una historia de identidades inauténticas, una historia de identidades heterodesignadas (“El problema de Marty es que nunca supo qué querer”, dice de él en un momento su ex mujer, Maggie). Las lecturas de la serie como la que hizo Emily Nussbaum, que la han entendido como poco más que un “buddy cop film” sofisticado en el que la abundancia de cuerpos femeninos erotizados combinada con la ausencia de personajes femeninos dotados profundidad revela, exclusivamente, signos de misoginia, son interpretaciones que se mantienen en un nivel de lectura superficial, plano y literal. Pero hay un segundo nivel de lectura al que nos invita a entrar la considerable complejidad narrativa que se montó Pizzolatto, y en él todos esos elementos (los cuerpos y la aparente subalternidad de todos los personajes femeninos) significan cosas más allá de su mera literalidad: dibujan el paisaje de hegemonía patriarcal que es el trasfondo de las aventuras y desventuras identitarias de Marty y Rust.

Los pucheros finales de Marty y de Rust conforman quizás el mejor arco de quiebra de la masculinidad normativa –con permiso de Tony Soprano y varios millones de veces por delante de Don Draper– al que las seriespectadoras hemos tenido el placer de asistir en los últimos años. Y lo brillante del caso es precisamente que Pizzolatto no se limite a demoler solo la figura del héroe bélico americano clásico de la generación de postguerra, algo que a estas alturas no entraña complejidad ninguna, sino también la respuesta en forma de antihéroe cínico y descreído que dio la generación posterior. El antihéroe de nuestra cultura –un modelo egomaníaco, ajeno a cualquier lazo de cuidado, reconocimiento y dependencia–, es realmente una de las grandes perversiones y esclavitudes de la masculinidad occidental. Y True Detective es la narrativa en la que todos esos héroes, antihéroes y mitos terminan llorando. Bye bye, insufribles arquetipos viriles de hombres duros y hoscos que confunden el estoicismo con el talante desabrido. Ahí os quedáis, viendo asomar el culo de Rust a través de la bata de hospital mientras este se aleja hacia el sol poniente de una nueva masculinidad.

Por |Cultura|

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