Publicado en ctxt.es, el 6 de julio de 2016

Son muchos y valiosos los análisis y valoraciones que se han publicado sobre el resultado de Unidos Podemos este 26J, aunque son menos los que interpretan lo sucedido con vistas a anticipar lo que viene. A continuación intentaré valorar algunas de las interpretaciones dadas para, desde un análisis crítico, estar en mejores condiciones para fundamentar el futuro político que nos falta: 

Una primera valoración volcada estos días afirma que, a pesar de todo, se trata de un resultado histórico que sería mezquino o caprichoso despreciar: ‘nunca un tercer partido habría obtenido un resultado de esta magnitud’. No hay lugar, aseguran por tanto, para el pesimismo. No comparemos, nos dicen, lo real con lo que pudo ser: 71 diputados y 5 millones de votos es más de lo que nunca tuvimos. Es esta una valoración cierta, pero lo es si el referente desde el que se valora es el del pasado (esa historia a la que habría que remitirse) y el de un nosotros restringido (los que se sitúan a la izquierda del PSOE desde que arranca esa historia). Basta, sin embargo, con cambiar el tiempo (de la historia al presente) y el sujeto (ese nosotros ya no referido a la izquierda del PSOE sino a una identidad política nueva), para que la valoración deje de ser evidente y compartida. Claro que en términos históricos es un resultado impresionante, pero las derrotas del pasado pueden ocultar fácilmente las posibilidades del presente: se podía (¡y se debía!) tener más apoyo y más voto, y hacer por tanto más historia. El problema es que no conviene hacerse trampas al solitario: sabemos que podíamos más (no solo lo decían las encuestas, lo dicen los resultados municipales de Madrid, Barcelona, Coruña o Cádiz; lo dicen nuestras apuestas previas y nuestros cálculos). Si nos pensamos desde el pasado, no solo nos conformamos con el presente, sino que nos definimos y nombramos desde lo que fue: somos esos que veníamos de derrotas mayores. El problema es que muchos impugnamos esa identidad, aunque mantengamos intacta la memoria y la lealtad a quienes nos precedieron, incluso cuando esos que nos precedieron fuéramos nosotros mismos hace décadas. Pero la identidad de Podemos, y su marco de referencia, no era ese pasado, sino precisamente su superación o desborde, la apertura a una identidad nueva desde la que no caben lecturas retrospectivas ni complacientes. Si somos la posibilidad de una España nueva, el resultado no es bueno por mucho que sea histórico.

‘Los que se han quedado en casa en lugar de ir a votar(nos) veían con simpatía a Unidos Podemos, sí, pero también con desconfianza en tanto que opción real de gobierno’. Si bien creo que esta valoración es acertada, y algo de esto mismo dije aquí, tiene a mi juicio que complejizarse y completarse para alumbrar el futuro que nos toca recorrer. En primer lugar, ha de ser complementada por una diferencia: no desconfía igual y por las mismas razones parte del votante que se ha abstenido viniendo de votar tradicionalmente a IU, que el que viene de la abstención o del voto al bipartidismo y sus variantes. El primero es, quizá, un voto destituyente y, por tanto, refractario a cualquier forma de poder institucional real. Quizá solo vota si la opción elegida no puede ganar. Los segundos habrían dejado de votar por las mismas pero opuestas razones: podíamos ganar y esto generaba si no miedo, al menos desconfianza. Es claro que la estrategia del miedo tan bien orquestada por Rajoy no afecta directamente a los primeros, pero quizá sí a los segundos.

Se abren así varias preguntas, una de ellas dirigida a otra interpretación actual de los resultados del 26J y la campaña electoral: la desmovilización de los movilizados. Pero, a tenor de lo dicho, ¿cómo se debería haber movilizado a los primeros (a ese voto destituyente) sin desmovilizar aún más a los segundos (elector desconfiado)? Cuando se apela a la desmovilización posible de un electorado afín, se tiende a olvidar que ese electorado está lejos de ser unitario, que hay abstenciones y abstenciones. Es bien posible, pues, que lo que movilice a unos desmovilice a otros, y aquí es donde las sumas pueden restar o multiplicar, y el análisis se vuelve necesariamente complejo. Si junto a la desmovilización de los movilizados ha vencido también la desconfianza de sectores importantes afectados por una modulación suave del miedo, no solo no caben lecturas lineales de lo que se tendría que haber hecho, sino que conviene entender la complejidad del trabajo político futuro y la apuesta dual que necesariamente dibuja: batalla cultural hacia afuera para convencer no solo de la deseabilidad del cambio, sino de su posibilidad real a manos de Podemos; batalla de ideas hacia dentro en pos de la desfechitización de un pensamiento de izquierdas que quizá tiende a privilegiar su identidad más o menos pura en detrimento de la construcción, contradictoria y sin duda manchada con lo que existe, de un sujeto político plural pero mayoritario y con capacidad real de gobierno. Claro que hay una contradicción entre el deseo y lo posible, pero desde luego no se resuelve dejando inmaculados ambos espacios: el de un deseo que no negocia con una realidad que, al cabo, queda intacta por falta de poder real.

