La crisis económica europea, acentuada por la falta de liderazgo que azota el continente, está tambaleando lo que pensábamos que era una verdad ineludible: la Europa próspera, democrática, entusiasta y transmisora del mejor modelo de convivencia que ha creado la humanidad.

Si hoy parte muy importante de los parias del mundo hacen de ella su Meca, es porque piensan que sigue siendo El Dorado que la maquinaria de la globalización ha esculpido en sus imaginarios. A ningún sirio, bangladesí o libio se le ocurre ir a Arabia Saudita, porque sabe que allí está el mismísimo infierno. En nuestra idea de El Dorado europeo interactúan dinero y libertad. Bienestar, en definitiva.

Desde esta orilla, que constituye un mundo complejo, contradictorio, poliédrico, peligrosamente frágil y a la vez esperanzador, como es el caso de Túnez y Marruecos, nadie nos cuenta la verdad sobre lo que está pasando en Europa, con sus 23 millones de parados, sus 80 millones de pobres y unos estados desorientados e incapaces de encontrar soluciones a lo que sus impulsos neoliberales les han llevado.

Es verdad que nos llegan imágenes del trato poco humano que se reserva a los refugiados y algunos coletazos de la extrema derecha, para los cuales los “emigrantes” son la llaga donde meten el dedo y revuelven. A más dolor, más éxito electoral, construido desde la ocultación de la verdad.

Dichas imágenes, evidentemente, no tienen ningún efecto disuasorio. La idea del bienestar europeo es superior a todas las voces de rechazo y satanización de los movimientos que defienden una Europa blanca y envejecida, para europeos viejos, omitiendo que la continuidad del bienestar de éstos depende de la renovación y rejuvenecimiento de la mano de obra.

Lo peor es que tampoco se dice que todo lo malo que le pueda pasar a Europa tendrá efectos multiplicados en la franja sur del Mediterráneo y en otras zonas del mundo, que perjudicarían, a su vez, al continente europeo. Lo que ocurre en Siria, Irak, Libia, etc…, y sus efectos directos sobre la estabilidad de la región, es la consecuencia de la falta de visión europea y su desmembramiento ético y político. La política exterior de los EEUU es lo que es. Su estrategia es conocida y pueden sacar tajo de dicha inestabilidad. Pero la tienen lejos. Ese no es el caso de Europa, como lo están demostrando los acontecimientos. De aquellos polvos, estos lodos.

Rota Europa y su modelo, ¿qué nos quedaría a los que hemos hecho de ella nuestra referencia política, social y cultural, aunque provengamos de otros paradigmas, a veces muy distantes, incluso opuestos? Si los nacionalismos, cada vez más pródigos y más belicosos, consiguen definitivamente acogotar la hermosa idea de la casa común europea, ¿qué pueden pensar los nacionalistas periféricos, acostumbrados a vivir de las guerras y de los conflictos? En nuestro caso más particular, ¿qué quedaría de la idea de nuestra casa común magrebí? ¿En qué situación quedarían nuestras democracias embrionarias?

Además del desbarajuste financiero, que depende de muchos hilos, cuyos cabos ya no se sabe quién los mueve y desde dónde, Europa ha perdido su vocación ética. En este sentido, los nuevos movimientos políticos europeos, nacidos de la voluntad y la legitimidad populares, pueden hacer mucho, tanto en lo que se refiere a la agitación y desentumecimiento de las conciencias sociales, como en el impulso de un nuevo reordenamiento del espacio político europeo.

Devolver la confianza a los verdaderos dueños de la legitimidad es fundamental. La política es una labor noble y no puede ser una profesión, o al menos se ha de intentar que no se convierta en reducto para una casta que haga de ella su ganapán y estructura de dominio.

Es necesario renovar el modelo, inyectándole savia nueva, ideas e ilusiones. Se trataría, en esencia, de repensar la idea de bienestar, defendiéndola del consumismo compulsivo capitalista, impulsando un mayor espacio de convergencia e interacción europea, sin olvidar la singularidad de los pueblos que la constituyen. Los nacionalismos nunca fueron ni solidarios ni participativos. Hacerlo es necesario como el oxígeno. Para muchos, la Meca de la democracia sigue siendo Europa.