Ese trabajo con una izquierda radical pasa también por poner en cuestión adjetivaciones habituales pero vacías, me parece, de sentido. Como las de moderación y radicalidad, empleadas con distintos fines en no pocos análisis del 26J. Y lanzo una pregunta: ¿es más radical apelar a la salida de la OTAN o del Euro sin capacidad política para realizarlas (puro deseo), o tiene bastante mayor radicalidad intentar articular una mayoría electoral y política capaz no solo de ganar unas elecciones, sino de cuestionar desde las instituciones el sentido común de una sociedad en torno a cuestiones como, justamente, el Euro o la OTAN? Dicho de forma aún más clara: ¿es más radical defender un conjunto más o menos compacto de ideas sin capacidad alguna de llevarlas a la práctica, o llevar, todo lo lejos que un momento histórico permite, un conjunto de transformaciones sociales, económicas y políticas? ¿Denunciar desde el Facebook o la militancia más o menos minoritaria las contradicciones del capitalismo o afrontar esas contradicciones desde los límites innegables de las instituciones occidentales? Adelanto mi respuesta: no hay radicalidad alguna en un discurso sin práctica real. Otra cosa es, claro, cuánto de radicales puedan ser las transformaciones que desde las instituciones puedan llevarse a cabo hoy. Pero la respuesta a esa pregunta no es intelectual, es práctica: para averiguarla toca ganar esas instituciones, esa es hoy la mayor radicalidad a nuestra mano.

Cabe, sin duda, una objeción a lo dicho: la alternativa no está en las elecciones, sino en las calles. Y, de hecho, es esta precisamente otra de las interpretaciones actuales que, sin embargo, viene de lejos: ‘nos ha faltado calle’. Claro, siempre falta calle, pero convendría preguntarse qué ocurre en las calles de este país. ¿Están repletas de movimientos sociales en lucha? ¿Está España compuesta por una sociedad civil capaz de generar institucionalidad, es decir, de una sociedad civil con posibilidad de autogobierno? El ejemplo de la PAH es en este caso recurrente y paradigmático: ahí estarían las luchas que nos han faltado. Y sí, por supuesto, sin la PAH no se entiende el ciclo político que se abre en 2011 y del que somos meros herederos. Pero habría que preguntarse por qué ponemos siempre el ejemplo de la PAH. ¿Acaso porque no hay muchos otros? Claro que están las mareas, claro que estuvo antes el 15M, pero reconozcamos que ya antes del nacimiento de Podemos estos movimientos se encontraban en proceso de reflujo o retroceso, razón por la cual el salto a la política institucional se percibió no solo como una posibilidad, sino como una necesidad lógica de ese ciclo de luchas. Y atendamos a la naturaleza de las demandas de esos movimientos sociales, de esas mareas: no se referían a un conflicto social incompatible con el Estado o el régimen, sino a la lucha contra el retroceso social que suponían las políticas privatizadoras del PP y el último PSOE, esto es, a una vuelta a paradigmas socialdemócratas de redistribución de los ingresos por la vía del estado del bienestar. No a un conflicto social subversivo que desbordara los marcos del régimen del 78. Sin restarle un ápice de potencia y dignidad a estos movimientos, sin negar en ningún momento que el ascenso de Ada Colau a la alcaldía –¡nada más y nada menos!– de Barcelona es incomprensible sin ese movimiento social ejemplar que es la PAH, habría que preguntarse si la calle está definida, hoy y ayer, por un conflicto social capaz de alimentar opciones institucionales antagonistas. O si se trata, justamente, de lo contrario: la debilidad del conflicto social, la ausencia de “calle” en España, vuelve la opción institucional (y mediática o electoral) como necesaria tanto para llevar las demandas sociales más allá de sí mismas (más allá del paradigma socialdemócrata) como, incluso, para cualquier crecimiento de esa “calle” hoy invocada más desde el deseo que desde la constatación pragmática del país en el que vivimos. ¿Acaso la abstención de ese millón largo de votos se ha expresado en alguna forma de movilización social? ¿Es el resultado de movimientos populares de calado? No, ese millón de voces no está en las calles, aunque tampoco esté en el parlamento.

‘Hay que decir la verdad, y eso va en contra del electoralismo, aseguran otras voces’:

Habrían sobrado eslóganes, sonrisas y carteles, y habría faltado más verdad a nuestro pueblo, más denuncia y diagnóstico de la realidad material de nuestro país. Valoración interesante a la que habría quizá que impugnar la dicotomía entre verdad y comunicación que implícitamente señala, como si se tratara necesariamente de dos dimensiones enfrentadas. Es más, me atrevería a decir que es precisamente al revés, que un diagnóstico certero sobre la realidad material y social de nuestro país, si no entra en el circuito de la comunicación política, deja, me temo, de ser una verdad política para convertirse en un análisis académico, más o menos brillante, más o menos reconfortante, pero sin capacidad alguna de movilización y transformación social.

Y ahí radica, me temo, la diferencia: si un discurso es o no capaz de generar efectos políticos. Si los genera, estamos ante algo que podríamos llamar verdad política. Sino, ante un saber privado compartido por unos pocos (acaso los elegidos, la “vanguardia”, aquellos que se sienten poseedores de una verdad que, sin embargo, no cambia ni modifica el estado de las cosas). Creo que la verdad tiene algo que ver con la política solo cuando es compartida por una mayoría social y, por tanto, tiene capacidad de generar efectos en la realidad: la transforma, la nombra de otra forma (‘no es una crisis, es una estafa’, ‘los culpables de los desahucios son los bancos, no las familias’, etc.) y altera las relaciones de fuerza o abre el campo de lo posible. Habría quizá que recordar un mantra que han repetido sin tregua partidos y medios de comunicación durante estos dos años de andadura de Podemos: ‘tenéis el mejor diagnóstico, pero…’.

Igual no ha faltado programa, verdad o análisis del presente, sino, justamente, la capacidad de convertir ese diagnóstico en discurso movilizador, vale decir, en comunicación política. Y para eso, y durante una campaña, creo que la clave no radicaba en la “verdad”, sino en la confianza. Y me explico: un diagnóstico brillante sobre la verdad de las condiciones de vida de nuestro pueblo (o sobre la insaciabilidad del capitalismo, la concentración de los medios de comunicación y producción, el paro, la violencia, la desigualdad estructural, la corrupción inherente al régimen de acumulación, etc.) habla, en una campaña electoral, del presente, de su morfología, de su origen o de sus (sin)razones. Pero cabe sospechar que en unas elecciones lo que está en juego no es tanto el presente como el futuro, es decir, la posibilidad de transformar el ahora. Y si esto fuese así, habría quizá que concluir que más que verdad (que se refiere al estado presente de las cosas), ha faltado confianza (que apela, claro, al mañana). Y lanzo dos preguntas: ¿tiene razón el pueblo al desconfiar de Podemos como opción de gobierno? ¿Se miente o huye de la verdad al dejarse llevar por el miedo o la desconfianza? Me temo que no hay forma a priori de responder a estas preguntas, porque no hay forma de demostrar desde “la verdad” que el programa que los dirigentes de Podemos representan pueda gobernar mejor España que el del PP (por más que a mí no me quepa ninguna duda). A estas preguntas solo se puede contestar a posteriori, esto es, gobernando. Y para llegar al gobierno hace falta confianza (no ciencia o verdad) en la capacidad de Podemos para poner en marcha su programa.

No, definitivamente no sé bien qué es decir la verdad en una campaña electoral, salvo que nos refiramos a esa política vieja por la que el dirigente político le explicaba al pueblo (al poco que le escuchaba ya) las razones de su explotación y miseria, mientras el pueblo asentía con simpatía toda vez que votaba otras opciones. La verdad política nada tiene que ver con un saber privado o cierto, en posesión de un líder político, sino con una construcción colectiva de certezas, creencias, confianzas e identidades que puedan alterar el curso de la historia. Y en esas estamos.